A la hora de comentar El Chino de Cuatroca barajo varios subtítulos sin decidirme por ninguno, pero los últimos acontecimientos del barrio, que totalmente a propósito no enlazaré con noticia oficial o afín, me animan a titular este comentario: su voz. La voz de los inmigrantes del barrio: de los ecuatorianos y dominicanos, protagonistas del cuento, de los chinos y filipinos, que tienen su pequeño papel, e incluso de aquellos otros que no están, pero a los que Esquivias ha dado voz al meterse en la piel de uno de ellos.
Vivimos en un barrio multicultural, aunque quizá sería más preciso decir multirracial, porque en cuestiones culturales el que más y el que menos bebemos hoy día de las mismas fuentes. «El colegio de Juan parece la ONU, salen de todos los colores», solía decir mi padre hace años, y no puedo por menos que recordar sus palabras nada más pisar la calle.
El protagonista ha ido a colegio religioso, quizá uno de los más antiguos y con solera del barrio, barrio que en otro tiempo tuvo pequeños colegios privados situados en bajos y entresuelos que desbravaron a generaciones de tetuaneros. En el edificio de los salesianos de Estrecho —Óscar nos lo recuerda en un comentario— estuvo durante la guerra civil el cuartel del Quinto Regimiento, y en el barrio todavía queda memoria lejana de ello, aunque lo hayamos aprendido en libros y enciclopedias sobre la historia de este barrio del norte de Madrid, enorme, diverso y populoso.
La calle de Bravo Murillo, en otro tiempo carretera de Francia, divide en dos el barrio, los pobres de los ricos, los de toda la vida de los nuevos centros financieros construidos sobre solares que no hace tanto alimentaron cebadas y algún merendero donde pasar las tardes de verano.
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| Cuatro Caminos en 1934. Al fondo el Titanic. |
Por el sur se abre la avenida de Reina Victoria que lleva hacia la Universitaria, en otro tiempo zona de expansión de cierto Madrid con posibles que podía permitirse vivir «en el primer ojeo del Pardo», según dicho de la época. Por allí tuvo casa donde ir a relajarse Ramón y Cajal, de la que hoy no queda ni el recuerdo, y muy cerca la casa-estudio del pintor Marceliano Santa María, todavía en pie, que parece conservada para rodar en ella películas de miedo.
Volviendo a la glorieta de Cuatro Caminos —otra Puerta del Sol de Madrid, que el nombre ya lo dice, y a la que muchos llaman Kuatroka— nos encontramos en el arranque de Reina Victoria con un edificio, que hoy pasa casi desapercibido, pero que cuando se construyó, muy reciente aún el hundimiento del Titanic, los vecinos no dudaron en bautizarlo así, porque sin duda y visto desde abajo se asemejaba a la proa de un imponente transatlántico varado en medio de aquella meseta. Allí, donde yo por más que miro solo veo oficinas, sitúa Esquivias los cendales de la vivienda de lujo de una pareja tópica de mariquitas con los roles muy definidos, padres de una niña de cuatro meses, a la que por esos caprichos que tienen algunos progenitores modernos pretenden enseñar chino desde los primeros susurros.
| Calle Topete |
Recorrer la calle Topete, donde el prota va a recalar en un piso de dominicanos, es sumergirse en cierto modo en ese país caribeño. Un mundo en el que sus protagonistas no dudan en hacer tertulias en plena calle, al abrigo de los colmados de productos latinos, de pastelerías con escaparates que exhiben golosinas que parecen de pega, pero que deben estar hechas con el más dulce de los azúcares. ¡Azúcar! Los dominicanos tienen fama en el barrio de ser marchosos, y suelen llamarlos para dar color a las cabalgatas oficiales. También tienen fama, todo hay que decirlo, de ser un poco pendencieros y de mostrarse a veces desafiantes, sobre todo cuando les disputas una plaza de aparcamiento o les recuerdas en el ascensor del mercado que deben subir sus carros de mercancías en el montacargas. Hace algunos años, cuando todavía había cines en Bravo Murillo y yo pasaba los domingos con mis hijos camino de la sesión de la tarde, me sorprendía alguna riña doméstica en plena calle, donde la mujer reprochaba al hombre haber tomado más de la cuenta y no darle por tanto ni un duro más. De las numerosas peluquerías latinas, en plena ebullición los domingos por la tarde, salía el vaho de los secadores, olor dulzón a laca y el murmullo alegre de las voces de quien se prepara ilusionado para una fiesta.
| Plaza del Poeta Leopoldo de Luis |
«¡Atención! —avisan en Twitter— identificaciones en la plaza Leopoldo de Luis». Esta plaza, espacio abierto donde en otro tiempo hubiera una manzana de casas bajas y populares, erizado ahora de los respiraderos del aparcamiento que hay debajo, espacio degradado que no logra despegar a pesar de todos los esfuerzos, es lugar de encuentro de dominicanos, a donde la policía suele acudir a hacer redadas. El pasado fin de semana hubo pelea en el barrio, policías fuera de servicio y dominicanos disfrutando de la noche del sábado, compartiendo el mismo espacio, alcohol y testosterona a partes iguales.
«¿Vivimos en el infierno?», le pregunté a Óscar tras acabar Viene la noche. No recuerdo qué me contestó, pero es seguro que a los dos nos gusta sentir el pulso del barrio, y él sabe llevarlo al papel con trazo firme y ameno.
Comentario de Andarás perdido por el mundo para La Acequia.

