miércoles, 29 de marzo de 2017

Número 154. A sangre y fuego (y II)

En la última edición (2013), la profesora Cintas, estudiosa de Chaves Nogales, añade dos relatos más a los originales de la edición de 1937 en Chile. Aunque la temática sea la misma, la guerra, sin duda presentan unas características distintas a los de la edición original, que como hemos visto en la entrada anterior forman casi un círculo que se inicia con el Prólogo y se cierra con las últimas palabras de Consejo obrero, que hemos destacado.

Los dos relatos incorporados presentan un aspecto diferente y no solo por trasladar la acción al Norte, a Bilbao, donde el gobierno autónomo se mantenía fiel a la República. Ahora estamos claramente en la retaguardia, pero las bombas caen igualmente golpeando directamente a la población civil, en este caso sobre un refugio que no aguanta, produciendo numerosas víctimas, principalmente niños. 

En 1967 el escritor Luis de Castresana publica El otro árbol de Guernica, otra visión de la guerra civil, esta vez sobre los niños que son evacuados a otros países por el gobierno de Aguirre para apartarlos de los peligros que suponen los continuos bombardeos sobre la capital bilbaína. El propio escritor y su hermana habían sido algunos de estos niños evacuados, y en 1972 en La verdad sobre El otro árbol de Guernica, Castresana amplía ese trasfondo histórico que le llevó a escribir la novela. La novela de Castresana es amable, pero en cualquier caso no podemos olvidar este tremendo aspecto de las guerras: daños colaterales los llaman algunos ahora ante estas guerras que dejan miles y miles de refugiados y exiliados. Aquellos niños del refugio bilbaíno fueron víctimas directas de los bombardeos, meses más tarde la aviación alemana bombardearía Guernica en un día de mercado.  

Placa conmemorativa en la casa natal de Luis de Castresna en Ugarte (Vizcaya)

Un matiz aún más íntimo adquiere el relato Hospital de sangre, esta vez es una monjita la que reflexiona ante aquello que la rodea, no solo sobre el sufrimiento de los heridos, sino también sobre el papel de la población civil en la guerra:  
¿Cómo es posible que haya en Bilbao mismo quienes traidoramente vayan señalando a los aviadores extranjeros los sitios precisos donde deban dejar caer sus bombas? 
Volvamos a los relatos originales, uno de los valores que encontramos en unos y otros es sin duda la forma en la que están narrados. Chaves Nogales nos mete en la acción desde el principio, avanzamos con los propios personajes desde dentro de sus entrañas, no sabemos lo que va a pasar en las próximas líneas y compartimos su mismas incertidumbres y preocupaciones. 

Si la monjita de la retaguardia bilbaína se preguntaba cómo serían los espías, en Y a lo lejos, una lucecita, Chaves nos convierte directamente en sus cazadores, y a pesar del reguero de sangre que van dejando, ansiamos seguir y seguir hasta alcanzar el fin de esa cadena siniestra. Saltamos primero de azotea en azotea por los tejados de un Madrid que duerme, luego de lujoso en lujoso ático hacia la carretera de la Coruña, nos paramos en una casucha de la Cuesta de las Perdices, seguimos adelante por los riscos de Torrelodones, la sierra sigue siendo una mancha negra, pero el alba se acerca...

Sin duda uno de los mejores relatos, tanto por la propia acción como por el personaje, sobre todo por el personaje, es Bigornia. El ogro Bigornia que en vez de comerse a los niños los hace, es un herrero clásico que compagina el gran mazo en la pretina del pantalón con unos conocimientos de mecánica capaces de poner en marcha a puro pulso un viejo carro de combate. Bigornia, personaje de ciudad expulsado de ella por el propio desarrollo de la urbe, un personaje único y marginal que vive en la linde de ese bosque urbano en el que se adentra todas las mañanas para hacer su trabajo, y a la que vuelve todas las tardes: 
... cuando salía del taller donde trabajaba, se iba, atravesando desmontes y basureros, allá, a los confines de la Dehesa de la Villa, a la casucha donde vivía...
Desde hace unos años, cuando llegan los primeros días de noviembre, los vecinos de las asociaciones del barrio organizan unos paseos por la Dehesa de la Villa para revivir la historia y descubrir los restos materiales, a veces sobre todo inmateriales, de la guerra civil, y el papel que este pulmón del noroeste de Madrid jugó en la defensa de la capital.


Parque de la Dehesa de la Villa. Al fondo, en el centro y entre los árboles los restos de un búnker
Tres edificios sobresalen aún hoy en el paisaje urbano de la Dehesa de la Villa. Se trata de tres centros educativos que ya estaban en pie en tiempos de la II República: el primero es el Colegio de Huérfanos Ferroviaros, que corona la Ciudad Universitaria, un edificio magnífico; el segundo, algo más modesto, junto a la calle Francos Rodríguez, más en retaguardia, era entonces (hoy pertenece a la UNED) el colegio Francisco Giner de los Ríos, dirigido entonces por María Sánchez Arbox según los principios de la Institución Libre de Enseñanza; el tercero, enfrente de este, la institución Virgen de la Paloma, que se construyó a principios del siglo XX para acoger a niños huérfanos proporcionándoles una educación y un oficio, hoy sigue siendo un reputado centro de formación profesional. 

Aquí, en la Paloma, bien podría haber estudiado Bigornia de no haber sido su saber un saber natural fruto de la experiencia. Hermosas líneas para describir la sabiduría de un gigante:
y, aunque el raudo progreso mecánico del siglo hubiese sometido su instinto y su fuerza natural a la deformación y el aguzamiento de la técnica, conservaba un fondo selvático de forjador primitivo, de hombre de bosque, fuerte y de gran resuello, que por primera vez junta el hierro. 
Cuando la aviación de Franco bombardeó la Paloma como preámbulo a la toma de Madrid, la mayor parte de los internos mayores se habían alistado en las filas milicianas, llevaban por uniforme el mismo mono que vestían en los talleres de la escuela, y eso hacía que se los denominara familiarmente «los palomos»; a los más pequeños los enviaron a Barcelona, ya que toda aquella zona se pensaba que iba a quedar en primera línea de fuego.


Grupo de vecinos escucha las explicaciones del guía sobre la guerra civil. Al fondo el colegio de Huérfanos Ferroviarios
Al colegio Francisco Giner probablemente habrían ido los numerosos hijos de Bigornia, si en el relato se nos hubiera dicho que la prole del ogro estaba escolarizada, y puede que en aquel verano del 36, mientras su padre estaba poniendo en marcha carros de combate sacados más de una chatarrería que de un parque de artillería, los niños habrían sido acogidos en el centro, reconvertido en guardería de urgencia para los hijos de los milicianos. Al comienzo del curso, y tras sufrir un bombardeo, los alumnos del colegio fueron trasladados a lugares más seguros de Madrid.

Ante el temor de que la invasión de Madrid se intentara por el lado noroeste, comenzó a fortificarse la Dehesa de la Villa para proteger las vaguadas que subían desde la Universitaria hacia el este, barrios obreros que Franco desechó como objetivo a tomar por tierra, ya que al ser barrios obreros presumía una gran resistencia, pero no renunció a bombardear aquellos valiosos edificios que cobijaban no solo espacios que servían como cuarteles, sino también enfermerías y talleres... Cuentan que del cambio de planes de Franco, de entrar en Madrid por la zona de la Moncloa, se enteraron los responsables de la defensa de la capital gracias a un papel que encontraron en el bolsillo de un soldado muerto dentro de un tanque, otra vez los tanques, otra vez los Bigornias a los que sentimos literalmente quemarse dentro de sus cacharros incendiados.

Las construcciones defensivas de la Dehesa de la Villa, casamatas, búnkeres, alambradas, quedaron un poco en reserva y los edificios acogían como primeros hospitales a los heridos que subían de la Ciudad Universitaria y a los exhaustos milicianos que defendían la capital algunos metros más abajo. Lo que había sido hasta hace poco zona de estudio, de pensamiento, se convirtió en zona de barbarie, y los libros que habían servido para abrir las mentes sirvieron entonces para proteger los cuerpos y salvar más de una vida; algunos de esos libros agujereados se guardan hoy en la Biblioteca Histórica Complutense. 

Dejo la Dehesa de la Villa y me adentro por segunda vez en la exposición con motivo del centenario de Gloria Fuertes. Esta vez me detengo con especial interés en una de las primeras salas, la dedicada a la guerra civil. Allí en una vitrina veo un papel amarillento, donde puede leerse:
             Mayo 83
Algunas veces no 
soy anti-nada,
pero siempre,
soy Anti-guerra
                Fuertes
Gloria 
En un panel hay más versos de Gloria, unos versos que se me antojan con un cierto sabor teresiano: 
Quise ir a la guerra para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Panel con una foto de heridos de guerra y los siguientes textos, además del citado: No sé escupir / pero voy a aprender / para escupir sobre las tumbas /  de todos los culpables de las guerras. (Mujer de verso en pecho) // 1.200 metros recorre por segundo una bala, / y el sonido del disparo suena a odio.

Comentario para el club de lectura La Acequia.

CHAVES NOGALES, Manuel (1937 - 2013): A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. María Isabel Cintas (ed.). Barcelona: Libros del Asteroide.

domingo, 26 de marzo de 2017

Número 153. A Sangre y fuego (I).

Y es que en las guerras, lamentablemente solo hay muerte, dolor y vergüenza, nada más; la razón y la justicia quedan al margen y, por ello, salvo que se hable de una guerra defensiva y no siempre ni mucho menos, cualquier intento para justificar la actuación de uno u otro bando es un insulto a la memoria, a la verdadera memoria (J. J. Álvarez).
Abro el comentario de A sangre y fuego con las palabras de un amigo militar, paremiólogo y estudioso de la vida cotidiana en la milicia. Le había pedido su opinión sobre cierto bulo que corría por las redes acerca de la guerra civil, y como siempre su respuesta excedió con creces a la pregunta. Con las palabras de referencia cerraba el intercambio, mucho más amplio, que guardo como oro en paño.
imagen de archivo del colegio Maravillas con algunos espectadores
Incendio del colegio Maravillas (1931)

Chaves Nogales suscribe desde un principio esa máxima: en la guerra solo hay muerte y destrucción, y recalca su equidistancia entre los dos bandos, con un prólogo, que visto hoy quizá nos haga perder la perspectiva de que fue escrito en 1937, todavía quedaba mucha guerra, mucho dolor y mucha muerte, pese a las notas proféticas que despliega el autor. Por otro lado, aunque de entrada las equidistancias son bienvenidas, según se avanza en la lectura, más de uno nos preguntamos si realmente la equidistancia existe o incluso más, si realmente es posible, o si no es equidistancia, sino algo distinto lo que mueve al autor.

Sobre la guerra civil queda aún mucho por escribir y mucho más por saber. A mi generación primero le contaron la versión desde un lado, el de los vencedores, donde no faltaban héroes como los del alcázar de Toledo, moto para hacer pan incluida; luego desde el otro, el de los vencidos, con documentos tan valiosos como ¿Por qué perdimos la guerra?, asignatura obligada durante la transición, documental que no gustaba mucho a algunos amigos comunistas. Para encontrar algo más objetivo, algo que no fuera ni de un bando ni de otro, había que irse a los autores extranjeros, pero aún así era difícil, es difícil contar con esa pretendida objetividad, que la historia y menos la ficción tienen: siempre se termina por tomar partido. 

En mi memoria personal, el primer testimonio del otro lado del que soy consciente fue un breve y fugaz comentario sobre lo duros que habían sido los primeros tiempos del primer colegio para niñas que las Salesianas tuvieron en Madrid. El relato de la monja tenía tintes melodramáticos, el peligro intencionadamente borroso que había sufrido una monja: ¿querían matarla?, ¿violarla?, ¿torturarla?... La historia terminaba felizmente porque un coche paró con un caballero dentro y se llevó a la fuerza a la monja, a la fuerza porque esta gritaba que quería ser mártir antes que perder la pureza. Quizá la monja narradora no lo contó así, pero así ha quedado en mi memoria. Ese primer colegio estaba a escasos metros del cuartel del Quinto Regimiento, pero qué era el Quinto Regimiento lo supe bastante después. 


Desfile de tropas ante el cuartel del Quinto Regimiento (Salesianos de Estrecho)
El segundo recuerdo de lo que pasaba en Madrid me viene de la mano de mi profesor de Historia y Literatura en Preu. Como daba ambas asignaturas, no sabría precisar en qué momento lectivo empezó a contar anécdotas de la guerra en Madrid, de cómo la vivió él, siendo aún muy niño, de cómo jugaban al peón en la calle y de cómo corrían a esconderse cuando sonaban las sirenas, y de cómo luego salían a la búsqueda de pequeños o grandes tesoros, pasado el peligro. No eran en absoluto recuerdos terroríficos, o por lo menos el profesor Guerrero no pretendía transmitir ni odio ni horror, eran recuerdos tranquilos. 
Parapeto defensivo a lo largo de la acera de Bravo Murillo, la gente pasa tranquilamente por delante
Parapetos defensivos en la calle de Bravo Murillo. A la derecha el cine Europa y el colegio Jaime Vera

Puso una voz más grave, era un tipo jovial, cuando habló de cómo salían los camiones de milicianos por la mañana hacia el frente de la Sierra, y por la noche ellas y ellos volvían como si hubieran ido de excursión campestre: «los que venían directamente del frente eran acaso los más alegres», escribe Chaves Nogales. Manejo ahora un ejemplar que viene subrayado, y me llama la atención que el lector anterior y yo hemos anotado casi las mismas cosas. 

El descontrol de estas milicias voluntarias, leales al gobierno de la República, la falta de total disciplina en asuntos de guerra es una de las constantes en estos relatos de Chaves. No es el único en compartir este punto de vista, han sido muchos los analistas de la guerra civil que han resaltado este punto débil en el bando republicano, este y otros como la falta de medios, y si pongo el comentario de mi profesor de historia en perspectiva, entiendo que de esa opinión era el entorno de aquel niño madrileño que jugaba en la calle y que más tarde estudiaría concienzudamente la historia de España. 

Chaves Nogales nos presenta un frente de Madrid mucho más sangriento, lleno de odios y de vendettas, aunque también cosmopolita y con sus momentos de relajo, en los que aparecen como en un flash cuatro intelectuales de la época, Malreaux, Alberti, Bergamín y María Teresa León, «Palas rolliza con un diminuto revólver en la ancha cintura». María Teresa León, que años más tarde y desde su exilio bonaerense nos dejaría otro testimonio valioso, su Juego limpio (1959), un relato lleno de nostalgia y también de sangre hacia aquel Madrid, aquella España, que pudo ser y no fue. La guerra no es nunca un juego.


Más mujeres que hombres en este grupo de milicianos que posa en el cuartel del Quinto Regimiento
«Las batallas no se ven. Se describen luego gracias a la imaginación y deduciéndolas de su resultado». Todos hemos anotado esta frase obvia y clave. Chaves se adentra en la narración como un investigador forense, diría que casi del CSI, si se me permite, examina los cuerpos, las heridas una a una, las trayectorias de las balas, la anchura de los filos de la bayonetas, evita o acierta en los órganos vitales, recrea las situaciones, incluso llega a meterse en los pensamientos de los agonizantes, sin duda un acierto narrativo:
Pedro, mientras se desangraba, se iba quedando plácidamente dormido. Se acomodó en la yerba fresca y mullida. En la guerra y la revolución era difícil dormir. ¡Pero qué a gusto se dormía al final!

Visto desde lo alto, si hubiéramos tomado el puesto de uno de esos aviadores que lanzan su carga de destrucción, los relatos nos hubieran parecido una película de acción de esas de grandes efectos especiales en las que el mundo va saltando secuencia tras secuencia por los aires, menos el protagonista, que sale apenas con un rasguño de tanta refriega. En los relatos de Chaves los protagonistas también mueren, pero a este aspecto le dedicaremos un segundo comentario.

Por crueles que sean las guerras, siempre hay un hueco para la esperanza, para pequeñas Hebras de paz vivas. Esto lo sabe bien Juan Gutiérrez empeñado desde hace años en rescatar del recuerdo la memoria de esas pequeñas acciones que pasan normalmente desapercibidas, pero que han servido para poner algo de humanidad, de esperanza en la barbarie de las guerras, y no solo de las guerras. Con la ayuda de algunos profesores implicados, los chicos de hoy han ido a sus casas a preguntar a padres y abuelos, sobre todo abuelos, por sus recuerdos. En este «balcón de relatos» encontramos algunas historias amables, como no podía ser de otra manera, con algún denominador común como esas delaciones fallidas porque el potencial delator no puede terminar con la vida del acosado, del asustado que agazapado le mira a los ojos y quizá sí, o quizá no, suplica por su vida. 

Hay mucha historia circunstancial compartida en todos los relatos que por vía oral nos han llegado sobre la guerra. El pueblo lo cuenta a su manera, sea verdad o no, porque el pueblo es capaz de fabricar sus propias verdades y agarrarse a ellas, los escritores lo convierten en literatura, y eso es lo que ha hecho Chaves Nogales en estos relatos cuando ha abandonado el papel de forense descrito arriba. Poca esperanza y rasgos de humanidad hay en su prosa, y los que hay están sacados de esas historias acrecentadas o disminuidas de boca en boca que sin duda llegaron a la redacción y que empezaron a correr desde los primeros momentos, incluso antes, porque algunas son historias viejas que pasan de generación en generación, de guerra en guerra, como ese gesto del valiente militar que es capaz de dirigir su propio pelotón de fusilamiento ante la incompetencia de los fusileros.  

No tiene muy buena opinión Chaves Nogales de este pueblo llano: inculto, sanguinario, ágrafo «escritos con mucho odio y muchas faltas de ortografía», cobarde, al que le han dado demasiado poder al ponerle un fusil en la mano. Recurro a mi memoria, a la narración de una informante que me hablaba de aquellos días de julio en Aranda de Duero: «Llegó mi hermano que venía de segar de Aragón, venían rotos, cansados, con las albarcas rotas y ganas de llegar a casa, habían andado sin parar porque las noticias no eran buenas... Y vino a verme y me dijo: "¡Ay, hermana!, que nos matan, que nos matan" y yo le decía "Que no, que no sius matan, que no sius matan"... y los falangistas les montaron en un camión y se les llevaron al frente», y esa fue su salvación. Lo que no me contó fue si del cambio de actitud de la noche a la mañana, que habían pasado de perseguir gañanes a ponerles un fusil en la mano, se enteró en la plaza o en algún salón de la casa donde servía. 

Siguió la misma informante hablándome de su experiencia en la guerra y pasó a hablarme de Zaragoza, a donde se la llevó un hermano que ya había ascendido a sargento, y de cómo estaba en Intendencia y de cómo ella iba todos los días a casa de la mujer de un capitán aviador a llevarle cosas de comer. El aviador andaba soltando bombas por Teruel, porque «los coparon en Albarracín», y era el mismo aviador que poco tiempo antes lo que soltaba desde el aire era ramos de flores para su novia y la Virgen de su pueblo durante la procesión, y los del pueblo se quedaban muy impresionados y atemorizados por el gesto, ya que aquel aparato volaba demasiado bajo.

Niños jugando con los restos de una avioneta caída en la calle Carolinas (1935)

No oculta Chaves Nogales su admiración por el ejército, por la milicia regular, por los militares de profesión, cultos, disciplinados, sabiendo el oficio de la guerra, aun en los momentos de relajo. Su admiración se extiende al Ejército de África, a los moros, que tanto temor producían entre la a población civil de los pueblos por los que pasaban. Chaves Nogales hace una descripción épica de ellos, «guerreros marroquíes» los llama, a pesar de que moros al fin, no son precisamente ideales los que los han llevado a luchar en una guerra que no es suya. En medio de tanta hidalguía, Chaves nos da una sorprendente de arena:
Si cualquiera de aquellos amables señores que tanto festejaban a los heroicos guerreros bereberes hubiese podido adivinar el pensamiento profundo y el sentir auténtico de aquellos impasibles soldados, sus almas de cristianos y civilizados se hubieran horrorizado. 

Verdad o leyenda lo que contaran de los moros, lo que no cuenta Chaves Nogales, es que en los pueblos de Castilla los viejos campesinos cristianos escondían a sus hijas mientras los moros acampaban en el pueblo, y solo los chiquillos inocentes de pocos años se atrevían a acercarse a sus campamentos, a ver cómo rezaban al anochecer, cómo se comían los corderos sacrificados por sus manos si era fiesta y cómo bebían té moro: «Eran muy guarros y dejaban todo sucio», me comentaba alguno de aquellos chiquillos muchos años después, recordando el paso de las tropas africanas por su pueblo. 

Si la opinión que nos deja Chaves de los sindicatos, de los comunistas y de otras raleas, de las que solo se salvan momentáneamente los pocos dirigentes que han salido de la élite intelectual, es mala, la opinión y acción de los anarquistas no puede ser peor, lo mejor de cada casa salido de los fondos más bajos de la sociedad: cárceles, tugurios, el barrio Chino de Barcelona... La figura de Durruti no puede salir peor parada. Durruti cayó herido gravemente en la defensa de Madrid un 19 de noviembre, y murió al día siguiente. La leyenda o verdad sobre su figura nació pronto y sigue todavía hoy rodeada por lo general de respeto: entre los milicianos corrió la voz de que en el momento de su muerte, su única posesión eran unas gafas, a lo mejor no necesitaba más. 

De su muerte no se hace eco Chaves Nogales, ni para bien ni para mal. Por entonces ya estaba haciendo las maletas, pues el Gobierno había considerado prudente trasladarse a Valencia y Chaves Nogales lo dio todo por perdido: dejaría atrás los horrores de la guerra y su Patria, palabra que venera escribiéndola con mayúscula. 

Ya en París nos queda la duda de saber cuál fue su intención para pasar a literatura, a alta literatura, aquellos meses del 36. Probablemente ahíto de tanta historia sangrienta que había tenido que escuchar desde su despacho de periodista, los recuerdos se le agolparon dentro y necesitó desahogarse, soltar las compuertas de su alma, ya sin a amos a quienes servir, porque «su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese».

Comentario para el club de lectura La Acequia.

Notas:

1. Algunos de los enlaces llevan a un especial que sobre la guerra civil prepararon Jesús Gómez Gutiérrez y Carolina Broner para La Insignia. Recomiendo su lectura por ser documentos originales. 

2. Las fotos, que han sido distribuidas libremente en las redes sociales, corresponden al barrio de Cuatro Caminos Tetuán, en Madrid. Si alguna tuviera derechos, por favor comunícamelo para retirarla. 

domingo, 19 de marzo de 2017

Numero 152. Media vida... desperdiciada


En la entrevista que Pepa Fernández le hace a Care Santos, podemos oír hacia el final cómo dice que ella, al pertenecer al mundo de la crítica, sabe bien cómo hay que tomarlas, que las muy buenas solo sirven para «peinar el ego», pero ella no lo necesita, y que las muy negativas sí que hay que atenderlas, para ver si hay «encarnizamiento o tienen una base», y que a ella de momento «la van aprobando» pese a ser un premio, y ya se sabe que «lo que toca es vapulearles». 

Pues bien, hoy toca no sé si vapulear este premio y esta novela, pero desde luego no aprobarla, y espero saber explicar por qué, por supuesto sin encarnizamiento, ya que no tengo ningún motivo para hacerlo, puesto que la autora y yo no compartimos ningún espacio ni competimos por un trocito de nada. 

Me compré el libro porque venía avalado por un prestigioso premio, el Nadal nada menos, porque lo había escrito una mujer, autora consagrada, y porque estaba en la lista del club La Acequia. Una vez leído, incluso releído para tomar algún apunte, y escrita esta crítica irá a parar a la piscina de las donaciones, porque no hay libro por malo que sea que no merezca su segunda oportunidad y alguna forma habrá de sacar provecho a los euros pagados por él. 


Figuras femeninas desenfocadas brindando con fondo de paisaje



¡Qué desperdicio! 

Si tuviera que resumir esta novela en una palabra, esa sería sin lugar a dudas desperdicio

La autora ha perdido una oportunidad de oro de hacer una novela femenina, ya no digo feminista, sino simplemente de mujeres, de escribir sobre ellas, sobre nosotras, desde dentro y a fondo. En su lugar, la autora ha preferido quedarse en la superficie, en los decorados y en los accesorios, y como mucho ha cumplido con la literatura con alguna anécdota bien contada, pero no más. 

Es difícil resumir 31 años de 5 mujeres, es decir 155 años, probablemente los más activos, en cuatrocientas páginas de letra suelta y tamaño grande, algo que dicho sea de paso se agradece. El libro se lee en dos tardes, y si llueve en una, así que no se hace pesada, este es uno de sus méritos, si es que lo es, pero precisamente porque hay que aprovechar los recursos escasos de una novela, en este caso el espacio y tiempo, no hay que malgastar ni una línea.

Dejemos de momento el primer capítulo que promete algo que luego no da, como ya se ha señalado en algún otro comentario, aparentemente no interesado. No entraré en si este capítulo refleja la realidad de una época, en si se ha pasado o se queda corto, porque en cualquier caso el primer capítulo, probablemente el de más calidad, es una realidad literaria de la que partimos. Ahora bien, esta atmósfera lograda se disuelve como azucarillo en el agua en cuanto nos situamos en 1981 y avanzamos en la lectura. 


Los personajes

Se ha dicho que uno de los logros son los personajes. En mi opinión nada más lejos de la realidad. Las mujeres que se nos presentan son en general bastante planas, muy poco mujeres diría yo. Veamos.

El carácter y la personalidad de Olga, que se apuntan como un punto fuerte en el primer capítulo, se borran en cuanto abandona el internado. Si allí, perversidades aparte, era una mujer resuelta, capaz de organizar y dirigir a sus compañeras, en cuanto pisa el mundo se vuelve un ser incapaz de gestionar nada, incluso cosas tan nimias como organizar una comida de amigas sin la ayuda de soslayo del marido: mira a ver si el teléfono de Nina viene en el listín.

En el primer capítulo Olga sufre un trastorno que puede tener puntos en común con la bulimia, aunque la autora lo llama hambre, que la hace engordar hasta convertirla en un monstruito, pero esta característica se esfuma por arte de birlibirloque el día en que la protagonista decide firmemente cambiar el «sentir hambre» por el  «pasar hambre», y todo ello gracias a Escarlata O'Hara, a la que Olga decide imitar, eso sí a su manera. No nos parece raro que una película pueda cambiar el modo de pensar de una adolescente, lo que nos extraña es que esa adolescente haya podido ver una película como aquella.

Care Santos parece que se ha documentado sobre Lo que el viento se llevó y sus dificultades para ser estrenada en España donde no conseguía pasar la censura en la época franquista, datos que da en la novela, pero precisamente con esos antecedentes nos parece raro que vaya a verla, cuando por fin consigue pasar a las salas con una calificación de 3R, una familia de bien con dos hijas de catorce años. ¿Quizá un pase privado? Admitamos esta posibilidad como licencia literaria ya que cumple su papel en la trama, Olga empieza a adelgazar con una voluntad de hierro: su objetivo en la vida, como la de Escarlata, va a ser conseguir un buen tipo para pescar un marido de buena posición. Ningún titubeo en la primera parte del plan, cuando la realidad nos dice que en la práctica las cosas no suelen ser tan fáciles cuando una adolescente se propone adelgazar. 

En cuanto a la segunda parte, Olga consigue que la envíen a la Universidad a estudiar Medicina nada menos. Otro desperdicio de la novela, ¿para qué? ¿Para dejar en la sombra a las mujeres, que las hubo, que realmente consiguieron terminar la carrera y ejercer como médicas? ¿Para poner en evidencia, sí pero flojito, lo machistas que eran entonces todos los catedráticos? ¿Para recoger en sus femeninos brazos al caballero que se desmaya cuando tienen que enfrentarse al primer cadáver? El caballero resulta ser poeta y Olga deja la carrera en el primer año, como pronosticaban los sesudos catedráticos, aunque no parecía que se le diera mal. ¿Y ello para qué? Para ennoviarse con el poeta, pero poquito, mientas le pone ojitos al hermano mayor, que no solo acaba de doctorarse en Medicina sino que además apunta un carrerón en ese campo. Pero para convertirse en la señora de un reputado catedrático no había hecho falta mandarla a la Universidad, puesto que ni tan siquiera estamos ante el caso de alumna que se enamora del profesor, o al revés. Quizá la excusa era contarnos esa novatada con tintes machistas más que conocida, y por lo tanto previsible, que la compañera, ni tan siquiera Olga, resuelve según manual. ¿Era necesario, por cierto, presentarnos a la compañera pintándose los labios en el tranvía? 

Bien, Olga deja la carrera, se casa tras el noviazgo pertinente, tiene cinco hijos a los que amamanta un tiempo hasta que se ocupan de ellos las domésticas, que para eso es gente bien, y ya está. Sus únicas distracciones parecen ser la pelu, mantener el tipo y un cotilleo moderado. No obstante, una duda me asalta, y es cómo anda de aritmética la autora cuando calcula el devenir de esos hijos, pues en 1981 cuatro ya están casados. ¡Pues sí que se dan prisa en esta familia en pasar por la vicaría! A ellos no les ha dado tiempo a hacer la mili y a ellas, bueno, ellas a pesar de ser hijas de catedrático habrían seguido los pasos de la madre, eso parece claro. 

Olga, un fracaso de personaje, ya no digo un fracaso como mujer.

Si la vida matrimonial y maternal fue un camino de rosas para Olga, o así nos la pinta, nada se nos dice de las dificultades que tuvo que pasar Nina en Madrid, abandonada del marido, sola y con dos hijos pequeñísimos. Sabemos que encontró trabajo, sí, pero ¿cómo se las apañó con los hijos en una época en la que no había guarderías? ¿Los llevó luego a algún internado? ¿Tuvo la suerte de encontrar una vecina, una amiga o una criadita que por poco sueldo, cama y comida se quedaba en casa mientras ella iba a trabajar? 

El trabajo de Nina es otra de esas asignaturas pendientes. Una chica de excelente currículum con un techo de cristal, que solo le permite aspirar a un puesto en un pool de secretarias, a su vuelta a Barcelona. A la autora debe parecerle todo esto de lo más normal cuando no hay el mínimo comentario ni la mínima protesta al respecto. En aquellos años muchas mujeres ya conciliaban trabajo y familia y trataban de romper ese techo que las impedía seguir adelante. 

Hay que reconocer que el meter a los Beatles en la historia es un acierto, pero el rendimiento que se le saca es mínimo, más allá de una foto simpática guardada como un bonito recuerdo por las protagonistas. Si los Beatles no pasan de anécdota ¿qué decir de la boda de lady Di que casi todos los comentarios, incluso la autora, se empeñan en resaltar? ¿Su coincidencia con la ley del Divorcio, esta sí mucho más pertinente en la novela? Mero decorado, pero sí de bodas reales hablamos, quizá hubiera sido más oportuno, dada la edad de las protagonistas, hablar de la boda de Fabiola, que ese sí tuvo una repercusión mediática al ser la primera boda real emitida por la televisión y ser muy pocos los hogares que contaban con el aparato, pero de la novela como reflejo de una época hablaremos más adelante. 

Tras ese momento en sus vidas en que asistieron en primera fila «al comienzo de la modernidad», los conciertos de los Beatles en España, las dos amigas vuelven a sus cotidianas vidas sin mayor trascendencia: Nina a sus ligues, aunque ya sabemos que además de ligar hace muchas más cosas, y Lola a su piano y a sus amores platónicos. Hablando de pianistas, recordemos a Eugenia, la de Niebla, una señorita que da clases de piano para contribuir a la economía familiar pero que al final todo se queda en una tapadera para poder pescar un pardillo al que desplumar. Mujer compleja Eugenia y perfil plano el de esta nueva pianista, Lola, sin apuros económicos, pues la rentas de la empresa familiar satisfacen sus necesidades, pero enamorada de un hombre mucho mayor que ella y para colmo marido de una amiga. Del día a día de Lola tampoco sabemos nada en todos esos años de esperar su oportunidad con el amado. Hay un pretendiente absurdo, que al igual que ella se pasa toda la novela en la sombra, para reaparecer y desaparecer casi a un tiempo. Apariciones y desapariciones virtuales, conflictos que no llegan a ser, porque para eso están las tormentas que provocan accidentes oportunos en la mejor tradición Deus ex machina. Desperdicio de personaje el de Lola, por mucho que la puerta quede al final abierta a un modo de vivir distinto. 

Marta, la hermana gemela de Olga, es quizá el más logrado de los personajes, si hacemos excepción de Julia, con la que terminaremos el recorrido. Marta ha vivido muchas contradicciones, pero quizá por ello es la más real. Marta quiso ser novelista, pero se ha convertido en autora de éxito de libros de cocina. Libros amañados y dirigidos desde la editorial del marido que no ahorra esfuerzos de márketin porque el negoci es el negoci. A Marta, a la que no sabemos por qué la autora no ha enviado a la Universidad como hizo con su hermana, el marido le da una oportunidad en el mundo editorial cuando todavía no es su marido, ni tan siquiera novio, pero por una de esas inspiraciones de las novelas, su nariz para los negocios le dice que allí delante tiene un filón y lo aprovecha. Marta inicia su carrera en el mundo editorial a la vez que va creciendo la relación sentimental con el que iba a ser su marido hasta ese mismo día de julio en que lady Di da el sí y Marta el no. La pobre Marta, especie de patito feo, que ha debido aprovechar una máquina prestada y horas intempestivas para pasar a limpio una novela que no la termina de satisfacer. 

Si su carrera de éxito como autora de libros de cocina es clara, su relación con el marido fracasa ya desde antes de la boda, cuando se ven obligados a guardar luto por la muerte repentina de la madre de él —quizá hubiera sido conveniente un pequeño homenaje a aquella gran película que fue La niña de luto— y el marido comienza una carrera de infidelidades que llega hasta el presente. Un presente en el que Marta, convertida en una Elena Francis del mundo de la cocina, ha terminado por encontrarse otra vez a sí misma y se prepara a dar un paso más en su independencia personal montando un restaurante distinto. 

Así llegamos a Julia y Ramona, que sin duda son las que salvan la novela, y llegan acertadamente en la segunda parte, cuando estábamos a punto de lanzar el libro por la ventana. A pesar de las concesiones a la buena fortuna dentro de la total mala suerte que ha sido la constante en buena parte de la vida de estas mujeres, a Julia y a Ramona, y también a María, esa secretaria más que eficiente, las vemos como reales, como mujeres luchadoras que pisan firme en la vida, mujeres para las que los hombres no son una necesidad, más bien todo lo contrario, y han sabido sobrevivir a ellos, y vivir y hasta triunfar sin ellos. Solo una pequeña concesión a un novio clandestino para disipar las dudas de un posible lesbianismo de la protagonista, porque esa posibilidad queda fuera de todo lo posible en esta novela de personajes tan planos y socialmente acomodados: una lesbiana en 1981 todavía sería un personaje incómodo, así que hagamos que Julia se líe con un casado, situación más manejable, aunque la protagonista manifieste en algún momento que las relaciones íntimas con los hombres no le son nada fáciles, dada su mala experiencia inicial. ¿Por qué tiene que haber un hombre en la vida de todas y cada una de estas mujeres?

En los personajes secundarios, especialmente el de Vicente, la autora tampoco se ha esmerado en demasía. Ya sabemos que en los años cincuenta del siglo pasado, y aun hoy, las enfermedades mentales y las discapacidades intelectuales eran tema tabú, además de unas completas desconocidas, pero en ningún momento se intenta aclarar si Vicente nació así, lo hicieron así o se hizo así. Vicente es un tonto sin más, y ya sabemos que a todos los tontos les da por lo mismo. 

Sobre Ramona, otro logro, comentaremos algo en la siguiente sección.


Estilo

Marta inicia su recorrido en el mundo editorial como correctora ortotipográfica, algo esto de la corrección que sin duda se tomaban en serio las editoriales en los años cincuenta y que lamentablemente no se toman nada en serio las editoriales en el siglo XXI.

¿Está este premio Nadal a la altura en la parte más externa de la obra? ¿Mantiene aún en plantilla correctores profesionales la editorial Destino? Porque de haberlos, ¿cómo han sacado al mercado una obra con una puntuación tan desastrosa? ¿Estilo de la autora? ¿Descuido? ¿Prisa por acabar? Si es cuestión de estilo, esperemos que la moda se pase pronto, pero en cualquier caso una puntuación más acorde con las reglas del castellano hubiera mejorado mucho la novela. 

No sé si es posible encontrar en ella algún punto y coma, ese signo desaparecido, pero lo que sí que hay es un exceso de puntos. Puntos por doquier, frases cortas, excesivamente cortas, puntos donde deberían ir comas, y ya el desastre total en incisos y diálogos, ello por no mencionar algún otro detalle, como escribir iglesia e Iglesia, ambas referidas a la institución eclesiástica. 

Quedémonos en los diálogos que abundan en la novela. Otro desperdicio, porque los diálogos son en su mayoría enormemente banales, diálogos de transición, de matar el tiempo, que poco o nada aportan a explicar las situaciones o a perfilar los personajes. Diálogos por los que pasas rápido, sin saber muy bien quién dice qué, con una puntuación que no ayuda y con unos incisos que son claramente una asignatura pendiente para la autora. Si realmente aportan puntos claves, esta lectora se los ha perdido pese a haber pasado por alguno dos veces. 

No sé si en broma o en serio, la autora nos presenta un guiño «feminista» y «políticamente correcto» cuando aclara en un determinado momento sin venir para nada a cuento, que en el entorno social de Ramona lo que se llevaba era el compañeros y compañeras: 
Aquel día detuvieron a tres compañeros más. Compañeros y compañeras, porque en su casa todo se decía así, doble, aunque sonara feo y resultara cansino, porque allí lo femenino y lo masculino valían lo mismo (p. 247).
A ver, si va en serio, a la autora le vuelve a fallar la aritmética, porque si son tres los detenidos aparte de la pobre Ramona, que cayó la primera, serán o dos compañeros y una compañera, o dos compañeras y un compañero, pero eso de compañeros y compañeras aquí no cuadra porque tendrían que ser por lo menos dos y dos, aunque a saber la función de ese punto ahí, que ya hemos señalado el caos de esta novela en el terreno de la puntuación. 

Y si va de coña, es decir si lo que quiere la autora es poner en solfa el hablar políticamente correcto y ciertos feminismos, pues creo que no ha lugar, que hay mejores formas de hacerlo, y además esa forma de hablar estaba muy alejada de la realidad en los años cincuenta del siglo pasado, porque Ramona en ningún momento ha dado además indicios de hablar de esa manera ¿a qué viene, entonces, esa aclaración?

Ha pretendido meter Care Santos algunos términos precisos, quizá para dar empaque, que posiblemente hagan que el lector medio tenga que acudir al diccionario, afortunadamente son pocos, porque no siempre cumplen su objetivo y se arma ella solita madre el lío padre en algún caso: al final la pobre Ramona qué era: ¿abortista o abortera

No es que las definiciones que da el DRAE de ambas palabras sean para tirar cohetes, pero veamos cómo nos da cuenta Care Santos de las razones que llevaron a Ramona a la cárcel:  

«La detuvieron porque intentó abortar y todo salió mal», comienza diciendo y hasta aquí todo parece claro. Luego empieza el lío porque la abortera —persona que practica abortos— no debía tener la pericia que decía y Ramona acaba en urgencias donde la terminan de estropear. Ramona pasa de abortista —también la califica así— a abortera, y esa denominación se mantiene hasta el final del episodio: «La acusaron de comunista y abortera. Ambas cosas eran verdad» (p. 247).

Por más que lo intento no consigo imaginar cómo pudo ponerse Nina «casi —menos mal que hay atenuante— a horcajadas» en una mesa del restaurante. ¿Cómo era la mesa? ¿Cómo el plinto del colegio? Si lo que quería la autora era mostrarnos que Nina se sentaba de forma descuidada para mostrar a las amigas que llevaba bragas de encaje negro, hay sin duda formas menos circenses de hacerlo. 

Tampoco podían faltar esas palabras que inexplicablemente un día se ponen de moda y todo el mundo usa, por ejemplo correcto: las monjas hacían lo correcto. Las monjas pensaban que hacían lo que debían, lo apropiado, cumplían con su deber..., no sé, pero ese hacer lo correcto me suena tan a fuera de lugar en 1981, que no puedo por menos de señalarlo. 

En los aspectos fraseológicos, donde no hay realmente nada extraordinario, la autora a veces también parece no estar muy segura ¿caer o venir como agua de mayo?, aunque tiene también algún acierto, ese favor con favor se paga, por ejemplo. 

Retrato de una época

Es otro de los valores que las entrevistas y comentarios convencionales señalan en esta novela, pero ¿de qué época? 

¿Los oscuros cincuenta con internados cuestionables?

¿El final de la autarquía y los tímidos intentos de las mujeres por ocupar un lugar en la sociedad?

¿Los años 60 cuando unos melenudos revolucionaron no solo la música sino la sociedad? 

¿La llegada por fin de la democracia que tantas expectativas creó?

Como hemos visto en el análisis de los personajes, los datos que se nos presentan tampoco son suficientes, nos quedamos en el mejor de los casos en la anécdota, en el dato aislado. 

En definitiva, novela que se lee con facilidad, pero que queda lejos de conseguir los objetivos de una obra literaria, ni por el fondo ni por la forma. El que se lea bien es sin duda su mejor valor, pero también su peor enemigo, si de un premio Nadal hablamos. 

Comentario para el club de lectura La Acequia.