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martes, 4 de enero de 2022

Núm. 259. Bocigas de Perales

La primera vez que puse el pie en Bocigas de Perales fue por casualidad, la segunda la recuerdo de paso, y la tercera ha sido una visita a conciencia. No podía perder la oportunidad de dejarme impresionar otra vez por ese pueblo.

De la mano de mi amiga Lola, que tiene una habilidad especial para establecer contactos y abrir puertas, hemos recorrido ese camino desde nuestros pueblos respectivos hasta Bocigas por carreteras poco transitadas, pero que dicen mucho de estas tierras.


Farallones kársticos rojizos a lo alto y recortados en el horizonte

Hemos dejado a nuestra izquierda Cuzcurrita, pueblo abandonado de esta Ribera, con el esqueleto de su iglesia, las paredes de un lagar y las bodegas, casi de cuento, que se abren en la falda sur de la cuesta que protege el pueblo. Sí, bodegas al sur.

Arquivoltas de la portada de la iglesia románicaia
Aparcamos en la parte alta, al lado de una construcción modesta pegada a la roca, es el bar, uno de nuestros objetivos, pero está cerrado. Los otros dos son visitar la iglesia y conseguir lotería, que reparte el encargado del bar, así que bajamos hacia el centro del pueblo, a ver si hay suerte con el segundo de nuestros propósitos.
 
En llegando al pueblo, que está más cerca de lo que parece -las rayas de los mapas suelen ser engañosas-, Lola conduce segura hacia la parte alta. Al pasar por delante de las bodegas, recuerda que otra vez que estuvo había un señor en una de ellas elaborando vino. Los farallones kársticos rojizos, que dan carácter al pueblo, nos vigilan.
Todo el pueblo parece dormido, y así es. Ha desaparecido de la puerta de la iglesia   a el número de teléfono al que hay que llamar para las visitas. No es temporada -nos dirán luego-, pero nosotras estamos dispuestas a cumplir nuestros objetivos. Es pronto y todavía queda luz, y de acá para allá podemos disfrutar del pueblo, de su canalillo por el centro, de los árboles desnudos del paseo, de sus casas de adobe, de esos restos de arquitectura tradicional.

Casa baja de adobe visto, pequeña ventana y chimenea. Delante un banco públicoConstrucción de adobe antigua, abandonada, probablemente recinto para guardar ganado
Tenemos tiempo de subir hasta lo alto, el camino es realmente accesible, se llega con facilidad arriba donde la «torre», que parece la espadaña de una antigua iglesia, con su cruz coronándola, dos ojos de vacías campanas y una cesta, también vacía, que espera recibir a alguna cigüeña, vigila caserío, tierras, farallones y carretera. La vista es fantástica. 

 

 

Se puede ver un rebaño de ovejas en la lejanía Vista del pueblo desde lo alto de las rocas

 

Por los caminos que conducen al pueblo vemos volver algún tractor de sus faenas, algún coche de vuelta de las naves de ganado, situadas a distancia del pueblo; un rebaño regresa también perezoso al redil. Desde esa perspectiva, todo se mueve lentamente, demasiado lentamente.  Arquitectura rural. Casa de fachada en fuerte rojo y pequeño soportal abajoCsass

El pueblo guarda todavía el sabor del adobe, pardo, rojizo, a juego con el color de esas esculturas que la Naturaleza ha esculpido a lo largo de los años. Bocigas tiene también sus casas nuevas, que nos revelan cierta prosperidad en los que allí se quedaron, o los que marcharon, pero volvieron por vacaciones.

Probamos a ver si hay más suerte y conseguimos contactar con el dueño del bar y la señora que enseña la iglesia. Conseguimos un teléfono, el del bar anda repartiendo lotería por esos pueblos, pero no tardará en volver; el hijo de la señora que enseña la iglesia, de vacaciones en el pueblo, nos dice, nos trae a su madre, que andaba en sus cosas y no oía las llamadas en la puerta, porque ¿quién va a ir, si no es temporada?

La iglesia nos recibe ya entre dos luces, con la portada románica y la ventana del ábside iluminados. En el interior, Pilar nos llama la atención sobre las pinturas que se hallan en el presbiterio.  

Presbiterio. Altar barroco y pinturas murales

Recuperadas hace una década, vemos al lado izquierdo tres santas mártires. La rueda de santa Catalina de Alejandría se distingue perfectamente; las otras dos, sobre todo la del centro, no muestran tan claramente su identidad.

Enfrente, Pilar nos llama la atención sobre los tres ángeles músicos, porque es una composición rara lo de hallar estas tres figuras formando un conjunto. No somos expertos, y salvo el arpa del ángel de la derecha, y un posible pandero cuadrado que toca el del centro, el de la izquierda nos resulta irreconocible. Pilar tampoco sabe qué instrumentos tocan, y está esperando la documentación del obispado, que no termina de llegar, con la información pertinente.

 Pintura de los tres ángeles músicos  Pintura de las tres mártires


 

Las pinturas del techo, donde posiblemente habría un pantocrátor, se han perdido para siempre debido a unos probables desperfectos antiguos en la techumbre. Aun con estas carencias el resultado merece la pena. 

El altar es barroco, presidido por san Pedro en su cátedra, y en la nave lateral, añadida con posterioridad se suceden distintas imágenes.  La Virgen del Rosario, San Pedro Apóstol, que se saca en procesión y da nombre a la iglesia, santa Bárbara, san Isidro, san Antonio... ¡Y san Isidoro!, cuya fiesta, el cuatro de abril, se celebra en una ermita cercana. Ese día se bendicen los campos y se da un refresco a los concurrentes.

La patrona del pueblo es la Virgen del Vadillo y tiene su casa al otro lado del pueblo, justo al lado del cementerio. A finales de octubre se celebra su fiesta, junto con las de los «Frutos Recogidos», dando gracias por el final de la cosecha. Ese día se enciende una hoguera junto a la fuente de la plaza, pero «solo para calentarse», nos aclara Pilar, y sobre las ascuas los jóvenes hacen una merienda.

De vuelta al bar, alguna otra construcción característica nos indica que estamos en tierra de adobes. 

transformador de la luz construido en adobe

Ya se ha hecho de noche. La luz del bar está encendida. Un voluntario con llave lo ha abierto y encendido la estufa. Dentro hay un ambiente acogedor. Lola no duda en hacerse voluntaria también y tirar cañas y preparar infusiones.

Hemos conseguido los objetivos que nos proponíamos.


martes, 1 de junio de 2021

Núm. 249. San Martín de Rubiales

En trigos verdes
Una amapola sola.
Carmen lo capta.
(Luz del Olmo)

 
una amapola en medio de un campo de cebada aún verde.a a

Aunque la foto no salió como se esperaba, abro la visita a San Martín de Rubiales con el haiku que le brotó a mi amiga Luz del Olmo, cuando me paré a hacer una foto al siempre elegante pimpirigallo.

Fue en una visita a uno de los varios pueblos de la Ribera del Duero incluido en el programa «¿Te enseño mi pueblo?». 

Por la vega

Tere, una de las dos riberizadoras de San Martín, llegó puntualísima a la cita, en el parquecillo Crisanto Bascones, sacerdote que dinamizó el pueblo y dejó por escrito algo de su memoria [1]. Allí mismo está, todavía en buen estado de conversación, uno de los dos lavaderos del pueblo, uno a la parte de arriba, y este, a la parte de abajo. Como era habitual, las mujeres debían lavar arrodilladas -¿qué pecado habrían cometido para imponerles esa penitencia también en los lavaderos?- y quedaban bien separadas los pilones de lavar y aclarar. La ropa, que se tendía al verde en los alrededores, se subía a casa ya seca. 

Se subía, porque San Martín de Rubiales es un pueblo en cuesta con dos únicas calles, una larga y longitudinal, la calle Real, y otra transversal, más pequeños callejones sin salida; un pueblo, sin duda, de trazado singular.

Rubia tinctorum - Köhler–s Medizinal-Pflanzen-123

El apellido Rubiales le viene de la abundancia de esa planta en los alrededores; San Martín, población y nombre, se añadieron después. Camino de la ermita de San Juan, Tere nos habla de la historia de Rubiales y de cómo los moros, con Almanzor al mando, arrasaron el pueblo probablemente en más de una ocasión. Leyenda e historia documentada se funden al pie del cerro Socastillo en la ladera denominada Cementerio de Moros.

La ermita de San Juan es un ameno lugar vigilado por altos cipreses. No destaca por sus valores arquitectónicos, aparte de la solidez de sus muros, pero sí por las chocolatadas y recuerdos relacionados con la festividad en la memoria del pueblo. La imagen del santo se mantiene en la iglesia, entre otras razones, para disuadir a los rapiñeros de obras de arte.

El molino y la fábrica de harinas, que tuvo una gran producción hasta bien avanzado el siglo XX, se nos muestran hoy en ruinas, llenas de nostalgia y maleza. Al otro lado del río y del puente, quedaba la estación del desaparecido ferrocarril Valladolid-Ariza. Tere refresca las reticencias que hubo entonces, en el siglo XIX,  entre los propietarios a ceder las tierras, y el beneficio que trajo después. Hoy recordamos lo remisos que son los bodegueros de la carretera de Valladolid a dar facilidades para el trazado de la autovía. Ellos ya tienen su negocio; el bien común -¿eso qué es?- no les importa, y el tránsito por la antigua carretera se hace cada día más penoso: numeroso tráfico, mal asfaltado, limitaciones continuas de velocidad...

Cauce del Duero con árboles, vegetación y el agua corriendo

 

El puente sobre el Duero, al sur de la villa, ha pasado por distintos momentos a lo largo de su vida. Además del puente, por el que pasó algo de la historia, debió haber también un vado, pues Tere recuerda que siempre hubo fincas a ambos lados del río. Nos asomamos al pretil y el Duero sigue saltarín su camino. En otro tiempo se pescaban anguilas en él, nos ha explicado Tere al hablarnos de las rentas que pagaban los molineros a los señores. 

Un palomar y una casilla de eras, a izquierda y derecha, nos flanquean la vuelta al pueblo, desde donde retomaremos el recorrido urbano, calle Real arriba hasta llegar a la iglesia. 

La iglesia de San Martín

Se accede a ella por una soberbia escalinata. El imagen del santo, bastante deteriorada por las inclemencias del tiempo, la preside. Destaca también el husillo adosado de subida al campanario. En la parte de atrás, dos ventanas más propias de palacio que de iglesia, destacan en la pared, por donde inevitablemente pasa un cordón de la luz. 
ventana gótica. En origen debía estar partida.
 
¿Cuándo se preocuparan las grandes empresas de infraestructuras de respetar el patrimonio?
 
Dentro nos reciben dos naves soberbias, una crucería gótica cubre todo el templo. Es una construcción sólida y sobria. En las paredes se reparten imágenes de distinta época y estilos. El retablo es barroco y en él son de notar sus columnas con hojas de vid, de las primeras de la provincia en usar esta decoración.
 
En el frente del soberbio coro queda impresa la leyenda que habla del mayordomo que procuraba por los bienes de la parroquia y que debía rendir cuentas periódicamente.
 
Estamos en lo más alto del pueblo. Arriba quedan los otros lavaderos, y en el mes de mayo se pinga el mayo, costumbre recuperada a raíz de la celebración del milenario.
 
Contrapicado que recoge un trozo de árbol a la izquierda, el husillo, la torre y parte de la fachada en el centro, y farol con esquina a la derecha lpeu re
Iglesia de San Martín

 

Notas:

[1] Mi tierra: San Martín de Rubiales (1999) y Dichos y apodos de San Martín de Rubiales (2003).

Aclaración: lavaderos en buen estado de conversación. Errata involuntaria, pero una vez descubierta, dejemos a los diablillos de la imprenta hacer su trabajo, ¿acaso no se conversaba y mucho en los lavaderos?

martes, 1 de octubre de 2019

Núm. 213 Arauzo de Salce

Hace ya bastantes años, una tarde de febrero, me dejé caer por esos pueblos, y aterricé en Arauzo de Salce. Ahora he vuelto de la mano del proyecto «¿Te enseño mi pueblo?», y de Ricardo, que ha sido nuestro guía en eso de enseñarnos el suyo.

fachada de ladrillo rojo con ornacina ocre en la que hay colocado un puchero de barro
Detalle de una fachada en la plaza Mayor
Por el camino a Arauzo, pasado Caleruega, vemos cómo el paisaje cambia, que vamos dejado atrás la Ribera. Está todo más verde, todo más húmedo, porque todo nos anuncia que estamos en los primeros pueblos de la Sierra.

El topónimo Arauzo, que comparten tres pueblos, es, según algunos estudios, de origen euskérico y vendría a ser 'valle'; Arauzo de Salce sería pues 'el valle de los sauces', o salces, como los llamamos por aquí, y pobladas de salces estuvieron las riberas del Aranzuelo hasta mediados del siglo XX. Entonces, a los pobres árboles se les acusó de ser los causantes de numerosas enfermedades a los habitantes de Arauzo de Torre, y perecieron víctimas de feroces talas. Aun con todo, el Aranzuelo serpentea y deja en sus orillas amenos paseos que invitan a recorrerlos. 

El pilón en primer plano, los caños en segundo
Plaza Mayor, los cinco caños de la fuente y el pilón
Al hermoso pilón de la plaza, ya solo tiran a los novatos y a algún pardillo, pero de los cinco caños de la fuente sigue saliendo agua sin interrupción, agua que viene de una laguna cercana. Agua muy fuerte, con gran sedimento mineral, que llega sin ningún tipo de tratamiento al centro del pueblo.

¡Ojo con beberla, que a los no acostumbrados les puede producir dolor de tripas!

Puede que lleguen con esas aguas aún, algún resto de las monjas que se ahogaron con sus caballerías en ella una noche de tormenta. Las monjas iban de Caleruega a Silos, pero de ellas nunca más se supo. Leyendas que corren de pueblo en pueblo, de voz en voz, de generación en generación, y que si no son ciertas, bien merecieron serlo.

Al lado del pilón, la modesta ermita de la Virgen de las Angustias, que salvo en los grandes días sirve para el culto ordinario. Es la patrona del pueblo y se celebra en abril, aunque las fiestas son a mitad del verano, el 15 de agosto cuando se celebra la Asunción de la Virgen, al igual que en muchos pueblos de España.

Al igual que en otros pueblos, en Arauzo también se ha creado una asociación para animar sobre todo la vida del verano, porque en invierno cada mochuelo vuelve a su olivo y Arauzo se queda dormido, plegado sobre sí mismo.

Tiene unos sesenta habitantes censados, pero normalmente no viven más arriba de cuarenta. La secretaría del Ayuntamiento está abierta un día a la semana, y un día a la semana hay consulta de medicina general y otro día de enfermería. Hay cuatro niños en el pueblo, que se desplazan a Huerta para ir a la escuela, o a Aranda, para ir al instituto, no sin dificultades por lo estrecho de la carretera por la que circula el minibús.

Las casas de Arauzo son modestas, en otro tiempo de mampostería la parte de abajo, o aprovechando las piedras de la vecina Clunia, y de adobe la parte de arriba. Hoy aparecen casi todas cerradas, según podemos apreciar según subimos calle Gumiel arriba, hacia la iglesia.

Cuentan que el pueblo primitivo, construido alrededor de la iglesia, situada en un altozano, se quemó y sus habitantes lo reconstruyeron algunos metros más abajo, alrededor de la ermita de la Virgen, quizás reclamando una protección más cercana de su patrona.

Al lado de la iglesia, uno de los árboles emblemáticos de la provincia, el moral al que le cuentan quinientos años, o puede que más. Probablemente, iglesia y moral nacieron juntos, y juntos siguen; a los morales siempre se les ha dado un carácter protector y mágico.

Asomarse a las entrañas del moral, tratando de desvelar sus secretos, es una tentación a la que no nos podemos resistir.
primer plano del hueco del moral
Detalle del tronco del moral
Estamos a casi mil metros de altitud y el aire serrano se nota.

La iglesia presenta un porte magnífico, sólida, con importantes piedras de sillería en la torre y ábside. En el campanario dos potentes campanas repican los días de fiesta.

Al lado de la portada hay una  piedra conmemorativa de una tal doña María, señora principal que hizo varias donaciones a la iglesia, y que está enterrada, junto a su esposo, en el interior, bajo una lápida de cristal. Este es uno de los tesoros que guarda la iglesia, el otro un arco procedente de la iglesia de Arauzo de San Miguel, pueblo que estuvo cerca de donde hoy se eleva un embalse, y que desapareció hace tiempo. Lamentablemente Ricardo no puede enseñarnos estos tesoros, porque las llaves no han llegado a tiempo.

bloque rectangular apoyado en el suelo con inscripción
Piedra conmemorativa en recuerdo de la benefactora

Alrededor de la iglesia varias estelas, probablemente procedentes de la Edad Media, delimitan de alguna forma este recinto sagrado.

Estela con una estrella de ocho puntas grabada
Estela al pie de la iglesia
Bajamos de la suave colina donde está la iglesia, y atravesando el pueblo, nos llegamos hacia la zona recreativa de las afueras no sin antes detenernos ante un sauce centenario e interesarnos por los productos de la huerta de uno de los arauceños.

Tras el parque se adivinan los restos del molino, y hacía él nos dirigimos por una senda donde crecen toda clase de yerbas aromáticas y alguna que otra ortiga. El molino estuvo en funcionamiento hasta los años 60, y aparte de moler las talegas, daba un pequeño aporte de luz al pueblo.

Volvemos sobre nuestros pasos y tras atravesar el río por el puente de las Huertas, emprendemos la subida al embalse.

El embalse, alimentado por bombeo y por un arroyuelo, se presenta como una impresionante y refrescante mancha azul. Su perímetro puede llegar hasta los cinco kilómetros. El agua será aprovechada aguas abajo mediante una serie de canalizaciones; en unos cuatro millones de euros está presupuestada la obra, según informan unos carteles.

vista parcial del embalse
Embalse
Bajamos del embalse camino del roble de San Miguel, amplio, acogedor. Le suponen más de mil años, y en sus aledaños estuvo en otro tiempo la iglesia del desaparecido Arauzo de San Miguel, cuyo arco rescatado está ahora en la iglesia principal del pueblo. En las tierras alrededor del roble se han encontrado en diferentes épocas restos de la actividad doméstica que tuvo lugar allí.

Roble de San Miguel
 
Volvemos al pueblo cruzando un endeble puente de madera sobre el Aranzuelo. Las lluvias de septiembre han dejado buen venero, y Ricardo nos informa de que pueden encontrarse buenos berros en la época adecuada.

Dejamos a un lado, la arboleda, el campo de fútbol y el manantial que alimenta la fuente de la plaza y que guarda el secreto de las monjas ahogadas.

Todavía tenemos que subir al cerro de las bodegas, y disfrutar desde allí de la vista del pueblo y el valle. De nuevo en el caserío, Ricardo nos muestra algunas de las piedras que hoy están en las fachadas de las casas y en otro tiempo formaron parte de Clunia.

El cauce del molino da frescor a un conjunto de casas que miran por la parte trasera a las huertas y alegran la vista con pequeños jardincillos. Un camino lleva directamente al molino.

Nos despedimos en la plaza, y damos por finalizada la visita y no sin la promesa de volver otra vez para visitar con detenimiento la iglesia, la ermita y alguna de las bodegas.

sábado, 14 de julio de 2018

Número 191. Los quintos de Villalba de Duero

Recuerdo de otras veces cuando he estado en Villalba de Duero —sí, ese pueblo donde cada habitante lleva un carga piñas— de haberme llamado la atención las numerosas pintadas referidas a los quintos: ¡Viva los quintos de...!, rotulado por cualquier parte del pueblo, en algunos casos con la pintura ya muy desvaída, la tradición que se acumula año tras año.

Casa vieja, balcón muy deteriorado, pintadas devaídas, 2003 y la placa de Plaza de la Libertadadseniad


En mi última visita tuve ocasión de comprobarlo con más detenimiento, vi unos carteles rojos, bien rotulados con la leyenda «Los quintos/as de 2018 os desean felices fiestas», en el ayuntamiento, en la iglesia —afeando su fachada, todo sea dicho—, en las esquinas y colgando de los balcones de las casas, señal inequívoca de que allí probablemente vivirá un quinto o una quinta. En algunos balcones todavía pueden verse acumulados los de años pasados, porque la tradición está sin duda arraigada.

Viva los quintos/as del 2015. Vivan los quintos del 2010 (desvaído)

Ahora bien, vayámonos a los grandes grafitis, los que ocupan paredes enteras, tapias de solares semiabandonados, sírvanos de fondo la esbelta espadaña de su iglesia con sus inevitables moradoras, las cigüeñas. 


Tapia con distintas pintadas sobre los quintos  y al fondo la iglesia

Siempre hay que dejar un hueco para la pequeña transgresión: ¡Vivan los tintos!, y alguno seguro que quiso añadir: «... y los claros». Siempre hay un hueco para meterse con el pueblo de al lado: Villalba capital, Aranda sucursal, aprovechando lo fácil de la rima, y entre medias el ineludible cartel de «se vende», cartel demasiado presente en todos los pueblos de Castilla. No se venden casas, viejas o nuevas, se venden pueblos enteros, a pesar del empuje y buen humor de los quintos del siglo XXI. 
  
Fachada blanca con múltiples pintadas alusivas y un cartel de "se vende"


Algunos se han empleado a fondo en los colores: ¿2018? o ¿quizá venga desde el 2013? No deja indiferente esta pintada a los conductores que toman la curva en la travesía del pueblo.

Multicolor pintada rodeada de nombres: Quintos 2018

Leire, Elisa, Adri Efrén, Isma, Edu, Rubén...  Puede que la mayor parte de ellos  no vivan en el pueblo, en todo caso, lo más seguro es que el curso que viene tengan que dejar su hogar para ir a estudiar lejos, o cerca, pero fuera de casa y de su pueblo. Su espíritu quedará allá por lo menos el primer invierno, luego se irá destiñendo, perdiendo fuerza y disolviéndose en el ir y venir de la vida.

miércoles, 26 de julio de 2017

Número 167. Fuentelisendo

Había pasado siempre con prisas por Fuentelisendo, con la prisa del que pasa por la carretera camino de otro lugar: los 50 por hora a los que obliga la travesía dan para apreciar un puñado de casas, y una iglesia en lo alto, como asomada a un balcón y poco más. 

Y digo lo del balcón a propósito, porque ya dentro, a poco que camine por sus calles en busca de la iglesia, uno se da cuenta de que este pequeño pueblo es un balcón asomado a ese valle que forma la N-122, esa carretera que discurre entre viñedos a su paso por el sur de la provincia de Burgos. 

Es mediados de julio de un día de entre semana y las calles están vacías. No hace excesivo calor, el día ha salido apetecible y sin embargo, se tiene la sensación de que todos sus habitantes permanecen aún en sus casas, no atreviéndose a salir, esperando a que caiga la tarde aún más.

Casi por instinto, y tras serpentear con el coche por callejuelas cuesta arriba, y alguna cuesta abajo, llego a una placita relativamente amplia, donde en un extremo se ven dos arcos que tienen toda la pinta de cobijar una fuente y a sus pies un pilón. Estoy en el downtown, como me dirán más tarde, pero o nos adelantemos.
arcos de la fuente, barandilla y pilón. Por encima de la fuente se ven parras

Dejo el coche casi allí mismo y me dirijo a pie a la fuente, estoy ante el lugar en que la Wikipedia considera el origen del pueblo, o al menos del nombre, Fuente Lisendro. No hay que olvidar que son varios los pueblos que en la comarca llevan en su nombre la referencia al agua, a las fuentes: Fuentemolinos, Fuentecén, Fuentenebro y un poco más alejados Fuentespina y Fuentelcésped. 

Una terraza parece servir de techo a este conjunto, y por ella asoman unas cepas, estamos en la Ribera. Rodeo el monumento para admirar el parquecillo que lo corona y me reafirmo en que este pueblo es un gran balcón.


El agua del pilón, que no ha estrenado todavía este año las remojadas de los mozos en fiestas, me refleja casas de diversas formas y tamaños, grandes y pequeñas, nuevas y viejas, con las persianas bajadas y los postigos cerrados. El pueblo duerme y solo de vez en cuando se oyen rumores, alguna voz que sale de algún portal, pero todo vuelve enseguida a la calma.

Empiezo a caminar guiada por la torre de la iglesia, nadie en mi camino, solo puertas cerradas, persianas bajadas, talanqueras ajustadas...

El barrio de la iglesia me descubre el barrio de las bodegas, cerro arriba, con sus puertas arruinadas, sus techos caídos y sus zarceras sobrevivientes. Un cartel informa de la disposición de aquel barrio donde en otro tiempo múltiples bodegas y lagares dejaron su impronta. 


subida a la iglesia e inicio de la calle principal de las bodegas


Sigo hacia la iglesia entre zarceras y casas —es un pueblo, sobre todo en la parte alta, en el que conviven casas, bodegas y lagares—. La iglesia se abre en lo alto ante otro espléndido balcón, ya hemos dicho que es un pueblo lleno de balcones, que miran hacia el sur. Desde ese privilegiado mirador pueden verse algunas viñas primorosamente cultivadas, con las cepas aliñadas como los niños en un cuadro de gimnasia sueca. Justo enfrente de la iglesia, casi se tocan, hay un lagar cuidadosamente renovado. Está cerrado, pero se ve que se ha querido preservar para la posteridad. A pesar de que muchos pueblos en la Ribera conviven en un mismo espacio, generalmente un cotarro o cerrillo, la iglesia y las bodegas, creo que es la primera vez que veo la iglesia y un lagar tan juntos. 


Lagar visto desde la iglesia


Desciendo hacia lo que es el centro del pueblo, más casas cerradas, alguna habitada, pero con las persianas bajadas, no se ve un alma.

Una terracilla adornada de vides me saluda, otro balconcillo que se abre al valle, otro lugar para pararse, tomar una foto y fijarse en que a pesar de lo temprano de la estación, estamos tan solo a 20 de julio, ya hay racimos pintados. Por Santa Ana (26 de julio) pintan las uvas, dicen en los pueblos donde la uva madura pronto, pero en la Ribera todo va un poco más tardío. Aquí tenemos una clara excepción, se ve que el sol que reciben estas plantas hace su labor, y las casas les dan abrigo frente a las heladas. 


racimo pintado


Llegó a la plaza y me recibe el soberbio edificio del ayuntamiento y un árbol copudo y frondoso que preside otro gran balcón.


enorme árbol en el centro de Fuentelisendo


Balcón que se abre sobre los tejados del pueblo bajo y sobre el frontón que hay al lado, bajando unas escaleras, y que sin duda servirá también para pista de baile y otros usos. Unas pintadas nos hablan de un Fuentelisendo más juvenil, más gamberro, dirán algunos, pero los jóvenes no están en esta tarde de julio, solo su colorida huella en la pared.


frontón


Llevo una media hora paseando por el pueblo y todavía no me he cruzado con un alma.

De balcón a balcón me fijo en el que se abre en la fachada principal del ayuntamiento, y sobre él una inscripción que dice que se hizo reinando Carolo, el IIII esta vez, y el número romano aparece así escrito, con cuatro palitos.


balcón con inscripción de cuando se hizo el edificio

Un leve murmullo de voces me llega, pero sigo sin ver a nadie. De la misma fachada del Ayuntamiento parte la calle la Fragua, y me parece curioso que tal actividad, normalmente un poco relegada a la parte baja, hubiera podido estar junto a la parte más noble del pueblo: la iglesia le da la mano al lagar y a las bodegas y el ayuntamiento a la fragua.

Calle abajo sigo viendo lagares arruinados, casas abandonadas, entradas a bodegas en el cogollo del centro... Por un momento pienso que este pueblo tuvo más bodegas que casas, si sumamos todas las de barrio alto y las que aparecen entre las casas. 


entrada a bodegas en calle principal

Se va echando la hora que me he marcado, así que dirijo mis pasos hacia el coche y es entonces cuando oigo voces claras y distingo siluetas. Son dos hombres que han salido a dar su paseo vespertino y se andan preguntando de quién será aquel coche que no les es familiar. No me cuesta pegar la hebra con ellos, pronto se suma un tercero al que acompaña un perrillo. 
casa de dos pisos que parece habitada. Fachada enfoscada en tono ocre, cercos de las ventanas y balcón en ladrillo visto


Me hablan de la fuente: «románica», me dice el uno; «el downtown del pueblo —añade el otro— que aquí se reúne la gente». Hablamos de lo deterioradas que están las bodegas, y me aclaran que alguna van arreglando como merenderos, pero pocas. Les pregunto si tiene bar, y me responden que ahí fallan, que solo abre algunos fines de semana y en el mes de agosto, que en ese pueblo no son gente de bar. Sí me confirman que hay centro social de mayores, en los bajos del ayuntamiento, donde se reúnen las mujeres a jugar a las cartas y de donde probablemente saldrían los murmullos que oí cuando andaba en las cercanías.  

Me despido y según abandono el pueblo voy viendo algún viejecillo que toma el sol de la tarde sentado en algún banco del camino que rodea el pueblo, y un imponente tractor con remolque que va, no viene, a sus labores. 

Nota final: Para completar el paseo se puede visitar este blog en el que se da noticia de algunas curiosidades y del posible origen románico de las piedras de la fuente.