En la contraportada de Flores de papel podemos leer el siguiente comentario del periodista Alfonso Armada:
España no ha asumido nunca la culpa por haber traicionado a los saharahuis, la provincia invisible.
Esa vergüenza histórica solo se puede curar políticamente, pero una forma de expiación es beberse toda la arena de este libro lleno de luz, sombras, fuego, memoria y lágrimas.
Recuerdo bien aquel otoño del 75 y su Marcha Verde con todas las incógnitas, miedos e incertidumbres que, en aquel franquismo, con Franco en sus últimos alientos, nos dejó a los españoles penínsulares. Las noticias más fiables, pero siempre con sordina, procedían de los familiares y conocidos que habían tenido que abandonar con precipitación aquella provincia, en la que no pocos de nuestros mozos habían hecho hasta entonces la mili.
Luego, en la transición, cuando empezamos a salir un poco a la libertad de aquellos conciertos reivindicativos al aire libre, vimos ondear alguna bandera del Polisario... y luego nada. El Sahara desapareció de nuestras vidas para solo reaparecer tímidamente en ocasiones muy excepcionales. Una jugada maestra de Marruecos y de posiblemente los políticos españoles, que nunca supieron muy bien, tal como dice Armada, manejar aquella situación tan incómoda para cualquiera.
Flores de papel, en la voz y pluma magistral de Ebabba Hameida, nos viene a contar esa parte de la historia, lo que pasó entonces, y lo que vino después, pero visto, vivido, desde el otro lado. Y solo bebiéndonos —hermosa imagen—hasta el último grano de arena, como dice Armada, podremos atisbar tan siquiera un átomo de lo que aquello supuso para tres generaciones, tres generaciones que habrán entrado ya en una cuarta, de exilio y dolor alejadas de su tierra.
A este libro de ¿autoficción? da título una insignificante anécdota dentro de la narracción, que, sin embargo, es muy significativa de lo que era aquel vivir de dos mundos antes de que la ambición excesiva de las naciones irrumpiera abruptamente en aquella zona.
Alí es un saharahui que ha dejado el desierto para afincarse en una pequeña localidad cerca de Villa Cisneros, donde con sus manos y las de su mujer, una de las tres protagonistas del libro, ha construido su casa de adobe. Juan es un militar español destinado allí, es amigo de Alí y hacen buenas migas y se ayudan en lo que pueden. Laila, la mujer de Alí, va a dar a luz a la que va a ser la segunda protagonista, Naima. Alejada de las mujeres que la habían protegido en los partos anteriores, Laila siente miedo, pero Juan y Alí no dudan en trasladarla al hospital donde será atendida. Tras el parto, en la habitación la esperan su marido y Juan, y en la mesita de al lado de la cama, Laila ve una caja de bombones y un jarrón con flores de papel. Juan justifica el detalle asesgurando que es la costumbre de la tierra llevar flores a las recién paridas, pero como allí no hay flores, la mujer de Juan, que luego sabremos que lleva el nombre de Julia, ha confeccionado ese ramo.
Alí, por su parte, ha adquirido una cabra con su chivillo para que a su nueva hija no le falte leche. Laila, cuidando de estos animales a la par que de sus hija, se sentirá un poco más ligada a su vida nómada anterior. Tras el nacimiento de Naima pasarán pocos años en aquella paz, pues enseguida se producirá esa Marcha Verde, que los saharahuis rebautizarán como Negra, y los ataques marroquíes sobre la población civil y la guerra llevarán a la familia de Alí a los campos de Tinduf, en Argelia.
Tinduf nos suena algo, pero salvo que hayamos sentido una enorme curiosidad por esta parte de la historia, será eso, solo un nombre que suena. Naima crecerá allí, pero doy un salto en el tiempo para ver cómo la tercera protagonista, Aisha, la nieta de Laila e hija de Naima, descubre viviendo ya en Mérida, acogida por una familia española, esa parte de la historia de su pueblo, que no deja de ser la nuestra. Animada por su profesor, se lo cuenta a sus compañeros, para luego contárnoslo a nosotros en una prosa impecable.
Hermoso libro imprescindible para todos nosotros.
Nota final: Si a la vez que lees el libro, quieres poner rostro y paisaje a sus protagonistas, no dejes de hojear el libro de fotografía de Mario Pascucci Un pueblo bajo el sol, construido con las fotografías tomadas en los campos de refugiados durante el 2005 y 2006.
