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jueves, 29 de junio de 2017

Número 164. Julián Ayala. Por sus obras los conoceréis.

Me entero por Facebook que ha muerto Julián Ayala, al que no llegué a conocer, salvo por su obra. 

Hay una casa en Aranda, en una calle estrecha según se va de Santa María a San Juan, que llama la atención: su fachada está llena de baldosines con frases, citas, refranes..., fachada barroca donde las haya, es la casa de Julián Ayala.


Collage formado por una vista de la fachada y del balcón principal

Por encima del balcón principal, en el segundo piso leemos la primera de las sentencias: 
La verdad será perseguida pero jamás vencida 
En los baldosines podemos encontrar citas del propio Julián, de personajes diversos, reales o ficticios, verdaderas o apócrifas. 
«El dinero no dá la felicidad. Pero calma los nervios»
leo en un baldosín, y esa tilde sobre el dá me llama la atención, a la par que el cuidado en el uso de las comillas latinas. Es cita textual que viene como anónima, aunque en otras deja bien claro el autor: 

Baldosín con la cita de Jane Austen



"El mundo consiste que los demás se rían de nuestras tonterías y nosotros nos ríamos de las tonterías que nos parece hacen ellos" 
Jane Austen (1.775-1.817) 





Aquí las comillas son inglesas y la redacción y ortografía siguen siendo un poco peculiares herederas de viejas enseñanzas.

A veces los baldosines aparecen de dos en dos, y como pienso que ese codo con codo no ha sido casual, yo tampoco los quiero separar. Aquí otras dos citas, o mejor una cita anónima y un pensamiento del propio Julián: J. A. C.




"Es importante saber que no hay nada gratis. Que todo cuesta".

"La vida es lucha. Cuando cesa la lucha, desaparece la vida"
(J. A. C.)



La primera de las frases me recuerda aquello de que «en Internet cuando algo es gratis, el producto eres tú». La segunda es ciertamente unamuniana: la vida es pura agonía, pura lucha.

En la puerta, la jamba derecha recolecta toda una filosofía de vida en frases de distinta categoría. Leídas de arriba abajo, he aquí lo que nos encontramos:
Si Dios en su gran
bondad, borrachos
nos mantiene,
será porque nos
conviene.
¡Hágase su voluntad!
Que Alá
llene tus
establos de
camellos
"Un hombre
sin dinero,
es un muerto
que camina"
Pasar por tonto,
por payaso o por loco,
ante los ojos de un
idiota, eso es de una
voluptuosidad
de fino gourmet.
Julián Ayala Cuevas
Su nombre aparece destacado en rojo. Curiosos y variados pensamientos.

Dice Tinín Bayo en Facebook, presentando una foto de Florentino Lara en el que se le ve sentado, de perfil, vistiendo un batín blanco con flores, sombrero negro y leyendo, que la lectura fue su gran compañera durante toda la vida. De por qué leía tanto nos da razón un cartelito de fondo blanco embutido entre el dintel, el contador y los cables de la luz: 
"Leer es ingeniártelas para romper la soledad y tomar posesión del mundo".

Quizá le preocupaba el rumbo que el idioma tomaba cuando hizo imprimir en dos azulejos contiguos:
Don Quijote ahora diría: Oh, lengua castellana, lengua española. Cuantos te están menospreciando, pero... "perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Curioso personaje que no dudó en dejar en la fachada de su casa debajo del escudo de su apellido su propio epitafio: 

No pido más que
un elogio. 

Que se escriba en
mi tumba: 

"Admiró a
Juan Martín Díez
'El Empecinado'" 
Julián Ayala


Fotos tomadas en mayo del 2014.

martes, 17 de enero de 2017

Número 144. Rinconete y Cortadillo. La atracción del lenguaje


... y cumplirse al pie de la letra, sin que falte una tilde

Anda el mundo de las letras hispanas compartiendo un artículo de Elena Álvarez Mellado acerca de la controvertida tilde de solo, así que, para abrir boca, me ha parecido bien entresacar de la lectura en curso la expresión de cabecera para tenerla presente. 

No vamos a hablar de la importancia de las tildes en castellano, ni de la vieja controversia solo/sólo, pero sí del lenguaje de Rinconete y Cortadillo, pues solo por él ya merece la pena una relectura con detenimiento de esta novela ejemplar. 
Nube de palabras de Rinconete y Cortadillo generada con www.nubedepalabras.es

Cervantes, buen conocedor de Sevilla, no puede evitar la tentación de llevar a esta novela no ya los localismos y el lenguaje de la calle —«un tiesto que en Sevilla llaman maceta»—, sino también la lengua del hampa. Y así va insertando en la novela el germen de lo que podría ser un diccionario de argot, y sin duda lo que a día de hoy constituye un buen comienzo para ver el uso literario de la germanía, como representativa de una determinada clase social. 
Y así les fue diciendo y declarando otros nombres de los que ellos llaman germanescos o de la germanía, en el discurso de su plática, que no fue corta, porque el camino era largo.
Y aunque al día de hoy, y probablemente también entonces, sea necesario leer la novela con notas explicativas de eruditos editores, ya se preocupa Cervantes, dentro del mismo texto, de explicar algunas de las palabras empleadas, dando así un carácter metalingüístico a la propia narración:
Y, porque sé que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselo antes que me lo pregunten. Sepan voacedes que cuatrero es ladrón de bestias; ansia es el tormento; rosnos, los asnos, hablando con perdón; primer desconcierto es las primeras vueltas de cordel que da el verdugo.
Siguen con atención Rincón y Cortado las explicaciones de la guía —atención al género gramatical de algunas palabras— felicitándose de haber encontrado tan buen trujamán para aquella nueva situación en la que se ven y aquella nueva tierra tan alejada de la suya. 

Llámales enseguida la atención la piedad de aquel personaje, representativo de tantos otros, siempre con la palabra Dios en la boca, y aunque han de ver que son meras frases hechas, vacías de contenido que diríamos hoy, ya les choca tanta devoción en boca de quien se adivina ganarse la vida robando y quién sabe qué otras fechorías. 
—¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?
—Sí —respondió él—, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año del noviciado.
A lo cual respondió Cortado:
—Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.
A lo cual respondió el mozo:
—Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.
—Sin duda —dijo Rincón—, debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.
A más de un estudioso le ha llamado la atención la corrección con la que se expresa la sin par pastora Marcela, tantas veces citada; pues bien, si nos fijamos también llama la atención la corrección, por no hablar de la gran cortesía, con la que se expresan Rinconete y Cortadillo en la novela. También nos ha asombrado cómo se expresa la gitana Preciosa, a la que su abuela gitana ha enseñado a leer y a escribir, pero en Sevilla todo parece ser diferente. ¿Acaso los pillos castellanos son siempre más cultivados que los sevillanos? 

Sabemos que Rincón ha sido instruido por su padre, «bulero, o buldero, como los llama el vulgo» al servicio de la Santa Hermandad, y a Cortado lo vemos, pese a su corta edad, ensartar refranes con la sabiduría de un aventajado Sancho: 
—Lo mismo digo yo —dijo Cortado—; pero para todo hay remedio, si no es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es, lo primero y principal, tener paciencia; que de menos nos hizo Dios, y un día viene tras otro día, y donde las dan las toman, y podría ser que con el tiempo, el que llevó la bolsa se viniese a arrepentir y se la volviese a vuesa merced sahumada.
Sin duda, estos rapaces en su recorrido por Castilla tuvieron como maestro al propio Cervantes y aprendieron a servirse de la lengua tan bien como de los naipes y las tijeras.

Rincón enseguida se da cuenta de la inferioridad intelectual del gran Monipodio, y de todos aquellos que lo rodean, y aunque desconozca la germanía, que sin duda aprenderá pronto, sabe distinguir también en el lenguaje de este hombre, las incorrecciones que comete el vulgo: 
 —Por cierto —dijo Rinconete (ya confirmado con este nombre)—, que es obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oído decir que vuesa merced, señor Monipodio, tiene. Pero nuestros padres aún gozan de la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia a esta felicísima y abogada confraternidad, para que por sus almas se les haga ese naufragio o tormenta, o ese adversario que vuesa merced dice, con la solenidad y pompa acostumbrada; si ya no es que se hace mejor con popa y soledad, como también apuntó vuesa merced en sus razones.

De la importancia de los nombres propios para caracterizar a las personas con pocas palabras habla la colorida galería de apodos con la que Cervantes nos regala en esta novela: Escalante, Ganchuelo, Gananciosa, Pipota, Repolido, Cariharta... por no hablar del punto de ironía que pone por su parte al apodar a uno de los protagonistas con el sobrenombre de una figura histórica: 
...y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre de Bueno, bien como si fuera don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar a su único hijo.
Por darle la vuelta, Cervantes se atreve hasta con los refranes, y si no véamoslo en este pasaje que no tiene desperdicio: 
—Pues, ¿a esto llama vuesa merced cumplimiento de palabra —respondió el caballero—: dar la cuchillada al mozo, habiéndose de dar al amo?
—¡Qué bien está en la cuenta el señor! —dijo Chiquiznaque—. Bien parece que no se acuerda de aquel refrán que dice: «Quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can».
—¿Pues en qué modo puede venir aquí a propósito ese refrán? —replicó el caballero.
—¿Pues no es lo mismo —-prosiguió Chiquiznaque— decir: «Quien mal quiere a Beltrán, mal quiere a su can»? Y así, Beltrán es el mercader, voacé le quiere mal, su lacayo es su can; y dando al can se da a Beltrán, y la deuda queda líquida y trae aparejada ejecución; por eso no hay más sino pagar luego sin apercebimiento de remate.
En este comentario deberíamos haber hecho hueco también a la presencia del lenguaje musical en la obra, en la improvisación de los instrumentos, en las seguidillas tan necesarias como expresión del pueblo, pero su análisis alargaría en demasía este comentario para el medio en el que nos encontramos. Terminemos:

Por el lenguaje empieza Rinconete su evaluación de lo que ha visto y de la vida que le espera:
Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenía un buen natural; y, como había andado con su padre en el ejercicio de las bulas, sabía algo de buen lenguaje...
Los muchos pecados cometidos contra el bien decir le llevan a pensar en mayores y verdaderos pecados, y la alegría con la que aquellos personajes se perdonaban los pecados:
... le admiraba la seguridad que tenían y la confianza de irse al cielo con no faltar a sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios y de ofensas a Dios.
Y le admiraba sobre todo la ciudad a la que habían llegado donde...
Finalmente, exageraba cuán descuidada justicia había en aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza; y propuso en sí de aconsejar a su compañero no durasen mucho en aquella vida tan perdida y tan mala, tan inquieta, y tan libre y disoluta. Pero...
Su atractivo debía tener aquella ciudad, sin duda tanto para Cervantes como para sus personajes, porque todavía pasaron allí algún tiempo, pero sobre eso, Cervantes, cual prudente Sherezade que ve salir las claritas del día, pasa por encima un velo. 


Comentario para el club de lectura La Acequia.

martes, 20 de diciembre de 2016

Número 141. La parodia de la parodia. Los refranes de Sancho


Cuando don Quijote y Sancho han dado fin a su última aventura, al menos en este libro, la autora incluye una página de referencias a las que nos remite por si nos queda alguna duda de las citas o formas de hablar de sus personajes. 

Así nos dice que si bien es verdad que nunca se habló en el libro original de «desfacer entuertos», ella se ha tomado la licencia de ponerlo en boca de sus personajes, porque a fin de cuentas esa forma de hablar, presuntamente cervantina o al menos quijotesca, se ha ido fraguando en el imaginario popular y no vamos a llevarle ahora la contraria a siglos de tradición. 

No solo los personajes, también la voz del narrador ha adoptado para contarnos las aventuras un tono «antiguo», que si no coincide con el pulso cervantino, al menos contribuye a crear ambiente exótico. En este punto no podemos olvidar que el Quijote, y su personaje, está lleno de anticuallas, no solo en el vestir, también en el lenguaje, para lo que se estilaba a principios del siglo XVII. 


En este mundo de convenciones y lugares comunes, los refranes en boca de Sancho no podían faltar, y así vemos en el centro de la novela cómo un Sancho locuaz, dicharachero por demás, y dando patadas al diccionario de continuo para desesperación de su amo, ensarta unos cuantos refranes para que quede constancia de ese modo de hablar que tanta fama le ha dado.

Conviene recordar, que en el Quijote no es Sancho el único que dice refranes, aunque destaque por su número, al propio don Quijote le contabilizan los especialistas numerosas paremias, tanto populares como cultas, y de igual modo a casi todos los personajes secundarios puede atribuírseles algún que otro refrán (Cantera Ortiz de Urbina et alii, 2005; 17-27).

Salvo alguna excepción, que señalaré enseguida, Perezagua ha reducido notablemente el hablar sentencioso de don Quijote y podemos decir que pone en boca de Sancho algunos refranes, casi de forma testimonial. Ella, como narradora, utiliza también este recurso alguna vez, ya vimos lo de El hábito hace al monje, en el capítulo anterior, pero veamos en profundidad alguna de estas series.
—Sea, pues. Búrlese vuestra merced de mí, y alla se lo haya. Pues verdad es que muerto el perro se acabó la rabia, y que en la juventud, piojos son salud, y que de fraile y de soldado el piojo es enemigo declarado, y que a correr piojo que viene el peine, y que piojo por piojo, liendre por... 
Cinco paremias ensartadas en tan corto párrafo es ciertamente todo un logro. ¿De dónde salen estas paremias que la autora maneja con una cierta maestría? Si para don Quijote no había refrán que no fuera verdadero «porque todo son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de todas las ciencias», no nos cabe la menor duda de que Perezagua ha recurrido a Google, o a un recurso similar, para obtener sus refranes, que en general no son muy conocidos. 

En cuanto a ese piojo por piojo, liendre por... que nos encontramos al final, y que nos remite por proximidad fonética al Ojo por ojo, diente por diente, es sin duda una modificación jocosa más, un antiproverbio, tan fáciles de encontrar en todas las épocas, del que también encontramos alguna realización en Internet, por ejemplo esta incrementada de Twitter:
Piojo por piojo, liendre por liendre, ganaremos esta lucha, engendre lo que engendre.  (@tannnit, 8-06-2015).
En otras ocasiones Perezagua ha optado por una variante poco común, como A buen hambre, no hay pan malo, cuando son más habituales las variantes con «pan duro» y «pan seco». 
—Ay, Dios mío, la que nos va a caer. ¡Oigan, oigan, vuestras mercedes, que yo no estoy en huelga de hambre! Si no me creen, tráiganme una buena hamburguesa doble con beicon y mucho queso, o lo que vuestras mercedes prefieran, que a buena hambre, no hay pan malo, y que nunca engaña el bostezo, que es de hambre o es de sueño, y así bostezo yo, miren, miren qué bostezo y, puesto que no tengo sueño, es de pura hambre que quiero saciar, ¡les juro que no estoy en huelga de hambre! 
Acude también Perezagua a la tradición popular, revitalizada por alguna puesta en escena moderna, y a algún refrán muy cervantino, ¡claro que sí!: Muera Marta, y muera harta, que dice el propio Sancho (II, 59) y ese Ándeme yo caliente, y ríase la gente, que dice Sanchica en la obra principal (II, 50), y que en esta novela aparece dos veces en boca de Sancho:
—Y yo diré más —añadió el escudero—. [...] Y cuánta razón tenía mi abuela cuando decía aquello de que si los curas comieran piedras del río, no estarían tan gordos, los tíos joíos. Y yo veo a esos policías en los coches come que te come, come que te come, que hasta se me figura que están diciendo a dos carrillos lo de que muérase Marta, pero muérase harta... claro... como manejan las pistolas desde lejos, no tienen por qué correr... En cuanto a mí, ande yo caliente y ríase la gente, que bien que lleno yo mi estómago, sí, pero duermo como un machote, no como esas autoridades redondas y, como dice mi amo, ¡cobardes! 



Basten estos ejemplos para caracterizar a este Sancho que deambula por Manhattan y vayamos ahora con don Quijote, que en sus largos parlamentos tiende también a ser sentencioso, aunque deje a un lado lo popular. Si en Niebla decía Unamuno que «sólo está de veras cuerdo el que tiene conciencia de su locura», don Quijote , en su devenir por un Manhattan inundado, vuelve a reflexionar una y otra vez acerca de quiénes son los verdaderos locos: 
Confiemos, Sancho amigo, en estos indicios, que todo puede ser que estos canales nos lleven a buen puerto, que así como en un mundo de locos, el cuerdo es el más loco y todos los locos son cuerdos, en un mundo de mares bien podría ser que las aguas se volvieran espacios habitables. 
Las metáforas marinas envuelven a don Quijote y Sancho en los últimos capítulos, pero ahí, en la adversidad, es donde echa mano don Quijote del refranero náutico. La experiencia de navegar por las llanuras manchegas llegan también a los océanos: Ningún mar en calma hizo experto a un marinero.

—¡Ay, Sancho! ¡Mil veces, ay! ¿En qué momento nos hicimos merecedores de tan gran caída? En este justo lugar, ya antes de hoy, sentímonos deslizados en las aguas, pero lo que ahora es agua a punto de anegarnos, en aquel momento, eran manos que dócilmente nos desplazaban como dulces olas que, en la aurora apacible, mecen y arrullan al pescador en su barca. Dicen, Sancho, que ningún mar en calma hizo experto a un marinero. ¿Habremos de ser ya expertos marineros? Cargamos dentro toda una tempestad que nos llueve de afuera. Sí, acaso ahora seamos diestros hombres de mar, pero ¿dónde está la nave sobre la que podamos demostrar nuestra maestría, y surcar y domeñar los mares hasta que en buena hora bajen las aguas? 
Antes o después, las paremias en todas sus modalidades se hacen presentes en esta obra formando una rica colección, y no quiero cerrar el comentario sin resaltar dentro de los límites de la fina ironía, cuando no de la sátira social, la interpretación que de una de estas paremias muy populares hace la voz en off de una narradora del viaje virtual, que como en un moderno Clavileño, lleva a don Qujote y Sancho al espacio. 
Ahora contemplen esto otro. No ven nada. Es porque el ochenta por ciento del número observable de la materia oscura es invisible. No emite ni refleja luz. No desprende radiación. No se ve, pero está. Sabemos que existe porque porque tiene gravedad, una gravedad tan grande que con ella mueve los cúmulos galácticos. Por eso la materia oscura ha sido bautizada con el nombre de Fe, pues, aunque no podamos verla, mueve montañas. Así fue cómo se dijo una vez en la Tierra: La fe mueve montañas.

Comentario para el club de lectura La Acequia.

Referencias

  • Cantera Ortiz de Urbina, Jesús; Sevilla Muñoz, Julia y Sevilla Muñoz, Manuel (2005): Refranes, otras paremias y fraseologismos en Don Quijote de la Mancha. Edición de Wolfgang Mieder. Vermont: University of Vermont.
  • Cervantes, Miguel de (1605, 1615 = 2005): Don Quijote de la Mancha. Francisco Rico (ed.). Instituto Cervantes. [En línea]: (http://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/default.htm), [consulta:20-12-2016].
  • Perezagua, Marina (2016): Don Quijote de Manhattan. (Testamento yankee). Barcelona: Los Libros del Lince.

martes, 29 de noviembre de 2016

Número 139. Niebla. Hablar sentencioso

Recuerdo ahora a don Manuel Guerrero, el que fue mi profesor de Literatura e Historia en preu, que decía a menudo: «Como aconsejaba Unamuno, lo que puedas llevar en el bolsillo no lo llevéis en la cabeza». Con buen criterio nos recomendaba guardar el fósforo para aquellas cosas imprescindibles y las importantes confiarlas a medios más seguros, menos volátiles, como un cuaderno de notas sabiamente guardado en el bolsillo. Hoy con todos los medios electrónicos a nuestro alcance, podríamos sustituir el bolsillo por el móvil, por la nube o por Internet, que no es que sean mucho más seguros que las propias neuronas, pero la idea subyacente permanece: lo importante hay que guardarlo en lugar seguro.
No hay más arte mnemotécnica que llevar un libro de memorias en el bolsillo. Ya lo decía mi inolvidable don Leoncio: ¡no metáis en la cabeza lo que os quepa en el bolsillo! A lo que habría que añadir por complemento: ¡no metáis en el bolsillo lo que os quepa en la cabeza! 

Pintada: Nunca recuerdo lo que sueño, sueño con no olvidarme de quien soy. Fdo. 6+1-

El lenguaje utilizado por Unamuno en Niebla da para escribir una tesis: los muchos coloquialismos que introduce en los diálogos, las frases sentenciosas, desde refranes a máximas latinas, los titubeos bien traídos al papel y otros detalles contribuyen a dar una vivacidad a la obra, que se nos hace real, no soñada.

El lenguaje, a través del diálogo, va haciendo la obra. Los amigos juegan o intercambian sobre estilística literaria en un tono distendido, las familias discuten en sus casas y algún grito llega al cielo, los criados de toda la vida aconsejan echando mano de la sabiduría popular, los filósofos nos dejan sus pensamientos a través de citas que osan a veces discutir.

Sin embargo, hay un personaje que no parece encajar en este orden natural. Se trata de Rosario, la planchadora, muy probablemente analfabeta si hemos de guiarnos por los estándares de la época, que presenta un tono contenido, ni una palabra fuera de lugar en ningún sentido, sus frases son pensadas y están impecablemente construidas. Rosario parece haberse educado en un internado suizo. Mientras que Augusto trata de mantener ese nivel coloquial utilizado con las personas del entorno familiar, Rosario no abandona el registro, incluso cuando se sienta en las rodillas de su señorito y Augusto le pide que le tutee, es solo un momento, enseguida la distancia entre ellos, el cada uno en su sitio vuelve.
—Es que yo, don Augusto...
—Augusto, Augusto....
—Es que yo, Augusto...
¿Y si hablamos del lenguaje especializado de ciertas artes? ¿Esa habilidad que conocían bien los autores del 98? ¿Qué podemos decir de ese párrafo para cuya interpretación necesitamos acudir a un diccionario especializado?
Mira, Orfeo, las lizas, mira la urdimbre, mira cómo la trama va y viene con la lanzadera, mira cómo juegan las primideras; pero, dime, ¿dónde está el enjullo a que se arrolla la tela de nuestra existencia, dónde?
La novela está llena de frases sentenciosas ya desde el prólogo de Goti, personaje que nos deja numerosas perlas a lo largo de la obra:
  • La espada lleva la cruz en el puño.
  • La religión es guerrera, la metafísica es erótica y voluptuosa.
  • No hay por debajo de ella sino la estupidez de un aficionado a toros, colmo y copete de estupidez.
Esta última haría hoy sin duda las delicias de más de un antitaurino. 


Placa con el nombre de la calle Generación del 98



Citas, frases contundentes de las que se burla el propio Unamuno: 
—Pues a mí, Víctor, eso de ser o no ser me ha parecido siempre una gran vaciedad.—Las frases, cuanto más profundas, son más vacías. No hay mayor profundidad que la de un pozo sin fondo. ¿Qué te parece lo más verdadero de todo?
—Pues... pues... lo de Descartes: «Pienso, luego soy».
—No, sino esto, A es igual a A.
[...]
—¡Claro! Y, figúrate, eso equivale a decir que ser es pensar y lo que no piensa no es.
—¡Claro está!
—Pues no pienses, Augusto, no pienses. Y si te empeñas en pensar...
Frases, lugares comunes que nos llevan al ámbito doméstico tan lleno de paradojas: 
  • Estos son los que nos hacen viejos.

O aquellas con un tinte misógino:
  • Las mujeres saben siempre cuando se las mira, aun sin verlas, y cuándo se las ve, sin mirarlas.
Frases que nacen y se repiten con vocación de ser universales: 
  • Enseña mucho la vida, y más la muerte.
  • La ley nace del pecado.
  • Solo está verdaderamente cuerdo el que tiene conciencia de su locura.
  • El que no confunde se confunde. 
  • Dicen que nadie conoce su voz.
Alguna inventada, con su correspondiente autoridad, que luego la historia pondrá en boca de Wiston Churchil:
Lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino, nunca llegarás al fin de él»
Refranes verdaderos que todos nos sabemos:
  • Nadie puede decir de esta agua no beberé.
  • Viene de fuera quien de tu casa te echa.
  • No hay mal que por bien no venga.
  • Más mató la cena que sanó Avicena.
  • El que juega no asa castañas.
La prudente Rosario de nuevo dejándonos sus pensamientos:
Lo que no se sabe es lo que no se hace. 
En definitiva y como resumen:
No se sueña dos veces el mismo sueño, 
le dice Augusto a su creador cuando ambos sueñan sus sueños respectivos.

Contribución al club de lectura La Acequia.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Número 118. Cinco horas con Mario: quien tuvo y retuvo

Hace un par de semanas, ante unos tés, en la mesa de un bar de la Complutense, tres amigas hablábamos sobre las puestas en escena de Cinco horas con Mario y el personaje de Carmen Sotillo. Dos de nosotras estábamos más puestas en la materia, la tercera, más joven, asistía a la conversación como algo de tiempos pasados o no tanto. Salieron cosas interesantes y me gustó ver cómo mi amiga y yo, sin ponernos de acuerdo, coincidíamos en muchas apreciaciones, más allá de la consideración de si Lola Herrera había hecho una interpretación más franquista y lejana y Natalia Millán una Carmen más cercana.

Yo tenía bastante fresca en mi memoria la puesta en escena de hace pocos años, interpretada por Natalia Millán, y la serie de conferencias y trabajos que en torno a Delibes hicimos a raíz de su fallecimiento (12 de marzo del 2010). Aquella otra mítica Lola Herrera de finales de los 70 era un vago recuerdo en el tiempo. Mi amiga, por su parte, había tenido oportunidad de asistir a otras puestas en escena más modestas, pero no menos valiosas, en distintos ámbitos académicos y tenía muy fresco el personaje.

Repaso mentalmente mis notas, las que en su momento tomé para hablar ante los colegas de la AIP-IAP  (Tavira, noviembre del 2010) sobre la importancia de esta obra, no solo desde el punto de vista del uso de los refranes y el lenguaje coloquial, sino también del momento sociológico que nos tocó vivir en aquella España franquista en la que el concilio Vaticano II se asomaba tímidamente, amordazado por las voces mejorpensantes del momento.

Difícil de explicar a un público, donde abundan los colegas para los que la Biblia en la mesilla de los hoteles es algo habitual, que en aquellos años leer por nosotros mismos ese libro fundamental era algo prohibido a un católico, que siempre debía guiarse por la interpretación oficial de la Santa Madre Iglesia.

Difícil hablar de Carmen Sotillo y su significado sin caer en los tópicos: ¿Mujer franquista, reprimida, retrógada, egoísta, vanal? o ¿mujer simplemente?

Esa cita del propio Delibes, escrita pocos años después de la publicación, e incluida en su diario (Un año de mi vida, 1972) en la que el propio autor reconoce haber cargado las tintas en el personaje de Carmen. Más tarde Julián Marías abundaría en la idea de que ni Carmen era tan retro, ni Mario tan pretendidamente progre. Sencillamente, Delibes había sabido retratar como nadie una pareja del momento.

Sin embargo, para mí, más allá de las distintas lecturas que pudieran hacerse del personaje desde las diferentes ópticas, lo que había contribuido a su humanización fue sin duda la puesta en escena: Carmen se hizo carne, se hizo humana, en el cuerpo de Lola Herrera.

Caltel de la función del 2016 de Cinco Horas con Mario


Ahora una Lola Herrera, octogenaria pero atemporal, vuelve a subirse a los escenarios para recordarnos que Carmen es un personaje terriblemente actual, cuyos planteamientos en las relaciones con los hombres, podrían ser casi firmados por las más firmes feministas de hoy en día. Acierta la actriz cuando afirma que fue una obra hecha por mujeres, porque sin duda la visión de ellas, de Josefina Molina y de ella misma, fueron fundamentales en esta visión del personaje.

En este sentido incidieron también Josefina Molina y Natalia Millán en el coloquio que mantuvimos tras la representación a la que asistimos como parte del seminario de homenaje a Delibes en la Complutense. 

Una vivencia irrepetible, única, como cada representación teatral, como cada acto de literatura oral, la de volver al teatro Reina Victoria a volver a vibrar con esa Carmen que desgrana sus sentimientos en un lenguaje tremendamente coloquial.

Sobre un millar de expresiones pertenecientes al lenguaje coloquial son las que los especialistas han registrado en esta obra. En su versión teatral han tenido que ser lógicamente reducidas, pero oyéndolas, incluso con sus repeticiones, vamos viendo que no falta ni una, que están todas, quizá por previsibles, quizá porque hayamos pasado por ellas mil veces, pero que suenan en la voz de Lola Herrera siempre nuevas y siempre viejas, el hablar de esa mujer que las castellanas llevamos dentro.
Que se te iban las vistillas...Que aquí entre nos...Se lo vas a decir a un guardia...En resumidas cuentas...Una y no más, Santo Tomás...
No recuerdo de las otras veces qué refranes se seleccionaron para esta versión teatral, de la representación de ayer recuerdo dos, encadenados ahora, como en el mejor Sancho, aunque en la obra original aparezcan separados:
El que no llora no mama, el que tiene padrinos se bautiza.
No hace falta mucho más: un cajón en medio del escenario,  y una mujer, un cuerpo vertido de luto que va despojándose poco a poco de lo más íntimo. Y en este aspecto vuelvo a uno de esos detalles únicos e inolvidables, a la interpretación de Natalia Millán: ese quitarse las medias cara al público, tal como lo hacíamos las mujeres en los años sesenta, con cuidado, porque había que volver a ponérselas al día siguiente. 

Cartel de la función del 2010-2011 de Natalia Millan

miércoles, 24 de febrero de 2016

Número 108. El alcalde de Zalamea. Dádivas quebrantan peñas

Sin salirnos del mundo del dinero, cierro la aproximación paremiológica a El alcalde de Zalamea de estas semanas con este otro refrán que tampoco aparece explícitamente en la obra, pero que sin embargo, no deja de ser decisivo en el desarrollo de los acontecimientos. 

Ya algún compañero de La Acequia ha puesto de relieve la importancia de la criada chismosa en el curso de los acontecimientos, una criada sin importancia, sin papel activo y sin personaje, pero cuya intervención es decisiva. 

Recordemos la voluntad de Isabel y su prima, temerosas de los soldados, de sustraerse a las miradas humanas recluyéndose en el desván, pero su fama ya había trascendido y Pedro Crespo no contó con que el servicio no iba a tener las mismas precauciones que él. Ante la curiosidad del capitán por la labradora, su sargento sabrá escudriñar los rincones de la casa y a quién preguntar:
Pregunté a una criada
por ella, y respondiome que ocupada
su padre la tenía
en ese cuarto alto y que no había
de bajar nunca acá; que es muy celoso.
No se dice aquí que haya habido dineros por medio a cuenta de la información. Todo parece haber ocurrido con una cierta naturalidad. ¿No había advertido Pedro Crespo a sus criados de lo que pretendía? ¿Eran ajenos los criados a lo que ocurría en los aposentos de los señores?

Antes de seguir al otro pasaje donde se menciona a esta criada indiscreta, hemos de detenernos en la situación de los criados en estas casas de labranza del siglo XVII. Provenientes del propio medio rural, muy probablemente de familias numerosas y sin recursos para mantener a la numerosa prole, los hijos que sobrevívían conseguían hacerlo prestando sus servicios desde muy niños en las casas acomodadas, donde por todo salario se les daba manutención y alguna pieza de ropa al año, normalmente de la que desechaban los propios señores. Hablamos de los afortunados, pues ya hemos visto lo que significaba servir a hidalgo hambriento y sin recursos: pasar hambre, frío y necesidad. 

Solían los criados vivir en torno al hogar donde encontraban la máxima comodidad a la que podían aspirar: un lugar donde tenderse a dormir no lejos del fuego, si fuego había, y algún «manjar» distraído de la alacena o la olla del amo. Los aposentos nobles y la comida principal les solían estar vedados, subiendo solo a los primeros a cumplir con sus obligaciones, y de la segunda, contentándose solo con las obras.

Numerosos son los refranes que nos hablan de la relación entre amos y criados, vistos estos como un signo externo más de la naturaleza de aquellos, el vestido del criado te dirán quién es su amo, pero a pesar de la generosidad que pudieran manifestar los señores, más de una falta deberían pasar estos criados que con tan poco se tenían que conformar.

vista norte del castillo de Chinchón tomada desde abajo
Castillo de Chinchón
¿Qué ha de extrañar que unas monedas puestas delante de sus ojos no iban a abrir todas las puertas? ¿De qué otra manera podrían procurarse estos criados algún capricho y remediar más de una necesidad?

No le fue difícil tampoco al capitán conseguir lo que quería.
Yo he de volver al lugar,
porque tengo prevenida
una criada, a mirar
si puedo por dicha hablar
a aquesta hermosa homicida.
Dádivas han granjeado
que apadrine mi cuidado.
Dádivas quebrantan peñas aparece ya en la colección del Marqués de Santillana, y de allí a todas las colecciones en sus numerosas variantes. El significado parece estar claro, pero por su interés y glosa temprana, recojo lo que aparece en el libro de los Refranes famosísimos glosados (2005: 131) sobre él, en el capítulo VIII dedicado a cómo adquirir la hacienda y usar de ella. Curiosamente aparece en un contexto que tiene que ver con pagar las deudas, al que hacíamos referencia en el comentario anterior:
Dádivas rompen las peñas. Dinero del no hace sí, y hacen justo al culpado, hacen del loco sabio, y sin ellos el más discreto es temido por asno; por tanto, si quieres alcanzar oficios y beneficios deshazte de tus amados y caros amigos y paga 
Poco hay que añadir a un hecho que estamos viendo todos los días, ¿qué de extraño hay que se pliegue al brillo del dinero una criadilla cuando sucumben a diario hombres poderosos y mejor situados y hasta las más duras rocas y fortalezas? Los distintos refranes que Cantera (2012: 198) reúne en la entrada de su refranero nos da una idea de que no solo las pobres mujeres, los jueces también sucumben, porque en definitiva poderoso caballero es don dinero:
El dar quebranta peñas. El dar quiebra las peñas. Dádivas quebrantan peñas y hacen venir a las greñas, refrán que remite a las peleas por unas pocas monedas entre gentes poco afortunadas (greñas). Gran fuerza hace el oro a la justicia. Duros hacen blandos. Los dones a los jueces corrompen. Cuando el dinero habla, todos callan. Gracias, dádivas y mundanos dones, tapan bocas y ciegan los corazones. A dádivas no hay acero que resista. Dádivas y buenas razones ablandan peñas y corazones. 
Y como estamos en año de conmemorar a Cervantes en sus obras, no podemos pasar la oportunidad de releer las razones de Sancho cuando, sometido a burla por los duques, dicen de darle palos, pues naturalmente también se sirvió de este conocido refrán en su defensa:
—Déjeme vuestra grandeza —respondió Sancho—, que no estoy agora para mirar en sotilezas ni en letras más a menos, porque me tienen tan turbado estos azotes que me han de dar o me tengo de dar, que no sé lo que me digo ni lo que me hago. Pero querría yo saber de la señora mi señora doña Dulcinea del Toboso adónde aprendió el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que me abra las carnes a azotes, y llámame «alma de cántaro» y «bestión indómito», con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. ¿Por ventura son mis carnes de bronce, o vame a mí algo en que se desencante o no? ¿Qué canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, aunque no los gasto, trae delante de sí para ablandarme, sino un vituperio y otro, sabiendo aquel refrán que dicen por ahí, que un asno cargado de oro sube ligero por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y a Dios rogando y con el mazo dando, y que más vale un toma que dos te daré? Pues el señor mi amo, que había de traerme la mano por el cerro y halagarme para que yo me hiciese de lana y de algodón cardado, dice que si me coge me amarrará desnudo a un árbol y me doblará la parada de los azotes; y habían de considerar estos lastimados señores que no solamente piden que se azote un escudero, sino un gobernador; como quien dice: «bebe con guindas». Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar y a saber pedir y a tener crianza, que no son todos los tiempos unos, ni están los hombres siempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo verde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella tan ajena dello como de volverme cacique (Quijote, II, 35).

Referencias 

  • Calderón de la Barca, Pedro (1636 = 1981): El alcalde de Zalamea. Ed. de José María Díez Borque. Madrid: Castalia. 
  • Campos, Juana G. y Barella, Ana (1993 = 1996): Diccionario de refranes. Madrid: Espasa Calpe.
  • Cantera Ortiz de Urbina, Jesús (2012): Diccionario Akal del refranero español. Madrid: Ediciones Akal.
  • Cervantes, Miguel de (1605, 1615 = 2005): Don Quijote de la Mancha. Francisco Rico (ed.). Instituto Cervantes. [En línea]: (http://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/default.htm), [consulta:24-02-2016].
  • Correas, Gonzalo (1627 = 2001): Vocabulario de refranes y frases proverbiales, ed. Louis Combet, revisada por R. Jammes y M. Mir, Madrid: Castalia. Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica, 19.
  • Marqués de Santillana (1508 = 1980): Refranero. María Josefa Canellada (ed.) Madrid: Editorial Magisterio Español.  
  • Núñez, Hernán (1555 = 2001): Refranes y proverbios en romance. Edición crítica de Louis Combet, Julia Sevilla, Germán Conde y Josep Guia. Madrid: Guillermo Blázquez, Editor; 2 vols.
  • Refranes famosísimos y provechosos glosados (1509 = 2005). Edición facsímil de la de Burgos, Fadrique de Basilea, 1509. Fermín de los Reyes Gómez (ed.). Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua.
Comentario para el club de lectura La Acequia.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Número 107. El alcalde de Zalamea. Dadme dinero y no consejos

recogida de la torna en la era
Recogiendo la torna (Pedro Ontoria)

Pedro Crespo, buen labrador, viene de la era, se muestra orgulloso de su cosecha, pero ese orgullo no lo comparte su hijo Juan, que ha preferido pasar la tarde, como probablemente otros hijos de labradores acomodados, jugando a la pelota.
            No sé cómo
decirlo sin enojarte.
A la pelota he jugado
dos partidos esta tarde,
y entrambos los he perdido.
Juan ha perdido en el juego lo que no tiene y debe acudir a su padre para que le remedie, pero este, hombre prudente, se apresura a aconsejarlo, porque siempre se dijo que del viejo, el consejo. 
Pues escucha antes de hablarme.
Dos cosas no has de hacer nunca:
no ofrecer lo que no sabes
que has de cumplir, no jugar más
de lo que está delante;
porque si por accidente
falta, tu opinión no falte.
Las deudas de juego había que pagarlas, iba la honra en ello. La honra, «gran prejuicio y plusvalía social de la época», según Díez Borque en nota al pie de la edición que manejamos. El mismo Rebolledo, algunas escenas después, pondrá como pretexto para cobrarse del capitán los favores que al ser hombre honrado debe pagar esas deudas:
el juego del boliche por mi cuenta;
que soy hombre cargado de
de obligaciones, y hombre, al fin, honrado.
La honra incluso entre los rufianes, pero volvamos a la escena entre Juan y Pedro Crespo.

A Juan no le gusta que el padre le sermonee, y así le responde:
El consejo es como tuyo;
y por tal debo estimarle
y he de pagarte con otro:
en tu vida no has de darle
consejo al que ha menester
dinero.
La idea de que debía darse a la vez consejo y remedio estaba muy extendida desde la antigua Roma, como vemos en el siguiente testimonio de 1550:
Gravemente yerran los que quieren más el dinero que el consejo, pues con lo uno se puede cobrar lo otro y sin lo otro se puede perder lo otro. Ley fue entre los romanos que el que no pudiese socorrer a otro, o remediar, que no curase de lo aconsejar. Mas por cierto el buen Tulio en el libro De amicitia mucho condena esta ley, porque mayor deudo tiene el amigo con el amigo, que no el pariente con el pariente (Pedro de Luján: Coloquios matrimoniales, 1550).
El refrán, no obstante, venía fraguándose de lejos en castellano, pues ya en un documento del siglo XIV encontramos vinculados consejos y dineros. El que la obra sea además un catecismo nos da una idea de que el vínculo estaba bien visto por la gente de respeto: 
Los doctores de las çiençias pecan [...] E pecan que callan la verdat por razón que non reprehendan a sí nin pecados en que están. Pecan otrosí en falsos consejos que dan por dineros (Pedro de Cuéllar: Catecismo, 1325). 
Fray Antonio de Guevara incide mucho en la idea en distintos pasajes de sus obras:
En los tiempos passados, quando yo era moço y tú eras viejo, tú a mí consejos y yo a ti dineros nos dávamos; mas agora que tus canas te sentençian por viejo y tus obras te accusan de moço, razón es que tú socorras a mi pobreza con dineros y yo a tu liviandad remedie con consejos (Fray Antonio de Guevara: Libro aúreo de Marco Aurelio, 1528)
En Reloj de príncipes la necesidad de ambas cosas aparece en distintos pasajes:
Y dígolo esto porque los amigos de mi padre siempre me socorrían con consejos y con dineros, y estas dos cosas éranme tan necessarias que no sé quál fuesse más necesaria; porque el hombre estrangero aprovéchase del dinero para remediar la enojosa pobreza y aprovéchase del consejo para olvidar el dulce amor de la patria (Fray Antonio de Guevara: Reloj de príncipes, 1529).
Pues os despido, yo sé que antes querréys para el camino pocos dineros que muchos consejos; pero yo quiero dároslo todo, conviene a saber: dineros con que caminéys y consejos con que viváys (Fray Antonio de Guevara: Reloj de príncipes, 1529).
Hallarás, hijo, un género de hombres, los quales son muy escassos de dineros y muy pródigos de consejos, ca son tan bien comedidos... (Fray Antonio de Guevara. Reloj de príncipes, 1529).
Para concluir en Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539):  
Al hombre bullicioso y orgulloso mejor le es andarse en la corte que no retraerse a la aldea, porque los negocios de la aldea son enojosos y costosos, y los de la corte son honrosos y provechosos. Sin encargarse de pleitos, ni tomar oídos puede el buen cortesano ayudar a los de concejo y favorescer a los de su barrio, es a saber, dándoles buenos consejos y socorriéndolos con algunos dineros.
En 1549 Pedro Vallés ya reflejó el refrán en su repertorio:
Dame dineros, no me des consejo 

Racimo de uvas y mano depositando una moneda en una especie de pequeña fuente

Pero sin lugar a dudas es Sebastián de Horozco en su Libro de los proverbios glosados (1570) el que nos da cumplida cuenta del refrán y hasta de su posible origen. Curioso que en un momento se diga que este refrán no existe en otras lenguas, que es típicamente castellano:
Dadme dineros y no me deis consejo.El maestro Alexio Vanegas en el libro que hizo en nuestro vulgar Agonía del tránsito de la muerte, en el tercero género de tentaçiones con que el demonio tienta a la ora de la muerte que son de los propios viçios particulares de las provinçias, a las fojas 67, en la 2ª coluna, tratando de quatro viçios que España tiene. El primero es el esçesso de los trajes, el 2º que en sola España se tiene por injuria el ofiçio mecánico. El 3 las alcuñas de los linajes. El 4 es que la gente española ni sabe ni quiere saber de este 4 viçio. Dize que naçió este proverbio y refrán castellano que en ninguna lengua del mundo se halla sino en la española donde solamente se usa que dize, "Dadme dineros, y no me deis consejo," por donde naçen muchas ocasiones de muchos y grandes pecados. Así que no es bien desechar el buen consejo y escoger los dineros porque vale más un buen consejo espeçialmente si es para salvaçión dell ánima que todo el dinero y riqueza del mundo si porque, Quid prodest homini si universum mundum lucretur, animae vero sue detrimentum patiatur? etc. 
Este es un proverbio de hombre muy confiado de sí o de hombre enojado que a sabiendas no quiere reçebir el buen consejo que se le da. Y menospreçiándole, dize estas palabras. Y este proverbio pudo provenir de lo que dixo don Gutierre Gómez, arçobispo de Sevilla, a la carta de mosén Diego de Valera al rey don Juan Segundo. Escríbese en las corónicas destos reynos. Espeçialmente lo escribe Esteban de Garibay, en su Compendio historial de las corónicas de España, en la 2ª parte, en el libro 16 tratando del rey don Juan 2º, en el capítulo 29, a las fojas 1223, número 4 que andando el dicho rey don Juan en grandes pasiones y bulliçios con muchos caballeros de su reyno, mosén Diego de Valera le escribió desde Segovia una carta llena de buena doctrina la qual leýda en consejo agradó a los demás. Pero don Gutierre Gómez de Toledo, arçobispo de Sevilla, respondió por todo el consejo, "Digan a mosén Diego de Valera que nos envíe gente o dineros. Que consejo no nos falta," palabras no dichas con madura deliberaçión. Pues es notorio que el buen consejo pesa y vale mucho más que todo el dinero y oro del mundo si no que el susodicho y los demás estaban fundados en sus propios intereses y los pretendían y no querían consejo que conviniese. Y así que este proverbio de, "Dadme dineros y no me deis consejo," no es de hombres querdos ni prudentes sino de hombres interesales y avarientos y apasionados y mal considerados (Horozco: Libro de los proverbios glosados, 1570)
El refrán aparece al pie de la letra citado en el siguiente texto anónimo de 1600: 
La Desdicha se casó con Poco seso, y tuvieron por hijos á Bueno está eso, Qué le va á él, Paréceme á mí, No es posible, No me diga más, Una muerte debo á Dios, Salir tengo con la mía, Ello se dirá, Verlo heis. Dadme dineros y no consejos, Aunque me maten. Diga quien dijere. Preso por mil, preso por mil quinientos; Qué se meda á mí, Nadie murió de hambre, No son lanzadas, Dineros son (Descendencia de los modorros, 1600)
En el Guzmán de Alfarache (1602) se insiste en la idea de que este refrán no existe en otras lenguas. ¿Será verdad? El refrán aparece como totalmente consolidado y conocido.
Son los españoles como los membrotistas que quisieron celebrar su nombre con el blasón de la torre; pues otro vicio tienen, que ni saben ni quieren saber; y por esto no sólo no buscan quien los aconseje lo que les cumple; mas al que por caridad quiere dar consejo de suyo (movido por lo que dice el Eclesiástico: a cada uno mandó Dios que tuviese cuidado sobre su prójimo), en lugar de agradecimiento le dicen que mire sus duelos y no cure de los ajenos, como si fuesen ajenos al pie los males de la cabeza; de donde nació el refrán castellano que no se halla en otra lengua: “Dadme dineros y no consejos” (Guzmán de Alfarache, parte II, libro I, cap. VII).
José de Valdivielso en su Vida de San José (1604),sin mencionar explícitamente el refrán vuelve sobre la idea de que consejos y remedios han de ir unidos: 
Y remediando los secretos daños.
Con dineros, consejos y prudencia. 
Pedro Espinosa le deja fácil a Juan la réplica para su padre cuando le pide dinero y recibe consejos en su lugar:
Y como no querer errar es el primer paso de la prudencia, y locura dorar al león la lana, tomaste al tiempo el pulso, y hallándole débil y oscuro (porque cuando pedías dinero te daban consejos), diste libertad al agua y al viento, cansados tres años de sufrir tanta majestad, y te retiraste con tres mil ducados de renta de tu hacienda menos, magnífico efecto de tu bizarría (Panegírico al señor don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, 1629).
Como hemos visto en los casos anteriormente comentados de refranes inmersos en El alcalde de Zalamea, Calderón lo que hace es recoger el espíritu y parte de la letra de refranes muy conocidos para adaptarlos a su propio estilo y al ritmo de la obra.

¿Y qué decía Correas (1627) de este asunto? 

Numerosos son los refranes sobre consejos que podemos encontrar en la colección, pero además del ya recogido por Vallés, queremos destacar dos que nos devuelven al mundo de las cosechas y las eras: 
Pues me dais el consejo, dadme el vencejo
y el complementario:
Pues no me dais el vencejo, no me deis el consejo
donde vencejo es el 'lazo o ligadura con el que se ata algo, especialmente las mieses' (DRAE).

Sin embargo, andado el siglo, ya se levantaron algunas voces prudentes, como la de Gracián, para advertir de que un buen consejo siempre era de agradecer: 
Sobre todo, que ninguno de oy más se atreva a dezir: No me den consejos, sino dineros, que el buen consejo es dineros y vale un tesoro, y al que no tiene buen consejo no le bastará una India, ni aun dos (El Criticón, 1657).
El refrán fue cayendo en desuso y a partir del siglo XVIII es difícil encontrar testimonios, aunque el Diccionario de la Academia lo incluyó en su edición de 1843 en la forma Dinero y no consejos, de la que dice que es expresión que «reprende a quien da consejos cuando no se le piden y mucho más si los da a quien tiene necesidad de dinero».

Hoy, junto a otros similares que aconsejan dar el remedio a la vez que el consejo, aparece en distintos trabajos, como en esta recopilación de Juliana Panizo que cita los siguientes: 
Dame consejos sanos y dinero para ejecutarlos.
Quien quita consejo, dé remedio.
Con un consejo y un duro, sale el hombre de un apuro.
Consejo sin remedio es alma sin cuerpo.
Consejo sin remedio es como la receta sin el medicamento.
Ley antigua: que ninguno dé consejo sin dar remedio.
También contamos con un testimonio oral actual bajo la variante El que da consejos no da dinero. Se trata de un fragmento de conversación recogido en nuestra tesis y en el que unas amigas comentan sobre consejos a la hora de comprar casas:
LR: Nos hablamos y eso pero (...)
IO: El que da consejos no da dinero.
LR: Si no te metes (…).
IO: El que da consejos no da dinero.
LR: Si no te metes no te pueden decir nada.
(Gumiel de Izán, 31/08/2006, IO: mujer de 55 años.)


Referencias

  • Calderón de la Barca, Pedro (1636 = 1981): El alcalde de Zalamea. Ed. de José María Díez Borque. Madrid: Castalia. 
  • Correas, Gonzalo (1627 = 2001): Vocabulario de refranes y frases proverbiales, ed. Louis Combet, revisada por R. Jammes y M. Mir, Madrid: Castalia. Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica, 19.
  • Panizo Rodríguez, Juliana (1997): 
  • «Paremias alusivas al "consejo"», RdF, núm. 204. [En línea]: (http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=164214), [consulta: 16-02-2016].
  • Real Academia Española: Corpus diacrónico del español (CORDE). [En línea]: (http://www.rae.es/recursos/banco-de-datos/corde), [consulta: 16-02-2016].
  • —: Nuevo tesoro lexicográfico. [En línea]: (http://www.rae.es/recursos/diccionarios/diccionarios-anteriores-1726-1992/nuevo-tesoro-lexicografico)[consulta: 16-02-2016].
  • Ugarte García, María del Carmen y Postigo Aldeamil, María Josefa (dir.) (2012): Paremias y otros materiales de tradición oral en la Ribera del Duero. Estudio etnolingüístico y literario. Tesis doctoral. [En línea]: (http://infoling.org/search/tesis/ID/106#.VsRBv_nhDIU), [consulta: 16-02-2016].
  • Vallés, Mosén Pedro (1549 = 2003): Libro de refranes y sentencias de Mosé Pedro Vallés. Ed. de Jesús Cantera Ortiz de Urbina y Julia Sevilla Muñoz. Madrid: Guillermo Blázquez, Editor.
Contribución a la lectura de El alcalde de Zalamea en La Acequia.