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lunes, 3 de abril de 2023

Núm. 285. El Solitario: Soledad

El Solitario ha conocido a Amor, pero ha sido tan fugaz, que ahora solo le queda el Recuerdo que le trae los momentos bellos.

Torre de iglesia iluminada por el sol de mañana

 

Era sirena y tenía
de puro arcángel su cuerpo.
Se apareció a tu ventura
en el naufragio de un sueño.
Ella llegó hecha de espumas
al calor de tu aposento.
Salvada fue por la luz
de los afanes maternos;
tu Madre, que estaba en lucha
con tu Soledad y en celo,
vivía para apartarte
de esa Soledad en acecho
a la cual tú le entregabas
todos tus años primeros.
Tu estrella de adolescente
brilló en ese cielo nuevo
y a su claror tú sentías
casi un Dios...

Solo, en una habitación gris, no sabemos si faro o campanario, le visitan además de sus recuerdos, el Destino y esa Soledad que lo ha tomado como presa.

Si en los dos primeros actos, el ritmo es ágil y esperanzador, en el tercero, y ya desde su título, sabemos que Soledad ha ganado la partida. El verso se alarga, las reflexiones se alargan, todo se detiene, vuelve el pasado y el futuro no termina por asomar.  Se repasa una y otra vez la razón de la existencia. 

De nada sirve que Estrella ponga su luz y los distintos colores -Rosa, Azul, Verde, Azul, Blanco, Amarillo, Rubí...-  contribuyan a alegrarle el día, porque Méndez no renuncia a esa gama de colores primitiva, casi infantil, que tanto dice. Amor hace su aparición, vuelve de un largo e indeterminado viaje:Camino solitario bordeado por chiribitas

 

¡Qué largo se hizo el camino
aunque bien corto que fue!...
Lo que una vez se ha perdido,
no puede volver a ser...
Aquí vuelvo, desmayada.
Antes ya me desmayé.
Cuando una cosa se pierde,
es algo que se nos fue...

 

Antes estos lamentos, ¿cómo no recordar la experiencia reciente de la autora? ¿El exilio?, ¿la ruptura de la pareja?, ¿el empezar una nueva vida acompañada de su hija pequeña?...

Es Soledad la que envenena a Amor, es Soledad la que impone su ley. La Madre es totalmente incapaz de cambiar ese rumbo, y Destino solo puede ejercer de notario:

¡Cumpliose su voluntad,
que es ir a lo que está escrito
camino de su verdad,
en brazos va de su amada,
que es su propia Soledad.

 

Comentario para el club de lectura La Acequia.

domingo, 26 de marzo de 2023

Núm. 284. El Solitario: Amor

El lirismo infantil y popular del primer acto se vuelve más trabajado en el segundo, dedicado al Amor. 

El hijo de la Campana y del Tiempo, que llegaba a este mundo en el pico de una cigüeña, entre la alegría de padres y hermanas, las Horas, ha crecido y es ahora un adulto que ha cambiado la torre del campanario por la torre de un faro. 

 

Faro de Chiclana

Su padre sigue siendo el Tiempo, pero sin saber muy bien por qué razón -quizá para que esa nueva madre pueda traerle el Amor-, la madre esa ahora otra:

Y en lugar de la campana
por madre tengo la vana
luz que ilumina el navío.
Trocó su acento argentino
por otra voz más brillante,
ahora su canto es constante
sobre la mar que domino.
No es el doblar campesino
que sonaba intermitente,
ahora luce permanente
hasta que amanece el día
y es del navegante guía
con su palabra luciente.

En su soledad de farero vienen ahora a acompañarlo el Pasado y las estaciones, que una tras otra van saliendo de un calendario, mientras que los otros personajes suben y bajan por una escalera. 

En este punto hay que prestar atención a los decorados y al vestuario, que con minuciosidad describe la autora en numerosas acotaciones. Ellos no solo forman parte del juego escénico, son parte fundamental de la obra. Por ejemplo del Invierno se dice que «viste traje de pieles blancas» y el Verano «vestido de espigas», la Primavera «viste traje de ramajes y flores». Parecen personajes sacados de un calendario agrícola, ¿y el Otoño? Curiosamente para el Otoño la autora no parece tener un símbolo definido -«en su disfraz», declara al presentarlo- dejándolo al  albedrío del director: ¿uvas?, ¿hojas verdiamarillentas?

Quedémonos con este personaje que quizá, en su soledad, en su búsqueda del amor, la Primavera imposible, sea el que más cercano al protagonista.

Yo soy el Otoño,
tan desventurado
que nunca he podido
vivir a tu lado.
Celoso del frío
que se te adelanta,
celoso del fuego
que besa tus plantas.
Yo como tú soy
joven y templado,
quien mejor cuadra
para enamorado.
Primavera, Otoño,
son las estaciones
que pueden unir
sus dos corazones.

Amor, que así se titula el segundo acto, no puede terminar mejor, pues aparece en forma de Sirena, que ha perdido «su cola al saltar una ola», rescatada del mar y sus tritones por unos marineros. 

Y con Ella vuelven las rimas sencillas de los juegos infantiles:

¡Sirenita del mar,
acabadita de pescar!


Comentario para el club de lectura La Acequia.

lunes, 20 de marzo de 2023

Núm. 283. El Solitario: Nacimiento

La aparente simplicidad, el juego infantil que parece El Solitario de Concha Méndez, no deja de ser una falsa impresión que se va deshaciendo a medida que leemos y releemos la obra.

Quedémonos en el primer acto, un primer acto que Méndez escribió llevando en sus brazos a su hija de dos años, Isabel Paloma, entre Madrid y Bruselas, al comienzo de su exilio en 1937.

El que la autora tenía planeada toda la obra parece un hecho ya incontestable, pero su aparición en diferentes periodos de tiempo y etapas de su vida, puede llevarnos a pensar que mucho debieron influir los acontecimientos futuros en su desarrollo.

Lo primero que llama la atención es la nómina de personajes de este primer acto: la Araña, el Cuco, la Campana, la Cigüeña, las doce Horas, el Tiempo...

 

Torre de iglesia con campanas, veleta y nido de cigüeña

Todos ellos se mueven alrededor de la torre -la autora cuida en extremo los detalles del decorado y las acotaciones -donde la Campana, la gran señora, espera anhelante la llegada de un hijo varón. Hasta ahora solo ha tenido hembras, las Horas, aunque alguna de ellas está dispuesta a ir a la guerra, si fuera preciso:

que a falta de hijo varón,
yo supe tomar las armas.
No olvidemos aquella España del 37 con demasiadas doncellas guerreras dispuestas a combatir y defender aquello en lo que creían.

Con un lenguaje sencillo, simbólico, en este primer acto abundan las referencias al folklore infantil, cuando no piezas directas de ese folklore, como esa nana que le canta la Hora 4 a todos los niños del mundo:

Nana, nanita, nana,
nanita, nana,
duérmete, palomita
de la mañana.

No se duermen los niños con las palabras, se duermen con el ritmo constante, como bien saben las madres, las amas de cría y hasta esas Horas hermanas, que una tras otra, sin llegar a coincidir, jamás rompen el ritmo.  ¿Jamaś? De pronto se produce el ansiado milagro, la Cigueña llega con el Niño, y tras depositarlo entre unas pajas, todas sus hermanas, las Horas, salen a recibirlo para entonar una de esas canciones seriadas que tanto gustan a grandes y chicos.

A la una, la mula, a las dos, la coz, a las tres, tresqués...

No, detente, devolvamos la voz a la autora, a las Horas, y al Cuco, que les va dando respuesta una a una: 

Reloj de sol

¡Soy la una!
¡Viva la luna!
¡Soy las dos!
¡Que viva el sol!
¡Soy las tres!
¡Que viva el clavel!
¡Soy las cuatro!
¡Que viva el teatro!
¡Soy las cinco!
¡Viva el jacinto!
¡Soy las seis!
¡Viva la mies!
¡Soy las siete!
¡Viva el más fuerte!
¡Soy las ocho!
¡Vivan los novios!
¡Soy las nueve!
¡Viva el que sueñe!
¡Soy las diez!
¡Viva el ayer!
¡Soy las once!
¡Viva el que llore!
¡Soy las doce!
¡Viva el que goce!

Sencillamente delicioso este volver a la infancia con Concha Méndez.

 

Colaboración para el club de lectura La Acequia.

viernes, 22 de abril de 2022

Núm. 266. Leticia Valle vista por nosotras

Comentario de la novela Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel para el club de lectura La Acequia.

 

Puente viejo sobre el Pisuerga en Simancas. En primer término las yerbas y ramas de la orilla. Tonos grisesmuerenet

Dejó Rosa Chacel tantas incógnitas en su novela, tantos paréntesis, tantos huecos por rellenar, que no solo sus lectores se ven obligados a ir llenándolos, sino que ha dejado tras sí todo un repertorio de interpretaciones formales, tesis incluidas, acerca del significado de esos silencios.

A estas alturas no estamos leyendo una novela, sino varias, una por cada una de las lecturas complementarias, algunas inevitables, como la introducción de Luis Antonio de Villena para la edición de 1967, que trae la edición que leo.

Las próximas ediciones y los ejemplares de las bibliotecas deberían traer un aviso para el ingenuo lector: «Vaya directo al texto de la autora».

«Me costó tres veces leerla. En la primera lectura me pareció mucha letra y poca chicha, pero una amiga me insistió en que la volviera a leer», me comenta una amiga, que, como la autora, es de Valladoliz. Y hablando de Valladolid, no ha dejado de sorprenderme la digresión que se marca la autora acerca de cómo pronuncian la d final los vallisoletanos poco educados, que bien podría extenderse a todos los castellanos, incluidos los de Madriz, naturalmente. Y todo ello a cuenta de las rimas consonantes en don José Zorrilla. 

¡Una niña de once años fijándose en la consonancia de un poema! ¡Santo Dios! ¡Si debería estar jugando todavía con la Mariquita Pérez!

Una de las licencias que se ha permitido la autora a la hora de contarnos la historia es sin duda darle voz, ¡y qué voz!, y «memorias» a su protagonista. Sin duda, este artificio totalmente válido ha redundado en proporcionar a Leticia una madurez que muy probablemente en la vida real no tendría, pero sobre todo hablar de sus sentimientos, no de los otros adultos.

Leticia ha sido empujada a crecer, a madurar, por las circunstancias familiares, sin lugar a dudas excepcionales. Ya lo dice su tío al final de la novela: «... el único responsable es tu padre por no haberte puesto desde hace tiempo en un ambiente adecuado». Intuimos que Leticia se ha quedado huérfana de madre, o quizás no del todo, pero sabemos que la echa en falta y se agarra a un recuerdo puramente sensorial: 

La verdad es que nunca pude recordar cómo era mi madre, pero recuerdo que yo estaba con ella en la cama, debía ser en el verano, y yo me despertaba y sentía que la piel de mi cara estaba enteramente pegada a su brazo, y la palma de mi mano pegada a su pecho.

Luego se produce, también por imperativo familiar, el traslado a Simancas, un pueblo con sus carencias, aunque tengan un gran castillo lleno de documentos. Allí, la tía Aurelia, que ha sido su cuidadora, debe repartir sus cuidados con el padre, que ha vuelto enfermo, de alma y cuerpo, de la guerra de África. Y Leticia debe empezar a crecer, empezando por elegir la ropa que se pone, o el cuidado de su propio cuerpo:

Me di cuenta una noche al cogerme los bigudíes; empecé a sentirme cansada de tener los brazos en alto tanto tiempo y entonces caí en que antes mi tía me ayudaba todas las noches al irme a la cama.

Sus tirabuzones volverán a tomar protagonismo en el primer contacto físico con don Daniel, el archivero que se convertirá en su profesor:

De pronto alargó una mano y cogió en un puñado todos mis tirabuzones, apretándolos junto al cogote. Dijo: «Esta es la que tiene que darte más guerra; con estos pelos, buena debe ser».

Haré como Chacel y dejaré a la imaginación de los seguidores de este blog los paralelismos con otras situaciones más cercanas que pasan por mi mente.

¿Seductora o seducida? 

«¿Quién no se ha enamorado del profesor de matemáticas?, -me dice otra amiga-. Me encantó la novela, me siento muy identificada con Leticia, con lo que siente y cómo lo expresa.»

«Mi primer profesor de matemáticas me pilló ya muy crecida, aunque no digo que no me enamorara de él, desde luego», le vengo a responder yo, y mi amiga insiste. Yo no me puedo resistir a volver a ver, porque la recuerdo muy vagamente, la versión cinematográfica de la novela. Allí todo es un poco, solo un poco, más explícito, pero sin duda, tanto Ramiro Oliveros, como la joven Emma Suárez resultan atractivos, atrayentes. Por cierto, me fijo en que en la versión cinematográfica Leticia tiene catorce años, dos más que en la novela, quizá para acercarla a la edad real de Suárez, pero para mí este asunto no es menor. 

¿Es solo una relación platónica? ¿Qué pasa realmente tras esos cerrojos que se corren en las partes finales de la novela? La autora, una vez más, ha considerado que debe ser el lector el que rellene esos huecos, porque Leticia se ve incapaz de contarlo. ¿Seductora en su aparente inocencia o seducida en su iniciación a la vida adulta?

Creo que Rosa Chacel lo tenía muy claro, que realmente todas esas lagunas no son más que la forma de exponernos lo que puede sentir una niña cuando la atracción que siente por un hombre mayor, un hombre que no es ni su padre, ni su hermano, encuentra una cierta «correspondencia», pongamos la palabra intencionadamente entre comillas.

Sin quererlo, hojeando una antología, me encuentro este poema de Rosa Chacel que titula A la orilla de un pozo: «Anda, que si no llego yo a estar aquí, te habías caído, pichona», dice el tío.

Una música oscura, temblorosa,
cruzada de relámpagos y trinos
de maléficos hálitos, divinos,
del negro lirio y de la ebúrnea rosa.

Una página helada, que no osa copiar
la faz de inconciliables sinos.
Un nudo de silencios vespertinos y
una duda en su órbita espinosa.

Sé que se llamó amor. No he olvidado,
tampoco, que seráficas legiones,
hacen pasar las hojas de la historia.

Teje tu tela en el laurel dorado,
mientras oyes zumbar los corazones,
y bebe el néctar fiel de su memoria.

Tampoco podemos obviar, me digo y le digo a otra amiga, el ambiente burgués en el que se mueve Leticia, que sin duda le permite un despertar intelectual a la vida. Inevitablemente, pienso a su vez en las niñas de la edad de Leticia que por aquellos años ya se veían obligadas a trabajar, como sirvientas en las casas de los burgueses, como jornaleras en el campo, o simplemente en sus casas ocupándose de pucheros y hermanos pequeños. Niñas que muy probablemente sufrieron no una seducción a través del conocimiento, sino un acoso más brutal, más directo: «Y recuerdo que el muy cerdo, aquella vez que me llevó a casa en su coche, porque mi padre insistió: "Anda, boba, ¿quién te manda ir andando?", me puso la mano arriba en el muslo y me dijo: "Niña, ¿tú ya eres mujer?". Me bajé corriendo del coche y tardé muchísimos años en contarlo, ni tan siquiera a mi marido, y cuando mi madre me decía que por qué no quería ir donde don..., yo simplemente contestaba: "pues porque no"».

Un último ejercicio para la relectura: ¿Podemos imaginarnos la historia si Leticia hubiera sido un niño?

miércoles, 16 de marzo de 2022

Núm. 264. El hombre mojado... Smadar, Nurit, Rami...

Rosa Pereda, en su colaboración con CTXT, se fija en dos instantáneas que se han «colado» en el relato de la guerra de Ucrania. La una, el entierro en una fosa común de víctimas ucranianas, nos habrá impactado a todos desde el telediario; la otra, los cadáveres de los rusos muertos, nos habrá pasado con toda seguridad más desapercibida. Hacia el final de su denso artículo, Pereda se lamenta, pese a su imposibilidad, de la ausencia «de la prensa en el otro lado», que sin duda arrojaría luz en el conflicto, al menos desde el lado humano.

Uno de los aciertos de Olga Rodríguez como periodista es contarnos las cosas también «desde el otro lado», permitidme a mí también la expresión. En ese otro lado, podríamos incluir la historia de la familia Elhanan Peled, que abre el capítulo dedicado a Israel en el libro que estamos comentando.

Judíos por los cuatro costados, su vida, pero sobre todo su forma de ver el mundo, cambió por completo el 4 de septiembre de 1997, cuando Smadar, la pequeña de la familia, con tan solo catorce años murió en un atentado de Hamas en Jerusalén, en el que cientos de personas resultaron heridas y murieron otras cinco, tres de ellos adolescentes. Smadar Elhanan Peled era, por vía materna, descendiente de uno de los padres del moderno Israel, y por parte de padre, nieta de un superviviente de Auschwitz.

La historia de estas familias, contadas por la periodista con minuciosidad, es una buena muestra de cómo puede evolucionarse, pese a las circunstancias, en favor de la paz y de la convivencia.  

El abuelo materno de Smadar, Mattiyahu Peled, fue un combatiente destacado en las guerras de 1948 y 1967. Luego fue un pacifista destacado en favor de los derechos del pueblo palestino. Su hija, Nurit Peled, pese a la incomprensión que despierta en muchos círculos, es igualmente una luchadora por la paz y el entendimiento entre los pueblos.

El abuelo que sobrevivió a Auschwitz, Isaac Elhanan, había entrado en Israel amparado por la identidad de un soldado. Fue soldado el tiempo que le tocó y poco a poco, intentó olvidar su pasado, ocultándoselo incluso a su familia y a él mismo, hasta que fue su nieta Smadar la que supo sacarlo a la luz para un trabajo escolar.

(En este punto volvemos a recordar la experiencia llevada a cabo en los institutos de Madrid: Hebras de paz.)  

¿Qué varón no ha tenido que empuñar las armas en Israel? Con un servicio militar obligatorio, que se extiende también a las mujeres, la historia de Rami Ehanan, el padre de Smadar, es un buen ejemplo de cómo puede pasarse de un cierto entusiasmo juvenil por defender a la patria, a ver con alivio el paso a la reserva, justo antes de que se produjera una de las muchas matanzas de palestinos civiles: «Afortunadamente no estuve allí para verlo», le dice a la periodista.

En un artículo reciente sobre la guerra en Ucrania, «Jalear la guerra», Olga Rodríguez vuelve a recordar que son los hombres de más de dieciocho años los que se ven obligados a defender los intereses de otros, que nada tienen que ver con la defensa de los unicornios azules, muy alejados del peligro.

En un salto hacia atrás en el tiempo, recuerdo la historia que me contó una de mis informantes sobre los primeros días de nuestra guerra civil en Aranda, donde ella estaba sirviendo. Uno de sus hermanos volvía confuso de segar de Aragón, a donde había ido a ganarse el jornal. Por el camino todo había sido desinformación, no sabían lo que se iban a encontrar al llegar a su casa. Atemorizado, pidió a su hermana que lo escondiese, pero esta, quizá por haber oído conversaciones en la casa en la que servía, le dijo con aplomo: «No te preocupes, que ya no sius matan, os necesitan». No los mataron, pero tampoco los dejaron libres, los subieron a un camión y los mandaron directamente al frente: los rebeldes necesitaban carne joven para defender sus intereses no compartidos.  

Volviendo a Israel, hoy los hijos de Nurit y Rami, los hermanos de Smadar, a los que les cogió el asesinato de su hermana realizando el servicio militar son activistas, al igual que sus padres, en movimientos en favor de la paz. 

Escultura que muestra cuerpos entre las alambres

Yad Vashem (Wikimedia Commons)

Comentario para el club de lectura La Acequia



jueves, 3 de marzo de 2022

Núm. 263. El hombre mojado...: Mona y Layla

 


En octubre pasado leí y comenté El hombre mojado no teme la lluvia, y prometí a Pedro Ojeda, del club de lectura La Acequia, que cuando tocara la lectura en ese club, volvería a leer este ensayo imprescindible. En cualquier caso, a Olga Rodríguez siempre hay que volver.

Ciertamente, no corren los mejores tiempos, con una guerra en Europa y los misiles volando sobre nuestras cabezas, para volver a guerras de décadas pasadas, que ante la actualidad han quedado disminuidas; pero precisamente por ello, porque debemos gritar NO A LA GUERRA, y no quedarnos ahí, es por lo que vuelvo a releer sobre la vida de la gente en guerra, sobre los nacidos bajo las bombas, en la miseria, en el terror continuo...

He elegido las historias de Mona y Layla, por este orden, casi al azar. Mona es siria y una de las últimas historias de alguien con nombre femenino que aparecen en el libro. Layla es kurda iraquí, y esta misma mañana me preguntaba si seguirían vivas, si seguirían viviendo en sus respectivos países, o si serán dos de los muchos refugiados en busca de un trozo de suelo donde vivir en paz. No lo sé, en la relectura, y con todo lo ocurrido en esos países en estos años, el libro se nos queda corto, nos hubiera gustado saber cómo siguen -no quiero escribir terminan- esas historias.   

La historia de Mona quizá sea una de las más amables del libro: una actriz a la que le gusta perderse en el zoco de Damasco, la ciudad habitada en la actualidad más antigua, e interpretar historias bajo un cielo de vestidos blancos de novia. No todo es amable en esos techos que se confunden con los cielos:

La mayor parte del zoco está cubierta por un techo de cristal en forma de bóveda de cañón repleto de pequeños agujeros -las huellas de los disparos de los franceses durante la rebelión de los sirios en 1925- por los que se cuelan haces de luz de líneas oblicuas aquí y allá y en las que diminutas motas de polvo juguetean con el aire y el tiempo.

Las descripciones de la autora me siguen pareciendo enormemente literarias, inmejorables, precisas en lo sensorial para transportarnos a esos ambientes, ambientes con claroscuros en los que siempre se filtra un rayo de luz.

Decía que quizá la historia de Mona fuera de las más amables dentro del libro. Nacida en una familia tradicional y muy religiosa, su destino era el matrimonio. El haber salido rebelde, el haber buscado su libertad, le costó más de un sacrificio, pero en aquel Damasco mísero, en el que comparte su libertad y un cuarto con su hermana menor, pero todavía puede compensarse con un helado en la cafetería más elegante del zoco, cuando le llega el dinero.

Ese pequeño capricho se lo podía permitir en aquella Siria de la primera década del siglo XXI. Hoy no sabemos si podrá tomarse un helado, si al final se vestiría uno de los blancos vestidos de novia, para casarse con el novio elegido en plena libertad. No lo sabemos.

La historia de Layla es completamente diferente. Arrancada de la niñez de forma abrupta -sus mejores recuerdos son las tardes de los viernes junto a un arroyo con su familia-, por ser kurda y estar orgullosa de serlo -ese pueblo sin un estado ni líneas claras en el mapa-, su vida desde entonces ha sido un continuo sobresalto. Con un padre en la cárcel, su madre y sus hermanos torturados y perseguidos, pasó su adolescencia entre los estudios, el cuidado de su casa y el de sus hermanos pequeños. Ahora, tras haber hecho estudios de Magisterio, se le prohíbe el ejercicio de la profesión, por ser kurda, por ser mujer... Su salida es la ayuda a los demás, a las víctimas de la guerra, tras la invasión de Irak.

La organización pacifista de Layla proporciona ropa, comida, alojamiento y atención médica a los huérfanos de la guerra y a los desplazados, no solo en Mosul, sino también en otras ciudades de Irak como Hayfa, al sudeste de Bagdad. Allí, en esta ciudad santa chií, trabaja una de las grandes amigas de Layla, Bashira, una chií comunista como su padre, que ha militado toda su vida en el partido. Ella actúa con el visto bueno de los clérigos, cuyo beneplácito es imprescindible para realizar cualquier tarea social.

Mujeres en la guerra, aunque no vistan traje de camuflaje, ahí están, presentes, aunque sea con beneplácito religioso.

Layla sufre persecución por su trabajo, la situación de las mujeres en Irak empeoró tras la invasión. Terrible el penúltimo párrafo entrecomillado de esta historia, refiriéndose a un vídeo en el que se mostraba una violación y posterior asesinato de una mujer. La violencia contra las mujeres, esa arma de guerra de la que no se habla:

«Ese tipo de grabaciones se están vendiendo en los mercados para aterrorizar a las mujeres, para que no trabajemos, para que no salgamos de casa. Jamás la mujer iraquí había estado en una situación así. Antes no había libertad porque vivíamos en dictadura, pero había ciertos derechos. Ahora ser una mujer ingeniera, médica o profesora universitaria puede acarrearte la muerte. A la periodista Atwar hemos decidido llamarla "la Virgen de la prensa iraquí". Ella ha muerto, pero hay miles más como ella. Yo seguiré trabajando. Para luchar por los huérfanos, las viudas, los enfermos, los que no pueden estudiar.»

¿Seguirá Layla ayudando a los huérfanos? 

¡Ojalá Layla siga recordando el arroyo de su infancia con el que se abre y se cierra su historia!:

Layla sigue viviendo con su madre y con algunos de sus hermanos. Cuando se queda sin aliento, piensa siempre en el arroyo de su infancia.

martes, 8 de febrero de 2022

Núm. 262. De bares y paraguas con Karmelo C. Iribarren

En el retranqueo del número x de la calle y, el bar del barrio tiende su terraza. Los días de frío o de lluvia, la cubren, en parte, con un toldo de plástico, y allí se refugian los habituales.

El instagramero que a segunda hora de la mañana, con el móvil colocado en su soporte y la taza de café estratégicamente situada en un primer plano, le cuenta al mundo no sé muy bien qué: «Hoy os saludo desde... y os voy a explicar...». 

Mesas y sillas vacías en una terraza de bar. Pintada en el muro del fondo

Algo más tarde llegará don Javier, catedrático jubilado, a desayunar. A veces le acompaña alguno de sus viejóvenes discípulos, que probablemente haya quedado con él para pedirle todavía algún consejo. Suelen alargar la estancia en la terraza; charlan, departen, si es cerca de mediodía, mojarán la palabra con un vino tinto, y luego cada mochuelo partirá a su olivo.

También está la madura pareja habitual, mañana, mediodía, tarde y noche, tomando el café, tomando la cerveza, el yintónic de la tardinoche, y fumando, siempre apurando hasta el filtro el cigarrillo... Por no hablar, no hablan ni entre ellos, exhalan el humo y miran el mundo pasar desde el respaldo de la silla. El día que no están se les echa de menos.

Por la tarde se reúnen un grupo de señoras mayores, hablan, meriendan y comparten, son cinco o seis y se quitan la palabra a menudo, todas tienen demasiado que contar. 

También se toma el café por las tardes don Tomás, al que acompaña su hijo, un chico delgaducho, con gafas y la cara casi con granos, pese a que ya ha debido llegar a los cincuenta. 

En la esquina de la calle hay un pequeño parque, un par de bancos, y juegos para los niños. Allí, cerca de mediodía, suelen sentarse tres viejos, apoyadas las manos en las cachavas y las mascarillas por debajo de la nariz. Arreglan el mundo. A sus espaldas, en el murete del aparcamiento, hay algunas firmas y pintadas que los grafiteros del barrio se encargan de renovar, que no todo va a ser monotonía.

El Manzanares visto desde el Puente de los Franceses. La Almudena al fondo, una grúa a la izquierda.

 

Llueve, y el mar más cercano está a trescientos y pico kilómetros, debemos conformarnos con pasear por Madrid Río, que desde que volvieron a renaturalizar el Manzanares es un hilo de vida en el asfalto madrileño.

Volvemos a casa ya sin luces. Soltamos los viejos zapatos manchados de barro en la entrada, y acurrucado en el sofá nos espera Karmelo C. Iribarren para traernos algo de fresco, verde y nostalgia del Cantábrico. Los desamores se quedan a un lado, a pesar de que sabemos que en la página impar, o a la vuelta, volverán a aparecer.

Ahí estamos, en El escenario de nuestras vida...

 

Calle mojada entre dos luces. Faros de coches y dos siluetas debajo de un paraguas.s
 

Comentario para el club de lectura La Acequia de El escenario, poemario de Karmelo C. Iribarren.

lunes, 17 de enero de 2022

Núm. 261. Las tardes al sol de doña Emilia

Al que va a la romería, pésa-y al otru día

Pasea doña Emilia Pardo Bazán, una calurosa tarde de mayo, por Recoletos. Algunas gotas de sudor perlan su canalillo generoso, pues la sombrilla, recién llegada de París, que sujeta con su mano derecha, apenas la protege de los rigores del astro rey. Su brazo izquierdo se engancha en el de su amigo con derecho a roce, José Lázaro Galdiano, al que ha dedicado su última novela, Insolación (Historia amorosa), «en prenda de amistad». 

Monumento a Emilia Pardo Bazán en la calle de la Princesa

 

Lázaro, joven, apuesto y culto mozo, supo hacer las delicias, escapada romántica incluida, de doña Emilia cuando se conocieron en Barcelona hará algunos meses... ¡Ay! Ahora está en Madrid para que doña Emilia le aconseje sobre una revista, pero  doña Emilia parece tener otros planes: ¿Quién se resiste a lucir mozo en el paseo donde va a ser el foco de atención y donde con un poco de suerte hasta se cruza con su miquiño? ¡Ay!

-Le agradezco, Emilia querida -el joven Lázaro mantiene el tratamiento de respeto porque Recoletos está lleno de oídos- esa dedicatoria de su novela. Le agradezco sinceramente esa amistad que me otorga, pero valiéndome de ella, permítame que le diga, que tengo la sensación de que usted ha querido vengarse de alguna o de varias damas de estas que nos saludan con fingida sonrisa...

La Pardo Bazán disimula y reparte ella también sonrisas y buenas tardes a izquierda y derecha.

-Algo de la propia vida hay siempre en las novelas, amigo José, y sí, puede que alguna de estas señoras de alto copete haya sido la fuente directa de inspiración. ¡Cuánta hipocresía hay en esta sociedad! -¡Y cuánto mal gusto en el vestir de algunas!-. A mí vuelta de Barcelona todo eran lenguas sobre mí, tantas, que me vi obligada a sincerarme con mi Benitiño, ¡otro que tal baila! Él tan celoso de lo suyo, de su independencia, de su soltería, me hace pucheros a la primera de cambio. ¡Pues apañadiñas vamos las mujeres en esta sociedad!

-Usted no lo ha sido menos cruel con la pobre Paquita de Asís, a la que ha llevado primero  por esos cerros pelados de San Isidro, poniéndola en peligro de recibir un navajazo, emborrachándola kuego con malos vinos y peores chácharas, para terminar, luego de arrepentimientos y desarrepentimientos, en una venta de citas en las Ventas, escenita de celos con el pueblo llano incluida. Vamos, Emilia, ¿su pequeño desliz merecía ese castigo final?

-¿A qué castigo te refieres?

-¿A cuál va a ser? A la boda con ese truhan, que a la legua se ve que ha dejado su Cádiz con el único propósito de engatusar a una dama que le solucione la vida cómoda para los restos. ¿No habrían valido una confesión, tres padrenuestros y aquí paz y después gloria?

-¿Es el matrimonio acaso un castigo?

-¡Ay, señora mía! Me lo pregunta usted, que es vox populi que lleva separada de su esposo unos cuantos años.

-Lo mío, como bien sabes, no fue un castigo, más bien al contrario. Gracias a que sigo siendo una señora casada, puedo permitirme entrar en ciertos círculos. A una casada se le abren muchas más puertas que a una muchachita soltera,  aunque no se le perdonen... Porque, seamos sinceros, ni el mínimo desliz te perdonan. Fíjate en mi Gabriel Pardo, sobre cuya verdadera identidad no te daré pistas, mucho discurso liberal, escucha, escucha: 

La infeliz de ustedes que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos a ella como sabuesos, y o puede casarse con el seductor, o la matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la muerte. Ya puede después de su falta llevar vida más ejemplar que la de una monja: la hemos fallado..., no nos la pega más. O bodas, o es usted una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! Usted, niña inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento, que ya no tiene usted más camino... Amiga Asís...¡Tonterías!

-... y luego como todos-prosigue doña Emilia, no sin lanzar una mirada asesina a un caballero que se ha quitado el sombrero para saludar a la pareja-. La simple vista de un tarjetero, que puede ser de cualquiera, le sirve al magnánimo señor para meterse en un soliloquio «al que en igualdad de circunstancias haría otra persona que pensase según todos los clichés admitidos». La marquesa viuda de Andrade es tonta de capirote, pero ¡anda que la mosquita muerta de su amigo Pardo!

Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero: serían... ¡vaya usted a saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de ella, ni veo a su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en la vida: chascos que uno se lleva. Cuando pienso que a veces se me pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un caballo muerto, ¡qué disparate!, es sólo un tropiezo del caballo... No he llegado a caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...

Ríe con ganas don José Lázaro Galdiano y a doña Emilia Pardo Bazán se le baja el pavo hasta el escote, cuando ve a pocos metros la figura grácil de don Benito Pérez Galdós, que provisto de canotier -esa prenda tan impropia de caballeros, pero que hace furor en las tardes madrileñas- se dirige hacia ellos con intención de saludarlos. 

Ella ha conseguido salvar su amistad, que no es poco, y un respeto hacia lo que ambos hacen: fijarse en lo que pasa por Recoletos, y luego llevarlo a la estampa. 

José Lázaro Galdiano no puede ocultar su embarazo ante la situación, pero todos son personas civilizadas, y el paseo prosigue.

 

Fachada vaciada del palacete, foto antigual
Palacete de Pozas en la calle la Princesa, núm. 33, donde vivió Emilia Pardo Bazán sus últimos años 

Nota: Foto antigua obtenida a través de la cuenta de Twitter El Madrid desaparecido de Penny y J. García Moutón

 

Colaboración para el Club de Lectura La Acequia

miércoles, 5 de enero de 2022

Núm. 260. Mil amaneceres. Dicho y hecho

Estando este blog dedicado, al menos en parte, a comentar refranes, parece obligado hacer alguna entrada sobre los que aparecen en Mil amaneceres.

Dos figuras carnavalescas. El uno lleva una máscar de colores hecha a ganchillo. El otro con pinta de hombre del XVIIodleseru

Una de las cosas que me saltó a la vista en la primera lectura fue la proliferación de la expresión Dicho y hecho. No menos de cinco veces aparece en la obra, y tal abundancia creo no haberla encontrado en ningún otro libro de los que he leído en los últimos años, aunque es expresión que abunda en nuestra literatura.

Dicho y hecho implica, queramos o no, un diálogo y una narración. No es refrán que se pueda decir sin más, requiere un determinado contexto, aunque las posibilidades sean varias. Para la mayor parte de los estudiosos, esta paremia lleva poca carga idiomática: el significado puede derivarse muy bien de la suma del significado de sus componentes: algo se dice y a continuación se actúa, sin pensárselo mucho.

-Venga, Niño, no le des más vueltas, solo quieren echar un vistazo a tu cosa... [...] ¡Espera!, se me ocurre algo para divertirlas y que tú no sientas que faltas al decoro. Ponte ahí. 

(Vuelve a hablar al público.)

Y dicho y hecho. Sin que yo pudiera ni rep[l]icar, me hizo abrir las piernas, y sin que ellas lo vieran, ocultándome un poco en el otro lado de la fuente, echó mano al hatillo, sacó su trozo de remo... (pp. 42-43).

El diálogo en esta obra entre el dicho y el hecho, entre los dos protagonistas, es constante, también en la forma de hacerlo llegar al público. Benjamín interpreta y narra alternativamente. Como buen bululú, cuenta con el único recurso de su voz y su cuerpo para meter a los espectadores en los hechos pasados y multiplicarse en escena. 

Otro dicho y hecho aparece enseguida, nada más volver la página, cuando para burlar el castigo que les espera por la burla a las mujeres con el remo, Antón anuncia que va a golpear a su díscolo criado:

—¿Cómo te atreves, criado atontado, a lavarte delante de estas buenas vecinas? Ahora vas a ver los palos que te doy por haber cometido ruindad semejante. ¡Por no guardar el respeto que debes a las gentes del lugar: toma y toma!

(Vuelve a su voz y al público.)

Y dicho y hecho, empezó a llenarme el cuerpo de cardenales con el remo mientras yo me cubría lo mejor que podía con mis brazos y daba gritos de dolor que se oían al otro lado del pueblo (p. 44).

¡Toma y toma! Los títeres de cachiporra a escena y dicho y hecho

La expresión aparece también en el estilo indirecto, dentro de la narración pura cuando los que hablan no son los dos protagonistas, cuyos papeles está interpretando Benjamín.

Ella estaba en Almagro ese día con un carro en el que llevaba a su hospicio del convento de Ciempozuelos, cerca de la villa de Madrid, a los locos de los pueblos cercanos. Nos dijo que hacernos pasar por locos era fácil pues ya por tales nos tenían todos. Que recogiéramos nuestras cosas rápidamente y le dejáramos a ella entenderse con el señor alcalde. Dicho y hecho. El alcalde aceptó que llevara esa misma noche a esos locos de allí metidos en el carro con los otros extraviados que iban al hospicio del convento de La Caridad. Y al rato estábamos Quilla y yo dentro del carro, con otros desgraciados como nosotros, camino de esta loquería —perdonen hermanas—, de este hospicio de La Caridad (p.96).

Estás para que te manden a Ciempozuelos, a la famosa loquería —palabra totalmente en desuso—, era expresión que corría por el Madrid de hace décadas, y a ese hospital envía Almudena Grandes a la protagonista de su La madre de Frankenstein. Sirva esta pequeña mención como modesto homenaje a la autora.

Antón encuentra en el refranero remedio y consejo para sus cuitas. Acude al él con frecuencia, según nos recuerda oportunamente Benjamín. Y volvemos al diálogo, aunque sea con un muerto, para mostrar su disconformidad con algunas sentencias: 

—¡Niño, ya sé lo que vamos a hacer! Ya que no tenemos obligaciones de familia y estamos libres como pájaros... ¡A volar! A la Corte, que es donde van todos los que no tienen dónde caerse muertos, y los cómicos a triunfar, que Dios aprieta pero no ahoga.

(Mira la caja.)

¿A qué sí, Quilla, a que dijiste eso?

(Habla al público.)
Siempre repetía eso de «Dios aprieta, pero no ahoga», pero yo creo que es al revés. Como veía nuestro porvenir más negro que sotana de cura, se le ocurrió irnos a la Corte, a Madrid (p. 77).

Hablando de muertos, el pasaje en que tienen que compartir cama con un difunto, está salpicado también de sabiduría popular:

Que teníamos cena de sobra en la cocina, y un lugar para pasar la noche, lo que le habíamos pedido. Y cogió la puerta y nos dejó, confusos por lo del muerto, pero oliendo a comida, que era de lo que se trataba, como siempre. ¡Qué hambre! Y como al hambre no hay pan duro, ni muerto que estorbe, allí nos quedamos (p. 66).

¡Qué bien adapta Alonso de Santos los refranes a las circunstancias! 

La carne es débil y más en verano (p. 60)

Y otra vez dicho y hecho:

Un rato después decidimos bajar el muerto al suelo, que a él le iba a dar igual, para poder nosotros dormir tranquilamente en la cama, como Dios manda. Cuando has estado mil días en galeras no le tienes mucho respeto ya ni a los vivos ni a los muertos, así que dicho y hecho: al suelo (p. 67).

¿En qué refrán está pensando Alonso de Santos cuando escribe

Yo no dejaba de recordar en el viaje el refrán que dice: «cuando se sale de malas se va a dar siempre en peores» (p. 65)?

¿Y qué refrán se les viene a la mente a los espectadores-lectores?

El vino hace amistades (p. 60) no es propiamente un refrán, al menos un refrán registrado como tal, pero siempre se ha dicho que el vino, con el amigo. Algo parecido podríamos decir de No dura mucho el pan en la casa del pobre (p.60) que nos recuerda aquel de Poco dura la alegría en la casa del pobre.

A la fuerza ahorcan (p. 52), La vida enseña a golpes (p. 70), Los caminos del Señor son inescrutables (p. 77), Más da el duro que el desnudo (p. 66) -uno de los refranes del Lazarillo- y No hay mal que por bien no venga (p. 44) aparecen también en oportunos momentos del recitado.

Resumiendo, un buen puñado de refranes bastante conocidos que nos ayudan a ir del dicho al hecho.

Comentario para el club de lectura La Acequia

jueves, 30 de diciembre de 2021

Núm. 258. Mil amaneceres con palabras

¿Cómo hacer que una obra escrita en el siglo XXI, con lenguaje del siglo XXI, pueda parecer dicha en el XVII?

Collage de distintos amaneceres

Ni la resolución es fácil, ni el autor lo pretende. La obra es actual, pero algún guiño hay que hacer al siglo XVII. Benjamín, el protagonista, habla para los espectadores del siglo XXI, pero desde el primer momento nos vemos en un banco de galeotes mezclados entre la chusma

Chusma, según los diccionarios, es el 'conjunto de remeros de una galera'. Los remeros tenían distintas procedencias, no todos eran penados. Hoy en día por chusma entendemos el 'conjunto de gente vulgar'.

La primera frase que dice Benjamín ya nos lleva allí; un Benjamín del que se nos dice en acotación que debe ir vestido «con una ropa elegante y de calidad que marca el lugar y la época en la que estamos: pleno siglo XVII español», pero esto es secundario. La primera frase es:

Le conocí en galeras.

Y si la palabra galera fuera polisémica, que lo es, la segunda frase aclara de qué galeras estamos hablando:

Remaba en el banco treinta fondo a babor...

... un buen párrafo para contarnos, casi en modo de flashes cómo discurría la vida de los penados: apenas sitio, cacillo de agua, remos, remeros, bajar...

Un mundo oscuro, tétrico, maloliente, por tener que «hacer sus necesarias allí mismo». Como Quevedo, ni el autor ni el narrador nos ahorran detalles. 

Consentidor, consentidor... «Hablando en plata, cornudo y cabrón», traduce el autor por si hubiera algún despistado entre los asistentes. 

Junto a Quevedo, más de una cita de Lope «que sin culpa, al más honrado...», y volver a desmenuzar esas expresiones fijas:

Cornudo, sí señor, por la gracia de Dios, que no se mueve ni una hoja en un árbol si él no lo manda. Y si vuesa merced me muele las costillas seré cornudo y apaleado, también por la gracia del Señor, amén.
La fórmula de tratamiento vuesa merced estaba en plena transformación en la época del relato, pero aunque no fuera así, al espectador del siglo XXI le transporta en volandas a él; el tratamiento y las fórmulas piadosas, sacadas aquí de los automatismos lingüísticos de forma magistral. En cuanto a cornudo y apaleado, difícilmente podríamos encontrar mejor explicación al posible origen de la expresión.

Otras muchas son las expresiones a lo largo de la obra en las que Alonso de Santos gusta recrearse, porque en palabras del autor «hay otro [mundo] dentro de las palabras». 

De la harina de los sabios comemos los simples, ha sentenciado el autor unas líneas antes. Alonso de Santos hace un sutil homenaje a Agustín de Rojas y El viaje entretenido, obra miscelánea, trufada de refranes y sentencias,  en la que un grupo de cómicos, uno de ellos el propio Rojas, intercambia experiencias: 

Porque la harina de los sabios comen los simples por salvado, y el salvado de los simples es harina de los filósofos.

Expresiones para reflexionar que viajan a través de tiempo en boca de cómicos de acá y allá. El homenaje de Alonso de Santos a su propio oficio en esta obra, también miscelánea, es constante en toda la segunda parte.

Termino esta entrada con una de las múltiples referencias a esa lírica popular, que tantas reminiscencias nos trae.

Trébole, ¡ay, Jesús, cómo güele!

Trébole, ¡ay, Jesús, qué olor!..

 

Comentario para el club de lectura La Acequia 

 

 

domingo, 12 de diciembre de 2021

Núm. 257. Mil amaneceres optimistas

Hay tanto que comentar en Mil amaneceres, la última obra de Alonso de Santos, que casi no sé por donde empezar, así que empiezo por lo básico, por el argumento.

Collage de amaneceres

¿Qué piensa un condenado a galeras cuando lo empujan hacia el banco donde en el mejor de los casos va a pasar un mínimo de dos años, y en el peor no llegar tan siquiera a ellos? La mayoría se desespera, pero Antón no, el bueno de Anton, san Antón, aprecia la oportunidad que le da la vida de conocer el mar.

¡Qué bien, por este agujerito veo el agua! ¡Con las ganas que tenía yo de conocer el mar!

No se puede ser más positivo frente al infortunio. Los amaneceres irán marcando sus días, al menos mientras no pierda la cuenta, y luego un día tras otro, todos serán iguales, y quedarán los amaneceres hasta mil, uno tras otro hasta el fin de la condena.

Antón y Benjamín, hombre maduro y niño, entran a la vez en el barco y salen juntos de él, para seguir enfrentándose a las galeras de la vida en tierra. Antón, con su bonhomía, sabrá guiar al niño en esta su nueva etapa, y encauzarlo para que no vuelva a galeras.

Antón es un hombre llano, que solo ha cometido un delito: ser cornudo, ser consentidor de su deshonra. Se niega a cumplir la ley de Dios que obliga a matar a su mujer, adúltera, pillada in fraganti, porque si Dios ordena todo y las cosas deben hacerse como Dios manda -la expresión se repite insistentemente en la primera parte de la obra-, también manda Dios amar y tener piedad del prójimo, y más si es la mujer propia. Antón, hombre sencillo, se pregunta:

por qué el honor de los hombre lo han de pagar las mujeres. Y acabó en galeras.

Rotunda respuesta, en punto y seguido, a una pregunta demasiado complicada para ciertas mentes y ciertos tiempos. ¡Ay, si fueran solo aquellos tiempos!

Benjamín, un niño, ha cometido el enorme delito de robar una bolsa a fin de llevar algo de arrimo a su casa. ¿Una bolsa?, ¿una tarjeta de crédito? Mil días a galeras, para que aprenda. Y aprende, aprende de Antón, que más vale ser seta buena y que te terminen comiendo, que ser seta mala y terminar envenenándote a ti mismo.

La vida, una vez liberados, no será nada fácil. Arrojados a un mal puerto con lo puesto, con los andrajos que llevan puestos, y sin comer en los días anteriores, con el estigma de su condena en la piel, emprenden un road movie por las Españas, donde Felipe III o quizás ya Felipe IV, ¡qué más da el número!, viven entre fiestas y agasajos, mientras sus súbditos pasan hambre y necesidades. Su meta es llegar a Talavera y Toledo, sus lugares de origen respectivos, pero no adelantemos acontecimientos.

En cada pueblo, una enseñanza; en cada atrio de iglesia, una aventura. Se pasa frío y se pasa hambre:

¡Qué hambre siempre, qué hambre!

También aprende el niño Benjamín, que ya va dejando de ser un niño, que 

hay gustos para todo y mucha necesidad.

Necesidad y experiencia en las lides amorosas de un viejo que es capaz de encantar a una mozuela con unos sonidos de flauta, tocada con una sola mano, acompañándose de unos versos de Lope, el más famoso autor de comedias: 

Amor, no te llame amor
el que no te corresponde.

Su llegada a destino no les depara buenas nuevas, ni al uno ni al otro. Ni Talavera ni Toledo, las eternas rivales, acogen a sus hijos como esperaban, así que toca otra vez ponerse en camino, cabalgar de nuevo sin Rocinante ni rucio, solo con su piernas, su ingenio y la hospitalidad de una compañía de cómicos que van de camino.

Benjamín comprende que su futuro está en el teatro, en entretener a la gente contando las propias desgracias, porque no hay como contar la propia vida, para que la gente se ría:

es condición humana disfrutar con las penalidades ajenas.

Un día, en que la fortuna va a cambiar sus vidas, se produce la separación, han llegado al final de su camino juntos.

No.

Antón dice no, mientras Benjamín parte hacia la corte, donde le espera una carrera como cómico. Con lo bueno y lo malo, el hacer reír a la gente no deja de ser una buena forma de ganarse la vida.

Y cae el telón habiéndonos dejado un mosaico de aquella vida áurea del siglo XVII, a través de algunas escenas y palabras; pero ¿de verdad hemos viajado por el Siglo XVII?

Comentario para el club de lectura La Acequia

domingo, 21 de noviembre de 2021

Núm. 255. Don Perlimplín (y III). La puesta en escena

El teatro, más que para leído, es para representado. 

Hay excepciones, claro. Todavía recuerdo cuando en mis últimos años de colegio -mis monjas eran muy amantes del teatro y nos hacían representar- se puso de moda el teatro leído: una mesa alargada en el escenario, y tras ella, y frente a los espectadores, que aquí deberíamos llamar oyentes, tres o cuatro personas se repartían y leían los distintos papeles, procurando poner énfasis y emociones a las palabras que tenían delante. Sí, como en el teatro radiofónico, que tanto éxito tuvo. Recuerdo que leímos un par de obras de Casona, La daba del alba y La tercera palabra. Tras su estancia en el exilio, Casona había vuelto a España con éxito, pero se le consideraba conservador y guardador de ciertas esencias. y por lo tanto, muy adecuado para transmitir valores en un colegio religioso.

Farol en primer plano y en penumbra. Jardín con fuente al fondon

 

El teatro es el teatro, y no solo es texto, podemos sumarle interpretación y emoción; pero sin desmerecer nada ni a nadie, donde esté la representación encima de un escenario, aunque sea con ayuda de cuatro trapos...

Lo de los «cuatro trapos» me recuerda a aquellas compañías de teatro independiente que en la transición nos hacían vibrar con dos trastos y cuatro trapos sobre unas pocas tablas; quizás aquellos teatros de la República, aquellas barracas no contaban con muchos elementos más, pero ¡cuánta cultura y cuánto entretenimientos llevaron a todos los rincones! 

Una de las cosas que llama la atención en Amor de Don Perlimplín es la cantidad de acotaciones, como si Lorca hubiera querido cortar la posible creatividad del director -sabemos que en el estreno fueron Pura Ucelay y él los que asumieron esa tarea- y hasta el mínimo detalle está puesto por escrito.

Se nos describe paso a paso cómo son las estancias donde va a transcurrir la obra, el balcón, el jardín, la vestimenta, tan importante en la caracterización de los personajes... 

La estancia está pintada de verde -verde, que te quiero verde- y los muebles son negros: un jardín dentro de otro jardín. Don Perlimplín lleva también casaca verde y peluca blanca con bucles; Marcolfa el vestido de rayas de las criadas; la madre, que aparecerá más tarde, con abundantes «pájaros, cintas y abalorios»; y frente a tanto barroquismo, Belisa, en el balcón, deberá aparecer «semidesnuda».

¡Ay, la censura y la autocensura! ¿Cómo apareció al final Belisa en aquel estreno? ¿Cuánto vistieron y desvistieron a la pobre Belisa¿ ¿Cómo de desnuda iba en los años treinta una actriz semidesnuda

El detalle no es baladí.

Belisa está en casa con poca ropa, y no parece importarle asomarse al balcón, donde puede contemplarla a placer su vecino y pretendiente don Perlimplín. Este, sin embargo, no parece reparar en su cuerpo, hasta que ¡oh, sorpresa!, ¡mira por el ojo de la cerradura! ¡Lo prohibido enamora a don Perlimplín!

La descripción del atuendo de Belisa para la noche de bodas no tiene desperdicio:

(Aparece BELISA vestida con un gran traje de dormir lleno de encajes. Una cofia inmensa le cubre la cabeza y lanza una cascada de puntillas y entredoses hasta sus pies. Lleva el pelo suelto y los brazos desnudos.)
Entre tanta puntilla, dos elementos marcan lo erótico de la escena: el pelo y la desnudez de los brazos.

Todas y cada una de las acotaciones que marcan el tono en que deben decirse los parlamentos están marcadas: llorando, fastidiada, cogiéndose el pelo y echándoselo para adelante, enérgica, intrigado...  

Y luego está la música. ¿Podemos separar a Lorca de su piano?

Un Federico enérgico y suave, autor y director escénico, pone ambiente en los ensayos, y quizás también en el estreno. 

Podríamos elegir cualquiera de las piezas clásicas que nos ofrece Youtube, pero quedémonos con la creación reciente de un tema popular de Gabriel Calvo y su Folklorquiando.


(Extrañada y en otro mundo)...

... a la mente de Belisa llegan recuerdos de viejas canciones, pero...

(Suenan campanas)
Comentario para el club de lectura La Acequia.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Núm. 254. El amor de Don Perlimplín (II). La tensión dramática

La obra se inicia con uno de esos diálogos absurdos, repetitivos, infantiles:

-¿Sí? -¿Por qué sí? -Porque sí.

No es una cita literal, pero así más o menos se repetirá en otras ocasiones a lo largo de la obra. 

A mano izquierda las galerías de un edificio moderno. En primer plano árboles frondosos de un jardín urbanoebr

  

Me imagino a algún espectador, como con pinches en el asiento, pensando que ya le han colado otra quedada del poeta de moda. Sí, si esto no lo pensaron aquellos espectadores de 1933 ante las primeras frases, fue lo que pensó un crítico años después cuando se puso sobre el escenario Comedia sin título. El espectador de la década de los ochenta escribió perplejo que habían encontrado en un cajón olvidado un cuaderno escolar con una frase genial del poeta: «Mi mamá me mima». Algunos llegamos a compartir la estupefacción, ante aquel texto que nos llegó de Comedia sin título y que probablemente fuera solo un boceto, porque bien sabemos ahora, gracias a Margarita Ucelay, que Lorca garrapateaba mucho antes de llevar a escena una de sus obras, y aún así...

Pero volvamos a 1933. El tonto minidiálogo del principio se resuelve en seguida anunciándonos que el conflicto va a venir por la necesidad de que don Perlimplín alcance el matrimonio, ya que va teniendo más que una edad para ello, y como dice la criada Marcolfa, don Perlimplín tiene que «estar recogido», dada la probable ausencia de la hasta entonces cuidadora, aunque tampoco lo diga exactamente así.

Escucha don Perlimplín las razones de su criada, cuando de pronto alguien toca el piano, suena la música y una letra sugerente llena la escena:

Amor, amor.
Entre mis muslos cerrados
nada como un pez el sol.
Agua tibia entre los juncos,
amor.
¡Gallo, que se va la noche!
¡Que no se vaya, no!

Y desde el balcón de enfrente surge la magia, surge el amor y la pasión, aunque ambos tardarán todavía un poquito en llegar. 

La obra fue tachada de demasiado erótica y hasta en palabras de algún conmilitón de la Residencia de Estudiantes, «asquerosa». Sabemos también por Ucelay que sufrió  toda suerte de desdichas que impidieron su estreno a tiempo y terminó confiscada en un cajón de la censura durante la dictadura de Primo de Rivera. La llegada de la República no la liberó de su prisión, y solo la insistencia de Pura Ucelay pudo lograr su estreno en 1933.

Los ardores amorosos, la desenvoltura de Belisa, ponen en cautela a los bien pensantes, pero no parece que ese matrimonio por interés, que deja bien constatado la madre de Belisa, levante ronchas.

Y así, con el parabién de unos y de otros, don Perlimplín, tímido cincuentón bien posicionado, se echa en brazos de la joven y ardorosa Belisa:

... con tantos encajes pareces una ola y me das el mismo miedo que de niño tuve al mar.

El amor coyuntural de Perlimplín por Belisa se ha convertido en puro deseo, así lo confiesa a la burlona novia:

Yo no podía imaginarme tu cuerpo hasta que lo vi por el ojo de la cerradura cuando te vestían de novia.

El texto ha dejado de ser un puro juego lingüístico,  se ha hecho explícito, Belisa tiene otros planes, pero quizá no convenga mostrar del todo qué es lo que de verdad ocurre en la alcoba matrimonial.

La noche de bodas se nos muestra velada, velada y narrada por dos duendecillos, que vuelven a jugar con el lenguaje, pero previa y pudorosamente han corrido unas cortinas ante el espectador.

Podría parecernos que la censura ha conseguido su objetivo, lo que ocurre en el tálamo no puede mostrarse ante el público, pero ¡ay!, los niños duendes nos lo revelan hacia el final de su actuación con poético lenguaje:

Cinco camelias frías de madrugada se han abierto en las paredes de la alcoba.

Cinco balcones sobre la ciudad.

Los duendes no quieren revelar más, ya han dicho bastante, porque no quieren poner ante los ojos de los espectadores el «infortunio de un hombre bueno».

Sin embargo, el hombre bueno parece plenamente feliz, con poco se conforma, y hasta es capaz de disfrutar lo que la naturaleza le brinda e invita a su amada a disfrutar de esos sensuales gozos:

Nunca había visto la salida del sol... Es un espectáculo que.... parece mentira... ¡me conmueve!...

No destriparemos en demasía los dos últimos cuadros. Don Perlimplín lo ha comprendido todo, le duele, pero sabe cómo ganar la partida, aunque el precio sea demasiado alto, aunque los que le rodean no terminen de entenderlo...

Belisa, ajena a todo ello, vive su mundo, sus propias fantasías... Suena, una vez más la música, una tonada que viene con su eco:

Por las orillas del río
se está la noche mojando.
Se está la noche mojando.
Y en los pechos de Belisa
se mueren de amor los ramos.
Se mueren de amor los ramos.

La noche de anís y plata
relumbra por los tejados.
Relumbra por los tejados.
Lo que es comedia, el hasta ahora gracioso enredo, se vuelve de pronto en tragedia, los silogismos se engarzan unos con otros: dejar de existir para seguir existiendo siempre.

El espectador aburrido por las primeras frases se da cuenta de que no puede seguir con atención todos los parlamentos, todas las imágenes por mucho que lo intente. Le gustaría rebobinar, pero todavía no tiene a su disposición ese preciado dispositivo, que tenemos los espectadores del siglo XXI cuando accedemos a las obras en diferido. 

¡Nunca creí que fuera tan complicado!

Exclama para sus adentros ese espectador, a la vez que una llorosa Belisa, que no termina de entender qué es lo que está pasando, qué clase de amor está moviéndose a su alrededor.

Sí, sí, le quiero, le quiero con toda la fuerza de mi carne y de mi alma. Pero ¿dónde está el joven de la capa roja?

[...] 

(Suenan campanas.)

TELÓN

 

 Comentario para el club de lectura La Acequia.