jueves, 22 de junio de 2017

Número 162. Mota del Marqués

Os ahorraré contar cómo y por qué estaba desayunando tostadas con tomate, aceite y jamón en un mesón al pie de la A-6 en Mota del Marqués al filo de las ocho de la mañana de un caluroso día de junio. Desayuno excelente para comenzar el día, y como me sobraba tiempo, bastante tiempo, decidí visitar el pueblo sin prisas, a esas horas en las que solo los madrugadores andaban, andábamos por la calle.


la silueta de la iglesia detrás de un frondoso, verde y amplio jardín



Mota del Marqués es, o fue, pueblo importante, se ve de lejos por la imponente figura de su iglesia, un caserío nada despreciable en torno a ella y las ruinas de un castillo en lo alto, en la mota que le da nombre.

Al pie de la carretera, gasolinera, dos o tres establecimientos hoteleros, taller mecánico y hasta un club de alterne; un poco más adentro cuartel de la Guardia Civil, que se distingue por la bandera y cierto aire característico. 


crucero y su sombra reflejada en la pared de la ermita.
Entrando hacia la población, lo primero que ve el viajero, en este caso la viajera, es una pequeña ermita cuadrada con un crucero, o primero ve el crucero y luego la ermita, y casi enfrente una soberbia tapia de piedra que protege una finca reseñable. Según por dónde haya entrado el viajero, y atendiendo a los indicadores, sabrá que se trata del palacio del marqués de Ulloa, o tenga que imaginarse estar ante algo importante; en mi caso, de que estaba ante la tapia de un palacio me enteré algo después, pues a primera vista no vi indicador alguno. 

Aparco en una sombra un poco más adelante y vuelvo sobre mis pasos para recorrer esa parte del pueblo que termina en una iglesia de tamaño regular que se ve al otro lado de la antigua carretera nacional, hoy vía de servicio. Dentro de la población la imponente torre cuadrangular de la iglesia vigila mis pasos mientras el sol, que ya está bastante alto, la escala por su espalda sin ningún signo de fatiga. 

Me detengo en el cauce del Bajoz, arroyo lleno de juncos, espadañas, maleza y poca agua; a mi espalda, y dentro de lo que es el complejo principal del palacio se deja ver una construcción molinar: el marqués contaba sin duda con su propio molino de una rueda, como nos indica el arco por encima del cauce. En el río maleza y poca agua, ya lo hemos dicho, pero la antigua construcción molinar se conserva impecable. De nuevo sigo el curso y allá en lontananza se distingue la silueta del puticlub, un poco como en los viejos tiempos: los molinos de las afuera que tanto daban que hablar, aunque este estuviera de lo más céntrico. 



La ermita y el crucero, muy bien conservado, cobijan un parquecillo con algunos bancos y arbolillos recién plantados. Al asomarnos a la puerta acristalada de la ermita cuadrada descubrimos una sala, no muy grande pero dando la sensación de amplitud, ya que no cobija ningún mueble, solo un Cristo colgado de la pared y unos faroles puestos de pie, que parecen haber sido usados no hace demasiado tiempo. Nos hallamos ante la ermita del Cristo, que sin duda cumple su función religiosa a la par que de recreo. 

Al fondo de la carretera está la otra ermita, mucho más robusta, y hacia ella me encamino. Me cruzo con algunos madrugadores, alguno en bicicleta, otro paseando al perro, todos saludan con un «buenos días», es gente educada, que no parecen extrañarse de mi presencia. Al acercarme a la ermita veo que la puerta del cementerio adosado a ella está abierta y no me resisto a visitarlo.

Los cementerios guardan una importante información acerca de la historia y del vivir día a día de las gentes. Si no fuera por cierta aprensión a visitarlos y por ese tufillo de ser amantes de lo fúnebre que representa sus visita, el paseo entre las tumbas nos diría mucho. 


tumba cubierta de flores de plástico
Precisamente tengo entre mis manos el libro de poemas Sin ir más lejos de Fermín Herrero, y tengo reciente una lectura en la que el poeta rememora una visita con su madre al cementerio para rendir homenaje a los familiares difuntos: las flores de plástico, esas flores que siempre están presentes en los cementerios aparecen en el libro, pero sobre todo están exageradamente presentes en las sepulturas de Mota del Marqués. 
Han sujetado
con alambres las flores de plástico, a las cruces,
a algunas cruces. Faltan letras de los nombres,
las que tienen.
Según la Wikipedia, Mota cuenta en la actualidad únicamente con 375 habitantes, pero a juzgar por el amplio y bien conservado cementerio deben ser muchos los motanos que eligen el pueblo como morada definitiva. Un apellido me llama la atención, Ladrón de Cegama, y ello por el refrán que me recordaba la informante María Gil: No hay Ponce que no sea de León, ni Guevara que no sea Ladrón; ¿pasará, acaso, lo mismo con los Cegama? No había oído nunca el apellido, pero Google me dice que no son tan infrecuentes. 

Vuelvo sobre mis pasos, y en la carretera que conduce al pueblo un hombre provisto de una pala está quitando pegotes de cemento, que se han resuelto en un polvo gris mezclado con arena. Saludarle y entablar conversación con él es todo uno. Me habla del uso actual del palacio, que lo tiene una congregación religiosa femenina como casa de espiritualidad, me dice que los cipreses que asoman por encima de la tapia albergan el cementerio particular de las monjas, que antes en todo lo que era la huerta sembraban alfalfa, pero que ahora son todo jardines, y que no está abierto al público ni hacen jornadas de puertas abiertas, pero mejor que esté en uso, porque de lo contrario sería una ruina.
Fachada y galería del palacio de Ulloa


Lo que es pena —prosigue el hombre— es el estado del castillo, orgullo del pueblo. Que se encuentra en ese estado porque un general francés durante la guerra de la Independencia mandó bombardearlo por mero capricho. Que luego más tarde sus piedras se aprovecharon en distintos usos quedando bastante expoliado. Hoy el castillo es un bóveda sostenida casi en el aire, y apuntalada, según me informa. 


ruinas de la iglesia y del castillo vistas desde el camino que conduce a ellas


A los pies del castillo está la iglesia de arriba, así la llama el informante sin adjudicarla una advocación especial, pero me cuenta que esa iglesia, que contaba con su cementerio a un costado, pertenecía a la diócesis de Palencia, mientras que la de abajo, la soberbia iglesia de San Martín, pertenecía a la diócesis de Valladolid. O sea, el pueblo dividido en dos eclesiásticamente según uno hubiera sido bautizado en un templo u otro.

Me cuenta que la ermita que tenemos a nuestras espaldas es una fundación teutona, y cobija a la patrona del pueblo, Nuestra Señora de los Castellanos, y que la fiesta es a primeros de septiembre. Ante tan curiosa advocación le pregunto si en el pueblo hay niñas que lleven el nombre de Castellanos, y me contesta que no, que parece más bien nombre masculino. Vuelve el hombre sobre los caballeros teutones y me informa de que no hace mucho uno de ellos cantó misa y lo hizo allí.  


ermita de Nuestra Señora de los Castellanos


Si mi informante está dejando limpia la carretera es porque dentro de pocas horas se llegará hasta allí la procesión del Corpus; hace un sol casi de justicia a esas horas de la mañana y me imagino la procesión derritiéndose camino de la ermita. Le pregunto si esa carretera no tuvo alguna vez el alivio de unos árboles, pero me contesta que en otro tiempo había negrillos pero se los llevó la grafiosis y que hoy apenas sobreviven, aunque parece que están saliendo algún chopo que ese sí es más resistente.

Dejo al hombre con su tarea, antes de alejarme le doy las gracias por la información y me dice que está todo en Internet. Bueno, replico, pero siempre es mejor que se lo cuenten en persona. Me encamino hacia un palomar en ruinas que veo a mi izquierda, puede que también perteneciera al palacio, y en él todavía pueden apreciarse las huellas de los nichos o acostaderos. Gran riqueza en otro tiempo la de estos palomares, recordemos Huerta con palomar, paraíso terrenal. 


imágenes superpuestas del palomar y los acostaderos


En el centro, el pueblo parece desperezarse poco a poco. Me saluda la imponente torre de San Martín, pero veo enseguida que está agrietada, vallada y hay carteles que anuncian proyectos para su reparación, pero todo parece parado, demasiado parado.


Me animo a subir calle arriba hasta la otra iglesia, la que está en las faldas del castillo. Según subo descubro nombres curiosos en las calles, nombres que también enseñan, puertas cerradas, talanqueras echadas, pequeñas construcciones que probablemente cobijaron animales en otro tiempo han sido hoy remozadas y muy probablemente sirvan de peñas o merenderos. 

Calle del Correo Viejo, ¿a qué se referirá? No parece esa calle en ladera muy apropiada para que pararan allí correos. Más tarde descubriremos una calle del Arzobejo, que sin duda nos habla de actividades mercantiles, como en Segovia, llamada así por los locales a la plaza del Azoguejo, al pie del acueducto, lugar de gran movimiento comercial.

Las ruinas de la iglesia de arriba imponen, si estuviéramos al caer la tarde nos sobrecogeríamos por leyendas becquerianas que vendrían a nuestra mente. Seguro que allí andan a sus anchas los espíritus por la noche, una gran grieta separa el paño del sur del de la noble espadaña que mira al oeste. Ambos paños se mantienen milagrosamente en pie. 
ruinas de la iglesia de arriba: espadaña de y parte del muro sur, una gran grieta los separa
Emprendo el descenso y tras visitar la trasera del ayuntamiento, en cuyo bajo debió estar en otro tiempo el hospital —nos encontramos en la calle del Hospital— y hoy cobija el albergue de peregrinos, ya que Mota se encuentra en el camino de Santiago del Sureste; se oye un cierto rumor dentro.

Recorro la calle principal en toda su longitud, la gente acude a por el pan, y quizá a por el periódico, a una tienda que hay hacia la mitad, algunos llegan en coche, pero sobre todo se ve de vez en cuando la figura de una mujer que pausadamente sube la cuestecilla hasta la tienda. Hay casas de noble factura, con algún escudo, pero sobre todo con grandes puertas carreteras adosadas a la vivienda. Es muy probable que en otro tiempo esas puertas y esos sobrados por encima de ellas almacenaran buenas fanegas de trigo y cebada. Mota debió ser pueblo próspero en aquel tiempo en que los cereales lo eran todo en la España del interior. 



puertas carreteras con puertecillas de pajar por encima de ellas


Al fondo de la calle, donde se une a lo que sería la antigua carretera antes incluso de que lo que hoy es vía de servicio circunvalara el pueblo, hay un pilón, al acercarme veo que está seco, pero en su lado, observo una curiosa palanca que sin duda servía para regular el agua y que fuera a los grifos para consumo humano o para dar de beber a los animales. Probablemente fuera escasa el agua en aquel secarral y habría que administrarla. Visto desde esa perspectiva parece como si todas las calles terminaran en el pilón. Probablemente fuera así, y antes de recogerse en casa era preciso aliviar la sed del ganado. 


El pétreo remate con rótulo de la entrada a un huerto me llama la atención, y sigo por esa calle, antigua carretera, y hoy dedicada a la Virgen, Nuestra Señora de los Castellanos. Más casas, si no señoriales sí nobles y amplias, y así, callejeando llego de nuevo a la plaza, donde además del edificio del ayuntamiento, un edificio que alberga distintos usos, hay un par de entidades bancarias, un bar, una tienda, un pub, un edificio de usos múltiples: usos privados y públicos se combinan. 

Abandono Mota del Marqués, he estado casi dos horas callejeando, empapándome de su cotidianeidad un domingo por la mañana: ha madrugado la gente a darse el paseo, a limpiar la calle, a ir a por el pan, a comprar algún olvido en la tienda abierta... Luego irán hasta la ermita de la Virgen en procesión y allí la misa, mientras la mole de San Martín espera pacientemente su urgente reparación. Delante del palacio del marqués, hoy casa de espiritualidad, un jardín cuidado donde puede leerse un cartel informativo en tres idiomas: castellano, inglés y braille. Buen detalle de la Diputación de Vallladolid que ha previsto que los ciegos puedan pasar sus dedos por estas páginas entreabiertas a la historia. 


aldabas, cuartillos y cerraduras


lunes, 12 de junio de 2017

Número 161. Pasos en la piedra. Blanco viacrucis

Apenas amanecido el día de Viernes Santo, el autor se nos permite una pequeña y poética intromisión en la historia para hablarnos de la nieve:
¡Qué bendición este manto de nieve en la mañana luminosa!

Burgos puente San Pablo nevado

Y los verbos impersonales modifican su régimen para darnos la visión del Altísimo, muy propicia para el día que amanece, uno de los días santos.
Dios nevó en el Edén el día siguiente a la expulsión de Adán y Eva. Los echaba de menos y quería ocultar todo rastro de su salida.
No tardará el autor de mostrar leves huellas en la nieve, incluso huellas borradas, pero mientras ese punto de la narración llega seguimos recreándonos en el lenguaje alegórico que busca el Paraíso a un lado y otro de la orilla del río. Y de pronto:
El niño que grita dentro de mi alma se ha cansado de suplicar una nevada gloriosa, esa gran toalla con la que limpiarle la cara al mundo, borrón y cuenta nueva que nos devuelva al sueño de la infancia.
La lengua se ha hecho familiar, cotidiana, casera, hay una toalla, probablemente blanca como los de antes, como aquellas con las que nuestras madres restregaban nuestras caras antes de ir al colegio: borrón y cuenta nueva, no importa que alguna de aquellas plumas haya estropeado la tarea, se empieza de nuevo.

Si las locuciones y expresiones fijas no formaran parte de nuestro acervo idiomático, si no estuvieran tan inmersas en nuestro modo de hablar que a veces se nos hacen invisibles, nos preguntaríamos qué hace aquí en medio de la blancura poética, ese borrón y cuenta nueva, emborronando la blancura de la hoja escolar.

Uno de los méritos de esta novela es sin duda el lenguaje que bien pudiéramos calificar de cervantino. No son solo las palabras precisas, ya sean de un campo semántico o de otro, que el autor busca, es la naturalidad con la que emplea expresiones coloquiales, muchas de las cuales llevan con nosotros tantos años como las palabras más prestigiosas de nuestros viejos diccionarios, y otras nos suenan más recientes, pero en cualquier caso es un modo de hablar, de escribir, dentro del castellano más universal. 

En aquella blanca mañana el gobernador se une a la comitiva de inspección del camino por el que ha de transcurrir el viacrucis, porque no pudo endilgar el muerto a ningún subordinado. 

No solo encontramos estas expresiones más populares en boca de sus personajes, es que él mismo las adopta como modo expresivo de transmitir la mala gana con la que el gobernador debía cumplir con sus obligaciones, aquella mañana más para estar en entre las sábanas blancas que para andar por esos blancos caminos.

Y para poner la guinda al pastel, la comitiva se encuentra tras jadeante ascensión con el monumento al Movimiento pintarrajeado con pintura roja, ¡un sindiós!. A fin de cuentas son hombres civilizados que saben entenderse, pronto logran un consenso de hacia dónde ha de dirigir sus pasos la procesión, y llegado ese momento, tras fumar la pipa de la paz, el gobernador mira por su honrilla y les pide que de lo de la pintada ¡ni mu!,  y como suele ocurrir con estas anécdotas del lenguaje, que a tantos motes han dado lugar,  el doctor Ojeda se quedaría para los restos con el sambenito de Nimú

Aunque no abundan en la obra, también hacen su aparición los refranes, puestos esta vez al menos en boca del pueblo que trabaja obligatoriamente —servicios públicos— en día festivo, más que festivo, santo: 
—¡Pa vosotros no hay descanso! —les gritó un nazareno de la Vera Cruz.
Donde hay patrón... —respondió un operario sin mirarle a la cara, mientras cargaba la pala y amontonaba la nieve contra las paredes de la calle que descendía al río. 
¿Sabrán todos los lectores completar ese refrán que por muy conocido se deja en el aire?

Mientras todo esto ocurre a la intemperie, en el taller del imaginero Tapias, este pega la hebra con el fraile Alas, el único que puede colarse en su taller para ver cómo va la restauración del Cristo lleno de mataduras, el Yacente.


Cristo yacente, foto de medio cuerpo
Cristo yacente (Foto: Pablo Lashayas)
Creo que es la primera vez que veo la palabra matadura aplicada a una talla, y más a una imagen religiosa. Dice el DRAE:



matadura.
De matar 'llagar a un animal'.
1. f. Llaga o herida que se hace la bestia por ludirla el aparejo o por el roce de un apero.

Esta casi irreverencia nos pone acertadamente en antecedentes de la reflexión sobre estas imágenes semanasenteras, sádicamente laceradas, y que sin embargo, mueven a devoción:

¿Cómo era posible que un pueblo entero se arrodillara ante semejante espectáculo de sadismo? «¡Un cadáver, Tapias, un muerto! ¡Un vampiro que vuelve a la vida con su gesto terrorífico...! ¡Ahí lo tienes, ese amasijo de ulceraciones, sin dedos y con un brazo perforado, representa la Resurrección en esta tierra!»
Las procesiones en las ciudades de la Castilla profunda no alcanzan los delirios de otras latitudes, pero tampoco les van a la zaga. La cruda realidad queda bien reflejada en la conversación entre fraile y artista, con acertadas intervenciones del narrador:
Ahí estaba el milagro, que una pandilla de supersticiosos alcanzara su particular éxtasis, mientras alguno de ellos no se aguanta las ganas de soltar: 
—¡Pero, míralo, pobrecillo, si parece que me está queriendo hablar! ¡Ay, Señor!
A pesar del laicismo que se va adueñando de la sociedad española, lo cierto es que las representaciones de la pasión de Cristo siguen efectuándose y hasta acrecentándose, algunas con bastante realismo, y año tras año, enfilan cofrades y acompañantes su particular viacrucis.


Imagen del viacrucis: Jesús llevando la cruz, cofrades vestidos de blanco, público y tres cruces en primer plano.

Venid, venid, lamentos, 
cercad mi corazón 
pues canto tu pasión, 
Jesús, y tus tormentos.
Enciendan mis acentos,
  el pecho más helado. 
Llorad, pues, ojos míos,
llorad por vuestro amado.(1)

Notas

(1) Primera estrofa y estribillo de Los sayones, canción que con distintas melodías se canta en varios pueblos de España durante los actos de la Semana Santa.

Comentario para de la novela Pasos en la piedra para el club de lectura La Acequia.

lunes, 5 de junio de 2017

Número 160. Pasos en la piedra. En la Cena del Señor

Podríamos decir que hasta que no llega a su destinatario, la obra de arte no está completa. Solo cuando el receptor la lee, la oye, la contempla, la goza, o no, podemos decir que está terminada, y aun así se queda abierta para posteriores interpretaciones. Muy probablemente, cada uno añadirá su granito de arena y se acercará o se alejará del primer y último pensamiento del autor.

«¿Qué pensará un marciano, un extranjero, incluso un joven, tan alejados de la Semana Santa en España de una obra como esta?», leo por algún lado, y sin ser ninguna de esas tres cosas, voy construyendo mi propia visión de la Semana Santa al hilo de Pasos en la piedra, y poco a poco voy divergiendo de lo que voy descubriendo en sus páginas.

La primera impresión es inmejorable, buen arranque el de esas golondrinas, tan habituales en las creencias populares, que quieren aliviar el dolor del Crucificado arrancándole las espinas de la corona. Confieso que en las primeras páginas me veo yo también, como Peter Gesteine, tomando nota de todo lo que acontece, yo, estudiosa de la cultura popular en general, y de la Semana Santa de los pequeños pueblos de Castilla en particular, encuentro un especial interés en lo que se avecina. 

Y a medida que avanzo y veo desfilar las primeras procesiones y los primeros penitentes, mi mente se vuelve muchos años atrás, a los años justo anteriores al Concilio, en el que mi madre, a falta de mejor música en la radio, se pasaba toda la Semana Santa cantando romances religiosos. Alejada de su pueblo, y viviendo la Semana Santa en Madrid, era la mejor forma que encontraba de seguir allí estando aquí. Por la tarde, ya sabíamos, tocaba las siete visitas a monumentos por las iglesias del centro, y por la noche la procesión del Silencio, a la que asistíamos como espectadores en una de las calles aledañas a la Gran Vía. 

No tenía entonces una Leica como Peter Gesteine, pero de haberla tenido, y conociéndome, habría fotografiado aquellos pies descalzos, aquellos tobillos finos que arrastraban pesadas cadenas por el adoquinado. Se oían murmullos entre los espectadores: «Es una mujer, esa es mujer», y con el cuerpo y cabeza cubiertos cumplía su penitencia, camino de la próxima estación. Recuerdo esas penitentes anónimas, esos pies descalzos femeninos, que se destacaban entre la mayoría de nazarenos, cubiertos muchos de ellos con capirotes o con verdugos. No recuerdo a demasiadas viudas de Cristo, con con elegantes trajes negros, altos tacones y peinetas, mantillas de blonda, entrelazadas sus manos con ricos rosarios. Irían, seguramente, cerrando el cortejo en las procesiones madrileñas, pero yo, sencillamente, no las recuerdo.

Pasaron los años y la facilidad en las comunicaciones nos devolvió al pueblo por Semana Santa. Allí quedé deslumbrada, o por lo menos asombrada, al ver cómo había cambiado el modo de vivir la Semana Santa respecto a Madrid: La vela del Jueves Santo ante el monumento que preparaban las monjas en el colegio, espléndido monumento lleno de velas y flores blancas —calas y gladiolos que habíamos aportado las niñas— había sido sustituido por otro tipo de monumento, más aparatoso, con muchas velas y pocas flores, ante el que mis amigas y yo nos hincábamos para pasar como mejor podíamos la hora de vela que nos había tocado. A falta de monja que dirigiera nuestros rezos, salíamos del apuro leyendo en voz alta libritos piadosos, oportunamente colocados en los reclinatorios, y rezando sucesivos misterios del rosario. 


procesión de pueblo con gran muchedumbre alrededor de las imágenes. En blanco y negro.

De todas formas lo que más me asombraba era ver cómo todo el pueblo participaba en las procesiones del Viernes Santo, y todos, o por lo menos una gran mayoría, cantaba aquellas canciones que yo había aprendido de oírselas a mi madre en las Semanas Santas pasadas, y allí descubrí a los sayones, al Cirineo, a Longinos y a todos los personajes que circulaban en aquellas historias cantadas a dos coros por el pueblo. ¿Quién me iba a decir a mí que con el tiempo esos romances me engancharían tanto que terminaría estudiándolos muy en serio? Hoy mismo, tengo entre mis manos uno de aquellos librillos llenos de faltas de ortografía, y mejor o peor letra, en los que los escolares recogían aquellas canciones, y que hoy me emocionan solo tocarlos.


páginas borrosas de un cuadernillo donde se recogen romances religiosos

Pasaron los años y viví otras Semanas Santas en otras ciudades, incluso ninguna Semana Santa en algún viaje al extranjero, hasta que recalé un buen año en la Semana Santa andaluza. ¡Qué impresión! Acostumbrada a las austeridades madrileñas y castellanas, aquellas procesiones inacabables con los bailes de las imágenes, las Vírgenes bajo lujosos palios, los numerosos nazarenos más el que llevaba el búcaro, las innumerables viudas de Cristo saliéndose de la fila a tomar un café, y supongo que a hacer un pipí... En fin, tuve que volver algunos años después y que alguien del pueblo me explicara desde dentro todo aquello para que yo empezara a entender algo de la Semana Santa andaluza.  

Años después vuelta al pueblo y desde el pueblo a los de alrededor, buscando esas manifestaciones populares semanasanteras en pueblos donde no tienen apenas imágenes, por supuesto que carecen de bandas de música, de filas de cofrades luciendo capas de colores, por no tener ya apenas queda gente, pero donde todavía es posible oír como los fieles desgranan la Pasíón en versos de arte menor, o se entonan en un registro casi imposible los Catorce romances de Lope de Vega. Aunque en algunos casos la separación por sexos en los actos litúrgicos es manifiesta, no faltan las cofradas luciendo el pertinente hábito, portando insignias, o llevando la cruz a cuestas, en el sentido más literal.

Un cirineo vestido de blanco ayuda a llevar una tosca cruz a un penitente vestido de morado
Fuentemolinos 2012: aquel año llevó la cruz una chica. 

Nada de esto me encuentro en Barrio de Piedra, porque allí estamos en ciudad, y aunque pase por ella el Duero, como por alguno de esos otros pueblecillos, la Semana Santa allí es una Semana Santa con pretensiones, numerosos pasos, cofradías sin fin, el obispo y hasta el gobernador civil presidiendo los actos. 

Y mientras todo eso ocurre ante los ojos atónitos del alemán Peter Gesteine, que toma buena cuenta de todo e impresiona carrete tras carrete con su cámara, al otro lado del río, una comunidad cristiana diferente se prepara para celebrar la Cena, de una forma también un tanto singular. Son pocos y procuran ser católicos y ecuménicos: algunas familias de confianza, los postulantes, un par de sacerdotes, dos monjitas que se visten de seglares, una década después de que lo hicieran sus hermanas de las grandes ciudades, la cocinera del convento, y una pareja singular. Se trata de Juan, un joven designado para entrar en el seminario y Ashma, una morita sin velo ni familiares varones que velen por ella, y que apareció por Barrio de Piedra con unos feriantes en vísperas de vendimias; apareció para quedarse y para enamorar al joven cristiano, pero de orígenes biológicos marroquíes, según se desprende no solo de las circunstancias sino también del color de su piel.

Ashma, invitada por Juan a la cena comunitaria, va a dar el toque ecuménico a aquella asamblea, que se anuncia entre revolucionaria y transgresora. Ashma ha aparecido con el pelo cortado a lo chico, su espectacular melena debió quedarse atrás, y va a ser ella, una mora, quien precisamente intente romper la sagrada tradición masculina e infiltrarse como un penitente más en la procesión.




La secuencia de la Cena resulta un tanto confusa para el lector no iniciado. ¿A qué asistimos realmente? ¿A una liturgia renovada? ¿A una conmemoración sui géneris de la Cena del Señor? 
En cuanto al momento de la consagración, pensaba el ponente que, por coherencia, habría de ser la Comunidad la que extendiera las manos y la que recitara las palabras sagradas. Jesús había querido quedarse en todos y todos serían, en comunión, quienes lo invocaran. Y por qué no, como había ocurrido a lo largo de la historia de los hombres, tendría que ser una mujer la que recogiera los restos de la cena y los guardara en el sagrario del monumento para la celebración del Viernes. 
Si las primeras frases de este párrafo se adentran en un terreno teológico cuanto menos arriesgado, la última a mí me deja boquiabierta. ¿A dónde quiere llevarnos el autor con esa afirmación?

Pues así nos cuenta que se hizo: 
Y todos juntos, con las manos extendidas como las alas de los pájaros, dijeron las palabras de Jesús, comieron el pan [que Catalina había cocido en el horno] y el vino [cosechero que don Nico había traído de la bodega de la orden], cantaron la canción del mandamiento nuevo, y acto seguido, sin punto ni aparte, empezaron a dar cuenta de los manjares sabrosos...
La Cena y la noche traen aún para el lector algunas sorpresas, y no solo por la travesura que los más jóvenes están dispuestos a perpetrar infiltrándose en la procesión. De la Huerga no ahorra detalles del acto singular que acaba de tener lugar:
Recogieron los manteles y dejaron la mesa desnuda. La madera del altar quedaba preparada para la celebración del Viernes. El mantel de hilo colgaría al día siguiente de la cruz como sudario. 
Un momento, ¿qué leo?, ¿que el mantel de la cena iba a servir de sudario? ¡Dios mío! ¡Cómo habrá quedado ese mantel después de la tortilla, el suflé, la ensalada, el vino cosechero, y el prueba de esto, y pásame aquello! Sin duda, con todos los «sacramentos», después de aquella amigable cena. ¿Qué hace la diligente Catalina que no está atenta y se apresura a jabonarlo, a frotar una a una las manchas, a dejarlo en remojo toda la noche, si es preciso, y a tenderlo al sol mañanero de la huerta para que esté presentable al día siguiente? ¡Qué poco saben algunos de lavar y solear manteles después de las fiestas familiares!


Ofrenda de pajarillas (pastas) sobre tortas de aceite el día de Jueves Santo


Procesiones, hachones, latigazos, flagelaciones, amarguillos regados con vino se suceden, todo muy previsible, sin salirse del guión en esa noche, con luna casi llena, siempre según el autor. El poeta Pino ha permanecido al margen de todos esos actos y vuelve a su choza al lado del río, cuando se encuentra con una escena insólita: «Ashma caminando por el pretil como una funambulista de feria».

¡Vaya susto que se lleva el poeta de jaikus! 

Porque además la chica está medio desnuda, «vestida apenas con una camisa blanca, las piernas desnudas y descalza». ¡Vamos, toda una aparición expulsada de una de aquellas siniestras procesiones! ¿Dónde ha quedado su hábito, su disfraz? ¿Dónde sus amigos postulantes, con los que ha compartido la aventura de camuflarse en la procesión?

El poeta la rescata, la viste, como quien viste a una «hija a punto de salir a la calle una mañana de invierno escolar». La morita canturrea la marcha procesional, al poeta le vienen instintivamente pensamientos eróticos ante aquella piel magullada, Ashma está llena de arañazos. El poeta la lleva hasta la casa del escultor Tapias, donde sabe que la chica presta sus servicios. Llegan a la casa, el poeta cojo los recibe extrañado, hacía dos días que no sabía nada de la chica, y ahora se la traen así, en aquel estado. 

Tapias empieza a desnudarla tan paternal como Pino a vestirla minutos antes, pero los pechos «apenas abultados», sobre los que se vuelve a hacer hincapié, la suave cadera, los brazos y piernas menudos y fibrosos, despiertan en él su más profunda vena artística.

Las siguientes líneas, sin duda de lo mejor de la novela, las invitamos a leer despacio, saboreándolas. Gozemos, porque merece la pena, del proceso de creación del imaginero. Cómo va, estimulado por la belleza de Ashma, a la que ha sorprendido inconsciente en una escena cuanto menos irreverente, esbozando lo que será el regocijo del encuentro de la Madre con el Hijo el Domingo de Pascua. 

¿La Virgen o María Magdalena? Noli me tangere! 

En aquellos años una obra recorría los escenarios, obra que algunos trataron incluso de blasfema por haber escamoteado la figura de la Virgen en favor de la de la pecadora más universal, se trataba de Jesucristo Superestar. 

Todavía ocurrirán más cosas esa noche de Jueves Santo, pero ha empezado a nevar sobre Barrio de Piedra y nosotros nos cobijamos bajo ese manto de silencio hasta el Viernes Santo.


Comentario para el club de lectura La Acequia.

viernes, 26 de mayo de 2017

Número 159. Pasos en la piedra. ¿Dónde están ellas?

Tras la primera lectura  —a saltos, lo reconozco— de Pasos en la piedra, me queda la sensación de estar ante una novela masculina. Una novela en la que pese a ser, según su autor, una novela coral, encuentro demasiadas voces  graves; una novela que, según alguna crítica, describe bien la sociedad, pero que se deja demasiadas veces fuera a la mitad de esa sociedad: hombres son los que la dirigen, en lo civil y en lo espiritual, hombres los pensadores, los artistas, los artesanos, los naturalistas, los poetas, los excéntricos y hasta los locos. 


Collage de distintos rincones de ciudades y pueblos castellanos


¿Dónde están las mujeres de esa sociedad provinciana de 1977?, me pregunto.

Así que, como no pueden haber desaparecido del todo, como no podemos estar ante una sociedad del futuro en la que sus habitantes, ya sean alfa, beta o gamma, hayan venido a este mundo en una probeta, en la relectura me proveo de un candil y me pongo a buscar, como primera providencia, a las mujeres en la novela. Me pongo a hurgar, precisamente, en ese aspecto social, porque para hablar de otros valores tiempo habrá.

Salvo que me fallen memoria y notas, la primera mujer que aparece en la novela es doña Eugenia, Uge para los íntimos, madre del protagonista, señora de su casa; casa con amplio servicio, que informa, como manda el protocolo de las casas bien, de la llegada del hijo más una visita. Nada del hijo recorriendo pasillos en busca de su madre y gritando «¡sorpresa!, ¡sorpresa!», en las casas bien, las señoras reciben en bata de recibir visitas hasta a los unigénitos. 

La segunda mujer que aparece, como no podía ser menos tras ese genérico «personal de servicio», que parece apuntar a algún mayordomo en plantilla, es la cocinera, más tarde aparecerá también alguna «muchacha de servicio», que para algo estamos en el hogar del gobernador civil, como pronto sabremos.

Doña Eugenia, en sus pensamientos trasladados sabiamente al papel por el autor, recuerda mucho a la Carmen de Delibes, porque doña Eugenia, aparte de ser la santa esposa de su marido, es madre, una madre de esas que tienen que organizarlo todo, y habla y se expresa con un cierto desparpajo, tanto interiormente como ante el resto de la casa. 

Germanito, el protagonista, el unigénito de doña Eugenia y el gobernador civil, y su amigo, el coprotagonista, un alemán muy majo que estudia antropología, porque esas cosas se estudian en países como Alemania, salen a tomar el pulso en directo a la ciudad que se prepara para los días grandes, los días santos, y como de las ciudades recomiendan los modernos viajeros no perderse los mercados, allí vemos reproducirse una escena doméstica con gran sabor local: 
—Fausto, acuérdate de comprar la piedra de picar la guadaña en la ferretería de Barrio, que luego reniegas... 
¿Hace falta especificar que las piedras de picar las guadañas se compran en las ferreterías? Mucho especificar es eso en labios de la mujer que despide al marido a la puerta de casa. ¿Son acaso pistas que va dejando el autor para el urbanita y joven lector? ¿Picar las guadañas, dice usted? No problemo, san Google está para algo

Sigamos poniendo la oreja como nuestros jóvenes estudiantes:
—El caso es que no sé qué voy a poner a los forasteros que tengo en casa por los días santos. 
—Bacalao, mujer, bacalao. Es lo suyo. Menudos lomos tienen en El Pez de Oro. Ahora, prepárate a hacer cola. 
A ver, suponemos que hablan dos mujeres y que la una aconseja a la otra comprar bacalao ¡¿el Miércoles Santo?!


Cazuela de barro con guiso de pescado y huevos escalfados


El bacalao, plato obligado del Viernes Santo en la Castilla profunda, ha de estar en remojo como muy tarde el Martes Santo. ¿Cuándo piensa preparar el bacalao la aconsejante? Aun suponiendo que no haya cola en El Pez de Oro —el nombrecito se las trae— y se dé prisa la mujer en llegar a casa y echar a remojo los lomos, el viernes por la mañana han de estar aún como la mismísima muera. A ver, a ver, que si se le han presentado forasteros y no tiene bacalao suficiente para todos, tendrá que improvisar y completarlos con huevos duros, huevos poches, huevos rellenos o huevos con besamel y tomate, eso o salir del paso con la socorrida pescadilla, aunque sea congelada, pero ¿recomendar comprar bacalao el mismísimo miércoles para comer el viernes? ¿No se le ha ocurrido mejor forma al autor de sacar el obligado bacalao a relucir? Podría haber recurrido al viejo truco de echar un pollo al río y pescarlo, para cumplir con la vigilia. Cuando yo digo que esta novela es muy masculina...

En 1977 un hombre necesitaba de una mujer que lo alimentase, y eso aunque se hiciera jipi, se pasara días enteros por el aire, o decidiera ser pobre de solemnidad, que Dios siempre provee. Así sabemos que otros componentes del coro como los hermanos Lozano, tan iguales y tan distintos, tienen madre, como en las zarzuelas, doña Águeda se llama la señora; y que el poeta Pino, a falta de madre, tiene una hermana que no se fía mucho del Dios proveerá y procura que a su hermano no le falte de nada, por mano varonil frailuna interpuesta. 

En Barrio de Piedra, esa ciudad castellana que todos sabemos reconocer, aparte de madres y hermanas y alguna novia formal, hay putas, como debe ser, que a ver si no ¿dónde van a echar los barriopedrinos una cana al aire cuando dejan a sus novias recogiditas en casa? Las putas son como se las espera, nada de chicas finas, tienen «la cara mellada y correosa, pura cecina seca baqueteada por toda una vida a la intemperie», o sea, del rastrojo al lupanar, pero hay que reconocer a la pluma del escritor que la imagen tiene fuerza.

Y mientras todo eso ocurre en la vieja y pétrea ciudad castellana ¿hay vida más allá? La hay, y Germanito no ha tardado en descubrirla por el camino trillado de una compañera progre de Derecho que le cala nada más poner el pie en la facultad. 

Chelo, su madrina de partido, es progre, roja para ser más específicos, con facilidad para abrirse de piernas y además sin ataduras, vamos ¡un chollo para un joven superhormonado —palabra que le robo a la Boticaria García—, que ha dejado atrás colegios religiosos y las faldas provincianas de la madre! Chelo no puede ser más tópica, aunque responda al ideal que a muchos jóvenes les hubiera gustado encontrar. Las que vivimos aquello en primera persona sabemos que ni todas se iban a la cama con el primero que pasaba, ni el que te recetaran la píldora, ese sueño de los hombres, era tan fácil. Por cierto, ese «con las medidas protectoras oportunas, ninguno de los dos pediría cuentas al otro» me ha dejado totalmente obnubilada: ¿de qué hablamos?, ¿de barreras físicas o emocionales?

Y así llegamos a Yolanda:


Escultura de la chica leyendo a la entrada del metro de Aluche. A sus pies una placa recuerda a Yolanda González
A los pies de la escultura, una placa
 recuerda a Yolanda González  y
 todos los asesinados por el fascismo .

No sé la razón que ha podido llevar a De la Huerga a anticipar en tres años el asesinato de Yolanda González, la estudiante de Aluche, secuestrada y asesinada por miembros de Fuerza Nueva, de alguno de los cuales se sospecha que pasó, tras su huida de la cárcel durante un permiso, a prestar servicios a las fuerzas policiales. Flaco favor a la justicia y uno de tantos flecos que nos dejó la Transición, sin lugar a dudas muy imperfecta.

De la Huerga ha trasladado a aquellos días previos a la Semana Santa de 1977 muchas de las circunstancias que ocurrieron en torno al asesinato de Yolanda para justificar la llegada del protagonista, Germán, a su ciudad de origen, donde trata de pasar desapercibido. Y no se me alcanza la razón, porque hechos históricos bien documentados hay a comienzos de aquel mismo año para hablar de la atmósfera de persecución y a la vez de esperanza en los partidos de izquierda, todavía ilegales. 

Aquel día de enero en que enterraron a los abogados de Atocha, y que yo viví muy de cerca, no solo por proximidad geográfica a la Plaza de la Villa de París, sino también porque sendos compañeros de CC. OO. y de la CNT se turnaban sobre una papelera que servía de pedestal improvisado, para dirigirnos la palabra a los compañeros de la oficina; quizá nunca los volvimos a ver tan unidos en una lucha común...

Los jefes, por lo general, hacían la vista gorda ante aquella huelga de facto no anunciada que nos tenía a todos sobrecogidos, alejados de nuestros puestos de trabajo, nerviosos, saliendo y entrando de la calle con las últimas noticias, hasta que vimos cómo se iba sumando gente y gente, para nosotros, finalmente, sumarnos también.
—Pero ¿esto qué es? —rezongaba algún jefe viendo más rojos de los necesarios entre sus empleados.
—Déjalos, que lo que ha pasado es muy gordo —decía otro cogiéndolo suavemente del brazo y llevándolo a un apartado.
En la calle, en Colón, había sobre todo silencio y rabia contenida, alguna lágrima de impotencia se escapaba, se levantaba el brazo, puño cerrado en alto, se entonaba aquí y allá tímidamente, como si no tuviera suficiente fuerza para salir de los pechos, La Internacional, pero sobre todo había silencio, respeto y ni una palabra más alta que otra. Sabíamos que aquel día el Partido Comunista se jugaba su prestigio, aquel día el PCE se ganó su legalización.



 

De los otros personajes femeninos que nos acompañarán en los siguientes días santos, hablaremos las próximas semanas.


Comentario de Pasos en la piedra, de José Manuel de la Huerga, para el club de lectura La Acequia.

martes, 9 de mayo de 2017

Número 158. Brillante. Interior

Relucen
conmutadores de lacre
contra el flashback,
de lo que todavía desconozco.
Versos repescados del primer poema que abre la segunda parte de Brillante.

Una amiga, seguidora y muy very fan de este cuaderno de bitácora, me dice que rara vez hablo de música, y yo le recuerdo mi eterna disculpa: tengo una oreja enfrente de la otra, lo cual no quita para que dentro de mí resuenen algunos sonidos; y por alguna asociación de esas extrañas que produce la poesía, este librito me trae a la memoria esa canción de Sabina que se ha convertido casi en himno de muchas cuadrillas que hace tiempo que peinamos canas. 





Elijo esta versión, cantada a dúo hombre-mujer, porque durante mucho tiempo nos alegró los bytes cotidianos, y de vez en cuando está bien acordarse de los compas, de Juan y Ninos, porque éramos compañeros y sin embargo, amigos. 

Añado también, para lo de la cultura, que a otro lector de Brillante, le trae también a la mente esta canción, aunque en la versión de Los Secretos, versión que no conocía y que agradezco. Bueno, ya solo nos queda que el señor Lobato nos confiese que efectivamente, que además de todas esos precedentes literarios con los que explícitamente nos regala, se inspiró también en las desgarradas canciones del aspirante a Nobel español, y digo esto porque ayer volví a oír esa alusión a cuenta del Nobel de Dylan, en claro menosprecio no solo al autor americano sino también a todos los letristas y cantautores que en el mundo son. 

¡Va por ellos! ¡Va por todos los poetas en la sombra!

Bien, la poesía toca fibras, ya lo he dicho, y algunas tocan resortes según voy avanzando en el encuentro amoroso, antes de llegar al desamor, del poeta con su amada, palabras que recuerdan el futuro: «te besé mañana»...

Lamentablemente el mañana es bien distinto, porque en algún lugar lo has dejado claro:
Perdóname:
quiero ocuparme de tu vida.
Pues me vas a perdonar tú, pero de mi vida no tienes por qué ocuparte, no soy tuya. 

Me vuelvo con mis hermanas a la Puerta del Sol, a gritar a la luz de una vela, no de desamor, sino de  impotencia, porque son muchas las caídas en este año, cuenta tramposa que pone el marcador a cero cada 1 de enero:
Esta cifra,
desconecta el prototipo de otra fase,
tu azar exacto,
la desconfianza.
Releo tus versos en mal momento, será el azar, quédate con ellos, esos que como Sabina comenzaste a escribir... Mi cuerpo guarda buen recuerdo de esas heridas a las que aludes, no son metáforas: 
Porque
ya no quedan hendiduras
donde escribir
deseo volver
a tu perfume. 
Indico una pesadilla
conectada a su vestido rojo
...
Sí, los zapatos rojos de mis hermanas, mudos testigos de tus maltratos: 
Asumo
que vive dispuesta para llorar.
¡Basta ya! 

Imagen nocturna en tonos amarillentos en las que unos focos iluminan los testimonios en el suelo de las mujeres asesinadas
Imagen tomada de Las de Sol 

Perdóname, fui a releer tus versos seguramente en muy mal momento. 


Comentario para el club de lectura La Acequia.

domingo, 7 de mayo de 2017

Número 157. Emilia

Ayer tuve ocasión de asistir a esta obra de teatro de la que llevaba tiempo oyendo hablar y leyendo algunas críticas, todas bastante positivas, pero ¡quién se fía de las críticas a estas alturas en las que todas suelen repetir lo mismo!

Casi todas destacan el feminismo patente en el texto, porque antes de que existieran los feminismos ya había feministas. Poca novedad es esta, ciertamente, porque ya sabemos que desde siempre existieron mujeres extraordinarias, pero quizá la novedad no sea tanto que de vez en cuando salga a la luz una, sino que detrás de esa vayan apareciendo otras, otras conscientes de que no son menos que los hombres, y menos en ciertos áreas donde la biología nada cuenta, y sí los aspectos de educación, de tradición, de voluntad, de poder, sobre todo de poder.

Sobre un fondo negro y letras rojas aparece la imagen de Emilia Pardo Bazán de medio cuerpo, de frente, apuntando con una escopeta al espectador
Cartel promocional de la obra tomado de la web Teatro del Barrio
La imagen elegida por Teatro del Barrio para su cartel promocional no se corresponde a ninguna escena real de la obra, no hay una escopeta física apuntando al espectador o a otro personaje o personajes, pero sí es una buena metáfora de la palabra directa, la palabra como arma que acusa a esos académicos que desde sus poltronas vetan sistemáticamente la entrada en la Academia de una mujer, porque es mujer. 

Esa escopeta es esa frase «¿verdad, don Leopoldo?» que repite la protagonista fijándose en un determinado punto del patio de butacas. Don Leopoldo es Clarín, uno de los mayores enemigos literarios de la Pardo Bazán, que en la obra permanece cobardemente mudo:  «Ya se cansará esta loca», parece decirnos con su silencio. Él, Clarín, creador de una Ana Ozores que se ahogaba entre las paredes de su casa porque su marido solo pensaba en ir de caza, no podía ver con buenos ojos a aquella descarada capaz de recibir a sus amantes, especialmente a su «ratoncito» en la propia. Y doña Emilia, siempre directa, nos recuerda la palabra con la que la calificaron sus coetáneos una y otra vez: puta, puta, puta. 

Sin embargo, este comentario no quiere ir por terrenos ya trillados, sino destacar la excelente labor de una actriz, Pilar Gómez, que ha sabido ponerle cuerpo, talle y voz a doña Emilia Pardo Bazán. No solo por aguantar sin titubeos los 60 minutos que dura el monólogo, sino también por la serie de matices que introduce en las distintas escenas: desde un marcado acento gallego en las escenas más coloquiales, más de calle, hasta ese acento dulce, familiar, nada meloso, de las escenas más intimistas. De diez la escena erótica de ese encuentro con Galdós a través del cual entendemos por qué la escritora quiere poner a su amigo, a su amante, un monumento. 

Excelente también la iluminación que va marcando los distintos escenarios de la obra, desde los públicos a los más domésticos pasando por los luminosos, florales y festivos de una Valencia que homenajea a la escritora con una gran fiesta y una gran paella. 

El vestuario ayuda también a la recreación del personaje, una falda con un discreto polisón que viene a dar volumen al contorno de la artista, ya sabemos por sus retratos que doña Emilia era abundantes carnes, y con los consiguientes guiños a ese físico: «Mis posaderas caben en un sillón de la Academia», y ese «yo me miro al espejo y no me veo fea, guapa no, pero fea tampoco». 

El texto, salido de la pluma de Noelia Adánez, no puede ser más ajustado y preciso; un texto que en 60 minutos hace llegar al espectador las inquietudes de una mujer del siglo XIX, extraordinaria, privilegiada, pero mujer. 

En definitiva, un espectáculo muy recomendable.

Teatro del Barrio ha iniciado una gira interna por los barrios de Madrid y en sus planes está llevar sus obras a otros puntos de España. No os perdáis Emilia, si tenéis la ocasión.