domingo, 22 de octubre de 2017

Número 175. La sirena de Gibraltar

Cuando en las frías mañanas de los años 70 mi padre y yo, camino de nuestros trabajos, pasábamos en autobús por delante de La sirena varada, mi padre, marino de profesión, desplegaba siempre el mismo o parecido discurso de reprobación: 
¿La sirena? ¿Eso es una sirena? Una sirena es una señorita con cola de pez, pero ¿eso una sirena?
Esta nueva sirena de Gibraltar aparece en Madrid ahogada en el Manzanares y como la de Chillida tiene un bloque de cemento por cola. Y hasta aquí leeré del argumento, pero no faltan en la red recensiones y resúmenes de esta novela que toca leer en el club La Acequia

Fotografía de La sirena varada de Chillida en el Museo de la Castellana

Chillida: La sirena varada (Fuente: Wikipedia)
Estamos ante una novela de corte clásico, se ha cometido un crimen y hay que resolverlo. El interés, bien dosificado, atrapa al lector que pasa con avidez las páginas de letra grande, aprovechando los viajes en metro. 

No le vamos a negar ese mérito, la novela cumple con le promete hasta el capítulo final, pero al llegar a ese punto todo empieza a verse un poco más claro y del bosque descendemos a los árboles: El análisis de personajes y lenguaje nos dará algunas claves.  

La mujer de mediana edad, y de la que no tardaremos muchas páginas en saber su nombre y sus circunstancias, no es una cortina de humo para distraer al lector, y si acaso al detective con más conchas que un galápago. No, sencillamente es un personaje que se le ha escapado al autor, un personaje que enseguida ha mostrado la suficiente personalidad como para no saber qué hacer con él. No es una falsa pista, es algo que al autor se le escapó, por mucho que intentara cortarle abruptamente las alas. 

¿Qué podemos decir de los otros personajes? Se mueven entre el cómic y el thriller y nos lleva a recordar a aquel equipo televisivo de mercenarios, el Equipo A, transportados a un Madrid donde a pesar de estar en el 2013 no vemos aparecer la crisis que a todos nos mordía y todavía nos muerde. A Jandro, que nos cae simpático, solo le faltan unos cuantos oros al cuello. El cerebro está bien instalado nada menos que en un ático de Serrano. Quizá nos falte el loco con certificado, aunque ese Hernández que completa el cuadro de los mosqueteros, y al que solo conocemos por teléfono, podría cumplir el papel en próximas entregas, es sin duda una carta que se ha guardado el autor, porque según dicen los entendidos esta novela es solo el principio. 

Juan Torca, el protagonista, compadre de sus compadres, parece sacado de una película de acción: casi inmortal, más cerca de los 60 que de los 50, se conserva en forma a fuerza de carreras por el Retiro, defiende a inmigrantes vejadas por niñatos nazis y persigue y vence malos cabalgando lo mismo en una Harley que en un coche alquilado que por supuesto destroza. Además no hay mujer, no hay mujer joven, sobre todo joven, que —puesto en lenguaje de taxista, de lo que hablaremos enseguida— no pierda las bragas ante sus encantos. ¡Por favor! A ver, la plana de actores macizos ya entrados en años, pónganse en fila, que se anuncia película y pueden tener papel con pibones como compañeras de reparto. 

A Juan Torca le gusta comer bien, en plan casero, pero es un poco inútil en la cocina, deficiencia que suple con el conocimiento de los mejores restaurantes de menú del centro. Hay algo que le honra y mucho, sobre todo siendo burgalés de Burgos, como el autor: bebe Ribera del Duero, y a los que les extrañe esta afirmación mía, que no se asusten: en Burgos capital hasta ayer, y digo esto en plan esperanzador, lo que te ofrecían por todas partes era Rioja. En cualquier caso en cuestiones gastronómicas, algo imprescindible hoy en una novela, Juan Torca se queda lejos de Carvalho y Montalbano, por mencionar dos clásicos del género.  

Dejemos a los protagonistas y hablemos de lengua. Para aquellos que tenemos cierta fijación por el lenguaje popular, la fraseología y otras yerbas, esta novela podría ser un filón, pero en realidad no llega a pasar ese listón por el que los buenos autores hacen de esa forma de hablar popular literatura. El estilo es directo pero es vulgar —apliquénse todas las acepciones de la palabra—, no solo cuando hablan los personajes, algo que tendría lógica, sino también cuando habla ese narrador omnisciente que se pone demasiadas veces a la altura de los personajes. ¿Demasiado diálogo? Esto no tiene por qué ser un defecto, pero escasean los remansos que dan un respiro al lector y ayudan a modelar los personajes. Definitivamente Torca es un hombre de acción, de demasiada acción. 

Reconozco que me ha gustado ver una expresión en boca de Jandro, de ese tiarrón vestido de negro, al que me puedo imaginar sacando al hombro canastos enormes con la frente chorreando sudor y el hombro manchado de barro y mosto: pasarlas más putas que en vendimia

El autor escribe vendimia en singular, y a mí me deja pensando, porque para mí las vendimias siempre fueron plurales, incluido ese dicho tan conocido en tierras de vinos. 

Sí, también hay algún refrán, alguno incluso disimulado, aunque no estoy del todo segura de que este pasara por la mente del autor cuando escribe: 
Desde la primera copa había intuido que esta vez iba a morir ahogado en la orilla, sin lograr el objetivo. En cinco días había avanzado mucho: había descubierto todo o casi todo, pero no había logrado nada. 
Nadar, nadar y a la orilla ahogar, decía ya el marqués de Santillana.

La natación en la novela tiene su importancia, como puede adivinarse ya desde el título, y antes de cerrar el comentario deberemos hacer referencia a la otra voz de la novela, la de Maddi Cruz, llanita, educada en Londres, pulverizadora de récords de natación, profesora de gimnasia, que increíblemente escribe diarios en cuadernos de papel con bolígrafo azul ¡y en español!:
But English ist my first language. I'm very proud of that,
le dice Maddie a Juan Torca en un momento de aproximación física y emocional. A pesar de ello, la chica a la hora de confiarse a un diario que nadie, solo ella años después va a leer, se expresa en español. ¿No podría haber recurrido el autor a algún pequeño truco a alguna convención al uso para salvar este detalle? Bueno, qué más da que la chica escriba en español o en inglés, tenga acento andaluz o no se le note, el caso es que escribe y eso permite dar algunas claves al caso e incluso resolver el misterio.

¿Cómo es el lenguaje de Maddie? ¿Cómo interpreta este autor burgalés nacido en los 70 a una andaluza internacional, 20 años más joven que él? Todos hemos sentido la tentación de aproximarnos, de meternos en la piel de las generaciones que nos siguen alguna vez. 

Maddie en detalle puede parecernos equilibrada, lógica, razonable, previsible dadas las circunstancias, pero vista en su conjunto se queda corta, infantil, vulnerable, confiada..., no termina de pegarle este perfil a una chica que se cruza el Estrecho a nado por mucho que queramos tener en cuenta los hechos que la rodean. La añoranza de Maddie por sus hermanas resulta demasiado melodramática, repetitiva, aunque gana en los momentos narrativos: entre sollozos, entre hipos, entrecortada, Maddie sabe transmitirnos con naturalidad su drama. Apuntemos este tanto en el marcador del autor.

En cualquier caso no nos engañemos, Maddie está ya descrita, predestinada, desde el momento en que ese narrador omnisciente nos presenta al personaje, desde ese momento, la mayoría de las páginas de su meticuloso diario son mera paja... 

... y dejo al curioso lector que busque las claves en ese pasaje en que se nos presenta al personaje.

lunes, 16 de octubre de 2017

Número 174 María de Zayas. Tretas y contratretas

En los Desengaños amorosos, María Zayas hace subir sucesivamente al estrado a sus amigas y compañeras para que, ante una audiencia mixta, relaten, en forma más o menos novelada, sucesos «basados en hechos reales», que diríamos en lenguaje televisivo de sobremesa.

Su propósito no es otro que dejar patente la mala condición de los varones, que parecen haber venido a este mundo con el único fin de buscar la perdición de las mujeres. Así que, amigas, estén atentas y no se dejen embaucar por ellos y tengan preparadas sus armas, pues el enemigo acecha.

Ha procurado la autora refinar y elaborar más el lenguaje en esta segunda parte de sus novelas. Fruto quizá de esta mayor elaboración, son una serie de sentencias de carácter proverbial, que doña María parece dar por buenas, aunque tiene la elegancia literaria de incorporarlas a su propio discurso y disimularlas en él. 
Cuatro mujeres ataviadas con trajes medievales
Las amigas de la Zayas
Tomemos como ejemplo esta doble afirmación puesta en boca de una de las narradoras, pues en no pocas ocasiones estas intervienen activamente en lo que están contando para exponer su criterio moral acerca de lo sucedido, o bien para anticipar lo que va a suceder.
Partió con su deseo, prometiéndola correspondencia, porque él amaba, según decía, el alma y no el cuerpo. A dos leguas no se le acordó más de tal amor. Mas ella, que, cuerda, conocía el achaque no había caminado una, cuando ya lo tenía olvidado; porque a la treta armar la contratreta, que de cosario a cosario no hay que temer.
A la treta armar la contratreta no es propiamente un refrán, al menos no está registrado como tal en las recopilaciones coetáneas ni posteriores, pero encontramos el pensamiento muy presente y casi con esa misma fórmula en numerosas obras de su tiempo. Doña María está expresando esa idea de forma concisa y sapiencial, es decir nos está brindando un nuevo refrán, que bien podría incorporarse a los refraneros. 

En un fragmento de las memorias de un tal Felipe de Comines (Memorias de Felipe de Comines, señor de Argentón, 1643 [Google]) encontramos casi la misma circunstancia y palabras:
Pero cuando las Damas quieren todo se facilita y descifra fácil y presto: porque no hay treta tan cautelosa, que prevista no tenga su contratreta. 
Hermanas, estad prevenidas, usad esas armas y astucias que poseéis, pues los hombres las conocen y no dudarán en echároslas en cara. 

De tretas y contratretas abundan las obras de enredo de nuestro teatro clásico, por no hablar de otras novelas y obras en prosa de su tiempo. De tretas y contratretas, muchas de ellas puestas en forma sapiencial, nos habla la obra de Gracián, del que Blecua (Sobre el rigor poético en España y otros ensayos. Ariel, 1977: 139) dice: 
Toda su obra girará alrededor de unos temas cuya finalidad es la misma: advertir para triunfar: educar el genio con el ingenio; hacer un discreto, un héroe, un político, o bien ensañar a caminar por el mundo salvando la treta con la contratreta, la cifra con la contracifra.
Esta es sin duda la intención de la Zayas a la hora de escribir sus novelas, no solo entretener, no solo pasar el rato, sino advertir a las mujeres de los peligros que las esperan si confían demasiado en los hombres. Y para defenderse qué mejor que ponerse en su mismo plano, pues de cosario a cosario no hay nada que temer. 

De cosario a cosario no se pierden sino los barriles es refrán que está ya en las primeras colecciones castellanas (Santillana) y en La Celestina, y es glosado por Sebastián de Horozco, para terminar dando título a una comedia de Lope de Vega. 

Antes de continuar conviene aclarar que un cosario, que no hay que confundir con corsario, aunque tengan el mismo origen, es una persona que se dedica a transportar cosas o personas de un lugar a otro. Es decir, es lo que en lenguaje moderno llamaríamos transportista

El sentido del refrán es que entre personas del mismo oficio, de la misma condición, suele haber buenas relaciones, por lo que nada hay que temer. Refranes sinónimos son De barbero a barbero no pasa dinero, Entre sastres no se pagan las hechuras, o el más moderno Entre bomberos no se pisan la manguera, todos ellos con el sentido de la colaboración entre iguales. Las mujeres que aparecen en las novelas de la Zayas no siempre se dejan achantar por los hombres, como es el caso del ejemplo. 

Quedémonos en el siglo XVI con la glosa de Sebastián de Horozco en su Teatro universal de proverbios para mejor entender la afirmación de la Zayas: 
El hombre que a otros popa
acontece que algún rato
jugando a daca la ropa
cuando no se cata topa
con horma de su zapato.
Así que le es necesario
ser un Héctor, o un Aquiles
por do se dice ordinario
que de cosario a cosario
no van sino los barriles. 

Referencias 

  • Horozco, Sebastián de (1986): Teatro universal de proverbios. José Luis Alonso Hernández (ed.). Universidad de Salamanca.
Comentario para el club de lectura La Acequia.