domingo, 3 de octubre de 2021

Núm. 252. El hombre mojado no teme la lluvia

 

Yaser Alí ha participado en la resistencia armada iraquí y es uno de los protagonistas de este libro. Lo conocí en Irak hace unos años. En una ocasión, mientras escribía su historia, le pregunté si prefería que ocultara su identidad. Se quedó pensativo unos segundos y después contestó: «Como diría el refrán iraquí, "el hombre mojado no teme la lluvia". Ya no tengo nada que perder. No me preocupa que aparezca mi nombre, y si quieres, con fotos».

Así comienza el prólogo que la propia autora, la periodista Olga Rodríguez, escribe para su libro El hombre mojado no teme la lluvia, publicado en el 2009: 

Enseguida supe que ése sería el título de este libro,

añade, por si quedara alguna duda.

Afghan carpets being sold
Mercado de alfombras en Afganistán (Wikimedia Commons)

Conocí a Olga Rodríguez en aquellas mañanas de la SER, cuando se sabía que la invasión de Irak era inminente y los principales medios habían enviado ya a sus mejores reporteros a cubrir el acontecimiento. Las guerras en la primeras décadas del siglo XXI se retransmiten por satélite y se nos sirven de sobremesa en las cenas familiares. Por el día, gracias a las redes sociales y al periodismo digital, vamos teniendo avances de lo que sucede a muchos kilómetros de nuestras casas, como si tuviéramos entrada de barrera en los toros.

La voz de aquella periodista mañanera sonaba joven y diferente, tenía algo distinto cuando nos relataba sus miedos a que los equipos telefónicos satelitales, de los que iba provista, no le funcionaran lo suficientemente bien para poder llevar a cabo su trabajo. Según cuenta ella, se alojaba, como otros periodistas, en el hotel al-Rashid, y hasta allí fue Yaser Alí, licenciado en filología inglesa, a ofrecer sus servicios como intérprete, en uno de los intervalos de su vida en los que no se había visto obligado a servir en el ejército de su país.

He elegido como ilustración ese mercado de alfombras que me brinda Wikimedia Commons, porque este libro va de gente corriente, de gente como tú y como yo, que ha tenido la desgracia de haber nacido y vivido en países siempre en guerra. Gente abocada a vivir en un ambiente violento, a ser ellos mismos violentos, cuando no queda otra y es la propia vida la que está en juego.

Uno a uno, y a través de ciudadanos de Irak, Palestina y Territorios Ocupados,  Israel, Líbano, Siria, Egipto y Afganistán, la periodista nos va contando la vida, con sencillez y sin eludir detalles que puedan llegar a herir nuestra sensibilidad, el día a día de sus protagonistas. Algunas escenas, algunos pasajes son tremendos, pero seguimos pegados al libro, y avanzando páginas, atraídos por la prosa suelta y directa de la autora.

«Voces de Oriente Medio» lleva como subtítulo este libro, y así es, porque a través de entrevistas con sus protagonistas, a través de esos tés compartidos, a veces en el cuarto de estar de las infraviviendas donde viven, esas voces van dejándose oír y llegar hasta nosotros, casi dos décadas después de que fueran pronunciadas, pero de una actualidad que asusta. Solo hay que leer el último capítulo dedicado a Afganistán, ese país que ha abierto telediarios este verano, pero del que ya casi nos hemos olvidado.

Por cada uno de los países, y precedidos por una pequeña descripción de las ciudades en las que transcurren esas entrevistas, dos o tres protagonistas nos dejan una huella difícil de olvidar. 

No solo las voces, el ambiente en el que se desarrollan, excelentemente bien descrito, nos lleva a ellas. Veamos algunos ejemplos:

Poco antes del inicio de la invasión de Irak en marzo de 2003 Bagdad comenzó a cambiar. Las tiendas se vaciaron de alimentos enlatados, agua embotellada, linternas o cinta adhesiva, útil para evitar la rotura de los cristales de las ventanas ante la fuerza de la onda expansiva de una bomba (p. 17).

Si en Bagdad la guerra había llegado antes de empezar, en otros lugares, su belleza nos hace olvidarla por unas líneas:

Los atardeceres de Beirut son a menudo apacibles, con un mar en calma, azul claro, casi inmóvil, ligeramente tembloroso si pasa una ráfaga de viento. En el paseo marítimo se eleva inerte un gran faro, con su cápsula de cristal rota en la cima, y más allá, una noria cerrada desde la invasión israelí del verano de 2006 (p. 229) 

O esta otra, que se nos antoja sacada de milenarios cuentos:

Damasco es una gran ciudad donde el tiempo parece haberse detenido. En algunos rincones de la parte vieja el aire flota sin calendarios. Cualquiera que llegue de Occidente podría creer que ha retrocedido siglos al contemplar el ritmo pausado con el que trabajan los artesanos y comerciantes. No en vano, Damasco tiene seis mil años de antigüedad. Es la ciudad poblada más vieja del planeta (p. 283).

No faltan los contrastes, como los lugares en los que viven los periodistas occidentales, o los observadores internacionales, con la realidad del país. Así describe su experiencia en Afganistán durante unas elecciones en un centro de recuento de Kabul, situado cerca del palacio presidencial:

Aquel escenario era algo irreal. Allí solo se hablaba de democracia, reconstrucción y paz. Las calles, cerradas al tráfico, estaban tomadas por militares y policías, y por ellas iban y venían trabajadores de la ONU, observadores internacionales, diplomáticos, enviados especiales y periodistas. Todos extranjeros. Era un mundo completamente diferente al resto del país. Muchos no salían nunca de él. Había un par de sitios donde tomar perritos calientes y hamburguesas, y el centro de prensa contaba con cómodas sillas y con baños limpios y equipados, donde me lavé el pelo un par de veces, ya que el baño de mi hotel, compartido por toda la planta, estaba repleto de ratas y tenía las tuberías atascadas. Cada vez que abría el grifo, una masa marrón salía de una rejilla inferior y el suelo se inundaba, literalmente, de mierda. Pero allá era diferente. Había agua transparente, tranquilidad, limpieza y organización. Si estabas un buen rato merodeando por ahí podías terminar creyéndote que Afganistán estaba prosperando (pp. 333-334).

Volvemos una y otra vez a los dos mapas que cierran el libro, a situar las ciudades en ellos, ciudades que pasan a ser algo más que nombres en los telediarios, ciudades en los que habitan gentes corrientes, gentes como nosotros. 

La autora lo resume en las palabras finales:

Con este libro, con las historias personales de sus protagonistas he querido acercarme a esa realidad global que nos permite conocer mejor no solo Oriente Medio sino también aquello que llamaos Occidente. Porque a través de los otros siempre podemos descubrir aspectos de nosotros mismos.

Gracias, mil gracias, por este hermoso e imprescindible libro, si queremos saber algo más sobre los hombres, sobre nosotros.

 

Título: El hombre mojado no teme la lluvia

Autor: Olga Rodríguez

Editorial: Debate, 2009

 

5 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Esto hace más interesante la lectura que haremos del libro en el club de lectura gracias a tu sugerencia. Espero que te hayas guardado algo para entonces.
Gracias por hacerme ver este libro.

La seña Carmen dijo...

No dudes de que volveré a releer el libro y saldrán nuevas cosas para comentar.

Rajani Rehana dijo...

Fabulous blog

Sor Austringiliana dijo...

Gato escaldado del agua fría huye pero hombre mojado no teme a la lluvia. Nacer en Afganistán es una gran desgracia y si se nace mujer desgracia en grado superlativo. Ha caído tanta lluvia sobre ellas. Lo leeremos. Besos, Carmen.

Ele Bergón dijo...

Me acuerdo perfectamente de Olga Rodríguez y de sus crónicas de la guerra. Una mujer tan joven y lo bien que nos lo relataba, todo lo que iba ocurriendo en las guerras de los primeros años de los 2000.

Comencé a leer el libro, pero no he podido continuar y al final lo he devuelto a la biblioteca. Espero hacerlo, ya que me ha parecido una lectura obligada, para saber lo que de verdad pasa "en" y "con" esto de las guerras, de las que parece nunca aprendemos.

Besos