Algo tiene el agua cuando la bendicen.
Cuando dieron el premio Nobel de literatura a la coreana Han Kang en 2024, por algo sería.
La clase de griego me la recomendó una amiga: «Es una novela para filólogos». Bueno, es cierto que las explicaciones lingüísticas acerca del griego antiguo pueden atreaerte algo, pero sobre todo es un libro atractivo para los amantes de la buena literatura, para los que buscan el placer de pasear los ojos por párrafos sorprendentes. Las páginas se llenan de frases bien estructuradas -una reconocida mención a la traductora, Summe Yoon-, metáforas, imágenes, que nos transportan a otros mundos.
Era una noche de domingo en que la luna llena se escondía tras los racimos de nubes negras para asomarse cada tanto.
No se quedan atrás las imágenes realistas de un pequeño apartamento en Seúl. ¿Vivir al lado de un bosque frondoso puede ser un inconveniente?
Aparte de estar en la planta baja del edificio, el salón daba a un bosque frondoso. Se había decidido a alquilarlo precisamente porque le gustó que se pudieran contemplar los troncos de los enormes árboles, pero no pensó en las sombras que proyectaban en el salón incluso en pleno día.
La protagonista femenina, víctima de una crisis familiar, que la ha privado del hijo y del habla, decide apuntarse a lecciones de griego antiguo en una academia privada en Seúl, donde reside.
Nada sorprendente para mí. Tuve un compañero japonés, que había aprendido latín, y estaba empeñado en que todos los que hablábamos una lengua romance, franceses, italianos y españoles, lo entendiéramos cuando nos soltaba esas frases en lengua muerta. Nos costó convencerlo de que nuestras respectivas lenguas maternas, aun herederas del latín, se habían separado lo bastante como para no entender ni papa de lo que nos decía, a menos que alguien hubiera estudiado, como él, esa lengua.
Ella trata de no perderse nada de lo que él dice, pero es incapaz de concentrarse en cada una de las palabras. Las frases se le clavan en los oídos, como un largo pescado cortado en rodajas, sus sufijos y desinencias aún sin desescamar.
El protagonista masculino es el profesor. Había crecido en Alemania, a donde su familia se había trasladado siendo él muy joven, allí había estudiado y ahora volvía al Seúl natal en un momento complicado de su vida, se estaba quedando ciego.
Resplandor.
Penumbra.
Sombra.
No solo eso, el anuncio de la muerte de un amigo, que pudo ser algo más, le da un empujón hacia ese final:
¿Qué tiene de malo? Aprende braille y ya está. Escribe poemas haciéndole agujeritos a un papel. Aprende a convivir con un magnífico perro labrador.
Pronto el interés por la lengua de las primeras páginas de la novela se vuelca en el interés por los personajes protagonistas. Hay unos personajes secundarios, los otros alumnos, que se limitan a ser un mero «decorado», quizás el único fallo de la novela. Ya que están habría que haberles dado un poquito más papel.
Un accidente junta las vidas de profesor y alumna fuera del aula, una calurosa tarde de julio. El resto y el día y buena parte del día siguiente la emplean en descubrirse, en «conocerse», como dirían en la prensa rosa.
Amor contenido, que va creciendo lentamente.
Algo se despertó entre nosotros.
Los capítulos finales nos llegan en un formato algo distinto y hasta cierto punto sorprendente: frases cortas, algo parecido a versos rotos..., esa forma entrecortada en la que ella se comunica con él escribiéndole en la palma de la mano, como si fuera sordociega.
En la palma
temblorosa,
un punto
tibio,
Ella no puede hablar, él no puede leer lo que ella podría escribir, pero encuentran la forma de expresar sus sentimientos.
La metáfora de los dos en el fondo del mar, donde ninguno ve, y la forma en la que emergen, no puede resultar literariamente más lograda.
Y al final el lenguaje.
Cuando por fin pronuncio la primera sílaba, cierro con fuerza
los ojos,
convencida de que cuando los abra todo habrá terminado.
Título: La clase de griego
Autora: Han Kang
Traductora: Sunme Yoon
Random House
2023
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