martes, 15 de marzo de 2016

Número 112. Andarás perdido por el mundo: elogio del la

Mi paso por la facultad y la proximidad de unos cuantos amigos, casi talibanes de la corrección lingüística, me han llevado a erradicar prácticamente el laísmo de mi forma de hablar. Solo me lo permito en tres casos: mi madre, la Virgen de mi pueblo y la Loli, mi amiga del alma. Y sí, la Loli es la Loli y lo será siempre por más que se empeñe la corrección lingüística en recordarme que el artículo delante de los nombres de persona solo debe usarse en castellano ante las celebridades, verbi gratia la Caballé. Un la no tiene nada que ver con el otro la, pero sirvan ambos de aperitivo a este mi comentario lingüístico de los cuentos de Óscar.
Pintada con el texto "Te quiero Libre" y el símbolo femenino


Yolanda Juarros Benítez solo puede ser la Yoli, una Yoli entrañable, tremendamente femenina, mujer plena ya desde la niñez, para mí el cuento más valioso de toda la colección. Son varias las razones. 

La primera porque la protagonista es una mujer, y el cuento, aunque sea desde el punto de vista masculino difuminado por la niñez, intenta aproximarse a lo que piensa y siente esa mujer, esa compañera de estudios más desarrollada que los chicos de su edad. No recuerdo otro cuento de la colección en los que una figura femenina aparezca con tanta fuerza, son todos cuentos demasiado masculinos, así que aquí su primer mérito.

Dejando aparte las ternuras, el segundo es la reflexión sobre el lenguaje, sobre la forma de hablar, la presión que presenta sobre él la sociedad y la educación oficial, el paso de las generaciones, la importancia de la onomástica. En las novelas, decía Cela, ningún nombre es arbitrario, y ya desde el nombre, Yolanda Juarros Benítez, la Yoli, nos cuenta su historia. 

Desde las primeras líneas, en su recuerdo de la Yoli y de ese despertar al misterio de la vida, Julito, convertido ya en un músico internacional, trata de erradicar ese la nefasto, propio de paletos y de gente poco educada, trata de quitarse el pelo de la dehesa corrigiendo el lenguaje, pero, como en mi caso, la realidad —la forma de nombrar a nuestros seres más queridos— se impone siempre, siempre en la lengua.
Voy a nombrarte con el artículo, querida Yoli, porque si no, no sé de quién hablo.
La ciudad nos impone su forma de hablar, va haciéndonos olvidar esas palabras antiguas que ya solo pronuncian personajes como Lolo: tuso, orinar, chisquero... Óscar reinvindica todas esas palabras y hace una elogiosa defensa de la almóndiga, que por supuesto tiene mucho mejor sabor que la albóndiga. Pero ¡ay!, estas palabras van poco a poco desapareciendo de nuestras vidas y otras nuevas van invadiéndonos silenciosas, como el gas halón desplazando al oxígeno y ocupando poco a poco su lugar.
Fíjate, casi con la edad de éste y ya con un bebé. No se me va de la cabeza. ¡Pero si es una cría!
Son palabras que pronuncia el padre de Julito. ¿De verdad, querido Óscar, que el padre de Julito habría dicho que la Yoli iba a tener un bebé? ¿Mas bien, no habría dicho que iba a tener un chico, un crío, como ella misma, o en el español más neutro un niño?

Pequeños detalles que irremediablemente se nos cuelan y ya hasta las lagartijas de los terrarios tienen bebés, pero bueno, volvamos a la Yoli, y a sor Violante, otro personaje femenino magistralmente retratado, aficionada a los detalles, pero que al llegar a ciertas comprometidas páginas del libro de Naturales, recurre al lenguaje científico que siempre es socorrido: fecundación, óvulos espermatozoides... 
... había estudiado el sistema reproductor, que venía en el libro de Ciencias Naturales inmediatamente después del excretor.
Recuerdo personal de hace muchos, muchos años. Colegio de monjas, clase de por la tarde, las alumnas leen por turnos en voz alta las lecciones. La maestra, una monja, con un poco de apuro, avisa: «En la lección de hoy hay una palabra que no debían haber incluido. A la que le toque leerla, que la lea con normalidad y sin comentarios». Revuelo general, cuchicheos, las más avispadas ya han leído el texto en diagonal y han dado con la palabra conflictiva, y la señalan con el dedo. En un segundo todas las alumnas —¿qué tendríamos, nueve o diez años?— nos habíamos aprendido la palabra vergonzante: orina, vejiga de la orina. 
¡Que me orino, hostias!
La exclamación del tío Lolo lleva a su sobrino a pensar en las palabras, y sor Violante busca entre sus recursos cómo, sin faltar a la verdad, explicar la ausencia de la alumna Yolanda Juarros Benítez: «cambio de aires», «concurrían ciertas circunstancias», aunque antes había estado «con el desarrollo» o le «dolía la cabeza». Los amigos eran más crudos: «la Yoli sangraba como sangran todas las mujeres, sor Violante también».


Pintura infantil de Adán y Eva tentados por la serpiente


Un día, sor Violante fue muy clara, tan clara que todos supieron sin lugar a dudas qué le había pasado a la Yoli:


Tengo que deciros que Yolanda Juarros Benítez acaba de tener un bebé, una niña preciosa.

Sí, sor Violante también dice bebé. Para la Yoli su niña, a la que había puesto de nombre Dina, tras casi otro parto por las dificultades en encontrar del nombre, es su «cosa tan bonita» —¡cosa, cosita, guapetona!—, no como el niño que tuvo su compañera de habitación «peludo y chatungo como un chimpancé». 

La matrona, que se llamaba Begoña, se había portado como una amiga, y también sor Violante «que parecía muy seca, pero tenía buenos sentimientos», tanto así que las —aquí también me pide el cuerpo un las iba a pedir que fueran las madrinas de su niña, dos madrinas en vez de padrino y madrina. 

¿A que es genial?


Comentario para el club de lectura La Acequia.


7 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Lo es. Acertado lo del bebé. Y no sabes cómo me ha gustado este comentario tuyo enraizado en tu propia experiencia lingüística. Una de las cosas admirables de un narrador es cuando sabe caracterizar un personaje por su lenguaje.

Óscar Esquivias dijo...

Interesantísimo tu comentario (como siempre), Carmen.
La conciencia del lenguaje está muy presente en muchos de mis cuentos. Saber nombrar es tanto como tener un poder (Yavé se lo concedió a Adán). Y tienes razón en que este es un libro muy masculino. A diferencia de "La marca de Creta", donde había cuentos contados desde la perspectiva de una mujer, en primera persona, aquí todos están narrados por hombres y en muchos casos homosexuales, así que el universo femenino queda un tanto relegado, salvo (quizá) en este cuento, en el que me pidieron justamente que hablara sobre la maternidad, ya que el número de la revista "Eñe" en el que se publicó estaba dedicado monográficamente a este asunto. Con todo, yo creo que habla más del sentimiento de rechazo a la paternidad. Al releerlo, me parecía casi un cuento freudiano, no por onírico sino porque en él el narrador elabora toda una explicación sobre sus sentimientos a partir de un recuerdo recuperado de la infancia, que de repente ilumina toda su vida (cuando lo escribí no tenía esta explicación presente).
Y creo que el padre podría haber dicho "bebé". En presencia de los niños, los adultos suelen echar mano a los eufemismos o las palabras que les suenan más neutras, y la maternidad de una menor de edad suele ser un asunto delicado (aunque los padres del narrador, especialmente la madre, no sean precisamente muy refinados).
Hay más lectores que me dicen que este es su cuento favorito. Yo no lo habría adivinado (pero me encanta que sea así).
Muchas gracias, Carmen. Es un lujo tenerte como lectora.

pancho dijo...

Se nota que el autor domina todos los registros de la lengua a su antojo, precisamente porque se esfuerza en dotar a sus personajes de una lengua apropiada a su nivel cultural, extracción social y siempre pendiente de la lengua hablada en los espacios en los que sitúa todas sus novelas y relatos más breves. En este aspecto es un maestro con mayúsculas.
A ver quién es el guapo que se atreve a quitarle el artículo de la Yoli. Ya puede venir la Academia a decir lo que quiera. Yo también tiendo a ponerle los artículos delante de los nombres propios porque fue lo primero que aprendí, lo primero que escuchaste hablado. Lo importante es evitarlo en los contextos no apropiados. Pero no hay manera de evitar que lo resultante te suene fino o afectado.
Ahora te hacen un change a poco que te descuides, te hacen un escrache que suena a cucaracha pisada o te llenan el teléfono de guasaps sin pedirlos. La lengua que cambia, siempre en evolución.
Los autores suelen dejar los mejores relatos para el final para dejar buen sabor de la lectura.
Muy guapo el texto.
Un abrazo.

María Luz Evangelio dijo...

Gracias Carmen por señalar que las mujeres están ausentes en estos cuentos. Lo del laísmo es curioso porque sí delata al hablante, y con lo del bebé estoy de acuerdo contigo, hay mujeres que dan a luz bebés y otras paren hijos, según en qué zona de la escala social vivas, las nuevas vidas tienen un nombre u otro.
Muy interesante tu entrada sobre este cuento. Gracias.

Abejita de la Vega dijo...

Pasé dieciséis años de mi vida en compañía de la Blasa, la Angelita, la Pepa, la Antonia, la Chon...me parecía natural y no me sentía inculta ni transgresora del lenguaje por decirlo así. Era Campo Real, un pueblo de Madrid. Ahora vivo en ambiente urbano y no se me ocurriría poner artículo a mis alumnas, amigas o vecinas. No pegaría ni con cola. Contexto apropiado o no apropiado, como dice Pancho.
La Yoli tiene que ser la Yoli, en su contexto,en su barrio de Gamonal. ¡Caramba con tus compañeros filólogos! Olvidan que la lengua es algo vivo.
En lo del bebé te doy la razón, no le pega a ese hombre decir bebé en lugar de crío o niño. Lo de bebé vino con la televisión y la publicidad. Si los personajes viven en los ochenta, tiene razón Óscar, ya había bebés por todas partes. Sin embargo,en mi infancia, sólo recuerdo el bálsamo Bebé, específico contra las escoceduras.
Las monjas de tu colegio se pasaban de finas con el pipí.
Una entrada atinada y filológica. Besos, Carmen.

La seña Carmen dijo...

Pues yo el "la" o el "el" ante nombre de persona lo empleo en todos los ambientes, no solo en los pueblerinos, siempre que cuadra y siempre con un ese tono de familiaridad y amistad. El masculino lo empleo menos, será que me es más lejano.

Sí, las monjas de mi cole eran muy suyas, pero cuando salí del colegio y lo comenté con otras chicas cuando hacía preu, me di cuenta de que había tenido unas monjas casi modernas.

Myriam dijo...

Y sí el cuento es genial y a mi me gustó mucho,
igual que tu comentario, sobretodo en lo que
concierne a los personajes femeninos.

Besos