sábado, 24 de enero de 2026

Núm. 317. De la Larousse al ChatGPT

 -¿Y para qué quieres la Larousse ahí, ocupando espacio y acumulando polvo, si no la vas a volver a consultar?

Lomos de la Larousse en estantería, algunos deteriorados por el uso
 

La juventud, ya completamente digitalizada, cuestionando aquellos volúmenes que de tanto nos sirvieron a la generación anterior.

La respuesta en este caso es fácil:

-Como adorno. En vez de comprar unos metros de libros falsos como elemento decorativo, conservo los verdaderos.

En aquel tiempo, adquirir una enciclopedia como la Larousse no era cuestión baladí. Costaba una pasta y además, que yo recuerde, no te la vendían «en cómodos plazos», como sí hacían otras editoriales, que enviaban a sus vendedores casa por casa. No, la Larousse había que encargarla directamente a la editorial o en una librería de confianza. Yo recuerdo haberla adquirido a través del club de mi trabajo, que de acuerdo con algunas librerías, te ofrecía un descuento que era de agradecer.

Así llegó la Larousse a mi casa y durante bastantes años fue esa enciclopedia que te resolvía las dudas por raras que parecieran, la Larousse te proporcionaba una información, ni extensa ni exigua, suficiente para desasnarte.

Nunca estuve tentada de comprarme los muchivolúmenes de la Espasa, la más extensa, que venían con mueble incorporado. Los que poseían aquella mítica enciclopedia confesaban, mayormente, haberla heredado de sus mayores. 

Recuerdo que sí anduve tanteando comprar la Enciclopedia Británica, que entonces era lo más de lo más, pero cuando pude dedicarle ese dinero dentro de mi economía familiar, resultó que ya estaba en el mercado el cederrón (hágamosle caso a la RAE, je, je, je), y en la caseta correspondiente de la Feria del Libro el vendedor de turno se deshacía en mostrarte sus ventajas. No me llegó a convencer, porque ya había tenido la mala experiencia de haber adquirido un libro en formato digital y antes de llegar a casa haberse quedado anticuado el software necesario para leerlo. La ventaja del papel es que por muy viejo que se quede, vas a poder seguir leyéndolo.

En años posteriores me hablaron de recibir actualizaciones vía web, incluso de una suscripción en línea, pero creo que para entonces ya había nacido la Wikipedia, así que ¿¡quién necesita una enciclopedia en papel, cederrón, etc., si ahí está casi todo y lo que no está, si tienes las fuentes pertinentes, lo metes y ya está!?

 
Me confieso sin ambages wikipedista pasiva y alguna vez activa. Contribuyamos a extender el conocimiento.
 
Así que sí, tiene razón la juventud, ¿para qué quiero la Larousse criando polvo y ocupando espacio?
 
Sigamos. 
 
-¿Y cuántas veces has consultado la Summa Artis? Si algún volumen hasta conserva el celofán.
 
Sí, tiene razón la juventud, he consultado la Summa Artis menos de lo que pensaba cuando la adquirí, también con ahorro y pequeños descuentos, pero sí, me rebelo, en su día me sirvió bastante cuando fuimos con la caravana a Italia, porque descubrí a Palladio y pude admirar alguno de sus edificios. No, no cargué con el tomo en el reducido espacio de nuestra casa temporal, pero había tomado mis notas. También recuerdo mis frecuentes visitas al arte antiguo, y por supuesto al románico, y alguna incursión en el arte oriental. Sí, la Summa Artis era el sumo entonces, y yo la tenía, provocando la envidia de algún estudiante de arte amigo de mis hijos.
 
Lomos de la Summa Artis nuevecitos

 
¿Cuánto tiempo hace que no alcanzo uno de sus volúmenes? He perdido la cuenta, otros intereses y obligaciones han llegado a mi vida.
 
Y lo cierto es que ya ni enciclopedias en papel ni en cederrón, que a ver qué ordenador viene ahora con lector, ni tan siquiera en la Web... ¿Para qué están esas IAs que nos encontramos hasta en las sopas, y por supuesto se nos cuelan las primeras en don Google?

Para finalizar una curiosidad. Por alguna razón guardaba una fotocopia de una página de El País del 9 de diciembre de 1999.  
 
Página de El País

En ella, probablemente un estudiante o escritor vaguete pedía la ayuda con el siguient texto:
 
Para escribir
Estoy detrás de un programa que me ayude a escribir. Que yo le dé cuatro ideas y él me haga una o varias redacciones y que yo elija lo que más me guste. ¿Sabéis algo de esto? El programa para ayudarme a escribir es lo que más me urge. Alberto (mercola@latinmail.com) 

Espero que a estas altura Alberto haya dado con el ChatGPT y esté haciendo escritos sin parar.... y ¿por qué no?, presentándolos a algún concurso.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Núm. 315. Una mujer entre hombres, Concha Lagos

Saco de la biblioteca, porque me salta a la vista, la segunda parte de las memorias de Concha Lagos, Prolongada en el tiempo. Confieso que me suena el nombre y poco más. No he leído nada de ella antes, quizá algún poema suelto en alguna de las antologías que suelo manejar. 

Noto enseguida que es un libro para ir tomando notas, quizá demasiadas, alguna cita para guardar en el cuaderno de las citas que nunca se usan.  

Retrato de Concha Lagos
Retrato de Concha Lagos pintado por Anselmo Miguel Nieto (Wikimedia Commons)

Me sumerjo en estas reflexiones de madurez acerca de la vida literaria de buena parte del siglo XX. Es difícil seguir el hilo, si una ha sido espectadora lejana de esa vida a través de los libros de texto y de alguna revista añeja. Como su prosa resulta atractiva, Lagos es una excelente escritora, el paso de las hojas resulta agradable y sigo leyendo el libro, a veces a muy salto de mata.

Aunque no son unas memorias propiamente dichas, pues esas más bien fueron en el libro anterior, La madeja, lectura pendiente, no faltan recuerdos de la infancia, como ese párrafo entero dedicado a los sacamantecas, a los que la niña se enfrenta entre el miedo y la curiosidad: 

Nunca acerté a imaginarle sin hacha, sin cuchillo. Un cuchillo grande y bien afilado, como el de la cocina, o armado con las tijeras de podar de Antoñico, con su hoz o almocafre:

-¿Para qué quería las mantecas?

Maricuela se encogía de hombros:

 -Vaya usted a saber... -y dejaba en suspenso la macabra historia (p. 71).

Buena parte de estas reflexiones giran en torno a su labor en la revista, fuera de toda oficialidad, Cuadernos de Ágora, publicación que sufragó de su propio bolsillo y dirigió, casi siempre manteniéndose ella misma en la sombra. 

Por ella, por aquellos años, vemos desfilar a los principales actores de aquel momento literario, algunos estaban empezando, otros ya eran escritores reconocidos. En algún caso, Lagos llega a quejarse de alguno de aquellos principiantes a los que ayudó, y luego, si te he visto, no me acuerdo. También se lamenta de ese ninguneo al que la sometieron no considerándola una igual entre iguales:

Creo que me miraron como a una insignificante burguesa dotada de cierta economía para poder mantener la revista, la colección, la tertulia literaria (p. 144).

El talento literario tapado por el vil dinero. ¡Qué desagradecidos suelen ser los primeros beneficiados de las generosas acciones!

Más adelante se lamenta: 

Nunca he sabido ofrecer mi propia mercancía, no sé si es orgullo, modestia o tímidez (p. 166).

 ¿Cuántas escritoras, incluso en este siglo XXI, podrían decir eso de sí mismas? 

Sin embargo, si repasamos las páginas de la revista, nos damos cuenta de que Lagos tampoco tuvo buena vista para descubrir a las otras escritoras coetáneas. Hoy sabemos que existieron, que estaban ahí, pero ¡qué pocos nombres femeninos entre esas páginas! La invisibilidad absoluta, incluso para las propias mujeres del mundillo literario.

A pesar de todo, Lagos cree en el valor y el potencial de la palabra, a pesar de las dificultades de la propia palabra para ser comprendida: «Nadie puede comprender una palabra hasta el fondo» (p. 233). 

En otro orden bien diferente, tan cotidiano como el literario, esas tareas domésticas, de las que las mujeres parece que no podemos desprendernos y que ya vimos aparecer en Concha de Marco, aparecen entre sus reflexiones: 

San Isidro es el santo que más envidio, tener ángeles remediadores de las cotidianas tareas sería en verdad gran cosa. Lástima que ya no bajen a este mundo. Como mucho habría que conformarse con algún robot, pero ocupan demasiado espacio. Por fuerza nos crearían un estar incómodo. Imposible compartir con ellos estos ajustados apartamentos. Por supuesto que a las tareas domésticas me refiero. Lo de la pluma no lo considero trabajo, al contrario, en dulce quehacer se convierte, aunque abonado lo sepa de tristezas, de melancolías. Como la abeja voy de la flor al panal, defendiéndome de las espinas, de los glotones zánganos (p. 65)

Preciosa la metáfora final abstrayéndose de los hierros incómodos de los robots para poner sus ojos en la naturaleza. 

¡Y qué de veces hemos puesto nuestros ojos en ese santo madrileño al que los ángeles le hacían la labor!

Rematemos con otro comentario con el que nos sentimos identificadas. ¡Ay, el enhebrar una aguja! Y el final poético que no falte.

Parte de la mañana la he pasado cosiendo. Ramalazos me ha dejado de mal humor. Es tarea que detesto. Ni mi madre consiguió aficionarme. Al terminar, corriendo a mi arco, al reencuentro con el bolígrafo y el cuaderno, segura de encontrar relajamiento en ellos. Además, los ojos van debilitándose. Ni la luz de este Valle puede hacer ya el milagro cuando de enhebrar la aguja se trata. Tampoco el pulso ayuda. Un buen amigo, cariñoso y observador, al ver oscilar temblorosa mis manos me recitó un día este verso: «Comprendí que las manos puedan ser mariposas...». No recordaba el autor. (p. 131). 

Autor: Concha Lagos.

Título: Prolongada en el tiempo. Memorias.

Edición de Rafael Castán.

Editorial Torremozas.

Año: 2024.

Introducción de Juana Murillo.