domingo, 12 de diciembre de 2021

Núm. 257. Mil amaneceres optimistas

Hay tanto que comentar en Mil amaneceres, la última obra de Alonso de Santos, que casi no sé por donde empezar, así que empiezo por lo básico, por el argumento.

Collage de amaneceres

¿Qué piensa un condenado a galeras cuando lo empujan hacia el banco donde en el mejor de los casos va a pasar un mínimo de dos años, y en el peor no llegar tan siquiera a ellos? La mayoría se desespera, pero Antón no, el bueno de Anton, san Antón, aprecia la oportunidad que le da la vida de conocer el mar.

¡Qué bien, por este agujerito veo el agua! ¡Con las ganas que tenía yo de conocer el mar!

No se puede ser más positivo frente al infortunio. Los amaneceres irán marcando sus días, al menos mientras no pierda la cuenta, y luego un día tras otro, todos serán iguales, y quedarán los amaneceres hasta mil, uno tras otro hasta el fin de la condena.

Antón y Benjamín, hombre maduro y niño, entran a la vez en el barco y salen juntos de él, para seguir enfrentándose a las galeras de la vida en tierra. Antón, con su bonhomía, sabrá guiar al niño en esta su nueva etapa, y encauzarlo para que no vuelva a galeras.

Antón es un hombre llano, que solo ha cometido un delito: ser cornudo, ser consentidor de su deshonra. Se niega a cumplir la ley de Dios que obliga a matar a su mujer, adúltera, pillada in fraganti, porque si Dios ordena todo y las cosas deben hacerse como Dios manda -la expresión se repite insistentemente en la primera parte de la obra-, también manda Dios amar y tener piedad del prójimo, y más si es la mujer propia. Antón, hombre sencillo, se pregunta:

por qué el honor de los hombre lo han de pagar las mujeres. Y acabó en galeras.

Rotunda respuesta, en punto y seguido, a una pregunta demasiado complicada para ciertas mentes y ciertos tiempos. ¡Ay, si fueran solo aquellos tiempos!

Benjamín, un niño, ha cometido el enorme delito de robar una bolsa a fin de llevar algo de arrimo a su casa. ¿Una bolsa?, ¿una tarjeta de crédito? Mil días a galeras, para que aprenda. Y aprende, aprende de Antón, que más vale ser seta buena y que te terminen comiendo, que ser seta mala y terminar envenenándote a ti mismo.

La vida, una vez liberados, no será nada fácil. Arrojados a un mal puerto con lo puesto, con los andrajos que llevan puestos, y sin comer en los días anteriores, con el estigma de su condena en la piel, emprenden un road movie por las Españas, donde Felipe III o quizás ya Felipe IV, ¡qué más da el número!, viven entre fiestas y agasajos, mientras sus súbditos pasan hambre y necesidades. Su meta es llegar a Talavera y Toledo, sus lugares de origen respectivos, pero no adelantemos acontecimientos.

En cada pueblo, una enseñanza; en cada atrio de iglesia, una aventura. Se pasa frío y se pasa hambre:

¡Qué hambre siempre, qué hambre!

También aprende el niño Benjamín, que ya va dejando de ser un niño, que 

hay gustos para todo y mucha necesidad.

Necesidad y experiencia en las lides amorosas de un viejo que es capaz de encantar a una mozuela con unos sonidos de flauta, tocada con una sola mano, acompañándose de unos versos de Lope, el más famoso autor de comedias: 

Amor, no te llame amor
el que no te corresponde.

Su llegada a destino no les depara buenas nuevas, ni al uno ni al otro. Ni Talavera ni Toledo, las eternas rivales, acogen a sus hijos como esperaban, así que toca otra vez ponerse en camino, cabalgar de nuevo sin Rocinante ni rucio, solo con su piernas, su ingenio y la hospitalidad de una compañía de cómicos que van de camino.

Benjamín comprende que su futuro está en el teatro, en entretener a la gente contando las propias desgracias, porque no hay como contar la propia vida, para que la gente se ría:

es condición humana disfrutar con las penalidades ajenas.

Un día, en que la fortuna va a cambiar sus vidas, se produce la separación, han llegado al final de su camino juntos.

No.

Antón dice no, mientras Benjamín parte hacia la corte, donde le espera una carrera como cómico. Con lo bueno y lo malo, el hacer reír a la gente no deja de ser una buena forma de ganarse la vida.

Y cae el telón habiéndonos dejado un mosaico de aquella vida áurea del siglo XVII, a través de algunas escenas y palabras; pero ¿de verdad hemos viajado por el Siglo XVII?

Comentario para el club de lectura La Acequia

3 comentarios:

Ele Bergón dijo...

Una maravilla de libro

Muy bien escrito y contando tanto y más.
Besos.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Una de las cosas más importantes de este monólogo es que sucede hoy...
Gracias por esta magnífica entrada.

Sor Austringiliana dijo...

Por el XVII o por cualquier otro. Al final, las monjas entonan el Lacrimosa del Réquiem de Mozart...
Muy buena lectura. Besos, Carmen.