domingo, 5 de enero de 2020

Núm, 217. Zazuar, entre agua y vino (y II)

En la primera parte de nuestra visita a Zazuar, habíamos dejado la fuente la fuente en la plaza, que data de los años veinte del siglo XX, pero antes de que el agua saludable llegara canalizada al centro del pueblo, los zazuarinos se surtían de cinco pozos, de los cuales aún se conservan tres, con agua y en excelentes condiciones.



El primero nos lo encontramos muy cerca de la plaza, es el pozo llamado de La Villa. En otro tiempo no estaba descubierto, sino que contaba con un cabañón o túnel de entrada —similar a los que dan entrada a las bodegas para salvar el desnivel desde lo alto de la calle. Hoy ese acceso ha desaparecido y lo que se muestra al visitante es un pozo con su brocal como los que estamos acostumbrados a ver.

El segundo de los pozos, en medio de una plazuela, el de la Cuesta, ha sido sustituido por un jardincillo y una pequeña fuente ornamental que da agua cuando pasan las procesiones por delante de ella.

En medio de otra plazoleta —Zazuar tiene varias que invitan a pararse y mirar en derredor— nos encontramos otro jardincillo con una encima y una sencilla cruz de madera junto a ella. Allí hubo otro pozo, accionado por bomba, pero lo más interesante es que la cruz recuerda que en el siglo XVII Zazuar sufrió una peste, y para contenerla, sus habitantes plantaron una cruz junto al pozo, con lo que la enfermedad se detuvo allí; la cruz se ha ido renovando en recuerdo de aquel hecho. 

Nos hallamos en el barrio de La Encina, y allí junto a alguna casa de estilo tradicional que todavía puede observarse, podemos encontrar también el antiguo hospital, que daba alojamiento a los que iban de paso. Con un escudo papal en su parte alta, todavía conserva varios vestigios de que fue una casa señorial y de importancia. La desamortización y el pasar de mano en mano fueron arruinándola poco a poco, y hoy solo quedan vestigios de lo que fue, la piedra es duradera.




encina y cruz


Siguiendo por las calles, podemos observar ya los primeros vestigios de que estamos en tierra de vino, pues todavía quedan en pie algunos lagares con su característico muro cargadero, que soportaba el peso de la viga, y que da a estas construcciones cierto aire de ermita; el portón del descargadero, situada a la altura del carro para que este pudiera acular y descargar fácilmente la uva, y por encima de ella, el madero de arromanar, de donde se colgaba romana y cesto. Es preciso explicar que el lagar solía ser compartido por varios propietarios y que la figura del arromanador era clave para distribuir el mosto tras el pisado entre sus propietarios.

imagen de lagar con lo descrito en el texto

Carrehontoria —con ese prefijo toponímico, carre, tan propio de estas tierras— se muestra como un paseo con dos filas de árboles, además de otro pozo en pie, pero Agustín nos cuenta que hasta los vendavales de antes de Navidad había dos hermosos ejemplares de pinsapo, el uno lo tiró el viento, el otro hubo que talarlo al haber quedado gravemente dañado. En este paseo se encuentra el centro de salud y la farmacia. Nos dejaremos sin ver en esta visita el tercero de los pozos «en uso», el de las Tenerías.

Seguimos por la calle de Los Tercios, recordando que además de los de Flandes, los tercios eran un impuesto en especie que se pagaba a la Iglesia; vamos fijándonos  en algunos elementos de la arquitectura popular como la teja segoviana que cubre algunos tejados.
Cerro cubierto de yerba verde, puerta de bodega en primer plano, al fondo la torre de la iglesia y se adivina el pino mayo
Barrio de las bodegas, la torre de la iglesia y el pino mayo al fondo (mayo de 2008)
 
Llegamos así al barrio de las bodegas, un lugar único, realmente el más bonito y pintoresco de la Ribera, «con permiso de otros conjuntos ribereños», añade respetuoso Agustín. En otro tiempo, cualquier excusa era buena para comer un mordisco en ellas y juntarse con la gente del pueblo, hoy su mayor actividad se concentra en el verano, cuando la gente se reúne allí para merendar y asar unas chuletas, o lo que sale. 

Inscripción en el dintel de la bodega: Año 1900 Carlos Herrero
Algunas bodegas conservan en sus dinteles en piedra el nombre de sus propietarios

Durante todo el año, todavía un grupillo de aficionados, mayormente señoras con una edad, practican el bolo ribereño en una pista hecha ex profeso, realmente un lujo para el pueblo.

entradas a las bodegas y el caserío al fondo


Proporcionan al conjunto sombra unos cuantos árboles del paraíso, árbol muy poco de estas tierras, pero que sin embargo, ha sabido aclimatarse perfectamente al terreno, al menos al terreno del barrio de las bodegas.

Cada bodega tiene su nombre, puesto en unos carteles en hierro negro. En la visita no podía faltar la bajada a una bodega, alumbrándonos no con un candil de carburo, ni con una vela de rollo, sino con la linterna del móvil, que para eso somos modernos. A los pocos escalones, hasta donde se podía bajar sin luz, nos encontramos a la izquierda, a la altura de la mano, la buquera o boquera, donde se depositaba la vela y el jarro. Bajar a una bodega siempre merece la pena, aunque haya que ir con cuidado en los escalones. Abajo ya no duerme el vino y solo queden restos de viejas cubas y algún tino, pero siempre es interesante admirar estas galerías, escavadas a pico y pala, y protegidas con sólidos arcos de piedra, verdaderas obras de ingeniería y construcción.

De nuevo al aire libre, subimos hasta la iglesia. Construida sobre una iglesia románica anterior, de las que apenas queda un pequeño testimonio junto a la puerta, por fuera se muestra sólida, pero sin elementos ornamentales que destaquen. En el interior lo que sorprende a primera vista es la vistosidad de sus altares barrocos distribuidos por la nave de la iglesia. Todos ellos han sido restaurados gracias a las aportaciones de los feligreses o de la gente del pueblo. Construida en dos fases, tiene planta de salón. La primera tenía dos naves y fue construida en estilo gótico; en la segunda fase se amplió por el lado norte y por la cabecera, construyéndose en estilo barroco y cubriéndose el crucero por una gran cúpula.

En la cabecera encontramos el altar mayor, renacentista, el único que espera restauración, con la imagen del patrón, san Andrés, presidiéndolo. Lo rodean distintos santos y padres de la Iglesia. 

Imagen de san Vitores de cuerpo entero con la palma del martirio y un gran cuchillo clavado en la garganta


En un lateral, al lado del presbiterio, está la imagen de santa Isabel. Como curiosidad dentro de las imágenes de este templo hay que señalar, un san José con el Niño en brazos, un retablo con distintas escenas sobre la vida y martirio de santa Bárbara. Una imagen de san Vitores en trance de ser decapitado es también otra de las curiosidades, ya que a este santo, la tradición lo representa llevando la cabeza en el brazo sin dejar de predicar. Esta imagen lo representa justo en el momento anterior. Un Cristo de transición del románico al gótico, probablemente proveniente de la iglesia primitiva preside uno de los altares laterales.

La imagen de san Roque, en traje de peregrino, no es originaria de la iglesia, sino de una primitiva ermita dedicada al santo, arruinada hace tiempo.


No podemos abandonar el templo sin admirar la sencilla y elegante pila bautismal de la Edad Media, situada a los pies de la nave central. Por fortuna todavía nacen algunos niños en Zazuar, por lo que la pila sigue en uso.

Pila bautismal

Llevamos dos horas largas de visita, que se nos han pasado en un verbo, pero la visita no ha terminado aún. Se nota que los voluntarios ribereños de ¿Te enseño mi pueblo? no tienen prisa. Todos coincidimos en que le ponen cariño e interés en esto de explicarte su pueblo y de contarte los pequeños secretos.

Visitamos por último un lagar donde aún se conserva una viga de dimensiones realmente impresionantes, ¡qué lástima que no haya salido la foto! Allí nos esperan unas botellas de Ribera, en este caso cortesía de la cooperativa del pueblo, Vegazar, con el que brindamos por el éxito de este programa. La cooperativa fue fundada hace cincuenta años por Ruperto Sanz Causín.

Ha sido un placer compartir esta visita con los miembros de la Asociación de Vecinos Allendeduero de Aranda, que han aportado interesantes datos, y tener a Agustín como cicerone. Da gusto poner en común nuestros conocimientos sobre la Ribera.
¡Hasta el próximo pueblo!

Nota: Agradezco a Agustín y a Marta, la otra riberizadora de Zazuar, la corrección de los errores del primer escrito, y alguna nota interesante más.

1 comentario:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Hasta el nombre del pueblo me gusta.