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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Número 133. Cartas marruecas (y IV). Los proverbios

Tras el fructífero Barroco en el que las obras literarias están plagadas de refranes, las muestras más conocidas de la sabiduría popular, llega el siglo XVIII, el siglo de las luces y de aliviar los excesos pasados, donde es difícil encontrar estas formas populares en literatura.


Escudo nobiliario


Los refranes son denostados como forma del pasado, propios de gente vulgar, así que se rechazan, parodiándolos en obras como en el Fray Gerundio, o lo que es más común desechándolos, ignorándolos conscientemente de las plumas de los escritores.

Sin embargo, no todas las frases sapienciales fueron eliminadas de los escritos. Siempre quedan rescoldos que con la pátina de las nuevos tiempos pueden pasar muy bien los exámenes de los críticos más exigentes.

A priori no es previsible que en las cartas escritas presuntamente por un culto moro aljamiado del siglo XVIII podamos encontrar demasiadas paremias, ya no vulgares, sino incluso cultas, ya que el uso airoso de ellas supone un gran dominio de la lengua, pero las apariencias engañan y escondidas entre esas cartas podemos encontrar alguna frase sentenciosa de interés.

Bien es verdad que no aparecen como vulgares refranes, porque en el siglo XVIII aquellos devinieron en formas más cultas tales como proverbios, máximas o adagios, pero existir existen y he aquí los que podemos encontrar en estas Cartas marruecas, que estamos analizando.

El primero de ellos lo encontramos, como no podía ser menos, en la pluma del noble castellano Nuño, en la carta número XXI que le escribe a Ben-Beley:
Cada nación es como cada hombre, que tiene sus buenas y malas propiedades peculiares a su alma y cuerpo. Es muy justo trabajar a disminuir éstas y aumentar aquéllas; pero es imposible aniquilar lo que es parte de su constitución. El proverbio que dice «Genio y figura hasta la sepultura», sin duda se entiende de los hombres; mucho más de las naciones, que no son otra cosa más que una junta de hombres, en cuyo número se ven las cualidades de cada individuo. No obstante, soy de parecer que se deben distinguir las verdaderas prendas nacionales de las que no lo son sino por abuso o preocupación de algunos, a quienes guía la ignorancia o pereza. Ejemplares de esto abundan, y su examen me ha hecho ver con mucha frialdad cosas que otros paisanos míos no saben mirar sin enardecerse. Daréte algún ejemplo de los muchos que pudiera.
Genio y figura hasta la sepultura, es sin duda hoy uno de los refranes más conocidos y bastante usado por escritores del XIX y del XX. Sin duda andaría ya en circulación en el siglo XVIII ente el pueblo llano, pero sorprende saber que no había sido recogido en los refraneros habituales, y que es Cadalso uno de los primeros escritores en utilizarlo, al menos si nos atenemos a los testimonios que podemos encontrar en el CORDE. Nótese lo que hemos dicho arriba, Cadalso no lo presenta como un refrán, sino como un proverbio, sin duda algo más culto.

No obstante, donde Cadalso parece encontrarse más a gusto es recogiendo y utilizando refranes extranjeros, posiblemente fruto de sus lecturas y su educación europea, en la que hace siempre un hueco para homenajear a nuestros escritores del Siglo de Oro. Gazel su alter ego le pone esta vez la voz (carta LXXX):
A esto añadió Nuño otras mil reflexiones chistosas, y acabó levantándose con los demás para dar un paseo, diciendo: -Señores, ¿qué le hemos de hacer? Esto prueba lo que mucho tiempo se ha demostrado, a saber, que los hombres corrompen todo lo bueno. Yo lo confieso en este particular, y digo lisa y llanamente que hay tantos dones superfluos en España como marqueses en Francia, barones en Alemania y príncipes en Italia; esto es, que en todas partes hay hombres que toman posesión de lo que no es suyo, y lo ostentan con más pompa que aquellos a quienes toca legítimamente; y si en francés hay un adagio que dice, aludiendo a esto mismo, Baron allemand, marquis français et prince d'Italie, mauvaise compagnie, así también ha pasado a proverbio castellano el dicho de Quevedo:
Don Turulaque me llaman
pero pienso que es adrede,
porque no sienta muy bien
el don con el Turuleque.
Del adagio francés al dicho español en pluma prestigiosa. Nótese con qué desenvoltura utiliza este dictado tópico que hoy caería en la categoría de los no decibles, y menos escribibles. Ni nos imaginamos la que podría provocar si alguien se decidiera a tuitearlo, pero Cadalso no parece plantearse esas pegas políticamente incorrectas.

Las comparaciones entre naciones, como en los chistes, habían aparecido en una carta anterior, la XXXVIII, en la que Gazel se sumerge en los tipos clásicos que han transitado por nuestras mejores obras del Siglo de Oro. Los personajes del pícaro, pero sobre todo del altivo hidalgo, atraen la atención de Gazel/Cadalso:
Todo lo dicho es poco en comparación de la vanidad de un hidalgo de aldea. Éste se pasea majestuosamente en la triste plaza de su pobre lugar, embozado en su mala capa, contemplando el escudo de armas que cubre la puerta de su casa medio caída, y dando gracias a la providencia divina de haberle hecho don Fulano de Tal. No se quitará el sombrero, aunque lo pudiera hacer sin embarazarse; no saludará al forastero que llega al mesón, aunque sea el general de la provincia o el presidente del primer tribunal de ella. Lo más que se digna hacer es preguntar si el forastero es de casa solar conocida al fuero de Castilla, qué escudo es el de sus armas, y si tiene parientes conocidos en aquellas cercanías. Pero lo que te ha de pasmar es el grado en que se halla este vicio en los pobres mendigos. Piden limosna; si se les niega con alguna aspereza, insultan al mismo a quien poco ha suplicaban. Hay un proverbio por acá que dice: «El alemán pide limosna cantando, el francés llorando y el español regañando».
Finalizamos con otro proverbio de corte europeo y de nuevo los políticos a la palestra, que sueñan y solo piensan en hacer fortuna. ¡Qué novedad en esta España nuestra! (carta LI):
Políticos de esta segunda especie son unos hombres que de noche no sueñan y de día no piensan sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan.  [...] Desprecian al hombre sencillo, aborrecen al discreto, parecen oráculos al público, pero son tan ineptos que un criado inferior sabe todas sus flaquezas, ridiculeces, vicios y tal vez delitos, según el muy verdadero proverbio francés, que ninguno es héroe con su ayuda de cámara. De aquí nace revelarse tantos secretos, descubrirse tantas maquinaciones y, en sustancia, mostrarse los hombres ser defectuosos, por más que quieran parecer semidioses. 


Colaboración para el club de lectura La Acequia

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Número 132. Cartas marruecas (III). La hermosa mitad del género humano

Al curioso lector de hoy el principio del capítulo X le debe resultar sorprendente:
La poligamia entre nosotros está no sólo autorizada por el gobierno, sino mandada expresamente por la religión. 
¡Toma del frasco! ¡Tópico musulmán donde los haya! Los moros tienen muchas mujeres no solo por gusto, sino por mandato de su religión.

No sé qué cara pondrán Samir y Fátima, cuando lean esto, o Mohamed, el aplicado alumno marroquí de nuestra María Ángeles, pero yo no he podido por menos que recordar lo divertido que le resultó a nuestra amiga y compañera de carrera, Amani, cuando allá por los años 70 del siglo XX le planteamos la cuestión: «¿Dos mujeres? ¿Sabéis lo que decís? ¡Ni los ricos pueden mantenerlas ya! ¿Sabéis lo que manda el Profeta al respecto? No le puedes regalar a la una un alfiler más que a la otra. ¡Una mujer!, ¡una sola!».

Dos mujeres musulmanas, de espaldas, caminando por una calle


Amani era egipcia y estaba entonces completamente occidentalizada. Su padre trabajaba en la embajada y fuimos algunas veces a su casa a estudiar, nos invitó a merendar dulces egipcios y aquel día le preguntamos por el cuscús. Cuando volvía de vacaciones de su tierra nos hablaba con entusiasmo de las nuevas discotecas que estaban abriendo en El Cairo, tenía ilusión por volver en cuanto terminara la carrera y pudiera independizarse. A su madre nunca la llegamos a conocer, porque aunque vivía en casa, no hablaba español y además era muy religiosa, lo que le hacía moverse en un ambiente recogido. La cara visible por el lado femenino en aquella familia era Amani, de la que no he vuelto a saber, aunque me acuerdo a menudo de ella.

Poco después de que Amani nos contara aquello de que la poligamia ya no existía entre los musulmanes, leí un artículo de un misionero en tierras de África donde contaba sus experiencias tratando de traer fieles al cristianismo: «Mire, padre, ya me gustaría, pero soy hijo de jefe, mi padre tiene muchas tierras y yo necesito varias esposas para poder mantener esas tierras. Si me hiciera cristiano ¿a cuál de ellas repudiaría? Yo las quiero a todas por igual. ¿Qué sería además de ellas? Nada, padre, nada, que no me puedo hacer cristiano».
Dos emigrantes negras, tocadas con pañuelos, sentadas en un banco


Volvamos a las Cartas marruecas y sigamos leyendo:
Entre estos europeos, la religión la prohíbe y la tolera la pública costumbre. Esto te parecerá extraño; no me lo pareció menos, pero me confirma en que es verdad, no sólo la vista, pues ésta suele engañarnos por la apariencia de las cosas, sino la conversación de una noble cristiana, con quien concurrí el otro día a una casa.
Al seguir leyendo nos damos cuenta de que tan sorprendente declaración de principios, puesta en labios de Gazel, es solo el pretexto para poner de chupa de dómine a los pisaverdes que se empeñan en presumir de lo fáciles que les resultan las conquistas femeninas. No tardará Gazel en hacer las cuentas a semejantes fanfarrones:
Ahora, amigo Ben-Beley, 18 mujeres por día en los 365 del año de estos cristianos, son 6.570 conquistas las de este Hernán Cortés del género femenino; y contando con que este héroe gaste solamente desde los 17 años de su edad hasta los 33 en semejantes hazañas, tenemos que asciende el total de sus prisioneras en los 17 años útiles de su vida a la suma y cantidad de 111.690, salvo yerro de cuenta; y echando un cálculo prudencial de las que podrá encadenar en lo restante de su vida con menos osadía que en los años de armas tomar, añadiendo las que corresponden a los días que hay de pico sobre los 365 de los años regulares en los que ellos llaman bisiestos, puedo decir que resulta que la suma total llega al pie de 150.000, número pasmoso de que no puede jactarse ninguna serie entera de emperadores turcos o persas. 
En la Castilla profunda la potencia sexual de estos varones se resolvería en coplas:
Echa la cuenta, si sabes,
pero Cadalso no entra en valorar cómo de profundas son las conquistas, solo sugiere, pero para que no haya dudas da las cuentas hechas.

Sobre la composición de su serrallo, Gazel pasa casi de puntillas, aunque deja buena cuenta, igual que el hijo del jefe del cuento del misionero, de su condición noble, medida, entre otras cosas, por el número de mujeres a su alrededor:
Preguntome cuántas mujeres componían mi serrallo. Respondíle que en vista de la tal cual altura en que me veo, y atendida mi decencia precisa, había procurado siempre mantenerme con alguna ostentación; y que así, entre muchas cuyos nombres apenas sé, tengo doce blancas y seis negras. 
Sin comentarios. Si he de creer a mi amiga Amani, Gazel no llegaría a gozar del cielo de las huríes nunca, ya que era incapaz de recordar algo tan básico, como el nombre de sus mujeres —no me atrevo a llamarlas a todas esposas—, ni de las blancas, ni de las negras, que la distinción ya tiene su aquel, aunque estemos en el siglo XVIII, y haya por medio tantos supuestos autores que ya no sabemos a estas alturas a quién aplicar la afirmación.

Por otro lado, en su ir y venir por los salones, hay dos cosas que le llaman la atención, que dominen las mujeres y que «los maridos vivan naturalmente en barrio distinto de las mujeres, porque en las casas de éstos no hallé más hombres que los criados y otros como yo, que iban de visita»,  curiosa forma de presentar el cortejo, que tanto juego ha dado en la literatura, y que por lo que se desprende de la visión de Gazel, Cadalso no debía ver con buenos ojos.

Por lo demás, la lectura de los capítulos X y XI nos deja algunas perlas disimuladas de que lo bueno para la mujer, era estar con la pata quebrada y en casa. La primera consideración nos la da la noble cristiana interlocutora de Gazel en uno de esos salones, a donde llegan los calaveras sin escrúpulos, causa de todos los males: 

Hasta entonces las mujeres, un poco más sujetas en el trato, estaban colocadas más altas en la estimación; viejos, mozos y niños nos miraban con respeto; ahora nos tratan con despejo. Éramos entonces como los dioses Penates que los gentiles guardaban encerrados dentro de sus casas, pero con suma veneración; ahora somos como el dios Término, que no se guardaba con puertas ni cerrojos, pero quedaba expuesto a la irreverencia de los hombres, y aun de los brutos.
Gazel va sacando sus propias conclusiones:
Según lo que te digo, y otro tanto que te callo me dijo la cristiana, podrás inferir que los musulmanes no tratamos peor a la hermosa mitad del género humano.
¿Qué prejuicio se esconde en estas palabras? ¿Qué corría por aquella sociedad respecto al comportamiento de los moros con sus mujeres?

Gazel nos sigue dando pistas acerca no solo de cómo ha de tratárselas, «guardadas bajo muchas llaves», sino también de cómo debe entenderse la hospitalidad, siempre manteniendo las distancias. Nótese también la intención de aproximar las dos sociedades, y la tan repetida idea de que los siglos de presencia musulmana en la península dejaron su huella no solo en los edificios y en las huertas, también en el modo de ser:  

Las noticias que hemos tenido hasta ahora en Marruecos de la sociedad o vida social de los españoles nos parecía muy buena, por ser muy semejante aquélla a la nuestra, y ser natural en un hombre graduar por esta regla el mérito de los otros. Las mujeres guardadas bajo muchas llaves, las conversaciones de los hombres entre sí muy reservadas, el porte muy serio, las concurrencias pocas, y ésas sujetas a una etiqueta forzosa, y otras costumbres de este tenor no eran tanto efecto de su clima, religión y gobierno, según quieren algunos, como monumentos de nuestro antiguo dominio. En ellas se ven permanecer reliquias de nuestro señorío, aun más que en los edificios que subsisten en Córdoba, Granada, Toledo y otras partes. Pero la franqueza en el trato de estos alegres nietos de aquellos graves abuelos han introducido cierta amistad universal entre todos los ciudadanos de un pueblo, y para los forasteros cierta hospitalidad tan generosa que, en comparación de la antigua España, la moderna es una familia común en que son parientes no sólo todos los españoles, sino todos los hombres.
¿Añora el moderno y europeizado Cadalso el modo de vivir antiguo? ¿No le parecen bien esa apertura que parece acercarnos a Europa? ¿Quiere recluir a las mujeres en sus aposentos dándoles única salida al estrado? ¿Qué pensarán los musulmanes para los que la hospitalidad es amplia y sagrada? En fin, contradicciones dentro del propio texto, en ese afán de objetividad y modernidad de los que tanto quiso presumir Cadalso.

Continuaremos...

Comentarios para el club de lectura La Acequia.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Número 131. Cartas marruecas (II). La política

Homenaje a Quevedo en las Cortes


Iba a comentar el poco espacio que las mujeres —sí, la mitad de la humanidad también en el siglo XVIII— ocupaban en estas cartas, aunque no estén del todo ausentes, pero buscando materia con qué ilustrar he dado —como Sancho y don Quijote dieron con el bulto de la iglesia— con un capítulo donde se habla de políticos, y tal como está el solar patrio, no me he podido resistir, y ahí va, enterito el capítulo tal como lo escribió Cadalso en el siglo XVIII:
Arreglado a la definición de la voz política y su derivado político, según la entiende mi amigo Nuño, veo un número de hombres que desean merecer este nombre. Son tales, que con el mismo tono dicen la verdad y la mentira; no dan sentido alguno a las palabras Dios, padre, madre, hijo, hermano, amigo, verdad, obligación, deber, justicia; y otras muchas que miramos con tanto respeto y pronunciamos con tanto cuidado los que no nos tenemos por dignos de aspirar a tan alto timbre con tan elevados competidores. Mudan de rostro mil veces más a menudo que de vestido. Tienen provisión hecha de cumplidos, de enhorabuenas y de pésame. Poseen gran caudal de voces equívocas; saben mil frases de mucho boato y ningún sentido. Han adquirido a costa de inmenso trabajo cantidades innumerables de ceños, sonrisas, carcajadas, lágrimas, sollozos, suspiros y (para que se vea lo que puede el entendimiento humano) hasta desmayos y accidentes. Viven sus almas en unos cuerpos flexibles y manejables que tienen varias docenas de posturas para hablar, escuchar, admirar, despreciar, aprobar y reprobar, extendiéndose esta profunda ciencia teórico-práctica desde la acción más importante hasta el gesto más frívolo. Son, en fin, veletas que siempre señalan el viento que hace, relojes que notan la hora del sol, piedras que manifiestan la ley del metal y una especie de índice general del gran libro de las cortes. ¿Pues cómo estos hombres no hacen fortuna? Porque gastan su vida en ejercicios inútiles y vagos ensayos de su ciencia. ¿De dónde viene que no sacan el fruto de su trabajo? Les falta, dice Nuño, una cosa. ¿Cuál es la cosa que les falta?, pregunto yo. ¡Friolera!, dice Nuño: no les falta más que entendimiento.
Sin lugar a dudas hoy a la mayoría lo que les falta es vergüenza, y mienten una y otra vez para salvar sus traseros.  

Hatajo de estómagos agradecidos, sentados cómodamente en sus poltronas, sin importarles lo más mínimo que fuera haga frío, que se siga echando a la gente a la calle con lo puesto, que se cierren consultorios, que se vayan los médicos... A ellos ¿qué más les da? Su única preocupación es coger buen puesto en la lista de las próximas elecciones, para no tener que mendigar ellos mismos una puerta giratoria, o un puestecillo técnico en cualquier banco, mundial o local. 

Comentario de para el club de lectura La Acequia.

martes, 6 de septiembre de 2016

Número 130. Cartas marruecas (I)

A principios de verano me encontré con un conocido en la calle, él no tenía prisa y a mí me sobraban cinco minutos, a él le gusta hablar y a mí también, así que buscamos el arrimo de una sombra.

Hablamos de los hijos, tema recurrente, y a la segunda frase salió España. 
—Como en España no se vive en ningún sitio —dijo mi interlocutor con suficiencia, y yo no le interrumpí—. Yo que he viajado por todo el mundo lo puedo decir alto y claro. Una vez en el aeropuerto de... 
Es verdad, mi conocido viaja por todo el mundo. Junta días y ahorros y se hace unos viajes que para mí quisiera, así que sí, le di la oportunidad de contarme alguno o varios de sus viajes y de que me mostrara por qué España era el mejor país del mundo, pero a la tercera frase me di cuenta de que lo que mi interlocutor realmente conocía eran los aeropuertos, y sus experiencias en otros países se limitaban a las contrariedades sufridas por los retrasos en los vuelos y o rácanas que suelen ser las compañías aéreas a la hora de darte el mal bocadillo al que tienen obligación. Y como un aeropuerto se parece bastante a otro y una compañía aérea es calcada de la otra, la desventaja de los otros países sobre España se resumió en que si te quedas varado en un aeropuerto ruso, pongamos por caso, no pienses que te van a obsequiar con caviar para entretener la espera...
—Y otra vez en...
De pronto recordé que tenía prisa, que me estaban esperando y me disculpé hasta la próxima.

Sirva esta anécdota personal para enfrentarnos a la lectura y reseña de las Cartas marruecas, la obra más conocida del escritor José Cadalso, un español del siglo XVIII al que la vida y la posición social le permitió viajar, estudiar en el extranjero y aprender idiomas sin que se le ladearan los tufos de la peluca, eso en ese siglo, porque en este, según leo en Twitter, el que no sabe inglés es porque no quiere y no sabe invertir en su futuro. 

Si me dieran a leer hoy Cartas marruecas, sin contextualizarla en su época y sin saber nada de su autor, creería estar en el mejor de los casos ante la obra estacional de uno de esos todólogos que pueblan nuestras tertulias y que cuando cogen la pluma saltan directamente a las mesas de «Novedades» y «Más vendidos» de las mejores librerías. 
Bien es verdad que habiendo hecho varios viajes por Europa, me hallo más capaz, o por mejor decir, con menos obstáculos que otros africanos; pero aun así he encontrado tanta diferencia entre los europeos que no basta el conocimiento de uno de estos países de esta parte del mundo, para juzgar de otros estados de la misma. Los europeos no parecen vecinos, etc.
En el peor el libro podría haberlo escrito cualquier cuñado, de esos que saben juntar dos fraes, al que además su trabajo lleva por distintos puntos de España, lo que le da pie para pontificar ante un gin tónic y otro:
Aun dentro de la española hay variedad increíble en el carácter de sus provincias. Un andaluz en nada se parece a un vizcaíno; un catalán es totalmente distinto de un gallego; y lo mismo sucede entre un valenciano y un montañés.
¡Caray! Esto corre por las redes sociales y se creen que lo ha dicho Rajoy. En cualquier caso el corolario es el mismo: como en España en ninguna parte, aunque yo me permita criticar todo lo que me apetezca porque de mí oirás, pero no dirás. 

Lo bueno o lo malo es que cada español ve España de una determinada manera, y es que España es plural y cada español, tiene un culo y una opinión, ya se sabe:

Mapa mostrado por el diputado de ERC, Gabriel Rufián, en su intervención en la sesión de investidura (02-09-2016)
Pero volvamos al siglo XVIII, en el que se nos simula que un marroquí, también culto y viajado —no vayamos a pensar cualquier cosa— tiene la suficiente distancia como para hablar con pretendida objetividad de lo bueno y de lo malo que hay en esta España nuestra.

Al marroquí culto, que no todo va a ser agudeza visual y ciencia infusa, le acompaña en la sombra, con alguna intervención en el proscenio, un castellano viejo, antiguo capitán de infantería, con un nombre que ya lo dice todo, Nuño Núñez, dedicado ahora a estudiar la historia de España en su sentido amplio.

Todo ello viene envuelto en el viejo recurso literario de las cartas escritas por otros y los manuscritos encontrados por casualidad, pero que vienen que ni pintados a los propósitos del autor. Reverencia a los clásicos, a Cervantes en concreto, desde las primeras líneas y vamos allá. 

¿Por qué una visión marrueca? Quizás ahora, aunque ya tengamos olvidado el bachiller, no nos sorprenda esta palabra, marrueca, asociada a la obra de Cadalso, pero era una palabra nada común en sus tiempos que probablemente Cadalso eligió para aumentar la distancia objetiva que culturalmente nos separa de África, aunque sea de esa África tan próxima desde la que algunos se aventuran en patera para llegar a Europa, que a pesar de sus defectos sigue siendo atractiva. Cartas marruecas y no marroquíes, decíamos, la Academia introdujo esta palabra en su diccionario de 1884 y la marca de su poco uso está presente en casi todas las ediciones. Exotismo y distanciamiento ya desde el título y la introducción. Cartas marruecas, sí de ese país tan cercano geográficamente pero tan alejado a los ojos de los españoles de antes y de ahora, y una marca de continente muy presente desde las primeras líneas: África, pero no olvidemos que para muchos África empieza en los Pirineos.

Cadalso dice preferir el género epistolar, aparte de por ser más ameno y de fácil lectura, por tener toda una tradición europea detrás a la que él se quiere sumar, una tradición que se distancia de «la religión, el clima y el gobierno» para conseguir la pretendida objetividad. 

Está cerca, pero todavía quedan algunas décadas, para que otro escritor, también culto y viajado, Larra, escriba desde la primera persona y sin intermediarios ni licencias literarias lo mucho que le duelen su país y sus paisanos. 

Comentario de Cartas marruecas para el club de lectura La Acequia.

miércoles, 27 de abril de 2016

Número 117. Noches lúgubres: muerto y enterrado

El miércoles 6 de enero de 1790, los suscriptores de El Correo de Madrid tenían en sus manos un nuevo número. 


Reproducción facsmilar de las tres páginas donde aparece la tercera noche

En él, de la página 5 a la 7, los lectores iban a encontrar el relato de La tercera noche, los editores sabían que era la última, ya que Cadalso llevaba varios años, muerto y enterrado, en la iglesia de Santa María de la Coronada de San Roque. Leyenda y realidad, vida y muerte, se funden en su figura.

El sorprendido y horrorizado lector, tras recorrer la segunda de las páginas de apretada lectura, y mover sus ojos hacia la derecha, se encontraría con apenas unas pocas palabras, que reproducimos a continuación.
Envidia, no te deseo con corona y ce-
tro para mi bien..... mas contribuiras á
mi dicha con ese pico, ese hazadon....
viles instrumentos á otros ojos... vene-
rables á los mios.... Andemos, amigo,
andemos. Fin de la tercera noche.
Como podemos ver, hay punto final y no una interminable fila de puntos suspensivos con la que se cerró la edición de 1798, edición que sirvió para dar a conocer esta obra olvidada de José Cadalso, según había declarado el editor en el prólogo. Es preciso señalar que habían pasado ocho años desde la anterior publicación y dieciseis desde la muerte del autor, y por seguir con sus propias imágenes, los gusanos sanroqueños ya debían haber dado buena cuenta de su cadáver. 

¿Operación de mercadotecnia en los albores de un nuevo siglo que pintaba romántico?

¿Merecía la pena desenterrar la leyenda de un militar enloquecido por la muerte de su amada, dispuesto, incluso, a desenterrar sus huesos, o peor: a enterrarse con ellos en el sentido más literal de la palabra?

Sin duda, fuera o no premeditada, la estrategia tuvo éxito, y Noches lúgubres empezó su andadura en solitario: La obra cobró vida, y le salieron imitadores y continuadores de lo que Cadalso no escribió, probablemente porque no quiso, no porque no le diera tiempo o pensara dejarlo para más adelante y madurar la idea. 

¿Final abierto? 

A mí modo de ver, tampoco. El lector es libre de interpretar lo que no se dice, pero la decisión está tomada, el desenlace no está al final de la noche tercera, sino al final de la noche segunda y la aceptación por parte de Lorenzo —mitad de la tercera noche—del destino que ha preparo Tediato para él y para los que le rodean:
LORENZO.- ¿Quién eres?
TEDIATO.- Soy el mismo a quien buscas... El Cielo te guarde.
LORENZO.- ¿Para qué? ¿Para pasar cincuenta años de vida como la que he pasado lleno de infortunios..., y cuando apenas tengo fuerzas para ganar un triste alimento... hallarme con tantas nuevas desgracias en mi mísera familia, expuesta toda a morir con su padre en las más espantosas infelicidades? Amigo, si para eso deseas que me guarde el cielo, ¡ah!, pídele que me destruya.

remate de sepultura con angelitos


Contribución al club de lectura La Acequia.

martes, 19 de abril de 2016

Número 115. Noches lúgubres: a la cárcel, ni aun por lumbre

Segunda noche. Apenas han pasado dieciséis horas desde que Tediato y Lorenzo se separaron empujados por la luz del día, y ese sol del que reniega el joven enamorado y que le sume en profunda melancolía.

Nuevos personajes se introducen en esta segunda noche, el joven no está solo con su dolor y su locura, hay un amigo.

Virtelio aparece brevemente, quiere reconfortar a su amigo, intenta que tome algún alimento, pero Tediato rechaza toda ayuda material, todo alimento de los vivos, él solo quiere volver al mundo de las sombras y los muertos.


La luz del sol que iba faltando, me sacó del letargo cruel. La tiniebla me traía el consuelo que arrebata a todo el mundo. Todo el consuelo que siente toda la naturaleza, al parecer el sol, lo sentí todo junto al ponerse.


Tediato sigue con su largo monólogo entreteniendo la espera, una espera llena de antítesis, luces y sombras, consuelo y letargo, amanecer y ocaso, y Lorenzo, su esperanza de llegar a las sombras, no llega.


cruz de piedra con calavera y tibias. Posterizado e invertidos colores.


El azar parece que sí que llega en su ayuda. Dos hombres riñen cerca de él y uno de ellos muere en sus brazos. La Justicia lo encuentra manchado de sangre y no duda en llevarlo a la cárcel cercana. La Justicia le anuncia una muerte ignominiosa y cruel, pero el joven persiste en su locura, y agradece la buena fortuna de encontrar por esa vía, lo que pidió al cielo no hace muchos días.

«Su delito le turba los sentidos; andemos, andemos», se apresura la Justicia viendo los desvaríos, pero camino de la cárcel, Tediato reflexiona sobre la idoneidad de esta justicia terrena, justicia que tiene mucho de espectáculo:
De la muerte de un malvado se asegura la vida de muchos buenos.
Tediato ante las puertas de la cárcel experimenta por un momento el espanto que supone y asume su destino:
Sepulcro de vivos, morada de horror, triste descanso en el camino del suplicio, depósito de malhechores, abre tus puertas; recibe a este infeliz.
Continúan las antítesis para abundar en el estado de ánimo de Tediato en esta segunda noche, en la que tan solo anhela la muerte. 

El carcelero se nos presenta de una forma tan grosera que supera con creces la estampa del sepulturero, pero su fealdad, capaz de inspirar terror a los más animosos, no viene de su cuerpo, que no se nos describe, sino de sus acciones, de su extremo rigor y maldad:
A pocas horas de estar bajo mi dominio, han temblado los hombres más atroces.
Tediato mantiene el ánimo, a pesar de ser consciente de las semejanzas entre una tumba y la cárcel en la que lo han puesto:
No me espantan sus tinieblas, su frío, su humedad, su hediondez, no el ruido que han hecho los cerrojos de esa puerta, no el peso de mis cadenas.
Un lector que cayera en este pasaje al azar, podría pensar que Tediato ha logrado por fin enterrarse con su amada; pero no, es la cárcel y está vivo y consciente para oír los gritos vecinos y para repasar las visiones de la noche anterior, el negro futuro tras la muerte de la amada y las similitudes icónicas entre la fortuna y la muerte, representada la una con una vara que envolvía todo el globo y la otra con una guadaña aniquilando el universo.

Apenas unas horas le concede el azar a Tediato para disfrutar de su infelicidad, pues enseguida es puesto en libertad:
Ni aun en la cárcel puedo gozar del reposo que ella me ofrece en medio de sus horrores. 
Pero la noche no ha acabado y la realidad fuera puede encerrar aún mayores espantos que los que guarda una tumba con cadáveres en descomposición. La vida es más cruel para algunos hombres que la propia muerte. 

Por un momento, la aparición de un niño de apenas ocho años parece anunciarnos una inflexión en la historia, pero el niño, portador de grandes desgracias,  no es menos pavoroso que los otros personajes que le han precedido, un auténtico mensajero de los horrores del más allá acaecidos apenas a una manzana de donde se encuentran. Tediato siente ternura aparente por ese niño, encuentra un trozo de pan en sus bolsillos con que reconfortarle, pero enseguida vemos que ni las desgracias ajenas le mueven un ápice de sus propósitos. La muerte ha visitado la morada del sepulturero y sin piedad ha ido segando varias vidas mientras una enfermedad infecciosa amenaza con llevarse otras más. 

Tediato parece encontrar sentido a esa noche: las tinieblas son su alimento.

El alba empieza a aparecer entre las líneas del relato. Los dos hombres deben despedirse, no sin que Tediato adelante sus intenciones, sin duda uno de los pasajes que más escándalo e indignación levantó en su tiempo. 

Te compadezco tanto como a mí mismo, Lorenzo, pues la suerte te ha dado tanta miseria y te la multiplica en tus deplorables hijos... Eres sepulturero... Haz un hoyo muy grande, entiérralos todos ellos vivos, y sepúltate con ellos. Sobre tu losa me mataré y moriré diciendo: Aquí yacen unos niños tan felices ahora como eran infelices poco ha, y dos hombres, los más míseros del mundo.



Comentario para el club de lectura La Acequia.

miércoles, 13 de abril de 2016

Número 114. Nóches lúgubres: rompiendo moldes

Como bien dice por algún lado la contertuliana number one de La Acequia, María Ángeles, nos toca leer uno de esos libros que solo se leen porque entran en el programa de algún examen.

Un libro de esos que, una vez aprobada la asignatura, dejas perdido en la estantería y vas acumulando sobre él depósitos de nuevas lecturas. ¿Y dónde estarán ahora Las noches lúgubres, que recuerdas vagamente como de tapas negras —esta vez muy a propósito la presentación editorial— y precedida por las también imprescindibles para todo estudiante Cartas marruecas? Recuerdas, entonces, que el libro, tu libro, lo incluiste en el lote del amigo invisible en una comida con amantes de viajes.

vista nocturna de la iglesia románica de Pinillos de Esgueva
Pinillos de Esgueva (Burgos)

Convencida de que es inútil revolver más y resistiéndome a la lectura digital recomendada por el profesor Ojeda, ¡ay!, me pongo a buscarlo en las bibliotecas, pero ¡maldición!, en las más a mano está prestado hasta mediados de mayo por lo menos. Se ve que estamos en tiempos de exámenes, haya o no haya evaluación continua con eso de Bolonia. 

Resignada a la lectura en pantalla, decido ir un poco más allá y fisgar en la hemeroteca a ver con qué se encontraron los lectores de finales del XVIII, tratar de sentir qué pudo venírseles a la mente ante el relato que se anunciaba con tan lúgubre título en apretada tipografía sin ilustraciones.

La información que sobre la publicación en la que apareció por primera vez, Correo de Madrid (ó de los ciegos), da la Biblioteca Nacional merece realmente la intrusión en este trozo de siglo XVIII digitalizado.

El Correo de los Ciegos, llamado así porque estaba destinado en principio a la venta callejera, nació durante la explosión de publicaciones durante el reinado de Carlos III, tuvo desde el principio un carácter progresista, casi transgresor. Se describe a sí mismo como «obra periódica en la que se publican rasgos de varia literatura, noticias y los escritos de toda especie que se dirigen al editor». 

Mientras para algunos críticos es una publicación totalmente anodina, para otros es una interesante muestra del periodismo crítico de las estructuras del Antiguo Régimen, al denunciar la injusticia, la desigualdad, la intolerancia... Entre sus colaboradores habituales figuraron importantes ilustrados, Iriarte, Meléndez Valdés, Forner, Manuel María Aguirre, Manuel Casal... La ausencia de firma, la utilización de seudónimos, a veces meras iniciales, eran habituales en esta publicación, lo que no siempre era del agrado de los lectores, como podemos ver en la carta publicada en el número 323, de 30 de diciembre de 1789, justo detrás de la segunda parte de la segunda noche, aunque el contrariado lector no se quejaba del anonimato de Cadalso. La publicación da la sensación de pertenecer a una empresa colectiva, llevada a cabo por un grupo de amigos que compartían un ideal común ilustrado sobre la época y la literatura. Probablemente entre el grupo que hizo posible la publicación no se precisaban otras señas de identidad. 

Cadalso había muerto unos años antes de que esta publicación apareciera, pero su obra está muy presente en ella. Sus célebres Cartas marruecas se publicaron a lo largo de 1789, justo antes que Las noches lúgubres. Estas aparecen sin firma y sin indicio de quién es su autor en ninguno de los cuatro números, ¿era suficiente el tema que trataban para identificarlo? ¿Seguía viva la leyenda de los amores necrófilos de Cadalso una década después? La primera noche apareció completa en el número 319 el 16 de diciembre de 1789, miércoles.

La presentación es humilde, una mera imitación de un tal poeta inglés Young y una cita en latín de Virgilio. Luego la NOCHE PRIMERA como título que da paso al inquietante diálogo entre Tediato y un sepulturero. El escenario pavoroso nos lo presenta el protagonista en el primer parlamento: noche, tormenta, silencio, la cárcel, el llanto, el lecho conyugal...

¿A quién espera este hombre en tan pavorosa noche? Lorenzo, el supulturero, muestra su miseria en toda su crudeza a los ojos de los lectores:
Él es. El rostro pálido, flaco, sucio, barbado y temeroso; el azadón y pico que trae al hombro, el vestido lúgubre, las piernas desnudas, los pies descalzos, que pisan con turbación; todo me indica ser Lorenzo, el sepulturero del templo, aquel bulto, cuyo encuentro horrorizaría a quien le viese.
Estamos en el siglo XVIII y todavía falta para que los decretos napoleónicos obliguen a enterrar a los muertos fuera de las iglesias. Las losas que cubren los suelos de los templos de España encierran numerosos cadáveres pudriéndose poco a poco y volviendo a fundirse con la tierra. El oficio de sepulturero es duro y solo la posibilidad de que las tumbas de los desafortunados devuelvan alguno de sus tesoros parecen compensar la dureza del oficio. 

¿Y qué es lo que mueve a Tediato a arriesgarse en el mundo de los muertos?

Mientras avanzan e intentan mover las losas, se interesa Lorenzo por lo que mueve a ese hombre a actuar de forma tan siniestra. No es la codicia, ni el amor al padre —mucho merece un padre—ni a la madre —mucho debemos a la madre —, tampoco un hermano o un hijo o un amigo...

La crudeza con la que Tediato rechaza las posibilidades familiares, las palabras dirigidas contra los progenitores, obligan a su editor, algunos años después cuando las Noches (1798) aparecieron independientemente, a hacer una llamada al lector para justificar esas palabras que sin duda escandalizarían en su momento más que la propia profanación de las tumbas: 
esta moralidad se debe entender de los malos padres, y del mismo modo las siguientes.
pero nada de ello se avisa en esos párrafos apretados en los que el joven Tediato da rienda suelta a su alma.

El mal olor y los gusanos, que empiezan a abandonar la tumba, hacen caer la losa y con ello se frustra la aventura por aquella noche. El sol asoma por el horizonte, Lorenzo se va, vuelve al mundo de los vivos, y Tediato cierra su aventura con un lamento que nos recuerda demasiado al pretendidamente enterrado barroco. 
Objeto antiguo de mis delicias... ¡Hoy objeto de horror para cuantos te vean! Montón de huesos asquerosos... ¡En otros tiempos conjunto de gracias! ¡Oh tú, ahora imagen de lo que yo seré en breve! Pronto volveré a tu tumba, te llevaré a mi casa, descansarás en un lecho junto al mío; morirá mi cuerpo junto a ti, cadáver adorado, y expirando incendiaré mi domicilio, y tú y yo nos volveremos ceniza en medio de las de la casa.
¿Primer romanticismo, tal como señalan las historias de la literatura, o último barroco?

Nos han acostumbrado demasiado a clasificar todo con etiquetas, demasiadas etiquetas, que anteponemos a la lectura de la obra y su disfrute.

Valdes Leal - Finis Gloriae Mundi


Los lectores de finales del siglo XVIII se quedarían sin duda sorprendidos cuando se empezara a saber que el autor de aquellas truculencias, de aquellos espantos injustificados, no era otro que el cultivado militar José Cadalso, hombre elegante donde los hubiera, que había puesto en solfa la sociedad de su tiempo a través de unas cartas, supuestamente llegadas desde Marruecos, y que habían ido leyendo a lo largo de ese año, 1789. Era verdad que aquel distinguido militar había querido desenterrar a su amada, y él mismo lo confesaba, en un arrepentimiento póstumo. Finis gloria mundi, todo lo puede la muerte, ni el rey ni el papa de la muerte escapan. 


Comentario para el club de lectura La Acequia.