—Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada.Unamuno, como narrador, quiere aportar un punto de vista objetivo, no intervenir en la novela más que lo imprescindible. Los personajes son sus propios autores, no solo los protagonistas, van haciéndose a sí mismos a medida que avancen las páginas:
Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo.Como detalle al margen, no pasemos por alto en esta conversación en la que se define el nuevo —si es que lo es— género narrativo, la sutileza con la que Unamuno se refiere a Manuel Machado:
Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don Eduado Benot para leérselo un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es soneto!...» «No, señor —le contestó Machado— no es soneto, es sonite». Pues así es como mi novela no va a ser novela, sino..., ¿cómo dije?, navilo..., nebulo, no, no, nívola, eso, ¡nivola! Así nadie podrá decir que derogan las leyes de su género, invento el género, e inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo!Que no se líen los estudiantes que buscan claves en El rincón del vago acerca del nuevo género, don Miguel lo aclaró en el prólogo que escribió para la reedición de 1935:
Esta ocurrencia de llamarle nivola —ocurrencia que no es mía, como lo cuento en el texto— fue otra ingenua zorrería mía para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea.¡Qué juguetón era Unamuno! ¡Qué forma de envolver todo en la niebla!
Pero a lo que íbamos íbamos, y queríamos hablar de los diálogos, los diálogos que van haciendo la novela, en los que a don Miguel no le duelen prendas a la hora de bajar a un registro coloquial en el que echa mano con presteza de modismos y expresiones que acercan texto y personajes a ese ámbito familiar que casi podemos tocar con la mano.
Bien calibradas y dosificadas estas piezas del lenguaje, nos van graduando las conversaciones, nos van introduciendo poco a poco en esa atmósfera de realismo, somos espectadores de primera fila.
Tómese, por ejemplo, el capítulo XIX, ese en el que la tía de Eugenia, doña Ermelinda, visita a Augusto con un recadito diplomático de parte de su sobrina. Al principio, el diálogo, reposado, transcurre con todos los rasgos de la formalidad que impone una visita de cortesía entre dos personas educadas:
Salió a recibirla y se encontró con doña Ermelinda, que al: «¿Usted por aquí?» de Augusto, contestó con un «¡Cómo no ha querido volver a vernos...!»Más formal el tono de Augusto: «Usted comprende, señora...», más cómplice el de ella, «¿sabe usted?». Una vez declarado que su visita tiene un propósito específico, doña Ermelinda toma carrerilla, dándole pocas opciones a Augusto de interrumpirla.
Y me estuvo repitiendo su estribillo de que los hombres son ustedes unos brutos y nada más que unos brutos. Y ha estado estos días de morro, con un humor de todos los diablos.La conversación avanza envuelta en numerosas contradicciones, paradojas, juegos de palabras...
—Y creo que no lo crea.Hasta que toda diplomacia y contención pasa a un segundo plano:
[...]
—Y la mejor diplomacia, señora, es no tenerla, y sobre todo conmigo...
—¡Basta, señora, basta! Ahora parece que sin darse cuenta vuelven a ofenderme...—Será sin intención.—Hay ocasiones en que las peores ofensa son esas que se infligen sin intención, según se dice.—Pues no lo entiendo...—Y es, sin embargo, cosa muy clara. Una vez entré en una reunión y uno que allí había [...].
La conversación va subiendo de tono, el flemático Augusto parece realmente enfadado:
—¡No se exalte usted así,don Augusto...!Los personajes deben hablar y hablar, ese será su retrato y su mejor descripción.
—¡Pues no he de exaltarme, señora, pues no he de exaltarme! ¿Es que esa... muchacha se va a burlar de mí y va a querer jugar conmigo? —y al decir esto se acordaba de Rosarito.
—¡Por Dios, don Augusto, por Dios...!
[...]
—¡No se exalte usted así!
Comentario para el club de lectura La Acequia.