miércoles, 3 de febrero de 2016

Número 105. El alcalde de Zalamea. La hambre despierta el ingenio

El mundo de los hidalgos venidos a menos, que tanto nos recuerdan al Lazarillo, está presente también en esta obra de la mano de don Mendo y Nuño, su criado.

Don Mendo es pobre pero conserva el orgullo de clase. Su hidalguía no procede de compra sino familiar mediante ejecutoria. En el medio rural de Zalamea, don Mendo representa ese último estado de la nobleza que se ve obligado a contraer matrimonio con alguien de rango inferior, pero con dinero, para poder mantener su casa y su linaje. El hidalgo rural pasa hambre, pero lo disimula como puede, aunque a nadie engañe, ni tan siquiera a sí mismo. Isabel, la hija de Pedro Crespo, ha sido la elegida por el hidalgo, pero Isabel no aguanta sus requiebros, ni tan siquiera que le corra la calle.

Nuño es su criado, que da el contrapunto realista a la figura del hidalgo, tratando de poner en su sitio ese orgullo de clase desmedido, ese don sin din, del que tanto alardea su amo. Nuño es ingenioso, de lenguaje vivo y agudeza de ingenio que le lleva a réplicas y parlamentos conceptistas propios de la figura del gracioso, sacando punta al doble sentido que puedan tener algunas de las palabras pretenciosas del hidalgo. El diálogo agudo entre amo y criado es digno de leer despacio. Fijémonos en uno de esos refranes que aparecen encubiertos en la conversación.

La hambre despierta el ingenio

Buena parte de la conversación entre amo y criado gira en torno a la necesidad o no de comer, y a la inferior categoría de ciertos alimentos, como los ajos y cebollas, más propios de villanos que de hidalgos. Se hace necesario recordar la recomendación de don Quijote a Sancho de no comer ni ajos ni cebollas «para que no saquen por el olor tu villanía». Presume don Mendo de la hidalguía de su padre, que nunca comió cebollas:
Nuño:
¿Luego tus padres comieron?
Esa maña no heredaste.
Don Mendo
Esto después de convierte
en su propia carne y sangre;
luego, si hubiera comido
el mío cebolla al instante
me hubiera dado el olor
y hubiera dicho yo: «Tate,
que no me está bien hacerme
de excremento semejante» (143).
Nuño tensa la cuerda acerca de los excéntricos pensamientos de su amo: 
Ahora digo que es verdad,
... que adelgaza la hambre
los ingenios (143-144). 
El refrán El hambre (la necesidad) agudiza el ingenio era ya bastante conocido en la época. Correas lo recoge en la forma La hambre despierta el ingenio, que tiene el mismo sentido que este otro también recogido por Correas: La necesidad hace maestros. Ahora bien, fijémonos en que aquí Nuño lleva la contraria al refrán para declarar que en el caso de su amo, lo que ha hecho el hambre ha sido mermarle la inteligencia. 

A los espectadores de la época no se les debía escapar este juego de palabras, ya que los testimonios en la literatura eran numerosos. Estamos ante una versión en castellano de uno de los adagios latinos de Erasmo más popular: Necessitas magister, al que Alonso de Palmireno (1560) había dado forma «definitiva»: La hambre despierta el ingenio (Colón Domènech, 2004).

No obstante, el refrán llevaba ya tiempo en la literatura, aunque sin encontrar una forma definitiva. Veamos este parlamento de Parmeno en La Celestina (circa 1500): 
La necesidad y pobreza, la hambre. Que no hay mejor maestra en el mundo, no hay mejor despertadora y avivadora de ingenios. ¿Quién mostró a las picazas y papagayos imitar nuestra propia habla con sus arpadas lenguas, nuestro órgano y voz, sino ésta?
Es curioso ver cómo un siglo después siguen apareciendo las mismas aves como ejemplo de ese aprender por necesidad en el Guzmán de Alfarache (1599):
Mas, ya tengas necesidad o te pongas en ella —que es lo que mejor puede creerse—, allá te lo hayas, mis duelos lloro. Ella es maestra de todas las cosas, invencionera sutil, por quien hablan los tordos, picazas, grajos y papagayos.  
Nos hemos saltado en el tiempo al Lazarillo, pero volvemos hacia atrás para dar cuenta de este importante testimonio:
Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta siempre, noche y día estaba pensando la manera que tendría en sustentar el vivir. Y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí (Lazarillo de Tormes, 1554).
Avanzado el siglo encontramos que la fórmula se va ya cristalizando, muy probablemente por influencia de Palmireno, quizá el poeta al que se refiere este párrafo. La introducción de marcadores nos lleva a ese carácter de discurso repetido:
Para mayor declaración, que como a otro propósito se dice por el poeta que la hambre pone ingenio, ansí aquí da fuerzas; y que no por ser más vigoroso el corazón que el hígado, y el hígado que el ventrículo, tiene siempre más potencia de atraer, si no hay en igual o en poco menor necesidad (Juan de Pineda: Diálogos familiares de agricultura cristiana, 1589).
En el siglo XVII los testimonios son abundantes. Muy al principio una obra fundamental en nuestra historia paremiológica, El guitón Onofre, la recoge: 
No sabe mucho el sabio que no se puede aprovechar a sí mesmo; que, aunque yo no lo sea, en la sciencia de buscar la vida bien podía poner escuela. La necesidad aviva el ingenio, y yo que no era lerdo: juntóse Sancho con su rocín (Gregorio González: Guitón Onofre, 1604).
No solo aparece en obras literarias sino también en otros géneros:
En esto se aventajan los mineros de Potosí a todos los del mundo (que muy bien, sin haberlo todo visto, se puede afirmar), porque la necesidad los ha hecho maestros (García de Llanos: Diccionario y maneras de hablar que se usan en las minas 1609).
Cervantes también la usó al menos en dos de sus obras: La gitanilla (1613) y la Comedia famosa de la entretenida (1615):
De todo hay en el mundo, y esto de la hambre tal vez hace arrojar los ingenios a cosas que no están en el mapa (La gitanilla, 1613).
Capigorrista soy tuyo,
y como padezco hambre,
tengo sotil el ingenio,
y en dar consejos soy sacre Comedia famosa de la entretenida).
Quevedo lo incluyó en sus Poesías, también acompañado de un marcador: ompincluyendo un marcador, «dicen»:
Menos veces vomito que bostezo
la hambre dicen que el ingenio aguza,
y que la gula es horca del pescuezo (Poesías, 1597-1645).
Y aún encontramos por lo menos otros dos testimonios pertinentes:
La necesidad suele decirse que hace maestros, pero yo no diré sino la experiencia, y que es madre del saber y del buen gobierno: por eso dice Tulio que el entendimiento, la razón y consejo estaba en los viejos, porque, como ya caídos en las cosas y ejercitados en todo, podían gobernar las repúblicas; lo que no tienen los mozuelos de pocos años (Jerónimo Alcalá Yáñez y Ribera: El donado hablador Alonso, mozo de muchos amos, 1624).
Y coetánea a El alcalde de Zalamea en las Aventuras del Bachiller Trapaza de Castillo Solórzano:
Viéndose, pues, sin blanca, como la necesidad aviva el ingenio, dio Trapaza en un capricho para tener dineros, que les remedió por entonces aquella necesidad. Diole motivo para él ver la disposición de cara y talle de su compañero, el cual era lampiño, sin pelo de barba, por ser muchacho (Aventuras del Bachiller Trapaza, 1637).
El refrán que recogiera Correas bajo dos formas ha llegado hasta nosotros también en esos dos ropajes: El hambre agudiza el ingenio y La necesidad hace maestros. De ambas formas Google nos muestra numerosos ejemplos de uso en la actualidad.

Bibliografía
  • Calderón de la Barca, Pedro (1636 = 1981): El alcalde de Zalamea. Ed. de José María Díez Borque. Madrid: Castalia. 
  • Colón Domènech, Germán (2004): «Los Adagia de Erasmo en español (Lorenzo Palmireno, 1560) y en portugués (Jerónimo Cardoso, 1570)», Revista de Filología Española, 84, enero-junio, 2004. [En línea]:   (http://xn--revistadefilologiaespaola-uoc.revistas.csic.es/index.php/rfe/article/viewFile/96/95).
  • Correas, Gonzalo (1627 = 2001): Vocabulario de refranes y frases proverbiales, ed. Louis Combet, revisada por R. Jammes y M. Mir, Madrid: Castalia. Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica, 19.
  • Real Academia Española: Corpus diacrónico del español (CORDE). [En línea]: (http://www.rae.es/recursos/banco-de-datos/corde), [consulta: 2-2-2016].



5 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Qué buen análisis.
¿El hambre agudiza el ingenio? Sí, a veces también el servilismo. Pero es un buen motor de cambio, sin duda. La cosa es decidir hacia dónde. A veces el hambre incita a emprender, a veces a la solución fácil. Más cornás da el hambre.
Lo malo del hambre es que muchas veces no se quita trabajando.
Comenzamos una nueva aventura lectora.

Ele Bergón dijo...

Parece, según nos cuentas, que en la literatura prima más eso de que el hambre agudiza el ingenio que lo argumentado por Nuño. ¿ El hambre agudiza el ingenio o lo adelgaza? Desde luego siempre el hambre adelgaza en el cuerpo ¿ o no? y puede que en algunas ocasiones lleve razón Nuño, si no tienes para comer, el azúcar no llega al cerebro y entonces no puedes pensar. En fin, son disquisiciones mías.

Me gusta mucho estos diálogos picarescos y sin embargo en la obras de teatro televisada la eliminan, me imagino porque no afecta al núcleo central de la obra y supongo que por problemas de tiempo. No sé pero es así .

Besos

La seña Carmen dijo...

Nuño tiene una visión más "física", el debilitamiento intelectual como consecuencia del debilitamiento físico, pero la visión clásica es que el hombre hace todo lo posible por procurarse el alimento o por satisfacer las necesidades básicas, así que en proporcionarse lo esencial pone toda su inteligencia y esta se va desarrollando más y más cuanto más son las dificultades.

Ciertamente no forma parte esencial porque don Mendo apenas tiene papel en la trama fundamental, que se resuelve "en familia". Hay muchas razones para cortar las obras, que no siempre son el tiempo, y por supuesto se trata de que afecten lo menos posible al núcleo central.

Sin embargo, Calderón creó esos personajes secundarios y les dio habla por algo.

Abejita de la Vega dijo...

Las versiones televisivas prescinden del hidalgote y su criado, Luz me lo advirtió y lo pude comprobar. Y tienes razón, yo también pienso que Calderón los puso con toda intención.

Hambriento el señor, hambriento el criado y hambriento el caballo. Piensa en casarse con Isabel, pillar la dote y, cuando se canse de ella, dice que la mandará al monasterio burgalés de las Huelgas, nada menos. Un cenobio que era para damas linajudas y ricas. Calderón carga las tintas en el carácter ridículo del personaje.

Nuño está muy ingenioso con eso de que el hambre adelgaza el ingenio. Don Mendo como si no fuera con él el tema. ¿Hambre? No, por Dios.

El hambre ocupa un lugar en nuestra literatura, si sólo hubiera estado en los libros...

Un placer leerte, Carmen. Un abrazo.

La seña Carmen dijo...

Está claro que cuando el hambre estaba en la literatura es porque estaba en la realidad, pero también me creo que se trataba de ocultar lo más posible. Un poco como ahora: hemos salido de la crisis.