lunes, 31 de julio de 2017

Número 168. Año de jerbas, nunca lo veas

Hace algunos días, en una reunión familiar, mis mayores comentaban que no habían conocido año como este, ni trigo, ni vino, ni fruta —mi peral tiene una triste pera y la manzana ya se cayó agusanada—, ni huerta, que se cae la flor de los tomates sin que salga el fruto y los calabacines no crecen, ni nada de nada.

—Es que año como este nada de nada.

—Dicen que año de jerbas, nunca lo veas —abundó uno de mis tíos—, pues este año ¡ni jerbas!

A mis oídos refraneriles no se les pasó por alto esta variante del más conocido y clásico, Año de brevas, nunca lo veas, así que decidí tomar nota.

Jerba es la variante local de serba, fruto del serbal (Sorbus domestica). Las jerbas, al contrario de las brevas, no eran muy apreciadas por estos lares, ya que se las consideraba un alimento marginal utilizado mayormente para cortar las diarreas por su poder astringente. Las brevas es bien preciado con el que nos obsequia el final de la primavera, principios del verano, pero el refrán clásico nos habla de que el año en que son abundantes, la cosecha de cereal, alimento básico de animales y personas, suele escasear, así que ¿las jerbas también? ¿El año que abundaban había sido malo igualmente para el cereal?

Sin más abundamiento, pensé o bien que mi tío había sufrido una confusión fonética de brevas por jerbas, o bien había adaptado el refrán clásico a la conversación. Sin embargo, la consulta a los refraneros me iba a proporcionar alguna sorpresa.

Por ejemplo, no solo las brevas, parece que la abundancia de peras tampoco es buena señal para las cosechas básicas: Año de peras, nunca lo veas.


Una pera en el árbol


Los asturianos (Viejo Fernández, 2012) nos dan abundante información sobre este aspecto:
Añu de munches peres, al otru de penes [Año de muchas peras, al otro de penas].Pues habrá escasez de cosecha escasa al año siguiente.
Otras variantes y versiones de sentido equivalenteAñu de munches peres, al otru de peruyes [Año de muchas peras, al siguiente de peruchas] (peruya, que hemos traducido recurriendo a un sufijo despectivo de sentido similar, es propiamente una variedad de pera, silvestre o no, de menor tamaño y calidad que la normal). Cf. Si un añu ye de peres, otru de peruyesAñu de peres, nunca vinieres [Año de peras, nunca vinieras].
Refranes más duros y más genéricos encontramos todavía en una reciente antología (García-Borrón, 2017: 427):
Año de frutas, nunca lo veas; palabras de putas, nunca las creas.
Volvemos al refranero asturiano (Viejo Fernández, 2012) para ampliar la lista de cultivos aparentemente incompatibles: 
Añu de yerba, añu de mierda [Año de hierba, año de mierda].
La abundancia de hierba guarda relación con la de lluvias que, por su parte, pueden ser perjudiciales para otro tipo de cosechas orientadas al consumo humano.
Otras variantes y versiones de sentido equivalenteAñu de yerba, añu de miseria. Añu en qu' heba muncha yerba, poca grana na panera [Año en que haya mucha hierba, poco grano en la panera]. Añu de yerba, nunca elli venga [Año de hierba, nunca él venga].
Igualmente el más clásico refranero castellano ya nos prevenía contra la abundancia en el huerto allá en el mes de mayo, aunque este año no haya sido tampoco el caso:
Mayo hortelano, mucha paja y poco grano.
«Pues este año no comemos tomates», insistían mis mayores, mientras observadores más jóvenes comentaban de la práctica ausencia de abejas, avispas, abejorros y otros insectos polinizantes. A lo mejor ese riesgo del que nos prevenía la prensa muy especializada sobre la muerte de las abejas y sus consecuencias ya la tenemos aquí. 
¿Pero y las jerbas?, dirán mis lectores enganchados todavía en el título de este post. La respuesta la encontramos en el refranero catalán que nos dice: 
Any de serves, mai lo veges y Any de serves, any de penes 
Literalmente, Año de serbas, nunca lo veas y Año de serbas, año de penas. Sobre la primera variante explican que el año en que se veían obligados a comer serbas es porque había habido malas cosechas, no solo de trigo. 
Ahora entendemos mucho mejor el lamento de mi tío: ¡Este año ni jerbas!
Los refranes viajan y de cómo llegó y por qué caminos este refrán, documentado en el Maestrazgo, a Burgos, seguirá siendo una incógnita, pero antes de despedirme quiero dejar otro testimonio de la sabiduría paremiológica del refranero, muy en consonancia con el uso más habitual en Burgos para las jerbas:
A mal de cagar, no hi valen serves
Es decir que contra las diarreas fuertes, poco pueden hacer los remedios más tradicionales.


Referencias

miércoles, 26 de julio de 2017

Número 167. Fuentelisendo

Había pasado siempre con prisas por Fuentelisendo, con la prisa del que pasa por la carretera camino de otro lugar: los 50 por hora a los que obliga la travesía dan para apreciar un puñado de casas, y una iglesia en lo alto, como asomada a un balcón y poco más. 

Y digo lo del balcón a propósito, porque ya dentro, a poco que camine por sus calles en busca de la iglesia, uno se da cuenta de que este pequeño pueblo es un balcón asomado a ese valle que forma la N-122, esa carretera que discurre entre viñedos a su paso por el sur de la provincia de Burgos. 

Es mediados de julio de un día de entre semana y las calles están vacías. No hace excesivo calor, el día ha salido apetecible y sin embargo, se tiene la sensación de que todos sus habitantes permanecen aún en sus casas, no atreviéndose a salir, esperando a que caiga la tarde aún más.

Casi por instinto, y tras serpentear con el coche por callejuelas cuesta arriba, y alguna cuesta abajo, llego a una placita relativamente amplia, donde en un extremo se ven dos arcos que tienen toda la pinta de cobijar una fuente y a sus pies un pilón. Estoy en el downtown, como me dirán más tarde, pero o nos adelantemos.
arcos de la fuente, barandilla y pilón. Por encima de la fuente se ven parras

Dejo el coche casi allí mismo y me dirijo a pie a la fuente, estoy ante el lugar en que la Wikipedia considera el origen del pueblo, o al menos del nombre, Fuente Lisendro. No hay que olvidar que son varios los pueblos que en la comarca llevan en su nombre la referencia al agua, a las fuentes: Fuentemolinos, Fuentecén, Fuentenebro y un poco más alejados Fuentespina y Fuentelcésped. 

Una terraza parece servir de techo a este conjunto, y por ella asoman unas cepas, estamos en la Ribera. Rodeo el monumento para admirar el parquecillo que lo corona y me reafirmo en que este pueblo es un gran balcón.


El agua del pilón, que no ha estrenado todavía este año las remojadas de los mozos en fiestas, me refleja casas de diversas formas y tamaños, grandes y pequeñas, nuevas y viejas, con las persianas bajadas y los postigos cerrados. El pueblo duerme y solo de vez en cuando se oyen rumores, alguna voz que sale de algún portal, pero todo vuelve enseguida a la calma.

Empiezo a caminar guiada por la torre de la iglesia, nadie en mi camino, solo puertas cerradas, persianas bajadas, talanqueras ajustadas...

El barrio de la iglesia me descubre el barrio de las bodegas, cerro arriba, con sus puertas arruinadas, sus techos caídos y sus zarceras sobrevivientes. Un cartel informa de la disposición de aquel barrio donde en otro tiempo múltiples bodegas y lagares dejaron su impronta. 


subida a la iglesia e inicio de la calle principal de las bodegas


Sigo hacia la iglesia entre zarceras y casas —es un pueblo, sobre todo en la parte alta, en el que conviven casas, bodegas y lagares—. La iglesia se abre en lo alto ante otro espléndido balcón, ya hemos dicho que es un pueblo lleno de balcones, que miran hacia el sur. Desde ese privilegiado mirador pueden verse algunas viñas primorosamente cultivadas, con las cepas aliñadas como los niños en un cuadro de gimnasia sueca. Justo enfrente de la iglesia, casi se tocan, hay un lagar cuidadosamente renovado. Está cerrado, pero se ve que se ha querido preservar para la posteridad. A pesar de que muchos pueblos en la Ribera conviven en un mismo espacio, generalmente un cotarro o cerrillo, la iglesia y las bodegas, creo que es la primera vez que veo la iglesia y un lagar tan juntos. 


Lagar visto desde la iglesia


Desciendo hacia lo que es el centro del pueblo, más casas cerradas, alguna habitada, pero con las persianas bajadas, no se ve un alma.

Una terracilla adornada de vides me saluda, otro balconcillo que se abre al valle, otro lugar para pararse, tomar una foto y fijarse en que a pesar de lo temprano de la estación, estamos tan solo a 20 de julio, ya hay racimos pintados. Por Santa Ana (26 de julio) pintan las uvas, dicen en los pueblos donde la uva madura pronto, pero en la Ribera todo va un poco más tardío. Aquí tenemos una clara excepción, se ve que el sol que reciben estas plantas hace su labor, y las casas les dan abrigo frente a las heladas. 


racimo pintado


Llegó a la plaza y me recibe el soberbio edificio del ayuntamiento y un árbol copudo y frondoso que preside otro gran balcón.


enorme árbol en el centro de Fuentelisendo


Balcón que se abre sobre los tejados del pueblo bajo y sobre el frontón que hay al lado, bajando unas escaleras, y que sin duda servirá también para pista de baile y otros usos. Unas pintadas nos hablan de un Fuentelisendo más juvenil, más gamberro, dirán algunos, pero los jóvenes no están en esta tarde de julio, solo su colorida huella en la pared.


frontón


Llevo una media hora paseando por el pueblo y todavía no me he cruzado con un alma.

De balcón a balcón me fijo en el que se abre en la fachada principal del ayuntamiento, y sobre él una inscripción que dice que se hizo reinando Carolo, el IIII esta vez, y el número romano aparece así escrito, con cuatro palitos.


balcón con inscripción de cuando se hizo el edificio

Un leve murmullo de voces me llega, pero sigo sin ver a nadie. De la misma fachada del Ayuntamiento parte la calle la Fragua, y me parece curioso que tal actividad, normalmente un poco relegada a la parte baja, hubiera podido estar junto a la parte más noble del pueblo: la iglesia le da la mano al lagar y a las bodegas y el ayuntamiento a la fragua.

Calle abajo sigo viendo lagares arruinados, casas abandonadas, entradas a bodegas en el cogollo del centro... Por un momento pienso que este pueblo tuvo más bodegas que casas, si sumamos todas las de barrio alto y las que aparecen entre las casas. 


entrada a bodegas en calle principal

Se va echando la hora que me he marcado, así que dirijo mis pasos hacia el coche y es entonces cuando oigo voces claras y distingo siluetas. Son dos hombres que han salido a dar su paseo vespertino y se andan preguntando de quién será aquel coche que no les es familiar. No me cuesta pegar la hebra con ellos, pronto se suma un tercero al que acompaña un perrillo. 
casa de dos pisos que parece habitada. Fachada enfoscada en tono ocre, cercos de las ventanas y balcón en ladrillo visto


Me hablan de la fuente: «románica», me dice el uno; «el downtown del pueblo —añade el otro— que aquí se reúne la gente». Hablamos de lo deterioradas que están las bodegas, y me aclaran que alguna van arreglando como merenderos, pero pocas. Les pregunto si tiene bar, y me responden que ahí fallan, que solo abre algunos fines de semana y en el mes de agosto, que en ese pueblo no son gente de bar. Sí me confirman que hay centro social de mayores, en los bajos del ayuntamiento, donde se reúnen las mujeres a jugar a las cartas y de donde probablemente saldrían los murmullos que oí cuando andaba en las cercanías.  

Me despido y según abandono el pueblo voy viendo algún viejecillo que toma el sol de la tarde sentado en algún banco del camino que rodea el pueblo, y un imponente tractor con remolque que va, no viene, a sus labores. 

Nota final: Para completar el paseo se puede visitar este blog en el que se da noticia de algunas curiosidades y del posible origen románico de las piedras de la fuente. 

sábado, 22 de julio de 2017

Número 166. Las informáticas de los ochenta

Esta entrada es atípica, no habla de refranes, ni de libros, ni tan siquiera de pueblos pequeños visitados a mi aire en ratos perdidos. Esta entrada está llena de nombres propios, y lo está porque está dedicada a todas las compañeras que allá por los ochenta, y algunas antes, estábamos ya pegándonos con los bytes.

La revista El Jueves, siempre tan aguda, dedica un temazo a los ordenadores de los 80, pero mire usted que en ninguna de sus viñetas aparece una sola mujer frente a alguno de aquellos añorados cacharros, y sin embargo, estábamos, y probablemente más de una añore el suyo, el suyo personal, y aquellos tiempos del cuplé.

Empezaré por una foto de mi primer ordenador personal, mío, mío, pagado con mi dinerito, que no quiere decir que fuera el primer ordenador ante el que yo me sentara. Todavía lo guardo, y más de una vez he pensado en donarlo a algún museo.

Ibm-convertible
IBM PC CONVERTIBLE

Hablamos de ordenadores personales, en el doble sentido de la palabra personal, pero es que para entonces, nosotras, las informáticas de los años 80, ya nos pegábamos a diario con grandes ordenadores, los mainframes, que por sí más sus periféricos ya ocupaban varias salas. Y si no pongo foto es porque eran muy poco fotogénicos y en las películas tenían que recurrir a las unidades de cinta dando vueltas para simular que los bits se movían por allí dentro.

Y allí estábamos, al pie de la consola, las informáticas de los 80, mis compañeras más cercanas, de las que seguro que olvido alguna: María José (la Atómica), que sabía mucho de una cosa llamada MVS; de Susi, Merche (que se nos murió un 8 de septiembre), que andaban enredando en las redes telemáticas; Maricarmen, María Antonia, Luci (a la que no vamos a dejar fuera), Cecilia (que también murió), que lo tenían todo a punto; Mariví, que operaba con soltura aquellos cacharros; Conchita (le jefa de los jefes); la otra Conchita y Rosa, del otro departamento, que probaban nuestros estropicios las largas noches en vela... 

Y luego estaban las que llegaron después, ya con su titulación en Informática bajo el brazo, como Fátima... Y como digo, he querido nombrar solo a las más cercanas departamental y geográficamente hablando, porque no me olvido de las informáticas del Centro de Proceso de Torrejón. Y seguro, seguro que me he olvidado a más de una, pero a esa le pido disculpas especialmente, y sé que comprenderá que las neuronas nos van fallando.

Sí, también teníamos nuestros referentes, las que sabían lo más de lo más, a las que acudía todo el mundo en apuros, las que siguieron demostrando su mucha valía años y años después, y entre ellas una con nombre y apellidos: Maripa Gimeno López-Dóriga. 

Y esta entrada se la dedico a mi referente particular, a Encarna Lillo, que me ayudó a perforar mi primer programa (en FORTRAN IV), en el Centro de Cálculo de la Complutense. Estábamos a mediados de los 70.

miércoles, 5 de julio de 2017

Número 165. DÍAS DE AZUL Y DE LLUVIA

Hay libros que van directamente a los sentidos, y este, DÍAS DE AZUL Y DE LLUVIA de Santiago Izquierdo, es uno de ellos. 



Portada: cuadro de Santiago Izquierdo con un paisaje abstracto castellano en rojos, ocres y azules.



Ya desde la portada, para la que Santiago ha elegido uno de sus coloridos y personales paisajes, nos damos cuenta de que no estamos ante un libro más. Un libro que hay que leer en papel, pasar las yemas de los dedos por el satinado de sus hojas, disfrutar de las ilustraciones, fijarse en ella, leer esos textos de pulcra caligrafía, libro completo.
El calor fugaz del roce de tus manos,
el eco perdido de tu imposible voz.
El eco perdido de tu imposible voz...  
Estamos ante un libro también musical, otra de las grandes aficiones de Santiago, artista completo, casi, casi renacentista:



Ilustración que contiene un texto y una partitura musical

Yo no escuchaba más que tambores opacos,
crepitar de fogatas y estruendos sin voz. 
Imágenes contrapuestas, a Santiago le gustan los contrastes, jugar con los oxímoros para ir creando ese ritmo pausado que va creando la atmósfera serena con manchas rojas del libro. La pasión, la ausencia, los silencios, el recuerdo.  

Decíamos que es un libro que va directo a los sentidos, el tacto, el oído, la vista, el gusto, casi imperceptible, aunque para acercárnoslo haya tenido que echar mano de una imagen conocida y quizá algo sobada: 
Llegaste del mar una tarde de niebla
y sabías a sal y a castillos de arena.
«Él vino en un barco, de nombre extranjero...», cantaba la Piquer en otros tiempos menos explícitos. 

Me señalaba Santiago, en amena conversación telefónica hablando de su libro, que había evitado conscientemente la presencia explícita del género gramatical: ni ellos, ni ellas, porque pretendía que sirviera para hombres y mujeres, que los sentimientos son universales. 

No sé si lo ha conseguido, quizá habría que leer el poemario en plan completamente anónimo, sin saber quién es el autor, sin saber nada de él, y entonces podríamos hablar de ese tono pretendidamente neutro, pero a mí me sigue pareciendo un libro eminentemente masculino: las mujeres expresamos los sentimientos de diferente manera, o por lo menos eso me parece a mí.



Ilustración que contiene un poema y un dibujo


«Lo mío quiere ser sencillo —me comenta también Santiago—, va de te quiero, me quieres.» Así es, texto e imágenes van trazando una historia universal de amor y desamor, el amor que crece en días azules, en noches estrelladas, y el desamor, que llega gris en días de lluvia. 

Se suceden hechos y recuerdos, quizá más de los segundos que de los primeros:


Era muy difícil
          dejar de oír tu voz:
que me llama en silencio,
           que susurra mi nombre,
                      que acaricia mi vida. 
La música y el tacto vuelven a mezclarse en acertadas contradicciones e imágenes van mezclándose página a página, cuadro a cuadro, ilustración a ilustración, hasta llegar tras la lluvia...


Cuadro de S. I. que da paso a la sección Después de la lluvia. Paisaje en tonos rojos y ocres


... la esperanza, porque...
Siempre quedan azules para obrar el milagro.

Ilustraciones cedidas por Santiago Izquierdo

jueves, 29 de junio de 2017

Número 164. Julián Ayala. Por sus obras los conoceréis.

Me entero por Facebook que ha muerto Julián Ayala, al que no llegué a conocer, salvo por su obra. 

Hay una casa en Aranda, en una calle estrecha según se va de Santa María a San Juan, que llama la atención: su fachada está llena de baldosines con frases, citas, refranes..., fachada barroca donde las haya, es la casa de Julián Ayala.


Collage formado por una vista de la fachada y del balcón principal

Por encima del balcón principal, en el segundo piso leemos la primera de las sentencias: 
La verdad será perseguida pero jamás vencida 
En los baldosines podemos encontrar citas del propio Julián, de personajes diversos, reales o ficticios, verdaderas o apócrifas. 
«El dinero no dá la felicidad. Pero calma los nervios»
leo en un baldosín, y esa tilde sobre el dá me llama la atención, a la par que el cuidado en el uso de las comillas latinas. Es cita textual que viene como anónima, aunque en otras deja bien claro el autor: 

Baldosín con la cita de Jane Austen



"El mundo consiste que los demás se rían de nuestras tonterías y nosotros nos ríamos de las tonterías que nos parece hacen ellos" 
Jane Austen (1.775-1.817) 





Aquí las comillas son inglesas y la redacción y ortografía siguen siendo un poco peculiares herederas de viejas enseñanzas.

A veces los baldosines aparecen de dos en dos, y como pienso que ese codo con codo no ha sido casual, yo tampoco los quiero separar. Aquí otras dos citas, o mejor una cita anónima y un pensamiento del propio Julián: J. A. C.




"Es importante saber que no hay nada gratis. Que todo cuesta".

"La vida es lucha. Cuando cesa la lucha, desaparece la vida"
(J. A. C.)



La primera de las frases me recuerda aquello de que «en Internet cuando algo es gratis, el producto eres tú». La segunda es ciertamente unamuniana: la vida es pura agonía, pura lucha.

En la puerta, la jamba derecha recolecta toda una filosofía de vida en frases de distinta categoría. Leídas de arriba abajo, he aquí lo que nos encontramos:
Si Dios en su gran
bondad, borrachos
nos mantiene,
será porque nos
conviene.
¡Hágase su voluntad!
Que Alá
llene tus
establos de
camellos
"Un hombre
sin dinero,
es un muerto
que camina"
Pasar por tonto,
por payaso o por loco,
ante los ojos de un
idiota, eso es de una
voluptuosidad
de fino gourmet.
Julián Ayala Cuevas
Su nombre aparece destacado en rojo. Curiosos y variados pensamientos.

Dice Tinín Bayo en Facebook, presentando una foto de Florentino Lara en el que se le ve sentado, de perfil, vistiendo un batín blanco con flores, sombrero negro y leyendo, que la lectura fue su gran compañera durante toda la vida. De por qué leía tanto nos da razón un cartelito de fondo blanco embutido entre el dintel, el contador y los cables de la luz: 
"Leer es ingeniártelas para romper la soledad y tomar posesión del mundo".

Quizá le preocupaba el rumbo que el idioma tomaba cuando hizo imprimir en dos azulejos contiguos:
Don Quijote ahora diría: Oh, lengua castellana, lengua española. Cuantos te están menospreciando, pero... "perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Curioso personaje que no dudó en dejar en la fachada de su casa debajo del escudo de su apellido su propio epitafio: 

No pido más que
un elogio. 

Que se escriba en
mi tumba: 

"Admiró a
Juan Martín Díez
'El Empecinado'" 
Julián Ayala


Fotos tomadas en mayo del 2014.

martes, 27 de junio de 2017

Número 163. Tengo, tengo, tengo. Los ritmos de la lengua

portada del libro


José Antonio Millán suele sorprendernos con sus obras, y sin duda con esta lo hace. Habiéndole conocido entre bitios, habiendo leído después una novela deliciosa protagonizada por una base de datos, habiendo asistido a más de un seminario en torno a Avellaneda y el Quijote, habiéndome él enseñado a fijarme en pintadas y farolas, y mil proyectos más, la aparición de este libro no dejó de ser una sorpresa. Pocos son los palos del lenguaje que le quedan por tocar, y además con maestría.

Él dice modestamente en la Introducción que «no es un libro para especialistas». No sé en qué especialistas está pensando, pero yo me atrevo a decir que es un libro imprescindible para todos los que de una forma o de otra nos dedicamos a la tradición oral. 

Obviamente no tiene la profundidad ni en el análisis minucioso de una tesis doctoral, pero abarca y resume muy bien esos ritmos de la lengua, como reza el subtítulo, que surcan desde las composiciones poéticas a ciertas muletillas jocosas que invaden el habla coloquial. 

Quizá a los «especialistas» no nos enseñe nada que no supiéramos,  incluso en alguna esquina con más datos y mayor análisis, pero sin duda es todo un acierto recoger en un solo libro las razones que llevan a explicar los inexplicable. 

Ritmo y rima están presentes en los sucesivos capítulos, en los sucesivos ejemplos sacados de todo el amplio ámbito de nuestra literatura más popular, o más culta. 

En el capítulo final recapitulatorio, Millán apuesta por que la mayoría de las manifestaciones que han encontrado su lugar en las páginas del libro están aún presente, quizá los cantos de trabajo, los que marcaban el ritmo de cómo bogar, de cómo cardar el lino, de cómo cribar los garbanzos hayan desaparecido de nuestras vidas, porque para teclear razones en un ordenador o para llevar una moderna cosechadora o para servir copas en la terraza de un bar, quizá no se necesite otra música que la del ambiente, pero pensemos en esas músicas ambientales, a veces excesivamente machaconas, en los hilos musicales de las fábricas, de los comercios, de... 

Por supuesto siguen presentes las retahílas de los niños, y a mí me viene a la mente esta, que oí a mis hijos, y sí, un poco guarrilla, porque hay cosas que no cambian: 
Debajo de un puente
hay un moco verde,
quien diga siete,
se lo comerá.
El siete, uno de esos números mágicos de nuestra lengua, porque como bien nos recuerda Millán, hay una parte mágica, encantatoria, en las palabras que salen de nuestra boca, con las que pretendemos hipnotizar o quizás conjurar algún peligro: Lagarto, lagarto.

Repeticiones de palabras, de sílabas, de sonidos, todo para crear un ritmo, un ritmo que puede ayudarnos a recordar las lecciones, el DNI o los números de teléfono. 

Aquellos tiempos en los que a contar se aprendía jugando:
A la una cantaba la mula;
a las dos, la coz;
a las tres, los tres brinquitos de san Andrés,
que son uno, dos y tres;
a las cuatro, que te aplasto;
a las cinco que te pingo;
a las seis, catatés;
a las siete, cachete;
a las ocho, un bizcocho;
a las nueve, canene;
a las diez cananés;
y vuelve otra vez.

jueves, 22 de junio de 2017

Número 162. Mota del Marqués

Os ahorraré contar cómo y por qué estaba desayunando tostadas con tomate, aceite y jamón en un mesón al pie de la A-6 en Mota del Marqués al filo de las ocho de la mañana de un caluroso día de junio. Desayuno excelente para comenzar el día, y como me sobraba tiempo, bastante tiempo, decidí visitar el pueblo sin prisas, a esas horas en las que solo los madrugadores andaban, andábamos por la calle.


la silueta de la iglesia detrás de un frondoso, verde y amplio jardín



Mota del Marqués es, o fue, pueblo importante, se ve de lejos por la imponente figura de su iglesia, un caserío nada despreciable en torno a ella y las ruinas de un castillo en lo alto, en la mota que le da nombre.

Al pie de la carretera, gasolinera, dos o tres establecimientos hoteleros, taller mecánico y hasta un club de alterne; un poco más adentro cuartel de la Guardia Civil, que se distingue por la bandera y cierto aire característico. 


crucero y su sombra reflejada en la pared de la ermita.
Entrando hacia la población, lo primero que ve el viajero, en este caso la viajera, es una pequeña ermita cuadrada con un crucero, o primero ve el crucero y luego la ermita, y casi enfrente una soberbia tapia de piedra que protege una finca reseñable. Según por dónde haya entrado el viajero, y atendiendo a los indicadores, sabrá que se trata del palacio del marqués de Ulloa, o tenga que imaginarse estar ante algo importante; en mi caso, de que estaba ante la tapia de un palacio me enteré algo después, pues a primera vista no vi indicador alguno. 

Aparco en una sombra un poco más adelante y vuelvo sobre mis pasos para recorrer esa parte del pueblo que termina en una iglesia de tamaño regular que se ve al otro lado de la antigua carretera nacional, hoy vía de servicio. Dentro de la población la imponente torre cuadrangular de la iglesia vigila mis pasos mientras el sol, que ya está bastante alto, la escala por su espalda sin ningún signo de fatiga. 

Me detengo en el cauce del Bajoz, arroyo lleno de juncos, espadañas, maleza y poca agua; a mi espalda, y dentro de lo que es el complejo principal del palacio se deja ver una construcción molinar: el marqués contaba sin duda con su propio molino de una rueda, como nos indica el arco por encima del cauce. En el río maleza y poca agua, ya lo hemos dicho, pero la antigua construcción molinar se conserva impecable. De nuevo sigo el curso y allá en lontananza se distingue la silueta del puticlub, un poco como en los viejos tiempos: los molinos de las afuera que tanto daban que hablar, aunque este estuviera de lo más céntrico. 



La ermita y el crucero, muy bien conservado, cobijan un parquecillo con algunos bancos y arbolillos recién plantados. Al asomarnos a la puerta acristalada de la ermita cuadrada descubrimos una sala, no muy grande pero dando la sensación de amplitud, ya que no cobija ningún mueble, solo un Cristo colgado de la pared y unos faroles puestos de pie, que parecen haber sido usados no hace demasiado tiempo. Nos hallamos ante la ermita del Cristo, que sin duda cumple su función religiosa a la par que de recreo. 

Al fondo de la carretera está la otra ermita, mucho más robusta, y hacia ella me encamino. Me cruzo con algunos madrugadores, alguno en bicicleta, otro paseando al perro, todos saludan con un «buenos días», es gente educada, que no parecen extrañarse de mi presencia. Al acercarme a la ermita veo que la puerta del cementerio adosado a ella está abierta y no me resisto a visitarlo.

Los cementerios guardan una importante información acerca de la historia y del vivir día a día de las gentes. Si no fuera por cierta aprensión a visitarlos y por ese tufillo de ser amantes de lo fúnebre que representa sus visita, el paseo entre las tumbas nos diría mucho. 


tumba cubierta de flores de plástico
Precisamente tengo entre mis manos el libro de poemas Sin ir más lejos de Fermín Herrero, y tengo reciente una lectura en la que el poeta rememora una visita con su madre al cementerio para rendir homenaje a los familiares difuntos: las flores de plástico, esas flores que siempre están presentes en los cementerios aparecen en el libro, pero sobre todo están exageradamente presentes en las sepulturas de Mota del Marqués. 
Han sujetado
con alambres las flores de plástico, a las cruces,
a algunas cruces. Faltan letras de los nombres,
las que tienen.
Según la Wikipedia, Mota cuenta en la actualidad únicamente con 375 habitantes, pero a juzgar por el amplio y bien conservado cementerio deben ser muchos los motanos que eligen el pueblo como morada definitiva. Un apellido me llama la atención, Ladrón de Cegama, y ello por el refrán que me recordaba la informante María Gil: No hay Ponce que no sea de León, ni Guevara que no sea Ladrón; ¿pasará, acaso, lo mismo con los Cegama? No había oído nunca el apellido, pero Google me dice que no son tan infrecuentes. 

Vuelvo sobre mis pasos, y en la carretera que conduce al pueblo un hombre provisto de una pala está quitando pegotes de cemento, que se han resuelto en un polvo gris mezclado con arena. Saludarle y entablar conversación con él es todo uno. Me habla del uso actual del palacio, que lo tiene una congregación religiosa femenina como casa de espiritualidad, me dice que los cipreses que asoman por encima de la tapia albergan el cementerio particular de las monjas, que antes en todo lo que era la huerta sembraban alfalfa, pero que ahora son todo jardines, y que no está abierto al público ni hacen jornadas de puertas abiertas, pero mejor que esté en uso, porque de lo contrario sería una ruina.
Fachada y galería del palacio de Ulloa


Lo que es pena —prosigue el hombre— es el estado del castillo, orgullo del pueblo. Que se encuentra en ese estado porque un general francés durante la guerra de la Independencia mandó bombardearlo por mero capricho. Que luego más tarde sus piedras se aprovecharon en distintos usos quedando bastante expoliado. Hoy el castillo es un bóveda sostenida casi en el aire, y apuntalada, según me informa. 


ruinas de la iglesia y del castillo vistas desde el camino que conduce a ellas


A los pies del castillo está la iglesia de arriba, así la llama el informante sin adjudicarla una advocación especial, pero me cuenta que esa iglesia, que contaba con su cementerio a un costado, pertenecía a la diócesis de Palencia, mientras que la de abajo, la soberbia iglesia de San Martín, pertenecía a la diócesis de Valladolid. O sea, el pueblo dividido en dos eclesiásticamente según uno hubiera sido bautizado en un templo u otro.

Me cuenta que la ermita que tenemos a nuestras espaldas es una fundación teutona, y cobija a la patrona del pueblo, Nuestra Señora de los Castellanos, y que la fiesta es a primeros de septiembre. Ante tan curiosa advocación le pregunto si en el pueblo hay niñas que lleven el nombre de Castellanos, y me contesta que no, que parece más bien nombre masculino. Vuelve el hombre sobre los caballeros teutones y me informa de que no hace mucho uno de ellos cantó misa y lo hizo allí.  


ermita de Nuestra Señora de los Castellanos


Si mi informante está dejando limpia la carretera es porque dentro de pocas horas se llegará hasta allí la procesión del Corpus; hace un sol casi de justicia a esas horas de la mañana y me imagino la procesión derritiéndose camino de la ermita. Le pregunto si esa carretera no tuvo alguna vez el alivio de unos árboles, pero me contesta que en otro tiempo había negrillos pero se los llevó la grafiosis y que hoy apenas sobreviven, aunque parece que están saliendo algún chopo que ese sí es más resistente.

Dejo al hombre con su tarea, antes de alejarme le doy las gracias por la información y me dice que está todo en Internet. Bueno, replico, pero siempre es mejor que se lo cuenten en persona. Me encamino hacia un palomar en ruinas que veo a mi izquierda, puede que también perteneciera al palacio, y en él todavía pueden apreciarse las huellas de los nichos o acostaderos. Gran riqueza en otro tiempo la de estos palomares, recordemos Huerta con palomar, paraíso terrenal. 


imágenes superpuestas del palomar y los acostaderos


En el centro, el pueblo parece desperezarse poco a poco. Me saluda la imponente torre de San Martín, pero veo enseguida que está agrietada, vallada y hay carteles que anuncian proyectos para su reparación, pero todo parece parado, demasiado parado.


Me animo a subir calle arriba hasta la otra iglesia, la que está en las faldas del castillo. Según subo descubro nombres curiosos en las calles, nombres que también enseñan, puertas cerradas, talanqueras echadas, pequeñas construcciones que probablemente cobijaron animales en otro tiempo han sido hoy remozadas y muy probablemente sirvan de peñas o merenderos. 

Calle del Correo Viejo, ¿a qué se referirá? No parece esa calle en ladera muy apropiada para que pararan allí correos. Más tarde descubriremos una calle del Arzobejo, que sin duda nos habla de actividades mercantiles, como en Segovia, llamada así por los locales a la plaza del Azoguejo, al pie del acueducto, lugar de gran movimiento comercial.

Las ruinas de la iglesia de arriba imponen, si estuviéramos al caer la tarde nos sobrecogeríamos por leyendas becquerianas que vendrían a nuestra mente. Seguro que allí andan a sus anchas los espíritus por la noche, una gran grieta separa el paño del sur del de la noble espadaña que mira al oeste. Ambos paños se mantienen milagrosamente en pie. 
ruinas de la iglesia de arriba: espadaña de y parte del muro sur, una gran grieta los separa
Emprendo el descenso y tras visitar la trasera del ayuntamiento, en cuyo bajo debió estar en otro tiempo el hospital —nos encontramos en la calle del Hospital— y hoy cobija el albergue de peregrinos, ya que Mota se encuentra en el camino de Santiago del Sureste; se oye un cierto rumor dentro.

Recorro la calle principal en toda su longitud, la gente acude a por el pan, y quizá a por el periódico, a una tienda que hay hacia la mitad, algunos llegan en coche, pero sobre todo se ve de vez en cuando la figura de una mujer que pausadamente sube la cuestecilla hasta la tienda. Hay casas de noble factura, con algún escudo, pero sobre todo con grandes puertas carreteras adosadas a la vivienda. Es muy probable que en otro tiempo esas puertas y esos sobrados por encima de ellas almacenaran buenas fanegas de trigo y cebada. Mota debió ser pueblo próspero en aquel tiempo en que los cereales lo eran todo en la España del interior. 



puertas carreteras con puertecillas de pajar por encima de ellas


Al fondo de la calle, donde se une a lo que sería la antigua carretera antes incluso de que lo que hoy es vía de servicio circunvalara el pueblo, hay un pilón, al acercarme veo que está seco, pero en su lado, observo una curiosa palanca que sin duda servía para regular el agua y que fuera a los grifos para consumo humano o para dar de beber a los animales. Probablemente fuera escasa el agua en aquel secarral y habría que administrarla. Visto desde esa perspectiva parece como si todas las calles terminaran en el pilón. Probablemente fuera así, y antes de recogerse en casa era preciso aliviar la sed del ganado. 


El pétreo remate con rótulo de la entrada a un huerto me llama la atención, y sigo por esa calle, antigua carretera, y hoy dedicada a la Virgen, Nuestra Señora de los Castellanos. Más casas, si no señoriales sí nobles y amplias, y así, callejeando llego de nuevo a la plaza, donde además del edificio del ayuntamiento, un edificio que alberga distintos usos, hay un par de entidades bancarias, un bar, una tienda, un pub, un edificio de usos múltiples: usos privados y públicos se combinan. 

Abandono Mota del Marqués, he estado casi dos horas callejeando, empapándome de su cotidianeidad un domingo por la mañana: ha madrugado la gente a darse el paseo, a limpiar la calle, a ir a por el pan, a comprar algún olvido en la tienda abierta... Luego irán hasta la ermita de la Virgen en procesión y allí la misa, mientras la mole de San Martín espera pacientemente su urgente reparación. Delante del palacio del marqués, hoy casa de espiritualidad, un jardín cuidado donde puede leerse un cartel informativo en tres idiomas: castellano, inglés y braille. Buen detalle de la Diputación de Vallladolid que ha previsto que los ciegos puedan pasar sus dedos por estas páginas entreabiertas a la historia. 


aldabas, cuartillos y cerraduras


lunes, 12 de junio de 2017

Número 161. Pasos en la piedra. Blanco viacrucis

Apenas amanecido el día de Viernes Santo, el autor se nos permite una pequeña y poética intromisión en la historia para hablarnos de la nieve:
¡Qué bendición este manto de nieve en la mañana luminosa!

Burgos puente San Pablo nevado

Y los verbos impersonales modifican su régimen para darnos la visión del Altísimo, muy propicia para el día que amanece, uno de los días santos.
Dios nevó en el Edén el día siguiente a la expulsión de Adán y Eva. Los echaba de menos y quería ocultar todo rastro de su salida.
No tardará el autor de mostrar leves huellas en la nieve, incluso huellas borradas, pero mientras ese punto de la narración llega seguimos recreándonos en el lenguaje alegórico que busca el Paraíso a un lado y otro de la orilla del río. Y de pronto:
El niño que grita dentro de mi alma se ha cansado de suplicar una nevada gloriosa, esa gran toalla con la que limpiarle la cara al mundo, borrón y cuenta nueva que nos devuelva al sueño de la infancia.
La lengua se ha hecho familiar, cotidiana, casera, hay una toalla, probablemente blanca como los de antes, como aquellas con las que nuestras madres restregaban nuestras caras antes de ir al colegio: borrón y cuenta nueva, no importa que alguna de aquellas plumas haya estropeado la tarea, se empieza de nuevo.

Si las locuciones y expresiones fijas no formaran parte de nuestro acervo idiomático, si no estuvieran tan inmersas en nuestro modo de hablar que a veces se nos hacen invisibles, nos preguntaríamos qué hace aquí en medio de la blancura poética, ese borrón y cuenta nueva, emborronando la blancura de la hoja escolar.

Uno de los méritos de esta novela es sin duda el lenguaje que bien pudiéramos calificar de cervantino. No son solo las palabras precisas, ya sean de un campo semántico o de otro, que el autor busca, es la naturalidad con la que emplea expresiones coloquiales, muchas de las cuales llevan con nosotros tantos años como las palabras más prestigiosas de nuestros viejos diccionarios, y otras nos suenan más recientes, pero en cualquier caso es un modo de hablar, de escribir, dentro del castellano más universal. 

En aquella blanca mañana el gobernador se une a la comitiva de inspección del camino por el que ha de transcurrir el viacrucis, porque no pudo endilgar el muerto a ningún subordinado. 

No solo encontramos estas expresiones más populares en boca de sus personajes, es que él mismo las adopta como modo expresivo de transmitir la mala gana con la que el gobernador debía cumplir con sus obligaciones, aquella mañana más para estar en entre las sábanas blancas que para andar por esos blancos caminos.

Y para poner la guinda al pastel, la comitiva se encuentra tras jadeante ascensión con el monumento al Movimiento pintarrajeado con pintura roja, ¡un sindiós!. A fin de cuentas son hombres civilizados que saben entenderse, pronto logran un consenso de hacia dónde ha de dirigir sus pasos la procesión, y llegado ese momento, tras fumar la pipa de la paz, el gobernador mira por su honrilla y les pide que de lo de la pintada ¡ni mu!,  y como suele ocurrir con estas anécdotas del lenguaje, que a tantos motes han dado lugar,  el doctor Ojeda se quedaría para los restos con el sambenito de Nimú

Aunque no abundan en la obra, también hacen su aparición los refranes, puestos esta vez al menos en boca del pueblo que trabaja obligatoriamente —servicios públicos— en día festivo, más que festivo, santo: 
—¡Pa vosotros no hay descanso! —les gritó un nazareno de la Vera Cruz.
Donde hay patrón... —respondió un operario sin mirarle a la cara, mientras cargaba la pala y amontonaba la nieve contra las paredes de la calle que descendía al río. 
¿Sabrán todos los lectores completar ese refrán que por muy conocido se deja en el aire?

Mientras todo esto ocurre a la intemperie, en el taller del imaginero Tapias, este pega la hebra con el fraile Alas, el único que puede colarse en su taller para ver cómo va la restauración del Cristo lleno de mataduras, el Yacente.


Cristo yacente, foto de medio cuerpo
Cristo yacente (Foto: Pablo Lashayas)
Creo que es la primera vez que veo la palabra matadura aplicada a una talla, y más a una imagen religiosa. Dice el DRAE:



matadura.
De matar 'llagar a un animal'.
1. f. Llaga o herida que se hace la bestia por ludirla el aparejo o por el roce de un apero.

Esta casi irreverencia nos pone acertadamente en antecedentes de la reflexión sobre estas imágenes semanasenteras, sádicamente laceradas, y que sin embargo, mueven a devoción:

¿Cómo era posible que un pueblo entero se arrodillara ante semejante espectáculo de sadismo? «¡Un cadáver, Tapias, un muerto! ¡Un vampiro que vuelve a la vida con su gesto terrorífico...! ¡Ahí lo tienes, ese amasijo de ulceraciones, sin dedos y con un brazo perforado, representa la Resurrección en esta tierra!»
Las procesiones en las ciudades de la Castilla profunda no alcanzan los delirios de otras latitudes, pero tampoco les van a la zaga. La cruda realidad queda bien reflejada en la conversación entre fraile y artista, con acertadas intervenciones del narrador:
Ahí estaba el milagro, que una pandilla de supersticiosos alcanzara su particular éxtasis, mientras alguno de ellos no se aguanta las ganas de soltar: 
—¡Pero, míralo, pobrecillo, si parece que me está queriendo hablar! ¡Ay, Señor!
A pesar del laicismo que se va adueñando de la sociedad española, lo cierto es que las representaciones de la pasión de Cristo siguen efectuándose y hasta acrecentándose, algunas con bastante realismo, y año tras año, enfilan cofrades y acompañantes su particular viacrucis.


Imagen del viacrucis: Jesús llevando la cruz, cofrades vestidos de blanco, público y tres cruces en primer plano.

Venid, venid, lamentos, 
cercad mi corazón 
pues canto tu pasión, 
Jesús, y tus tormentos.
Enciendan mis acentos,
  el pecho más helado. 
Llorad, pues, ojos míos,
llorad por vuestro amado.(1)

Notas

(1) Primera estrofa y estribillo de Los sayones, canción que con distintas melodías se canta en varios pueblos de España durante los actos de la Semana Santa.

Comentario para de la novela Pasos en la piedra para el club de lectura La Acequia.