viernes, 23 de agosto de 2019

Núm. 212. Entre Madrid y el Mid West

No sé si el frío de Iowa es mucho mayor que el de Madrid, aunque a juzgar por el título de el primer poemario de Helena Mariño, este frío no es nuestro, intuyo que sí, que en Iowa hace mucho frío.
              el frío era un mito             la noche
                       un defecto del ojo             el pájaro  

La solapa del libro nos introduce en el currículum de Helena, varias carreras y un máster en escritura creativa, que, mire usted, ella se va a hacer nada menos que a Iowa, como si por aquí no se pudieran estudiar esas cosas. 
            no quedaba otra emigración
                     que el exilio hacia adentro      

Ella sin duda tendrá sus motivos, que intuyo van más allá de los que mueven a los jóvenes de la Marea Granate a coger las maletas en busca de un trabajo digno.

            despedazarse es un arte que
            requiere disciplina

Sean cualesquiera que sean esos motivos, los lectores de poesía hemos ganado, cuanto menos, un texto interesante.

indicadores en un aeropuerto cualquiera

Se me hace difícil poner etiquetas y más en este caso. ¿Poesía existencial?, ¿vivencial?, ¿vanguardista?, ¿poesía que rompe moldes?, ¿inesperada?...

        la estrella polar es una espiga
                      sigue el camino de baldosas amarillas

Desde luego si un adjetivo no puede adjudicársele es el de fácil.     
                                                
                                           terroris

                                                mo

                                            fonéti
       
                                            co                                     


Más que esfuerzo requiere voluntad para volver sobre las líneas e ir captando, poco a poco, lo que esas líneas nos están transmitiendo, pero la voluntad es cada vez menor, porque al final vuelves con gusto. A fin de cuentas, esa es la función de la poesía, engancharte, ir directa a los sentimientos sin plantearte mucho la sinrazón de aquello que lees.

                   este cuerpo {que 
                                 parecía} tan                           
                   frágil
Pasando sus páginas, volviendo una y otra vez sobre esos versos intencionadamente colocados en ellas en perfecto desorden, por momentos uno siente de estar ante poemas hechos con palabras, semifrases, escogidas al azar de un repositorio igualmente aleatorio. Ahí está su mérito, el orden del desorden, que nos lleva a entender por qué ese frío, a pesar de la globalización, nos resulta extraño.

                   las tierras cálidas eran

                                                una falacia.

Helena MARIÑO: ese frío no es nuestro. entropía ediciones, 2019

martes, 30 de julio de 2019

Núm.211. Grazia Deledda y sus Cuentos de Cerdeña

No conocía la existencia de Grazia Deledda, premio Nobel de Literatura en 1926. Fue mi descubrimiento de la última Feria del Libro de Madrid y no me pesa en absoluto.

Reeditados ahora por Bercimuel, me llevé a casa un ejemplar de Cuentos de Cerdeña, y desde las primeras páginas vi lo merecido de un premio tan prestigioso, pero sobre todo comprendí que hay autores que no deberíamos perdernos nunca. 

Deledda narra lo que conoce, su pueblo, su tierra, Cerdeña, tierra y dialecto que abandonó al casarse para instalarse en Roma. Los relatos que se incluyen en el volumen corresponden al primer periodo, antes de su marcha a la Ciudad Eterna, es decir se quedan en los últimos años del siglo XIX.

Deledda nos transporta a una Cerdaña rural, primitiva, donde la naturaleza se nos muestra a veces sin mácula y otras doblegada por la mano del hombre, pero solo lo imprescindible para sacar de la tierra el fruto que alimentará a hombres y animales. 

Los personajes, sus habitantes, también se nos presentan en estado puro, con sus ropas imposibles y con abundantes detalles sobre el traje femenino, especialmente los justillos, que dan información acerca de las que los llevan. Leyendo estas descripciones, nos encontramos ante estampas pintorescas de un cuadro de costumbres, porque en todos los relatos hay un fondo folklórico, muy del gusto de la época, por otro lado.

Más allá de lo pintoresco, Deledda es una excelente narradora, el pulso en sus historias es el justo, y sorprende, casi siempre nos sorprende, con los finales, incluso cuando son previsibles. 

Me quedo con las descripciones de los paisajes, unos paisajes en los que se recrea jugando con las palabras, sin ahorrar adjetivos y rozando peligrosamente el límite de lo tópico, pero a mi juicio sin rebasarlo. Aquí dos muestras casi elegidas al azar:

En el tibio mediodía de abril, las frescas hojas de los alcornocales tranquilos y silenciosos que cubrían la salvaje llanura, cuajada de jaras, madroños y espinos, parecían reflejar el cielo, de un azul perla. Los bosques se extendían hasta donde alcanzaba la vista, hasta las brumas del horizonte, delimitado por las montañas lejanas, de un azul más oscuro, pero más vaporoso (pág. 215).

paisaje de riber con cereal en primer plano, árboles de ribera en segundo y recortando el paisaje alcores blanquecinos bajo nubes


Empezaba a refrescar.  Una noche llovió, y el río creció , turbio, lívido. Pero, cuando volvió a salir el sol, una indecible dulzura se extendió por la tanca. El cielo apareció sereno, de un tierno azul perlado. El río adquirió una transparencia glauca de velo, de cristal; y sopló una brisa inefable, de fragancias y de cosas lejanas, anunciando las dulzuras otoñales. La adelfa había dejado caer todos sus pétalos sobre las aguas claras y se erguía con sus alargadas hojas lavadas por la lluvia brillando al sol; pero la hierbabuena seguía floreciendo, desprendiendo un fuerte olor a menta (pág. 435).
No quiero olvidarme en esta reseña de la labor de la traductora, Mercedes Corral, ni de la revisora Antonina Pobo. Dejando a salvo mi ignorancia absoluta acerca del original,  y con ello la posibilidad de equivocarme, creo que han hecho una buena labor y solo las palabras en sardo, salpicadas aquí y allá, nos recuerda que estos cuentos no han sido originalmente escritos en castellano.

DELEDDA, Grazia: Cuentos de Cerdeña y otros cuentos. Edición de Giovanna Cerina. Editorial Bercimuel, 2018.

domingo, 28 de julio de 2019

Núm. 210. Cajón de sastre burgalés


En el cuarto de estar de casa de mis padres en Madrid estuvo colgada desde siempre una estampa con una vista de Burgos. Enmarcada en blanco y negro, hacía juego con el sencillo mueble bar de formica y los sillones de mimbre. Mi madre me explicaba que las casas del otro lado del río eran las de La Isla, hermoso y señorial paseo arbolado por el que sí que pasaban coches, al contrario que por El Espolón, mejor paseo aún de tupido techo vegetal que en verano protegía a los burgaleses de las inclemencias del sol. Mi padre siempre estuvo enamorado de aquel paseo, para él el mejor paseo de España, y yo me conformaba con mirar el cuadro con aquella vista que tanto difería de las que yo estaba acostumbrada a ver en Madrid. A pesar de que mi padre era muy aficionado también al Paseo del Prado, nada tenían que ver aquellas dos lugares de recreo, Burgos era otra cosa.

Vista coloreada de Burgos, el paseo de La Isla, la catedral y al fondo el castillo Isa, la e
 

En un capítulo de sus Memorias, María Cruz Ebro (1881-1967) recuerda, con cierta humildad, que su madre decía que lo que escribía su hija era «un cajón de sastre». No le faltaba razón a la madre de María Cruz, a pesar de ello las Memorias de una burgalesa resultan una lectura obligada para los que de una forma o de otra nos interesamos por la llamada Cabeza de Castilla.

Memorias imprescindibles pobladas de gente bien en un batiburrillo de condeses, marqueses, militares con graduación, militares con altísima graduación, señoritas que se casan con los anteriores después de haber pasado por las Francesas, prelados purpurados, algún seminarista que alcanzaría fama después, la infanta Isabel, los reyes de España, el zar de todas las Rusias y hasta el archipámpano de las Indias parecen darse cita en El Espolón bajo el conjuro de esta burgalesa de pura cepa que quiso dejar constancia por escrito de una época. ¿Lo consiguió?

Vista la obra desde el siglo XXI, sin lugar a dudas se nos muestra como una obra podada, porque en ella falta una parte importante del Burgos de la primera mitad del siglo XX, falta el pueblo llano que solo se asoma con timidez a alguna que otra fiesta popular o para vender cualquier cosilla sin importancia. Los artesanos, los comerciantes, la gente del pueblo, incluso los oficinistas aparecen en la obra solo de forma excepcional. Tras la lectura nos queda la sensación de estar ante el viejo Burgos de curas y militares que nos han querido mostrar toda la vida 

Puede que lo mejor del libro sea la figura de su autora, una chica que quiso ser revolucionaria sin serlo, que quiso salirse del guión, que se mantuvo soltera, que ganó un campeonato local de tenis ataviada con una vestimenta que casi nos hace sudar al leer su descripción. Una chica que hizo alguna colaboración en el Diario de Burgos donde al parecer compartió pupitre con María Teresa León, sin embargo, esta solo aparece mencionada una vez y completamente disimulada en el reparto de una función patriótica, ni media línea personal dedicada a ella. 

La memoria de Ebro llega hasta 1931, aunque mejor sería decir que se detiene en ese momento. Es de suponer que no quiso trasponer esa fecha crucial para la vida española del siglo XX, mejor pararse justo a tiempo, coincidiendo con la salida de Alfonso XIII de España que no meterse en jardines, sobre todo si se tiene en cuenta que el libro se va a publicar en 1952, en pleno régimen franquista. 

Bastante antes, en 1931, precisamente cuando terminan sus memorias, la señorita Ebro había dado a la estampa una novela que fue recibida con discreción pero con ciertos elogios por parte de la crítica. La desconocida escribía bien. De ella decía un crítico en 1932:  

Un pecadillo de amor tiene capítulos muy bellos, llenos de colorido y aroma a provincianos, tan bien escritos, tan logrados que otorgan categoría a la pluma que los escribió.
Los personajes secundarios están sobriamente trazados y son quizás lo mejor de la novela (Luz, Diario de la República, 28 de marzo de 1932).
La desconocida escritora prometía, a pesar de los defectos —exceso de accesorios y de datos históricos—, pero la historia contada, los amores entre una joven y un sacerdote eran impensables en una sociedad cerrada como la burgalesa, así que la novela fue censurada y retirada de las librerías. Hoy es dificilísimo conseguir un ejemplar. 

Años después, en una España diferente, pero posiblemente en un Burgos muy similar, la señorita Ebro, con ya suficiente edad para tener memoria, metía en una serie de capítulos aquellos datos que guardaba en alguna parte de su archivo, y publicó con todos los parabienes Memorias de una burgalesa (1881-1931), libro de obligada lectura, pero de poco provecho para conocer aquel Burgos que fue. 

María Cruz Ebro ha pasado a la historia como una mujer avanzada y feminista. Desconozco si creó escuela en Burgos o simplemente fue una mera anécdota, pero sí que pasó a la memoria colectiva rodeada de su punto de leyenda como mujer rebelde y nada convencional. 

 

 

viernes, 7 de junio de 2019

Núm, 209. Mujeres silenciadas en la Edad Media

Sin lugar a dudas hay libros necesarios, y estamos ante uno de ellos.

Sandra Ferrer Valero, periodista especializada en la historia de las mujeres, ha reunido en un volumen un puñado de noticias, a veces demasiado sucintas, sobre una serie de mujeres que destacaron en distintas áreas durante un periodo oscuro de nuestra historia, la Edad Media europea.

Si a la Edad Media siempre nos hemos acercado con miedo, apartando velos y rompiendo armaduras que nos impedían llegar al sentir de los hombres y mujeres, estas últimas han sufrido especialmente de ese oscurantismo. Parecemos asumir sin más preguntas que la mujer medieval andaba siempre con la pata quebrada y en casa, cuando lo cierto es que tuvo un importante papel en la sociedad, que se nos ha venido ocultando sistemáticamente, porque la historia la hacen los hombres.

Al lado de la nómina de mujeres que, pese al silencio, destacaron, Ferrer ha sabido hacer un hueco a las mujeres del pueblo, personificadas en una artesana y una campesina, Marie y Jeanne, que codo con codo procuraron el sustento de su casa al lado de sus maridos, ya fuera en el pequeño taller o en las tierras de labrantío, mientras en el hogar les esperaban hijos, pucheros y abuelos.

A pesar de esa declaración de intenciones que encontramos en las primeras páginas del libro, lo cierto es que la historia se sigue escribiendo a base de nombres propios, así que en las páginas siguientes veremos aparecer a la inevitable, y no por ello conocida en todas sus facetas, Hildegarda de Bingen, o a Christine de Pizan, que vivió de su oficio de escritora antes de que la imprenta hiciera del libro un producto asequible a algunos más que el puñado de nobles que podían pagárselos. 

Son distintas las ramas y las facetas que la autora explora de esas mujeres medievales, desde las médicas, como Trótula, a las poetisas andalusíes, como Hassana At Tamimiyya, mujeres de las que nada sabíamos y sobre las que la lectura de este libro nos deja las ganas de saber más y más. 



Estata de una beguina en el jardín del beguinato de Amsterdam
Beguina en Amsterdam
Un capítulo interesante es sin duda el dedicado a las beguinas, mujeres muy activas, que eligieron vivir en comunidad sin entrar propiamente en religión, conservando en todo momento su libertad. Más conocidas fuera de España que dentro, donde se las conocía como beatas —denominación sin duda confusa—
son unas auténticas desconocidas, y este libro nos pone en la senda de saber algo más sobre ellas. 

No profundiza Ferrer en ninguno de los nombres propios; si queremos saber realmente sobre estas mujeres, lo que hicieron y lo que significaron deberemos acudir a fuentes más sesudas, y con toda seguridad a varias de ellas, pero este libro es un buen aperitivo, un libro divulgativo imprescindible para empezar el camino del conocimiento hacia lo que nuestras antepasadas hicieron en aquellos años por lo general tan poco conocidos. 

Autora: Sandra Ferrer Valero
Título: Mujeres silenciadas en la Edad Media
Editorial: Punto de Vista Editores. 
Edición: segunda, abril de 2019

miércoles, 1 de mayo de 2019

Número 208. Releyendo Tea Rooms (y III). La Red de San Luis

En el edificio que en la Red de San Luis ocupa hoy un McDonald's, en otro tiempo hubo una joyería. Muy probablemente las empleadas de este establecimiento de comida rápida se enfrenten en la actualidad a parecidas apreturas que las empleadas de aquel salón de té de los años 30. 

Parasol modernista de McDonald's en la Red de San Luis

Marta ha sido la última chica en entrar en la pastelería. El «ogro», que a veces presenta rasgos humanos y no quiere cargos de conciencia, ha tenido a bien atender sus súplicas: 
Venga usted mañana. Hala. 

A Marta, Antonia le guarda cada mañana un botellín de leche y algo de la mercancía deteriorada del día anterior, para que desayune; pero aun así, Marta pasa hambre y llega al trabajo cansada. Marta vive lejos, en la calle Cartagena, allá en La Guindalera, cinco céntimos cuesta el billete de tranvía que la acerca a la Red de San Luis desde su barrio, pero Marta no puede permitírselo. Tan solo cinco céntimos de ida, y otros cinco de vuelta, pero los cinco, los diez céntimos son necesarios en casa. 

Hoy hay quien considera a La Guindalera un barrio de ricos, no en vano es vecino del distinguido barrio de Salamanca, pero donde hoy podemos ver bloques de viviendas de clase media, en otro tiempo se levantaron modestas casas de ladrillo donde los obreros, en el límite de la ciudad, vivían con sus numerosas familias. El barrio de Marta y el de Matilde, más allá de los Cuatro Caminos, son barrios muy similares. Las chicas intercambian experiencias. Hay señoras que ayudan a las jóvenes descarriadas que han tenido la mala suerte de traer a este mundo hijos sin padre, pero se lo retiran en cuanto ven cualquier desviación de la práctica religiosa. ¡Ay!

Un día, Marta no puede resistir la tentación de guardarse disimuladamente una peseta que se ha encontrado al limpiar: Una peseta, diez viajes Red de San Luis-La Guindalera asegurados, y otros diez de vuelta:
Una peseta se extravía muy fácilmente. También puede ocurrir que se dé por equivocación a algún cliente en el cambio. Hay muchas maneras de justificar una peseta.
Y tras una peseta viene otra:
Primero hubo para viajes en tranvía; después, para medias; en lo sucesivo habrá para vestidos, y con paciencia, hasta para un bolsillo «moderno».
 Marta justifica su acción de una forma básica:
Más nos roban «ellos» a nosotras. Ya que una trabaja, al menos tiene derecho a ir vestida, Con lo que se gana ni para alpargatas.
Sin embargo, los pequeños hurtos de Marta no han pasado tan desapercibidos como ella creía y termina en la calle.
Después de salir de aquí por lo que salió, ¿cómo iba a encontrar dónde trabajar, según está todo y sin un certificado de buena conducta? Son cosas que se ven todos los días; pero que, viéndolas tan de cerca, siempre la sorprenden a una un poco.  
Cosas que se ven todos los días. Tea Rooms nos deja un buen broche de situaciones, de personajes, de problemas cotidianos, vistos desde el mostrador e una pastelería. Cada compañeroa y su circunstancia, y cada cliente con la suya, esta más adivinada que expuesta, pero ninguna escapa a la observación de Matilde-Luisa que va reflexionando sobre ellas y sacando sus propias conclusiones.

Marta ha terminado de entretenida de un ingeniero alemán. Aparentemente le va bien, ha engordado, va bien vestida, no le faltan veinte duros en el bolsillo, sin embargo, Matilde no la envidia. Matilde tiene otros planes, tampoco quiere caer en un matrimonio anodino, aunque cómodo, tal como le aconseja Antonia: 
Ahora ante la mujer se abre un nuevo camino...
Este camino nuevo dentro del hambre y del caos actuales, es la lucha consciente por la emancipación proletaria mundial.
Pintada "Te quiero libre" y el símbolo femenino. Al pie de la pared unas florecillas rojas en parterre contrastan con el blanco del muro.emenino !ng

Matilde-Luisa está convencida de que la emancipación de la mujer nueva vendrá de la mano de la cultura y la fraternidad; pero mientras tanto...
 
Diez horas, cansancio, tres pesetas.
Tres pesetas al día, diez céntimos en el bolso y la decisión de coger el tranvía de vuelta a casa o comprarse un buñuelo para compensar las patatas viudas del mediodía. 

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domingo, 21 de abril de 2019

Número 207. Releyendo Tea Rooms (II). La ley de la Silla

En 1912 se promulgó la llamada ley de la Silla, aún vigente, por la que los empleadores debían proporcionar una silla a sus empleados a fin de que pudieran descansar en periodos de inactividad.
Detrás del mostrador de la pastelería hay una banqueta para descanso de las empleadas; pero no es prudente ocuparla demasiado tiempo o repetidas veces; la encargada vigila desde el mostrador de enfrente, tiesa frente a la caja registradora.
No está bien visto que las empleadas estén ociosas, porque siempre hay tareas pendientes: «Aunque parezca que todo está hecho, siempre queda algo por hacer» y «el papel cortado nunca está demás». Frases entrecomilladas en las novela que nos hablan de una repetición machacona, por parte de la encargada,
«vigía y capitán» de ese establecimiento selecto en el centro de Madrid de clientela variada.

silla de formica vacía en medio del campo


Si el salario es escaso, 21 pesetas la semanada pagada puntualmente los sábados, las condiciones higiénicas no son mejores, un cuartucho maloliente  sin ventilación, antigua cabina telefónica, les sirve de vestuario para cambiar el traje de calle por la bata negra del uniforme. Hace calor, pero eso no impide que las muchachas den rienda suelta a sus pensamientos, que de momento no puede ninguna empleada controlar. 

Luisa Carnés se funde con su protagonista, son una, y ambas miran a su alrededor y reflexionan: 
La obrera española, salvo contadas desviaciones plausibles hacia la emancipación y hacia la cultura, sigue deleitándose con los versos de Campoamor, la religión y soñando con lo que ella llama su «carrera»: el marido probable.
Matilde-Luisa, Luisa-Matilde son claras excepciones, desentonan en aquel ambiente de locas. 

Carnés describe a su protagonista como circunspecta, seria, firme frente a la encargada —«¿tiene usted alguna queja de mi trabajo?»—, pero depositaria de la confianza de la empleada mayor, que ha mostrado hacia ella una gran ternura:  «solo a ti se te pueden contar estas cosas». 

Un salón selecto donde no se permiten ni confianzas con los clientes  ni malas conductas entre los empleados, donde las mujeres deben ser solteras y sin cargas familiares, donde... 
¡Un ratón!

La empleada que no ha sabido reprimir su grito es despedida sin conmiseración. No ha lugar para lástimas, porque en la calle hay cola para coger el puesto para entrar a ganar esas míseras 21 pesetas a la semana, que no dan para casi nada, pero que sirven para llevar un arrimo a casa.  

El personal se renueva, entra la ahijada del dueño, al que se refieren como el ogro,  a ver si sienta un poco la cabeza. Laurita es pizpireta y se mueve entre ser una más y sus privilegios como ahijada, como ese tomar posesión de la única silla en cuanto se monta la tertulia de los  actores y no separarse de ella ni para despachar. Desde esa silla, desde ese pedestal, «Laurita no deja de lucir sus piernas, y en concreto, sus gracias visibles».

Un día y otro pasan en el salón sin que realmente pase nada, solo de vez en cuando la presencia desgarrada en él de la mujer de uno de los camareros, del que dice estar liado con la encargada. A esta le da un soponcio, pero luego todo vuelve a la normalidad. 

No obstante, en la calle se nota el ambiente tenso, se anuncia huelga, Matilde se muestra claramente partidaria de la solidaridad, esa solidaridad que por unas razones o por otras no han podido mostrar con la compañera despedida.

Diez horas, cansancio, tres pesetas.

Comentario para el club de lectura La Acequia




lunes, 15 de abril de 2019

Número 206. Releyendo Tea Rooms (I)

En alguna parte, cuando estudiábamos los principios de la literatura, alguien nos dijo muy convencido que en las novelas tenía que pasar algo, eso que llaman trama, y que algunos, queriendo sacar nota, dividen en planteamiento, nudo y desenlace: don Quijote deja su aldea y se va por esos mundos dispuesto a remediar a los más necesitados.

Supone la mayoría más ortodoxa que en ese llamado nudo han de ocurrir cosas extraordinarias, cosas que se salgan de lo común: don Quijote lucha contra molinos de viento, por ejemplo; pero el análisis se hace más arduo, cuando en esa llamada trama no pasa nada.

—Resúmeme el argumento.
—Pues va de una chica que trabaja en un salón de té.
—¿Y?
—Pues eso, lo normal, que va y trabaja y...
—¿Y nada más?

Lo que más llama la atención en Tea Rooms, ya se vea como un todo o a medida que se avanzan páginas, es que en ella realmente no pasa nada; nada, salvo la vida y los detalles del afán diario de una humilde trabajadora que Luisa Carnés describe con todo detalle, hasta los más mínimos, porque para eso ella era una de ellas y conocía bien ese mundo.

El planteamiento, el arranque de la novela, no puede ser más sencillo: una chica se examina como mecanógrafa para un trabajo, y ni tan siquiera, como ocurre en otras novelas, lo consigue, debe buscar otro y otro, y echar a la basura las proposiciones insidiosas, porque el acoso sexual en el trabajo existe desde que las mujeres tuvieron que salir a ganarse las lentejas.

¿Crees que una mujer independiente está más capacitada para resolver un problema aritmético que una hija de familia?

Las lentejas o tan solo un pedazo de queso a repartir con la numerosa familia por toda cena, es lo que aspira a ganar esta hija de familia. Con el estómago vacío ¿quién no sucumbe a la tentación de comprarse un buñuelo calentito, azucarado, con su punto de canela, con los 10 céntimos reservados para el billete de metro? 

El vestíbulo de la estación completamente vacío
Vestíbulo de la estación de Cuatro Caminos en 1921
La protagonista, Matilde, vive más allá de Cuatro Caminos, en una de esas casas de ladrillo que los albañiles y maestros de obras construyeron a principios de siglo para alojarse mientras el vecino barrio de Chamberí y el Ensanche crecían y se poblaban de vistosos edificios de estilo neomudejar.

Viviendas colectivas humildes, que compartían patio, fuente y canalillo central para el desagüe, y donde según alguna crónica benigna, las vecinas compartían el puchero, pero esto no es lo que se refleja en esta descripción de la vida en aquellas calles sin empedrar, no, allí si se cenaba era porque en el colmado de la esquina, aun a regañadientes, te fiaban el mísero trozo de queso. 

Peral cuajado de flores blancas sobre cielo azul



Incluso la llegada de la primavera es una mala noticia para las chicas pobres, las pobres chicas que con la primavera no ven posibilidad de disimular los zapatos informes y el deterioro del atavío. 

La primavera llega a pesar de todo, y Carnés la resume en una frase que se atreve a repetir:

Diez horas, cansancio, tres pesetas.

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sábado, 6 de abril de 2019

Número 205. 142 Revista Cultural

A través del amigo de una amiga, alguien de quien sé que se dedica a las letras y poco más, me llega la recomendación de una nueva revista, 142 Revista Cultural, y un impulso, un fiarme de alguien a quien apenas conozco, me lleva a suscribirme sin más a una revista en papel.

No hace tanto que ordenando y desprendiéndome de esos papales «que ya no voy a necesitar» di con un par de revistas de literatura y culturales de las que ya no me acordaba. Revistas de cuando compraba revistas en los quioscos o en las librerías especializadas, revistas cuya relectura me ha proporcionado unos conocimientos que realmente nunca llegué a asimilar. Así que ¿por qué no tentar a la suerte y esperar a que a la vuelta de veinte años esta revista me produzca un efecto parecido?

No hace tanto también que compré, esta vez en un quiosco del centro, otra nueva revista en la que escribían conocidos y algún amigo, revista que se me quedó corta, y ahora, con una mínima recomendación, sin pensármelo dos veces me suscribo por todo un año y por adelantado a una revista de la que nada sé. 

portada de la revista, en la que una chica joven, tocada con un sombrerito y vistiendo unas botas juveniles monta en bicicleta. Se la ve de espaldas.

Aquí está y el primer vistazo me resulta reconfortante, tiene un poco de todo: análisis, relatos, poemas, gente conocida, perfectos desconocidos....

En días sucesivos voy leyendo despacio y por puro placer uno a uno los artículos, uno a uno los relatos.

Me llama la atención la primera de las entrevistas, realmente extraordinaria. ¿Quién es Teresa Hidalgo? Una chica de melena lacia y negra que sonríe francamente y me recuerda a alguna artista de televisión. El entrevistador nos la presenta: 

No es escritora, música, cineasta.

Seguramente esa primera frase yo la habría redactado de otra manera, pero me agrada ver esa flexión de música, femenino al que no pocos se resisten, y ese principio me parece un buen principio. 

Teresa Hidalgo no es nada de eso, a pesar de un amplio currículo administrativo que se nos detalla de pe a pa, pero nada más empezar a leer preguntas y respuestas, me doy cuenta de que Teresa Hidalgo está en la revista porque tiene algo que contar, su vida, que puede ser la de tantas y tantas lectoras que nos refugiamos en los libros como asidero que nos arranque de la monotonía del día a día. Sin embargo, Teresa no es una lectora más, que descansa con los ojos metidos en el negro sobre blanco, Teresa es madre de una hija con síndrome de Down y la mitad de la entrevista va a girar en torno al día a día de Alicia, esa hija que se va superando con la ayuda y el esfuerzo de todos.  

¿Qué hace una entrevista así en una revista cultural? Me lo pregunto y no termino de encontrar la respuesta, pero sin duda me ha gustado leer a esa madre, saber que en el mundo existen mujeres corrientes, o no tanto, como Teresa Hidalgo. 

Encuentro la recomendación de lecturas pertinente, pero quizás un poco añeja, incluso algún libro ya me he leído... yo, que siempre llego tarde a estas cosas de las novedades.

Me gusta la sección de relatos, con plumas de aquí y de allá. Me gusta la sección de poemas, aunque un verso por el que sin duda no han pasados los ojos del corrector, me haga sonreír y me recuerde una vieja historia de braceros y braseros: 

                                                      Estupores
Malditos estupores que rosaban con las ropas
Como púas sanguinarias.

Rosaban, rosaban... Te enviaré una rosa cada día, que cantaba Alberto Cortez, que se nos ha ido sin sentir... 
No, la revista no vaticina la muerte prematura del cantante, simplemente es que me rondan sus canciones, pero sí trae otra interesante entrevista con un músico desconocido que vive en Sitges en una autocaravana. También un artículo cuyo título es tan sugestivo como el contenido: «La literatura de la crueldad en la música rock».

Más y más cosas, pero no quiero despedirme sin mencionar una mención a Arturo Barea, ese escritor desconocido del que solo nos suena el nombre, el título de sus obras y sobre el que nada sabemos. El artículo se titula «El hijo de la lavandera» y en él se habla del clasismo económico, pero también de ese clasismo de la izquierda intelectual, aquellos jóvenes que se educaron en la Institución Libre de Enesñanza que tanto admiramos desde la distancia. Esas líneas me recuerdan una vieja discusión de mis tiempos de estudiante acerca de si la hija del catedrático, compañera nuestra, tenía algún tipo de ventaja respecto a nosotros más allá del enchufe. Alguien apuntó acertadamente:
«Ella tendrá todo tipo de libros y apoyos en casa mientras que los demás debemos ir a la biblioteca y ponernos muchas veces a la cola para conseguir un libro». De algo así se habla también en «La hija del camionero», una reflexión que no pertenece a la revista, pero que viene muy muy al caso.

domingo, 10 de marzo de 2019

Número 204: Un parque en Madrid para Luisa Carnés

Luisa Carnés, incluso en el Madrid que la vio nacer, ha sido hasta ahora una injustamente gran desconocida.
Placa entrelazada por tejidos violetas


Solo ahora, bastantes años después de su muerte, acaecida por accidente en 1964, en el México donde vivía en el exilio, hemos podido disfrutar de su buen hacer literario y conocerla un poco más. Todo ello gracias a la labor de rescate que están llevando a cabo el profesor Antonio Plaza, su familia y algunas editoriales de las que se arriesgan: Hoja de Lata, Renacimiento y Espuela de Plata. 


«¿Cómo hemos podido perdérnosla?», recuerdo que dijo Laura Freixas en la presentación de Trece cuentos, hace ya dos años, en una pequeña librería del Barrio de las Letras en Madrid, muy cerca de donde había venido al mundo en los primeros años del siglo XX. 
Más vale tarde que nunca, y los vecinos de la Ciudad de los Poetas, uno de esos barrios relativamente nuevos de Madrid en los que es fácil perderse pues todos los bloques son iguales, han tenido la buena iniciativa de dotar de personalidad a  espacios verdes y rincones de su barrio, y para ello propusieron a la Concejalía del distrito una serie de iniciativas, que fueron felizmente aceptadas. 

A un lado Montserrat Galcerán lee, al fondo, junto a la placa, algunos miembros de la familia.
La concejala Montserrat Galcerán inaugura el acto
Así que una tarde soleada de marzo, víspera del Día de la Mujer, y muy cerca del aniversario de la muerte de la escritora, nos reunimos un grupo de personas para reconocer los méritos de una mujer singular y honrar su memoria dando su nombre a un parque por el que pasearán los viejos y en el que sin duda jugarán los niños. 

Sus nietos, que leyeron textos muy bien elegidos, recordaron un lejano parque España, allá en México, al que iban con su tía, que suplía de alguna manera la ausencia de su abuela siempre recordada y muy añorada por todos ellos.

Los nietos leen textos sobre su abuela

Los nietos leen textos sobre su abuela


No obstante, vayamos por orden. Abrió el acto la concejala Montserrat Galcerán que supo poner a Luisa Carnés en su sitio. Y su sitio no es otro que la Generación del 27, esa Generación en la que hasta hace poco era únicamente «cosa de hombres», pero que poco a poco, y no sin esfuerzo, van saliendo a la luz ellas, las llamadas Las Sinsombrero, y Carnés no es que fuera una de ellas, es que como bien dice María Ángeles Merino «Carnés era quien hacía los sombreros a Las Sinsombrero».

Porque Carnés se diferencia de sus coetáneas en algo que hay que señalar desde el principio: ella se hizo a sí misma. A diferencia de Las Sinsombrero, o al menos de la mayoría, Carnés no nació en una familia burguesa, ni recibió una educación esmerada en los mejores colegios, ni se codeó con intelectuales en el salón de su casa...Carnés nació en el seno de una familia obrera y desde muy jovencita, apenas con once años, tuvo que ponerse a trabajar, y lo hizo, precisamente, en una sombrerería situada al otro lado del Manzanares. 

El escaso salario que ganaba como aprendiza hacía falta en casa, así que la inquieta Luisa tuvo que alimentar su curiosidad intelectual leyendo de prestado, pues su situación económica no le daba para comprar libros. Nada de leer a hurtadillas a los grandes autores en la biblioteca de casa de la que se nutría papá, nada de grandes obras regaladas por su cumpleaños, Luisa aprovechaba las oportunidades de las librerías populares y de los periódicos para ir aprendiendo. 

De aprendiz de sombrerera pasó a telefonista y mecanógrafa, y de ahí tras un matrimonio que resultó frustrado pero que le dio un único hijo, pasó a la militancia política y feminista mientras se ganaba el sustento como operaria en una pastelería céntrica de Madrid, experiencia que volcó en la novela que es sin lugar a dudas la más reconocida de su obra, Tea Rooms, ya una lectura imprescindible si se quiere conocer la verdadera literatura del siglo XX.

Carnés mantuvo su actividad durante los años de la República y la Guerra Civil, a la vez que iba acrecentando su formación, siempre de forma autodidacta. Al término de la guerra, pasó a Francia y de allí a México, donde desarrolló una labor como periodista y escritora, pero no vamos a entretenernos más en lo que puede leerse en las numerosas páginas dedicadas a ella.

Sus nietos recordaron que murió cuando volvían de conmemorar el Día de la Mujer, y su muerte, prematura, sirvió para sumirla en la más absoluta invisibilidad, al menos en España. 

El acto tuvo como colofón un entretejido de los árboles del parque con bandas de color violeta en honor a Carnés y al Día de la Mujer por parte de los miembros de la asociación del barrio. 

También se repartió entre los asistentes un precioso marcapáginas con fragmentos de uno de los textos, escrito y leído por uno de sus nietos, y que reproduzco a continuación desde este modesto altavoz, porque un grano no hace granero, pero todo suma:

Se cumplen en estos días, 55 años que falleció trágica y prematuramente, nuestra abuela Luisa Carnés, escritora innovadora, autodidacta y muy comprometida, cuando volvía de conmemorar el día de la mujer trabajadora. Jornadas en las que Luisa participaba muy activamente.
Estaría orgullosa al comprobar lo mucho que ha avanzado el movimiento y la sociedad, pero continuaría luchando por todo lo que falta para alcanzar los ideales feministas de igualdad.
En la tragedia, Juan Rejano, su compañero, su camarada y nosotros, sus nietos, nos refugiamos los unos en los otros.
Y cuando nos proponía ir al parque «España», no solo era ir al parque; era volver a dar un paseo con su amada y perdida Luisa.
Era dar un paseo con sus niños-nietos en los que albergaba esperanzas.
Era volver a su queridísima España.
Mis recuerdos de ir al parque «España» son recuerdos de unos días brillantes, aferrado a la mano de un abuelo cariñoso. Espero que los niños y las niñas, madres y padres y abuelos madrileños, que vengan a jugar, a pasear, a correr, a descubrir,... a leer... en este parque,  ...a LUISA CARNÉS, tengan recuerdos tan hermosos y sentidos como los que atesoro cuando paseaba por el parque «España» de la ciudad de México.
Álex Puyol
Marzo 2019

sábado, 2 de febrero de 2019

Número 203. Guido Eytel: lo breve si bueno...

Uno de febrero, ha llovido, hace viento y frío, en el centro cultural Clara Campoamor, Sonia Aldama Muñoz nos ha reunido para rendir homenaje al poeta Guido Eytel, prácticamente desconocido en España salvo para unos pocos, pero muy conocido en su tierra natal, Chile, donde ha dejado un inolvidable recuerdo.

Uno de los últimos retratos de Guido Eytel
Guido Eytel. Foto de Antonio Vielma (tomada del blog Culturamas)

Yo tampoco conocí en persona a Guido, pero lo recuerdo de sus participaciones, siempre medidas, en la lista Apuntes, no en vano uno de los que participaron en el homenaje recordó una frase que yo también le había leído más de una vez: 

lo breve si bueno, dos veces breve, 

mejorando sin duda la forma clásica del refrán.

En el homenaje tuvimos ocasión de ver algunos vídeos, especialmente emotivo aquel en el que habla del agua y de cómo se fue formando su pueblo, y gusta oírle con esa voz pausada llena de acentos de esa tierra tan lejana y tan próxima. Porque lo comentábamos a la salida, mi amiga Luz y yo, con otro asistente, su castellano es claro, se entiende perfectamente sin tener que recurrir a intermediarios o diccionarios de americanismos y sin embargo, suena allá, y se nos cuela acá.

Se sucedieron durante dos horas lecturas emotivas y emocionadas de sus versos, de sus relatos, capítulos enteros de sus novelas, bien traídos por los que le conocieron en la Escuela de Escritores y seleccionados por la anfitriona, Sonia.

A modo de regalo y de recuerdo, una hoja volandera nos permitió llevarnos a casa alguno de sus poemas. 

Militante comunista, con una sensibilidad especial para los seres humanos, y también para la clase política, que también conocía, me quedo a manera de botón de muestra con este poema que me parece totalmente aplicable a la actualidad española.

La jaula de los loros 

Guacamayos, tucanes, cotorras,
choroyes, tricahues, loros loros,
pájaros babeles gobernantes,
asambleístas, silbadores,
metacantores, pájaros huecos,
pájaros ecos, pajarecos,
locutores, comentaristas, 
locuristas guacatorras,
comentoyes, goberneles,
pajarantes, choroístas,
esta es la gran jaula de los loros:
aquí habita la metralla
del canto, el silbo y la palabra.
A estos pájaros, perdónalos, Señor,
porque ninguno sabe lo que dice.
No te has ido, porque nos quedan tus palabras.

martes, 18 de diciembre de 2018

Número 202. Los cuatro jinetes del Apocalipsis (y II): así es la guerra

No, la Bestia no muere. Es la eterna compañera de los hombres. Se oculta chorreando sangre cuarenta años..., sesenta..., un siglo, pero reaparece. Todo lo que podemos desear es que su herida sea larga, que se esconda por mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que guardarán todavía nuestro recuerdo.
Tschernoff, el anarquista ruso que pone contrapunto teórico a la justificación germánica de la guerra, nos deja este pesimista futuro al final de unos de los últimos capítulos. 

Sabemos, porque lo cuentan los libros de historia, que cuando Blasco Ibáñez escribía estas palabras quedaban todavía dos años de guerra, y que luego vendrían otra y otras y a así, para entrar en el siglo XXI también en guerra, con multitud de refugiados que huyen del peligro cotidiano para caer en otros peligros aún mayores.

El telediario nos sirve a diario imágenes de cuerpos sangrantes y destrozados, hombres que corren portando camillas, caritas asustadas, mujeres horrorizadas, ancianos impotentes... 

Blasco Ibáñez incrusta a Marcel Desnoyers en el corazón de la batalla del Marne, aquella que milagrosamente frenó la marcha implacable hacia París del ejército del Káiser, y lo hace sin ahorrar efectos especiales, como si estuviéramos ante una gran superproducción de un Hollywood. Por encima de nuestras cabezas vuelan los proyectiles, mientras a ras de suelo se dispara sin piedad sobre todo lo que se mueve y se asesina a inocentes por el mero hecho de existir o de tener veinte años.  


El autor, que ya se ha situado desde el principio en el lado de los aliados, no duda en desplegar ahora toda la artillería visual y directa para justificar el enfrentamiento: «Los franceses deben defenderse», dicen los de un lado. «Los belgas nunca debieron resistirse», dicen los del otro. 

«Así es la guerra», dicen unos y otros por toda justificación.

Monolito de piedra en primer plano, en segundo un campo de trigo. En el monolito se lee: Voie Sacrée. Bar le Duc
Foto de Gvdvor (dominio público)

La guerra es cosa de hombres —«las mujeres damos paz», volví a oír ayer mismo— y aquí el autor no pretende desmentir nada. Dentro de los perfiles humanos de la novela —y no estamos ante una novela de personajes sino de acción—, los hombres hacen la guerra y las mujeres la sufren. La sufren sobre todo las mujeres del pueblo, que en la novela aparecen sin nombre  —«las criadas cobrizas»—, mientras que la clase acomodada oscila entre la frivolidad, los rezos y una tardía redención. 

Sin embargo, al final de la novela las mujeres toman un protagonismo, incluso involuntario por parte de su autor, al darles el papel de madres, de portadoras de vida frente a la muerte. 

La cámara nos lleva en la escena final a campos de labor sembrados de tumbas, muchas de ellas anónimas, por los que el arado abre nuevos surcos para recibir la nueva semilla, la vida sigue. Chichí, y hasta el nombre que ha elegido el autor para esta mujer suena ridículo, toma la iniciativa ante ese futuro que se aproxima y en el que las mujeres no pueden ser sujetos pasivos. 
Nota final: sobre lo que supuso el papel de la mujer en la I Guerra Mundial y lo que esta supuso en su papel posterior en la sociedad hay suficiente bibliografía, pero se queda fuera del ámbito del comentario a la novela.

Para el club de lectura La Acequia.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Número 201. Las modernas de Madrid o las maridas de los maridos

Hay ensayos que se leen de corrido y mejor que si fueran novelas. Tal es el caso de Las modernas de Madrid.Las grandes intelectuales españolas de la vanguardia, de la hispanista estadounidense Shirley Mangini. El libro tiene ya casi veinte años y la recomendación vino de la mano de Luz del Olmo.

portada de Las modernas de Madrid en la que se ve a un grupo de mujeres posando


¿Cómo nos habíamos perdido este libro? Una vez más tienen que ser los extranjeros los que vengan a abrir las ventanas de casa y dejar que entre la luz que irradian los propios españoles, en este caso las españolas.

Bien es verdad que muchas de las cosas que leemos en el libro sobre estas mujeres que ocuparon buena parte del siglo XX ya las sabíamos, ya habíamos  leído sobre ellas, incluso alguna de sus obras, en otros libros más o menos enjundiosos, pero leer sobre ellas así en caleidoscopio proporciona un extraño placer al comprobar, una vez más, cuánto y cuánto bueno tuvimos, y cuánto nos perdimos por culpa de una guerra que nunca debió suceder.

Muy documentado, es un libro que hay que leer primero de corrido, ya digo que se lee mejor que muchas novelas, y luego habrá que volver a él más despacio, con lápiz y papel para ir tomando alguna nota que nos sirvan para profundizar, para seguir avanzando en alguno de los aspectos que más nos hayan llamado la atención sobre lo que fue la actividad cultural de finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX sobre el que los libros han corrido siempre un velo.

Aparte de datos siempre pertinentes, el libro ahonda en la personalidad de estas mujeres, tan distintas entre ellas, algo que le da otra dimensión a su obra. Por ejemplo, no deja de sorprenderme que Rosa Chacel, a la que ahora vemos por encima del bien y del mal, confesara en una entrevista a la autora del libro:
Mis dificultades para desenvolverme no han sido nunca literarias. Han sido, en realidad, dificultades sociales: la dificultad por no haber tenido nunca una peseta. Si buscamos algo que se pueda llamar culpa, tengo que reconocer que toda es mía: una especie de torpeza que puede parecer vanidad y que ¡tal vez lo sea!, pero que yo viví como consustancial estética. Eso es todo, no supe desenvolverme como mujer sin una peseta, cosa que tanto he visto realizar gloriosamente a mujeres llenas de espíritu, de arte de todo lo que quieras [...]; ante el mundo era una paletilla castellana. Para remate, a esa edad ya empecé a ser gordita —siempre fui pequeña—, nunca pude alcanzar la elegancia de la sencillez. Eso ha sido uno de los grandes tormentos de mi vida (p. 149).
Me duele pensar en una afirmación así, alguien tan inteligente y limitada en sus relaciones sociales por cuestiones de «estética» o sencillamente de pobreza, de
no poder disponer de ropa «adecuada» para ir a los lugares frecuentados por los intelectuales. No podemos por menos que recordar a Antonio Machado y «su torpe aliño indumentario» y Pilar de Valderrama reconviniéndolo precisamente por ese desaliño. Por cierto, Pilar de Valderrama está ausente de este libro.
No es la única, porque también podríamos echar en falta a María Moliner, pero sabemos que Moliner, que siempre llevó una vida discreta, volvió tarde a Madrid, aunque hubiera podido coincidir con más de una de estas señoras que se educaron en el Instituto Escuela o en la Institución Libre de Enseñanza.

No todas las modernas eran chicas de posibles, pero sí todas tuvieron tarde o temprano un cierto éxito en el mundo de las artes, ya fuera la escritura, la pintura, el periodismo o en la vida pública dedicadas a la política. Todas tuvieron un cierto éxito, aunque los libros oficiales las hayan ninguneado, reduciéndolas a meras comparsas de sus maridos o de sus jefes, como fue el caso de Irene Falcón a la que conocemos como la «secretaria» de la Pasionaria cuando tuvo una vida intelectual mucho más amplia. 

Digo que aquellas que aparecen en el libro cosecharon un relativo éxito profesional, o al menos intelectual, pero ¿cuántas no se quedarían por el camino? ¿Cuántas ni aparecieron ni aparecerán nunca en los libros porque no tuvieron la fortuna de que nadie les publicara un artículo ni pudieron recitar sus versos en público ni exponer sus cuadros o sus dibujos?

No todas eran niñas bien, y alguna pasó apuros económicos y hasta se pluriempleó para salir adelante, como fue el caso de la admirada Clara Campoamor. Unas llevaron una vida más libre y otras más recatadas, las hubo casadas, solteras, divorciadas y viviendo en pareja, y por encima de todas ellas dos instituciones que dieron mucho que hablar la Residencia de Señoritas y el Lyceum Club, donde según Margarita Nelken, probablemente la más libre y moderna de las modernas, mandaban las maridas, es decir las esposas de los hombres importantes de la época, que no querían quedarse atrás, pero que tampoco comulgaban con los modos de vivir y de pensar de las modernas. 

Con una cita de Margarita Nelken, recogida en el libro termino este comentario con la intención de volver más despacio sobre esta interesante obra que sigue manteniendo fresco su interés a pesar de los años transcurridos:
Ya sabe usted que me tachan de antifeminista. No escribo en un sitio sin que, a los dos días, el director no reciba unos cuantos anónimos en que se me pone como no digan dueñas, y esto, como usted comprenderá, me es muy desagradable (pág. 211).
Mangini, Shirley: Las modernas de Madrid. Las grandes intelectuales españolas de la vanguardia. Barcelona: Ediciones Península, 2001.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Número 200. Los cuatro jinetes del Apocalipis (I): two to tango

También podríamos decir que dos no riñen si uno no quiere, pues estamos ante una novela en la que la guerra, la Gran Guerra, tiene papel de protagonista, pero quedémonos en uno de los personajes de carne y hueso, que como buen argentino baila el tango en los salones parisinos. 

Pius X Tangobild 1914 (2)

Julio Desnoyers se nos presenta en las primera páginas como el prototipo de un antihéroe. Niño rico y caprichoso, criado en las extensas planicies argentinas donde el ganado se multiplica casi solo, vuelto a Europa con su familia, lleva una vida de regalo en París, esa ciudad que atrae nada más poner el pie en ella. Precisamente en los salones ha conquistado a lo que podría ser el prototipo de la mujer aburrida, la esposa de un ingeniero industrioso centrado en sus motores y en su vida familiar. ¡Ay!, pero la dama, tras los primeros lances se muestra recatada, celosa de su fama y hasta los encuentros triviales con su amante en los jardines públicos le resultan peligrosos.

Para darnos el perfil de Desnoyers, Blasco Ibáñez se remonta, en una amplia retrospectiva narrativa, a la llegada de su abuelo a la Argentina, a cómo hizo fortuna hasta lograr ser un rico estanciero, cómo se casó con una joven mestiza con tierras, la china, cómo dejó su semilla esparcida en numerosos hijos bastardos, y luego decíamos de los Buendía, de cómo casó a sus hijas con dos europeos diferentes, de cómo sus yernos se repartieron la fortuna e hicieron la propia a la sombra del patriarca, y de cómo unos y otros volvieron a Europa tras la muerte de don Madariaga, dejando las tierras americanas al cuidado de aquellos medio hermanos nativos. 

Blasco Ibáñez se deja llevar por los tópicos y traza la figura del español, su mujer mestiza y sus hijas educadas en colegios de Buenos Aires, con arreglo a lo esperado. Lo único que parece ser diferente son esos yernos, uno de origen francés y otro de origen alemán, tan diferentes entre sí. 

El francés sabe seguirle los pasos al suegro y lleva, junto a su mujer, la hija mayor, una vida más o menos pacífica en la estancia, sus hijos, los protagonistas, serán ya harina de otro costal. El yerno alemán responde a otro perfil, más vividor, más romántico, con pasado noble postizo, sabe enamorar a la hija pequeña, que pasa sus días entre el piano y las novelas. El amor todo lo puede y se casan y son felices y tienen hijos y al final comen perdices gracias a la herencia del viejo.

Ese viejo que vivía tranquilo en su estancia y que razonaba así con su yerno el francés a cuenta de las guerras:

—Fíjate, gabacho —decía, espantando con los chorros de humo de su cigarro a los mosquitos que volteaban en torno de él—. Yo soy español, tú francés, Karl es alemán, mis niñas argentinas, el cocinero ruso, su ayudante griego, el peón de cuadra inglés, las chinas de la cocina, unas son del país, otras gallegas o italianas, y entre los peones los hay de todas castas y leyes... ¡Y todos vivimos en paz! En Europa tal vez nos habríamos golpeado a estas horas, pero aquí todos amigos.
Sorprende, a medida que avanzamos en la lectura de la novela, que fuera escrita en 1916, en plena Gran Guerra, con todo el siglo XX por dejar amarga huella en la historia, aún con otra gran guerra y numerosos conflictos bélicos. Parce como si Blasco Ibáñez hubiera tenido un catalejo que le trajera el futuro al presente: las guerras, los conflictos raciales, la pretendida supremacía de unas razas sobre otras, y todo ello sobre el escenario de la vieja Europa, porque allá, en la Argentina, donde el único rey es la propia Naturaleza, las cosas ocurren diferentes:
—Yo creo  —continuó— que vivimos así porque en esta parte del mundo no hay reyes y los ejércitos son pocos, y los hombres solo piensan en pasarlo bien lo mejor posible gracias a su trabajo. Pero también creo que vivimos en paz porque hay abundancia y a todos llega su parte... ¡La que se armaría si las raciones fueran menos que las personas!
Tras ese largo preámbulo en la Argentina volvemos a Europa y a sus calles parisinas, donde coincidirán tipos diferentes, que irán exponiendo sus ideas hasta que les vaya llegando la hora de empuñar las armas, porque . 

no todos los que van a la guerra son soldados.


vista dentral de los Jardines de Luxemburgo (París)



Comentario para el club de lectura La Acequia de la novela de Vicente Blasco Ibáñez Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916).

martes, 27 de noviembre de 2018

Número 199. Las olvidadas del 27 (y II)


En la entrada anterior habíamos leído completa la respuesta de la poeta Concha de Marco (1916-1981) a qué representaba para ella la Generación del 27. Respuesta contestataria, sin duda, que podríamos resumir en un «¿y la otra mitad de la generación dónde queda?».
Portada de La Estafeta Literaria dedicada a la Generación del 27 mostrando en portada una escultura abstracta en mármol blanco
Y me lo sigo preguntando tras escudriñar este número homenaje de La Estafeta Literaria en el que tienen un hueco los pintores, pero no las pintoras, los músicos, pero ni rastro de las músicas, las experiencias teatrales de los poetas, pero ni asomo de las dramaturgas, y hasta lo segundones, porque en palabras de uno de los colaboradores:
¿Cómo limitar una época literaria, o de otra especie, a sus figuras fundamentales? Más aún, es imposible percibir lo que representa aquella sin mover el banco, como dicen los del baloncesto, sin salirse del número de las habas contadas, en el que, no pocas veces se origina injusticia (Luis Jiménez Martos, La Estafeta Literaria, 618-619: p. 16).
Este mismo autor es el único que se acuerda de una de estas olvidadas y le dedica unas líneas a Ernestina de Champourcín, que aparece retratada en una galería en la que encontramos a Romero Murube, Pérez Clotet, Domenchina, Rejano y Garfias:
Ernestina de Champourcín, tan poco citada, es casi la única mujer representativa de esta época, con su primer libro, El silencio, en 1926, y otros posteriores Presencia a oscuras (1952), el último de ellos. El sentimiento religioso predomina en su obra a partir de este último, Lo que no es una singularidad entre los poetas del 27 (Luis Jiménez Martos, La Estafeta Literaria, 618-619: p. 19).

Antes de pasar a mostrar otras opiniones, algunas más de mujeres, que se muestran en ese número de La Estafeta, vamos a detenernos en una foto de 1954, reproducida en el mismo número (p. 6) y que a pesar de los años transcurridos dice mucho sobre la ausencia de mujeres de casi todo.

Foto de grupo sobre fondo de paseo con árboles. Sus integrantes en el texto  árbole
Por lo que dice el pie de la foto se trata de una foto tomada a raíz de una de las reuniones en el Café Gijón en torno a la figura de Gerardo Diego, pero detengámonos en el pie de foto con el que nos ilustra La Estafeta
En torno a Gerardo Diego, contertulio mayor del Café Gijón, se reúnen, en una tarde de noviembre de 1954, el pintor Molina Sánchez, el poeta Antonio Oliver Belmás —también de la generación del 27—y los poetas Jesús Acacio, Íñigo Aranzadi, Ramón de Garciasol, Manuel Álvarez Ortega, Mohamad Sabbag, Luis López y Anglada, Jacinto López Gorgé y Leopoldo de Luis. Las figuras femeninas de la fotografía son la esposa de Molina Sánchez, Marisa de Arenaza y la poetisa Pura Vázquez. 
Está claro que las figuras femeninas, tal como se las denomina en el pie de foto, no solo son minoría sino que ocupan un papel secundario, y probablemente no solo en la foto. Alguna, incluso, aparece como mujer de, y no por derecho propio pues se nos oculta el nombre de pila. No he podido saber quién fue Marisa de Arenaza, pero sí que Pura Vázquez fue una mujer importante para nuestras letras.  

Versos del 27, a menudo compartidos con las novias: «de esa estirpe de versos memorables que uno,un día, compartió con su novia...», dice Antonio Pereira, pero mucho más explícito es Félix Grande: 


La amistad también, en forma de Ramón Barce y Elena Andrés (enormes lectores de Cernuda), me trajo una lectura cabal de La realidad y el deseo. Yo acababa de enamorarme de Francisca Aguirre y muchas páginas de Cernuda fueron durante años una de las más espléndidas pruebas de la obstinación del amor, en donde mi novia y yo reconocíamos la sagrada índole de nuestros cuerpos y adivinábamos lo terrorífico que debía ser el exilio en soledad. Con otras palabras: Cernuda ha sido uno de los seres a quienes Paca y yo debemos en parte nuestra defensa de la dicha que es la compañía y la maravilla que es la lujuria. 
Su entonces novia, Francisca Aguirre, es la reciente Premio Nacional de las Letras, que también nos deja sus impresiones sobre esta generación poética:
Cuatro son mis grandes amores dentro de la generación del 27. Cuatro, como las cuatro esquinas de cuando éramos niños. Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro poetas guardan mi alma. El primero Federico García Lorca [...]. El segundo Luis Cernuda porque La realidad y el deseo ha sido el más aéreo puente, el puente más subterráneo, el cordón más austero y dolorido por el que hemos podido ir del amor al amor, del cuerpo al cuerpo, y de todo ello a las palabras. El tercero Guillén [...]. Y el cuarto Dámaso [...]. 
Firmas más o menos conocidas dejan su opinión sobre este puñado de hombres y su influencia en la literatura, entre ellas son algunas mujeres notables las que se expresan: Pureza Canelo, Carmen Bravo-Villasante, María de Gracia Ifach, Carmen Conde (1907-1996), que se muestra tímida y respetuosa en sus manifestaciones respecto a la Generación, aunque por edad y circunstancias bien pudo pertenecer: «Cuando yo nací a la poesía publicada, la generación del 27 contaba ya dos años de edad. La formaban poetas jóvenes y menos jóvenes, viniendo todos del tronco de J. R. J.». Efectivamente, en 1929 publicó Brocal, libro poético en prosa, aunque ya se había dado a conocer como poeta antes.

He dejado para el final a Ernestina de Champourcín, otra de las encuestadas, porque ella sí parece sentirse incluida en esa reverenciada generación, y así lo manifiesta, aunque sea tímidamente y sin insistir mucho.
Para los que éramos jóvenes en aquel año la Generación del 27 se nos presenta ahora con resonancias mágicas. Su importancia fue enorme sobre todo entre los que dábamos nuestros primeros pasos en el mundo de la poesía. La irrupción de aquellos libros iniciales: Marinero en tierra de Alberti, el Romancero Gitano de Lorca, Cántico de Jorge Guillén, Manual de espumas de Gerardo Diego, Presagios de Salinas, Perfil del aire de Cernuda, etc., insufló a nuestras obras un aire nuevo, una luz radiante y más honda. Incluso los que no somos considerados, por distintos motivos, como pertenecientes a esa generación nos sentimos inmersos en ella y la consideramos nuestra. Una especie de huracán de poesía distinta y de matices muy varios arrasó mucho de lo anterior. Fue una ola de libertad y cada voz, a través de ella, se sintió diferente, más segura y sobre todo más viva. 
Está claro. No es preciso incidir más en los distintos motivos. El tiempo ha terminado por poner a estas mujeres en su lugar. Serán Las Sinsombrero, pero sobre todo son las olvidadas de la Generación del 27 a las que es preciso poner en el lugar que les pertenece.